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BOGOTA, EPICENTRO DE LA HISTORIA DE COLOMBIA
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RICARDO ANGOSO, 2005.
Introducción
Con casi ocho millones de habitantes, y en pleno crecimiento, la capital de Colombia es una ciudad en pleno movimiento, el corazón político, económico y cultural de un país en marcha y con una historia plagada de conflictos. Santa Fe de Bogotá la llamaron sus primeros fundadores y, más tarde, pasó a ser la capital de la incipiente nación bolivariana creada por los próceres de la patria americana allá por los inicios del siglo XIX. Su historia, larga y dilatada, difícil y ensangrentada, ha conocido guerras civiles, breves dictaduras, el azote del terrorismo y la guerrilla, el impacto del “bogotazo”, que arrasó el patrimonio de la ciudad en la década de los 40 el siglo pasado, y más recientemente los cambios sociales y económicos que llevaron a miles de colombianos a emigrar hasta la ciudad que fundaran los españoles hace ya 467 años. Casi nada.
La fundación de Bógota
En la plaza Bolívar, termómetro de todo que sucede a nivel social y político en capital colombiana, una humilde placa de mármol explica el origen de esta antigua ciudad. La reproducimos tal como reza en su integridad: “En este lugar se construyen doce chozas pajizas y una capilla de bahareque y el 6 de agosto el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, Teniente General del Adelantado de Santa Marta Don Pedro Fernández de Lugo, funda el antiguo pueblo indígena de Tybsaquillo la villa de Santafede Bogotá más tarde capital del nuevo Reino de Granada. Y el 27 de abril de 1539 con la presencia de los capitanes Sebastián de Belalcazar y Nicolás de Federmán y sus huestes en un número aproximado de 264 hombres se confirma jurídicamente la nueva villa, se constituye el primer cabildo, se demarca el plano urbano y se reparten los primeros solares entre los pobladores españoles”.
Estos hechos, y la determinación de instalar la ciudad, datan del año 1538. Actualmente, en la urbe hay dos plazas que se disputan el privilegio de haber sido el lugar exacto de la fundación de la ciudad: la plazoleta del Chorro de Quevedo y la plaza de las Hierbas, hoy el parque Santander. En Chorro de Quevedo podemos ver algunas de las pocas casas que quedan en estilo colonial en la capital colombiana, muy parecidas a las que podemos ver en Cartagena o en La Habana; coloristas, de amplios balcones y escasas alturas. El nombre hace alusión al nombre de un riachuelo que antaño pasaba por esta pequeña plazuela.
Un año más tarde, en 1539, tal como reza la placa recogida anteriormente, Bogotá recibió el título de ciudad y Carlos V la confirmó como capital de Nueva Granada. Pero la ratificación de esta decisión llegó en 1550 con la fundación de la Real Audiencia que da paso al comienzo de la época colonial. Desde ese año, y hasta bien entrado el siglo XIX, se construirían fábricas, colegios universitarios, capillas, iglesias, universidades y escuelas. La Iglesia española, que controlaba la enseñanza y la difusión de las ciencias, permitió la docencia de disciplinas tales como la biología, el urbanismo, el derecho, la medicina y la farmacia en las aulas bogoteñas.
La iglesia de Veracruz, que ahora es el Panteón Nacional de la Veracruz, donde reposan los restos de 80 próceres de la independencia fusilados por los españoles, fue una de las primeras iglesias capitalinas y fue levantada en 1571. Luego sucesivas reformas a lo largo del tiempo, pero sobre todo a principios del siglo XX, le hicieron perder su carácter colonial original y lo que vemos bien poco tiene que ver con lo fue inicialmente. Del mismo período, pero también profundamente reformada, es la iglesia de San Francisco, que fue el primer templo de la Compañía de Jesús en Bogotá y que fue reconstruida casi totalmente tras el terremoto que asoló la ciudad en 1785. La reconstrucción corrió a cargo de fray Domingo Petrés, quien añadió al barroquismo del templo unos retoques neoclásicos bastante particulares.
Un templo de bastante interés es la iglesia de San Agustín, levantada en el año 1575 y reformada en el 1650. En su interior se guarda el valioso lienzo de Vásquez de Arce llamado “La Huida de Egipto”, además de esculturas, retablos y pinturas murales de indudable valor. Fue restaurada a fondo en 1988 y es una las iglesias más visitadas por los bogoteños durante la semana santa. El Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, en la coqueta y bien cuidada plazoleta del Rosario, data del año 1653 y fue construido por deseo y con el permiso de Fray Cristóbal Torres. Muy restaurado y rehabilitado, hay que visitar su capilla y salir a pasear por sus alrededores, centro de cambistas de moneda, vendedores de diamantes y un sinfín de especies urbanas difícilmente definibles. Muy cerca de allí fue asesinado el caudillo del pueblo colombiana, Eliécer Gaitán.
