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TRAS LOS PASOS DE BOLÃVAR


TRAS LOS PASOS DE BOLÍVAR

BIOGRAFÍA DEL LIBERTADOR DE AMÉRICA

RICARDO ANGOSO, 2006.

Para nosotros la Patria es América.

Simón Bolívar

 

Introducción

La vida del Libertador, como la de todos los grandes héroes, está llena de enigmas, leyendas, mitos e incluso falsedades. El presente material, lejos de ser una biografía detallada y prolija en fechas y datos, pretende ser una introducción a la vida y obra del Bolívar político y militar, pero también humano. Hemos querido visitar los escenarios donde vivió, luchó, combatió, sufrió e incluso murió una de las más grandes leyendas de América Latina.

 

Bolívar, contra lo que era el destino de los hombres de su tiempo, viajó por América, conoció Europa y tuvo la suerte de tener una vida plagada de ricas experiencias, vivencias y conocimientos. Nuestro país fue visitado por el Libertador de las Américas y en el centro histórico de Madrid contrajó matrimonio con la que sería su breve y efímera primera y última esposa. Mujeriego, amante de la buena vida, liberal en lo político, masón y algo soberbio, Bolívar encarna el sueño de una América libre y unida, un ideal por el que todavía luchan en aquellas tierras tan cercanas y tan lejanas.

 


Caracas y el Libertador

Nació nuestro Simón Bolívar en Caracas allá por el año 1783. Todavía se puede visitar la casa donde vivió los primeros años de su vida, hoy convertida en museo, y comprobar el pasado acomodado y burgués del que más tarde se convertiría en gran revolucionario y reformador. Junto con el lugar donde reposan sus restos, la casa natal de Bolívar constituye uno de los puntos de ineludible visita de todos los bolivarianos. El año de su nacimiento no deja de ser una fecha premonitoria, ya que en ese mismo año los españoles ejecutarían al caudillo indígena Tupac-Amaru en el Cuzco y comenzaba una era plagada de desencuentros y luchas entre los colonizados y los colonizadores. También por aquellas fechas se producía la independencia de los Estados Unidos, el gran sueño que deseaba forjar para América Latina Bolívar.

 

De padres españoles y egregio linaje, con cientos de años de presencia en las Américas, muy pronto el infante se quedaría sin padres y fue enviado por sus familiares a Europa cuando apenas tenía 16 años. Su familia era acomodada y, como casi todas las de la época, tenía esclavos y propiedades. Más tarde, Bolívar que en cierta medida abominaría de su pasado burgués por influencia de la revolución francesa, ordenaría liberar a todos los esclavos y gastaría toda su fortuna en la causa revolucionaria y también en otros menesteres.

 

Bolívar desembarcó en España, en el puerto de Santoña, y desde allí se dirigió hacia Vizcaya, donde visitó brevemente la hacienda familiar, en la Puebla de Bolívar (Vizcaya), que le desengañó profundamente, quizá porque esperaba que era la cuna de la familia Bolívar fuera un gran palacio y no el amasijo de ruinas con que se encontró. El viejo esplendor del que le habían hablado sus familiares era tan sólo un sueño moldeado por años de desarraigo. Corría el año 1799 y el que sería gran libertador de las Américas era un joven idealista y cargado de proyectos. Desde el país vasco español pasó a Francia, donde estaría varios años, aprendería su lengua, se interesaría por su literatura e historia y aprendería de los revolucionarios franceses tácticas y estrategias. Se empaparía de las ideas liberales, conectaría con la masonería y adoraría, casi en secreto, a Napoleón. Aunque siempre negó, quizá el Napoleón dictador e implacable militar era su ideal de hombre político.

 

En 1802 regresaría a España, donde se alojaría en varias casas de amigos y hombres de influencia de la época, y en la capital, Madrid, en pleno barrio de Chueca, se casaría con María Teresa, su gran amor y única esposa. Hoy una placa, colocada muy cerca madrileña calle Barquillo,  nos recuerda su boda, el 26 de mayo de 1802, en la desaparecida Iglesia de San Cristóbal  y el paso de tan ilustre visitante por nuestra ciudad. También podemos ver una curiosa estampa de los novios, quizá la única que hay, en la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, la ciudad que le vería morir unos años más tarde.