Sin embargo, debido a los terremotos, incendios y guerras, la ciudad de Bogotá apenas tiene patrimonio histórico de su pasado colonial. “Bogotá ha sufrido mucho en su perfil colonial y del siglo XVI apenas quedan testimonios”, escribiría el escritor Santiago Sebastián. Afortunamente, en los últimos tiempos las autoridades municipales se han preocupado un poco por la historia de la ciudad y los nombres antiguos dados por los españoles aparecen en unas placas de cerámica de Talavera donadas por el extinto Instituto de Cultura Hispánica (lo que ahora viene a ser el Instituto Cervantes). Todo lo que viene a ser el actual barrio de La Candelaria vendría a coincidir con lo que fue la primitiva ciudad fundada por los españoles. Sin visitar La Candelaria y el barrio de Usaquén, con sus mercados dominicales y sus casas coloniales, no se puede entender lo que fue y lo que es Bogotá.
Según las fuentes históricas, en el año 1688 la ciudad contaba con una población de 3.000 habitantes españoles y 10.000 indígenas, lo que revela que la urbe ya era un de las más pobladas de América y quizá el centro comercial más importante de la región. En el casco histórico de la ciudad, en el ya citado barrio de La Candelaria, podemos ver la Capilla del Sagrario, que se comenzó a construir en el año 1666 y se terminó en el 1700. Es considerada una de las iglesias con mayor valor artístico de Colombia y fue levantada por Gabriel López Sandoval, un caballero español acaudalado que puso los fondos para las obras y compró el estrecho solar donde se construyó. Contiene elementos renacentistas en su fachada y en su interior encontramos buenas obras pictóricas y una techumbre mudéjar que llama la atención por estos lares.
Del siglo XVII, periodo de esplendor y desarrollo de la ciudad, data también la Iglesia y Museo de Santa Clara, una joya que debe ser visitada y donde abunda la decoración mudéjar. Fue fundada por el arzobispo Fernando Arias a mediados del siglo citado y la obra fue encargada al maestro Matías de Sebastián. Otra iglesia que debemos visitar, en el mismo barrio, es la de Nuestra Señora de la Candelaria, en honor a la virgen del mismo nombre. La construcción se inició en 1686 siguiendo el proyecto del maestro mayor Diego Sánchez de Montemayor. De indudable estilo barroco, la iglesia sufrió varias reformas en el siglo XIX y fue terminada definitivamente en 1915. Ahora se restaura a ritmo lento, para que nadie dude de la calidad del trabajo, y en su interior tan sólo se pueden ver andamios y a algunos trabajadores en actitud contemplativa.
Finalmente, de esta centuria es la Casa del Marqués de San Jorge, un edificio emblemático que en la actualidad alberga el Museo Arqueológico de Colombia y que posee una importante colección anterior a la época de la conquista y posterior colonización española. En pleno centro de la ciudad, en el barrio de La Candelaria, el edificio-museo se halla en la zona en que se encuentran la mayor parte de las universidades, centros culturales y museos de la ciudad
La iglesia de San Ignacio, pese a que sufrió muchos daños en el terremoto de 1763, es otro templo que se debe reseñar. Fue proyectada por el jesuita italiano Juan Bautista Coluccini a mediados del siglo XVII y es considerado uno de los mejores ejemplos del manierismo colombiano.
Entre los edificios civiles de esta época nos encontramos con la Casa de la Moneda, que fue levantada en el año 1620 para acuñar moneda por orden del rey Felipe III, pero el actual edificio sin embargo es posterior, más concretamente de la época del virrey Solís o sea de 1753 y fue proyectada por Tomás Reciente. El edificio alberga un interesante museo sobre la historia de la moneda en Colombia y al lado está el Museo Botero, dos colecciones que no deben dejar de visitarse en una visita a la capital colombiana. (La Casa de la Moneda fue salvada por su director de una segura quema durante el denominado Bogotazo, una revuelta popular que arrasó el centro de la capital allá por el año 1948; el jefe de la institución se atrinchero en el interior con los empleados de la casa y ofrecieron feroz resistencia, incluso atacando con ácido a la turba, desde el interior del museo y consiguieron salvar tan rico patrimonio).
El museo-colección de la Casa de la Moneda revela lo que significaban para España las tierras conquistadas: un inmenso potencial para extraer sus riquezas, sobre todo oro, esmeraldas y plata, que eran enviadas a la metrópoli para sufragar los gastos imperiales y las guerras, y un lugar donde la rapiña y el latrocinio eran las formas económicas organizadas de explotar a los nuevos pueblos colonizados. La cristianización, aceptada como coartada de superioridad moral que explicaba y justificaba todos los desmanes contra los pueblos indígenas, fue impuesta con brutalidad, violencia, asesinatos masivos, violaciones y destrucción sistemática de todas las culturales locales.
Las inmensas riquezas encontradas por los conquistadores superaron con creces lo esperado, tal como revelaba Juan Rodríguez Freyle, en 1636, al referirse al origen del mito del Dorado:
“En aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos….Desnudaban al heredero (de una dinastía local) en carnes vivas y los espolvoreaban con oro en polvo y molido, de tal manera que en la balsa iba cubierto de todo este metal. Hacía el indio dorado sus ofrecimientos echando todo el oro y esmeraldas que llevaba en el medio de la laguna, y partiendo la balsa a tierra comenzaba la fiesta, con la cual ceremonia recibían al nuevo electo y quedaba por señor y príncipe. De esta ceremonia se tomó aquel nombrado tan celebrado del Dorado”.
El año 1717 es una año clave en la historia de Colombia, pues Felipe V decide crear el Virreinato de la Nueva Granada, que sería encomendado a Jorge de Vilallonga Conde, quien llegaría a Santa Fe de Bogotá –nombre original de la ciudad- en el año 1719. Tras un breve periodo de virreinato desde la capital de Nueva Granada, la monarquía suspende hasta el año 1739 el título y ese mismo llegará a la capital el teniente general de los ejércitos Sebastián Eslava, como nuevo virrey. El militar derrotaría en el año 1741 al poderoso ejército británico del almirante Vernon.que sitiaba Cartagena, ciudad que recibiría desde entonces el título de La Heroica. Los siguientes virreyes, con sede en la ciudad, serían Olis y Folch de Cardona, Messia de la Zerda, Guirior, Florez, Caballero y Góngora, Ezpelta y Mendinueta.
Pese a los intentos de la monarquía española por controlar estas tierras, hay que destacar que a finales del siglo XVIII el descontento se extiende ya por casi toda América y comienzan a producirse las primeras revueltas. En el año 1781 se produce el levantamiento de los Comuneros, un movimiento de descontento que fue duramente reprimido y que significó el primer episodio de la independencia de Colombia, tal como cuenta una placa que se puede leer en la alcaldía bogotana:
“Las gravosas medidas económicas adoptadas por la monarquía para sus dominios afectan a las clases menos favorecidas que al grito de “viva el rey y muera el mal gobierno” se insurreccionan y marchan desde la provincia hacia Santa Fe acaudilladas por capitanes proclamados por el pueblo, como Juan Francisco Berbeo, Jose Antonio Galán, Lorenzo Plata y Ambrosio Pisco, caudillo de los pueblos indígenas. Traicionada la revolución, su capitán José Antonio Galán y sus compañeros Lorenzo Alcantuz, Isidro Molina y Manuel Ortiz son perseguidos, apresados y traídos a Santa Fe. Sufren sentencia de muerte y son descuartizados en esta Plaza Mayor que por primera vez es regada con sangre de mártires de la libertad”.
Hoy hay una Casa de los Comuneros, en homenaje a los caídos, que data de finales del siglo XVII y que fue comprada en el año 1979 por la alcaldía de la ciudad para fundar allí un centro de documentación e investigaciones históricas. Los comuneros, una vez fracasada la revuelta, prendieron en el corazón de todos los colombianos y se preparó el largo y siempre ensangrentado camino hacia la independencia.
La Biblioteca Nacional, con algo más de 800.000 libros y fondos de incunables de un valor considerable, es uno de los últimos edificios legados por los españoles ante de la independencia de Colombia. Fundado en 1777, muy cerca del Museo de Arte Moderno, el centro bibliotecario puede visitarse y especial mención merece su colección de manuscritos y libros raros.
Del período anterior a la independencia data el Observatorio nacional, considerado el primero de toda América Latina, y que fue construido en 1802 por Fray Domingo Petrés –gran constructor de edificios civiles y religiosos en toda Colombia- en homenaje a Urania. A partir de 1803, este centro científico de planta octogonal fue dirigido por el gaditano José Celestino Mutis y llevó a cabo una importante labor investigadora. Se encuentra muy cerca de la Plaza Bolívar, centro de la ciudad y lugar desde donde se proyectaron la mayor parte de los edificios civiles. Mutis también da nombre a una importante avenida bogotana, ya en los extrarradios de la ciudad.