 

En Madrid mantendría una actividad frenética, sería asiduo de las tertulias, asistiría a importantes reuniones, conocería a prominentes figuras de la vida pública y se interesaría ávidamente por la  política española. Comprendió que el Imperio español estaba en decadencia y que la monarquía, tras décadas de negarse a los cambios y reformas que venían de Europa, estaba definitivamente agotada. Es más que posible que en este ambiente de decadencia histórica, de final de un ciclo y de agotamiento político y espiritual, Bolívar comprendiese que había llegado la hora de que los pueblos americanos se emancipasen. Su sueño era crear una gran nación latinoamericana, una suerte de Estados Unidos de América del Sur, ya que era un gran admirador de las ideas norteamericanas y de Washington. En Madrid está documentada su residencia en las calles Jardines y Atocha.

 

Pero tampoco olvidemos la parte lúdica, pues es de sobra conocido que el Libertador tampoco perdió su tiempo y era un asiduo de las grandes fiestas y juergas en la capital de España. Le gustaba vivir muy bien, bebía buenos vinos, gastaba bastante dinero en ropas caras y llevaba un ritmo de vida por encima de sus posibilidades, si tenemos en cuenta que no poseía una gran fortuna y que las arcas familiares estaban vacías. La ayuda de otros familiares, como su hermano, y su rápido acceso a los bienes heredados le permitirían esta vida de lujo y caprichos varios.

 

Su boda sería efímera y su esposa, María Teresa Rodríguez, moriría en 1803 de una extraña enfermedad nada más llegar a América, lo que sumió en un gran dolor y tristeza a Bolívar. Juró ante su tumba que nunca más se casaría y lo cumpliría; tampoco dejaría descendencia conocida y el vacío dejado por la difunta sería inmenso y le embargaría durante toda la vida. Esta situación adversa provocó su segundo viaje a Europa, donde asistiría en Milán en compañía de unos amigos a la coronación de Napoleón Bonaparte como emperador, hallándose presente, incluso, en el momento en que el máximo líder del continente se ciñó la corona de hierro de Lombardía, allá por el año 1804. Aquella imagen le perseguiría de por vida y siempre admiraría ocultamente la figura de Napoleón.

 

También visitaría París y volvería a España, donde tenemos noticias, por sus cartas e informaciones de la época, de sus estancias, al menos, en Madrid, Bilbao y Cádiz. En la ciudad vasca sabemos que, incluso, Bolívar pudo conocer a su primera esposa en su primer viaje y comenzó el idilio que fatalmente terminó con su prematura muerte. Estos son los años, entre 1803 y 1810, en que se le atribuyen a Bolívar numerosos romances, una vida frívola y quizá desordenada y un período formativo, en lo político, que ya era claramente liberal y revolucionario, en el sentido francés de la época.

 

La figura política de Bolívar está notablemente influida por las ideas de la Revolución Francesa, la Ilustración y el enciclopedismo de Diderot y otros pensadores. Bolívar leía francés a la perfección, hablaba un poco de italiano y podía leer el inglés, un conocimiento de las lenguas absolutamente anormal para un hombre de su tiempo. Hasta el final de sus días leyó el pensamiento de los liberales y disfrutó durante horas con los escritos de Rousseau, que incluso releía durante sus descansos entre batalla y batalla, tal como nos cuentan sus asistentes militares en sus memorias.

 

De sus años París, poco conocidos, el escritor colombiano Mauro Torres tiene una visión bastante peculiar de los mismos, a la que cito sin más comentarios: “Rápidamente, pasa Bolívar a París donde lo encontramos ya en mayo de 1804. Aquí, Bolívar da rienda suelta de manera orgiástica, a una vida de placeres, de mujeres y de vino, de salones de juego, siendo el salón de Fanny de Villars, uno de tantos. Ahora es enteramente libre, por lo menos en lo que se refiere a las costumbres. Ya no tiene diques ni guardacantones morales que lo sofrenen, ni madre, ni tíos, ni preceptores, ni esposa. ¡Es libre!”. Son los años en que Bolívar malgasta su fortuna y disfruta de una vida que nunca más volvería a poseer de esa forma; luego llegaría la larga lucha por el poder y la gloria y su efímera muerte, la última batalla que perdió.