El camino hacia la independencia y el desarrollo de Bogotá
Bogotá, lugar de encuentro de la intelectualidad y los hombres de letras y artes del país, se convertiría en el centro de las conjuras y conspiraciones contra los colonizadores españoles. La independencia de Colombia, vista como un gran proyecto que englobaba también a los territorios de las actuales Bolivia, Ecuador, Panamá y Venezuela, comienza a ser abiertamente planteada por los escritores e intelectuales bogotanos.
A finales del siglo XVIII, Antonio Nariño, que hoy da nombre al palacio presidencial, traduce y divulga por Bogotá los Derechos del Hombre redactados por los líderes de la Revolución francesa y Camilo Torres elabora el famoso Memorial de Agravios donde pide igualdad de derechos y oportunidades para los criollos. Ya esa fechas comienza a aparecer el primer diario local, Gaceta de Santafé de Bogotá, donde se piden derechos y plena igualdad para todos los ciudadanos, en abierto desafío al poder colonial español.
Este clima de agitación intelectual, junto con el declive de España que había sido invadida por los franceses, precipitó los acontecimientos del 20 de julio de 1810, un estallido social contra los españoles que se acabó convirtiendo en una revuelta popular bogotana contra la colonización. En pleno centro de la ciudad, por si nos interesan estos acontecimientos, podemos visitar el Museo del 20 de julio, una larga y didáctica exposición sobre estos hechos, siempre reprimidos con brutalidad y escasa sensibilidad hacia las demandas de los nativos. También se encuentran ahí los retratos de los próceres del nacionalismo colombiano y el detallado relato del camino hacia la independencia de esta joven nación iberoamericana. Batallas y luchas que en un lento proceso, junto con el declive español, llevaron a la plena soberanía nacional de Colombia.
Los bogotanos, cansados ya de la ocupación española, enarbolaron en aquellos días la bandera blanca y roja con la leyenda “Viva la Junta Suprema de Santa Fe de Bogotá”, una suerte de primer gobierno colombiano y una entidad compuesta por los caudillos que lideraban la protesta contra los españoles. La revuelta, organizada en los días previos en el Observatorio Astronómico de la ciudad, comenzó por un enfrentamiento superficial entre un criollo y español por un florero, que hoy descansa en el susodicho museo que recibe el nombre del día de la sublevación. La “revolución del florero” fue la chispa del gran levantamiento nacional.
Años después, en el año 1819, cuando la nación comienza a dar sus primeros pasos tras el éxito de la revuelta de 1810, los representantes de todo el país reunidos en el Congreso de Angostura decidieron que Bogotá fuera la capital de Colombia. A partir de entonces, y como era de prever, la ciudad adquiere un notable desarrollo y se crean las nuevas instituciones civiles y militares. En 1819, según el censo, vivían ya en Bogotá más de 30.000 personas, lo que sigue revelando un lento y pausado crecimiento que a partir de este momento histórico se iría acelerando hasta ahora.
La mayor parte de los nuevos edificios construidos por las autoridades se edificarían cerca de la Plaza de Bolívar, que toda ciudad colombiana que se precie tiene, y recinto que ha sido testigo de ejecuciones sumarísimas por parte de las autoridades españolas, corridas de toros y manifestaciones populares. Alrededor de ella, a través de las calles que la cruzan y que suben hasta por las empinadas calles ya hasta los bosques, podemos ver todas las tendencias artísticas y arquitectónicas que confluyen en Bogotá.
En la misma Plaza de Bolívar, en cuyo centro podemos ver la estatua del libertador, nos encontramos con la Catedral Primada que al parecer fue construida a principios del siglo XIX en el mismo lugar donde los conquistadores celebraron su primera misa. La construcción actual comenzó a construir a principios del siglo XIX, siguiendo los planes propuestos por el siempre presente Fray Domingo Petrés y ha sido remodelada varias veces, la última en 1988. En el interior del recinto, se encuentran los restos de uno de los fundadores de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada, así como de otros personajes ilustres de la historia colombiana, como el del precursor de la independencia colombiana, Antonio Nariño. El recinto es comparado con las catedrales de Puebla y México D.F. y merece la pena visitarse con detenimiento.
De este período de crecimiento y desarrollo de la ciudad datan otros edificios, como la Alcaldía Mayor de Bogotá, completamente restaurada tras el terremoto de 1827, abandonada durante algún tiempo y luego ocupada por espacios y locales comerciales. Restaurada ya en el siglo XX, ocupa el gobierno municipal desde ese período hasta ahora. Luego está el Palacio de San Carlos, que inicialmente se construyó como colegio jesuítico, pero que desde los tiempos de Bolívar y la independencia ha sido la sede de los presidentes y posteriormente de la caballería de la República, pasando a ser ocupado recientemente por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Muy cerca del mismo, esta el anticuado y desordenado Museo Militar, que bien merece la pena visitar por el edificio en el más puro estilo colonial. Los objetos, medallas y uniformes han sido apilados en la instalación sin más orden que el de llegada.