 

Regreso a América: la guerra

En 1810 regresa definitivamente a América, aunque siempre soñó con volver a Europa y recorrer las calles de País, quizá la ciudad que más quería. Antes de su llegada a su amada Venezuela, tenemos noticia de que Bolívar estuvo en los Estados Unidos, tal como relataba en una de sus crónicas el periódico New England Courant:

 

“Washington, la capital de la Nación está agasajando dos importantes personalidades, el Señor Simón Bolívar, criollo venezolano educado en España, quien va camino de su país procedente de Londres, acompañado por Francisco de Miranda, un militar de fortuna y veterano de ambas revoluciones: la Americana y la Francesa. ¿Qué puede significar esta visita, sino que muy pronto podemos tener noticias de revolución en el Hemisferio Sur? Tengamos la esperanza que ninguno de nuestros propios comerciantes, demasiado ambiciosos, se arriesgaren en sus viajes doblemente peligrosos, ayudando a los rebeldes y de paso enriquecerse ellos mismos”.

 

El año de su llegada de nuevo a casa coincide con una gran agitación en todo el continente americano, pero también en España, que sufre una profunda crisis política y económica, preludio de la guerra contra los franceses y de la desintegración del Imperio español. La anacrónica situación de mantener una dominación colonial sobre las tierras americanas era ya una idea insostenible.

 

En aquel tiempo, en Quito son degollados los patriotas que luchan contra los españoles, se producen revueltas y algarabías contra los ocupantes en Cartagena de Indias y Buenos Aires y en Cáracas el 19 de abril de 1810 se produce la primera algarada seria contra los españoles, a la que Bolívar rehúsa unirse por motivos nunca suficientemente explicados. La llama de la protesta se extiende por todo el continente y parece ya imparable; México también se suma a las protestas, se producen revueltas en Chile y, en 1811, el Congreso venezolano decreta la independencia del país. Bolívar apoyó tal acto de rebeldía contra los españoles.

 

En esos días, y aprovechando los contactos internacionales y el conocimiento de Europa que tiene, Bolívar se suma a la causa revolucionaria y decide viajar hasta Londres para pedir ayuda a los ingleses contra los españoles. El marqués de Wellesley, a la sazón ministro de exteriores de la Corona inglesa, le da buena acogida y trato agradable, pero se comporta de una forma muy británica: le permite exportar armas hasta América, pero le exige el pago al contado y pagando fuertes derechos arancelarios. La “solidaridad” británica tiene un alto precio para los revolucionarios.

 

“A su regreso de Londres se retiró a la vida privada, nuevamente, hasta que en septiembre de 1811 el general Miranda, por aquel entonces comandante en jefe de las fuerzas de mar y tierra, lo persuadió de que aceptara el rango de teniente coronel en el estado mayor y el mando de Puerto Cabello, la principal plaza fuerte de Venezuela”, escribiría el escritor venezolano Arturo Uslar Pietri.

 

En Puerto Cabello sufriría una primera y gran derrota militar, que le haría entregar a su mentor político, el general Mirada, a los españoles, que nuevamente se habían hecho con el control de Venezuela. Una vez entregado a Miranda, en 1812, Bolívar abandonaría Cáracas rumbo a la Guaira y Curacao. Pese a este revés, sin embargo, la llama independentista ya había prendido en el continente y el proceso de enmancipación nacional de los pueblos latinoamericanos era ya irreversible. Miranda acabaría sus días en una prisión gaditana y siempre le guardaría un gran rencor a Bolívar, al que calificaba como inepto en lo militar y soberbio en lo político.

 

Cartagena le dio la gloria

Entre 1812 y 1813, llamados por el espíritu revolucionario y nacionalista, los ciudadanos de Cartagena de Indias se levantan contra el poder español y proclaman una república. Bolívar, en vista de cómo evolucionan los hechos, toma el primer barco y se presenta allí. Y comienza la leyenda. Bolívar arenga a las nuevas fuerzas independentistas, llama a corregir los errores del pasado y a emprender una lucha por la libertad que debe concluir con la emancipación de América entera. Lanza el manifiesto de Cartagena y la ciudad brilla de emoción, pero también todo un pueblo que anhela la libertad y el final de las cadenas.