La Casa Nariño, actual palacio presidencial, es uno de los edificios más representativos de la capital colombiana, habiendo sido construido en estilo neoclásico a finales del siglo XVIII y donde residió el líder independentista y militar Antonio Nariño entre 1803 y 1804. Ha sido profundamente restaurado, en 1972, y en su interior se puede ver un buen mobiliario de estilo colonial y decimonónico. Dentro del recinto también se pueden ver algunos objetos que fueron utilizados por otro próceres nacionales, el general Santander y el mítico Bolívar. Ha sido sede gubernamental desde 1908 y comprende la casa privada del Presidente de la República, su despacho y diferentes dependencias utilizadas por el máximo dirigente colombiano. Al igual que numerosos edificios colombianos, el edificio fue asaltado durante el “bogotazo”, en 1948, y sufrió numerosos desperfectos.
El museo más antiguo de Colombia es el Museo Nacional de Bogotá, fundado por decisión del Congreso en 1823 y por deseo del General Francisco Santander, amigo y después adversario de Bolívar. Esta institución se instalaría definitivamente en una antigua cárcel construida a final del siglo XIX siguiendo los planos de Thomas Reed. Arreglado el edificio con un buen criterio y gusto, en su interior nos encontramos con más 20.000 piezas y objetos que explican de una forma didáctica y amena la historia de Colombia. También hay una valiosa colección de pintores modernos (Botero, Obregón, etcétera) y una buena muestra de curiosidades históricas que sirven para ilustrar la difícil andadura de este bello pero casi siempre ensangrentado país.
Muy cerca de la Plaza de Bolívar se encuentra la última casa donde residió el “libertador”, Simón Bolívar, pues desde allí partió, hastiado y cansado de las intrigas políticas y las traiciones de quienes hasta entonces habían sido sus socios, hacia su deseado exilio en Europa. Desgraciadamente no pudo cumplir su deseo debido a su exigua salud, que le conduce a la muerte, tras una breve parada en Cartagena, en Santa Marta. Bolívar. El último gran sueño de Bolívar, tras su retiro, era volver a visitar París y Roma, ciudades que había conocido de joven. Nunca regresaría a Europa. También merece la pena que visitemos la Casa Museo Quinta de Bolívar, regalada por los colombianos al libertador en las afueras de Bogotá y construida en un paraje de gran belleza.
Desde la muerte de Bolívar, en 1830, el país se sume en una grave crisis en todos los órdenes, no ajena a la violencia, y el juego político comienza a ser monopolizado por los liberales y los conservadores, casi siempre incapaces de ponerse de acuerdo con respecto al modelo de Estado que deseaban. La muerte de Bolívar, además, significó el final del sueño por construir una Gran Colombia, donde hubieran estado integrados los actuales territorios de Bolivia, Colombia, Ecuador y las actuales Panamá y Perú. Su muerte supuso en la práctica el final del sueño de la Gran Colombia y la dispersión del gran Estado con que soñara en pequeñas unidades. Sin embargo, por ejemplo, en el terreno de las libertades las cosas cambiarían muy lentamente y la esclavitud sería abolida en una fecha tan lejana como 1861. No olvidemos que los negros esclavizados fueron, en muchos casos, aliados de los españoles contra la independencia.
Pese a todas estas vicisitudes, hay que señalar que la vida cultural y social permitió crear algunas instituciones importantes, como el Teatro Cristóbal Colón de Bogotá, edificio fundado y abierto en 1892. La burguesía colombiana, que permitía celebrar el IV aniversario del descubrimiento de América, creó una refinada obra arquitectónica –todavía abierta- y la misma fue encargada al artista Pietro Cantina, que contó con la colaboración de numerosos artistas nacionales y extranjeros. Este centro, en pleno corazón del barrio histórico de la ciudad, La Candelaria, es el típico teatro del siglo XIX decorado con pinturas al fresco, telón de boca y palcos de cuidado y rico trabajo en madera. Muy cerca de allí se alza el bello Hotel de la Opera, que sería vivienda de encomenderos españoles y más tarde alojaría a la guardia personal de Bolívar.
El siglo XX
El siglo XX trajo dolor, sangre y guerra a Colombia, también a Bogota. En octubre de 1899, después de un larga centuria plagada de negros avatares, magnicidios, golpes de Estado y luchas intestinales, los liberales se levantan contra el Gobierno y, unos meses más tarde, se baten valientemente en la batalla de Palonegro, en una de los episodios bélicos más largos y sangrientos de la historia colombiana. La “guerra de los Mil Días” causó enormes estragos políticos e importantes daños materiales. Así estrenó Colombia el nuevo siglo, plenamente ensangrentada y muy dividida.
Aprovechando la división del país y la guerra, los Estados Unidos propiciaron, en 1903, la separación y segregación de Panamá de Colombia, en uno de esos ejercicios tan infames y vergonzosos a los que nos tiene tan acostumbrada la historia. Panamá, para gran drama de todos los colombianos, fue separada de Colombia para siempre y aún sigue viva esa herida abierta, que sigue supurando malestar en las relaciones colombo-norteamericanas.
El período que va entre 1904 y 1910, siguiendo la tónica dominante tendente a la inestabilidad y la corrupción en la política del país, es elegido el general Rafael Reyes en unas elecciones amañadas y sin contar con los liberales, todavía no satisfechos con el funcionamiento del sistema político. Entre 1910 y 1930 se suceden los gobiernos autoritarios y conservadores, también los asesinatos políticos, como el Rafael Uribe, y las protestas contra el reparto de la propiedad y la escasa participación de los ciudadanos en los asuntos de gobierno. Los liberales, casi siempre excluidos del poder, serían la única oposición visible en un país donde la izquierda ha sido casi siempre inexistente. Las luchas campesinas, las revueltas indígenas, las manifestaciones estudiantiles y las protestas sindicales, algunas bañadas en sangre, se suceden por todo el territorio colombiano sin que los políticos tengan la suficiente capacidad para afrontar todos estos problemas.
Bogotá, mientras tanto, sigue creciendo, a merced del centralismo y de ser el principal centro económico del país. De este período de turbulencias data el nacimiento de El Tiempo, el principal periódico del país. Su edificio original, ya abandonado por uno más funcional, data del año 1911 y es una de las muestras de esta arquitectura del desarrollismo colombiano.
En 1926, finalmente y tras casi un siglo de pequeñas obras y reformas, se termina el Capitolio o Congreso de la República, un edificio en él que colaboraron diversos arquitectos y maestros, que cada uno aportó diversos elementos e influencias neoclásicas, jónicas y renacentistas. Se puede visitar, aunque las medidas de seguridad en torno al edificio se tornan excesivas para una ciudad ya de por sí altamente vigilada. En su interior se erige una estatua dedicada a Rafael Núñez, el autor del himno nacional colombiano.
Unos años más tarde, en 1930, contra todo pronóstico, los liberales se hacen con el poder y lo conservarían hasta el año 1945. En estos años, pese a su moderación, los diferentes ejecutivos liberales llevan a cabo la reforma agraria, algunas reformas significativas del Estado y un deseo por no excluir a los ciudadanos del centro del debate político. Pese a todo, la enorme división en el interior del liberalismo les lleva a perder las elecciones de 1945 y se da paso a un nuevo período de conservadurismo, que sería tan funesto y violento como los anteriores.
En lo arquitectónico, hay que señalar que en Bogotá se construye en 1931 la Plaza de Toroso de Santamaría, considerada una de las catedrales del toreo y recinto por el que han pasado los grandes de este arte tan discutido como querido. Con un aforo de 13.500 personas, todo un hito para América, es considerada una joya del estilo neomudéjar y es muy parecida a la de Manizales, construida en el mismo período y también otro centro del toreo colombiano.
Unos años más tarde, en 1939, se abre el Museo del Oro del Banco de la República, depositario de una de las colecciones de metalurgia prehispánica más bellas del mundo. Desde su fundación, y a lo largo de sus 66 años de historia, el Museo ha tenido entre sus fines el preservar, investigar y dar a conocer el patrimonio arqueológico de esta rica Colombia que muchas veces no ha sabido conservar su legado histórico. Imprescindible su visita.
La victoria de los conservadores en 1945 abrió un período de inmensas frustraciones para todo el país. Este sentimiento, generalizado en la ciudadanía y generador de innumerables protestas, provoca el liderazgo social y político de los liberales, quienes de la mano de Eliécer Gaitán sostienen una profunda reforma del Estado y de la administración, algo a lo que, lógicamente, se niega un importante sector social y económico del país. La oligarquía del país, desligada de todo espíritu reformador y modernizador, nunca intentó abrir un proceso de democratización efectiva que llevara a la resolución de los problemas pendientes por la vía política.
Así las cosas, y con la tensión en alza, es asesinado un nueve de abril de 1948 Eliécer Gaitán en pleno centro de la capital y el país se sume en el caos. Ese mes estaba reunida en Bogotá la Novena Conferencia Internacional Panamericana y las masas, para demostrar al mundo que no estaban dispuestas a tolerar tanta ignominia, se echa literalmente a la calle. Y lo que comienza siendo una manifestación de repulsa se acaba convirtiendo en un acto incontrolado de rabia, violencia irracional y saqueo sistemático de todas las instituciones y dependencias del Estado. Miles de bogotanos, de todas las razas, sexos y condiciones sociales, toman la ciudad, destruyendo todo lo que encuentran a su paso: tiendas, automóviles, vagones del tranvía, edificios públicos, iglesias, museos y un sinfín de objetivos imposible de detallar en esta nómina. Fue una auténtica revolución sin unos dirigentes que estuvieran a la altura de lo que demandaba el pueblo colombiano.
Tras varios días de asaltos, asesinatos, enfrentamientos con las fuerzas de orden e incendios, el ejército interviene para poner orden y toma partido por el gobierno conservador, evitando la llegada al poder de los grupos más radicales y una situación de inestabilidad que amenazaba con provocar una guerra civil. Los conservadores, esta vez aliados con unos liberales que temían el resultado de unas protestas que ya no controlaban, conservan el poder y se inicia una época marcada por una fuerte inestabilidad y la extensión de la violencia por todo el país. Más de 5.000 personas, de todas las capas sociales, morirían asesinados por un ejército que actuó sin contemplaciones y de una forma brutal
Para muchos estudiosos de la realidad colombiana, el “bogotazo” es el comienzo de la guerra civil actual que vive el país. Es decir, del no encauzamiento de las protestas en clave social y económica por la vía política, sino a través del terrorismo y la acción guerrillera. Las diversas guerrillas que siguen operando en el país, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y el Ejército de Liberación Nacional, fueron creadas con posterioridad a estos acontecimientos, aunque ambos nacen después de un largo período de marginación de los actores sociales y políticos en la toma de decisiones. La frustración de importantes sectores lleva a abrazar la idea a muchos colombianos de que la lucha armada es la única forma de presión efectiva frente a un poder insensible a sus demandas y demasiado plegado a los intereses de la oligarquía social y económica. Hoy tan sólo unas placas en la calle Real de Santa Fe, que lleva al centro de la ciudad histórica, recuerdan el triste final de este caudillo modernizador y progresista en todo el sentido de la palabra. Su muerte, como tantas otras, fue absolutamente baldía.
Después del “bogotazo”, que tiñó de sangre la ciudad y arrasó casi la mitad del patrimonio histórico y artístico para siempre, llegó otra larga época de inestabilidad que concluyó, como suele ocurrir en América Latina, con una dictadura militar. El General Gustavo Rojas Pinilla, con el apoyo de los grandes partidos, el Ejército y una oligarquía temerosa de un de los cambios y del ímpetu del pueblo en impulsar las necesarias reformas, se hace con el poder en 1953 y durante cuatro años trataría de poner orden cuartelario en la descontrolada Colombia.
Considerado un reformista por sus partidarios y un autoritario sin escrúpulos por sus detractores, Rojas Pinilla impulsó el desarrollo del ferrocarril; la creación de la Televisión Nacional; comenzó las obras del aeropuerto de la capital; la fundación del Hospital Militar; la apertura del Banco Popular; la explotación turística de San Andrés y un rosario de obras, muchas de ellas en Bogotá, destinadas a la mejora de un país que estaba creciendo ya a un ritmo imparable.
Una vez que los liberales y conservadores se han cansado del militar, la dictadura acabó sin derramamiento de sangre y sin protestas; Rojas Pinilla renunció a su cargo y dejó paso a la fórmula del Frente Nacional, una coalición de los dos grandes partidos destinada inicialmente a democratizar y reformar Colombia. En estos años de apoyo y gobierno de los grandes partidos (1958-1975), hay que señalar que se produjo un significativo desarrollo económico, con la internacionalización de la economía colombiana, un aumento sensible de la población y un alto crecimiento de las ciudades, entre las que destacaba Bogotá.
Pese a algunos éxitos que no pueden ser obviados, no debemos de olvidarnos que los problemas estructurales de Colombia, como la marginación política de amplios sectores y el descontento social, continuaron y que la honda crisis que sufría y sufre el país, debido a estos dos elementos, siguió y sigue su curso.
El país tras la dictadura y las décadas de los 80 y 90
En 1954, la ciudad es declarada oficialmente capital de Colombia y se la declara Disritito Especial. Desde esa fecha la ciudad fue recuperándose de los daños sufridos durante la revuelta popular y creciendo a un ritmo imparable. Y en 1960, una vez superada la dictadura, los norteamericanos lanzan su Alianza para el Progreso, que sirve al gobierno colombiano para construir un gran barrio moderno y funcional, Ciudad Kennedy, en Bogotá.
Entre 1958 y 1975, período conocido como del Frente Nacional, que era una alianza entre liberales y conservadores, Colombia conoce una relativa calma, un importante desarrollo económico y el despegue de sus exportaciones. Pero también la guerrilla continúa con su labor de desestabilización y violencia, llevando sus actividades hasta las pequeñas ciudades y pueblos.
Los finales de los setenta y los ochenta vienen marcados por una sucesión de pésimos presidentes, entre los que destacan Julio César Turbay Ayala, centro de atención de casi todos los chistes nacionales en ese período; Belisario Betancur y Virgilio Barco Vargas, un trío que desde luego nadie ha podido superar en su balance de desastres, desmanes y tropelías acaecidas durante sus gobiernos. Peor imposible, piensan la mayoría de los analistas.
Por ejemplo, la toma del Palacio de Justicia en Bogotá en 1985, en plena Plaza de Bolívar, concluyó con la destrucción del edificio y la muerte de una veintena de personas por obra y gracia de un Betancur incapaz de resolver el embrollo por la vía negociadora, tal y como se hace en todas partes del mundo. Envió a los tanques y el resultado fue el esperado. Unos días después se produjo la catástrofe del Nevado y al mandatario todavía le esperan por esos pagos; la sensación, que es real, era que el país estaba huérfano y sin un diligencia capaz de hacer frente a los problemas. La guerrilla, además, siguió atacando en esos años y llegó a proyectar sus acciones criminales hasta en la capital colombiana.
Son los años del narcotráfico y el terror. La acción de las fuerzas de seguridad no puede con el crimen organizado y el tráfico de drogas se convierte en la primera industria del país. Los magistrados, periodistas y políticos que osan desafiar al entramado económico-mafioso son asesinados y perseguidos sin tregua. En 1984, por poner tan sólo algunos ejemplos, cae asesinado el Ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla; más tarde, en 1986, cae el magistrado Hernando Baquero, magistrado de la Corte Suprema y autor intelectual del Tratado de Extradición; y luego le sucederán el periodista Guillermo Cano, director del diario El Espectador y gran combatiente del narcotráfico, y entre 1987 y 1990, los políticos Jaime Pardo Leal, Antonio Roldán Betancur, Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizano León morirían asesinados por elementos ligados al narcotráfico o a la guerrilla. Unos 1.000 dirigentes locales de los partidos de izquierda y algunos liberales también han sido asesinados en los últimos veinte años.
Bogotá, cuyo mejor símbolo es el Palacio de Justicia calcinado y destruido, no se libraría de los zarpazos criminales en esta época sangrienta y brutal. Vendrían las bombas contra los edificios civiles, como el diario El Espectador, y los asesinatos masivos de policías y políticos mediante el indiscriminador sistema del coche-bomba. El poco turismo que venía hasta la capital se marchó para siempre y la crisis económica y política se siguió manifestando en todos sus ámbitos. Según datos oficiales, el 45% de los bogotanos vive por debajo del umbral de lo que se considera pobreza en Colombia.
Por ilustrar un poco la situación, merece la pena recordar que en Bogotá tan sólo hay 4120 plazas hoteleras, según las autoridades, y que la ciudad es mucho menos visitada, en número de turistas e ingresos, que Cartagena de Indias y las islas del Cáribe. Hay muchos hoteles cerrados, como el Zaragoza, en pleno centro, lo que revela que hubo mejores épocas. Otros, como el imponente Continental, fueron expropiados por el Gobierno a los narcotraficantes.
Pese a todo, incluyendo aquí a los pésimos gobernantes que ha tenido Colombia, Bogotá bien merece una visita sosegada y tranquila, como se hacen las cosas en este continente. La seguridad, si uno toma las oportunas reservas, es alta y tan sólo por la noche y en determinados barrios uno puede correr algunos riesgos. La ciudad, además, tiene buenos museos, especialmente el Nacional y el del Oro, excelentes paseos por La Candelaria, iglesias recogidas y tranquilas, que invitan incluso a la oración a los no creyentes, y un mirador de la urbe, Moserrate, al que se llega a través de un teleférico o pequeño tren, desde donde se puede divisar la inmensa planicie bogotana. Luego, pese a su elevado número de habitantes, casi ocho millones dicen las autoridades, es una ciudad tranquila y desde luego menos ruidosa que nuestras grandes capitales. Al atardecer, cuando el tráfico decae, si uno pasea por La Candelaria se tiene la impresión de estar paseando por un pequeño pueblito de cualquier parte de España. Así es Bogotá, una ciudad a medio camino entre un pueblo colonial y una urbe latinoamericana en pleno desarrollo e incontrolado crecimiento.
3 comentarios 16 Agosto 2007

RICARDO ANGOSO, 2006.