 

Mientras España se desangraba y vivía uno de los más momentos más turbios de su historia, los americanos ya luchan abiertamente contra siglos de ignominia e injusta dominación colonial. Paradojas del destino convertirían a un descendiente de españoles, Bolívar, en un abanderado de la causa revolucionaria y quien llevaría a buen término la nueva cruzada emprendida en pro de la liberación nacional. En aquellos días, consciente de que la presencia española ha llegado a su fin, Bolívar escribiría en una carta: “De los negocios de España estoy contento, porque nuestra causa se ha decidido en el tribunal de Quiroga y Riego…Yo que siempre he sido su enemigo (de Fernando VII), ya veo con desdén combatir contra un partido arruinado y expirante”. Bolívar se había convertido ya en uno de los grandes próceres de la epopeya latinoamericana que significa la lucha por la liberación nacional. Un cuadro del Museo Bolivariano de la Quinta de San Pedro Alejandrino nos muestra a Bolívar como un personaje central en la historia latinoamericana y como el hombre que señaló el camino a los que llegaron después, los malogrados Augusto Sandino, Omar Torrijos y quizá el mismo Ernesto Che Guevara. Quizá al pintor le faltaron Hugo Chávez y Fidel Castro, otros dos autotitulados “herederos” de la causa bolivariana.

 

En 1813, ya en plena campaña bélica por la libertad, Bolívar es nombrado brigadier de todos los ejércitos de la Unión y se encamina hacia Cáracas, donde obtiene un relativo éxito al tomar la ciudad. De la entrada en la ciudad, escribiría el francés Henry Ducoudray-Holstein, al que cito textualmente:

 

“La entrada en Caracas de Bolívar fue brillante y gloriosa. Los amigos de la libertad que habían sufrido tan severamente, lo rodearon desde todos los rincones del país y saludaron su arribo con grandes muestras de alegría y regocijo. El entusiasmo fue universal, en cada clase y cada sexo de los habitantes de Caracas. El bello sexo coronó a su Libertador. Ellas cubrieron las calles de flores, ramos de laurel y olivo, a su paso por las calles de la capital. Los gritos de millares se mezclaron con el ruido de las salvas de artillería, las campanadas de los templos y la música; la muchedumbre fue inmensa”.

 

Sin embargo, la gloria duraría poco tiempo y una fuerza comandada por los españoles le obligaría a Bolívar a marchar hacia Jamaica durante unos meses. Ese mismo año México se declararía independiente y el clima de exaltación nacional se acrecentó en todo el continente. Bolívar escribiría, en 1815, una carta desde Kingston donde expone que su sueño es “más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riqueza que por su libertad y gloria”. Incluso más tarde llegaría a pensar con extender su confederación de naciones latinoamericanas hasta la Pampa argentina, quizá llevado por uno de esos efluvios napoleónicos que dominarían muchas de sus ideas y acciones.

 

Más tarde, en 1816, tras un breve período fuera del continente, desembarca Bolívar en Carúpano y nuevamente se pone al frente de las fuerzas, obteniendo grandes victorias frente a los españoles pero también derrotas. Por ejemplo, Bolívar no pudo defender Barcelona y la abandonó a su suerte, lo que provocó una gran matanza por parte de los españoles, que llegaron a degollar a todos sus defensores en uno de los capítulos más negros y sangrientos de esta guerra. Algunos historiadores, muchas veces por su animadversión hacia la figura histórica de Bolívar, han llegado a culpar al personaje de la matanza, pero tal aseveración parece más fruto de la pasión que del rigor histórico.

 

Entre 1816 y 1819 se desarrolla la guerra de la independencia de lo que Bolívar llamaba la “Gran Colombia”, una suerte de confederación de naciones latinoamericanas que incluía a  las actuales Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela. La moral de los españoles se resquebrajaba por momentos y la estrella de Bolívar brillaba con más fuerza que nunca, pese a que también tuvo unos doce reveses militares serios en esas fechas. Luego está el Bolívar cruel, pues en numerosas ocasiones fue implacable, violento y despiadado con sus enemigos vencidos. El escritor venezolano Arturo Uslar Pietri le ha llegado a considerar la primera versión prototípica del dictador latinoamericano, un hombre para el que fin justificaba los medios. Quizá dicha denominación no se acerque a la realidad, pero no debemos olvidar los hábitos y métodos de la época, bastante lejanos de los nuestros y poco ceñidos a lo que hoy conocemos como los derechos humanos.

 

El mismo Bolívar había dejado escrito en aquel entonces que “Usted me conoce y sabe que soy más generoso que nadie con mis amigos y con los que no me hacen daño; y también sabe que soy terrible con aquellos que me ofenden”. Bolívar, gran conocedor de la historia, se sintió influido por el carácter de Napoleón y sus grandes victorias, aunque nunca lo dijera abiertamente. Incluso sus ideas políticas, centralizadoras, unificadoras y escasamente federalistas, bebían de la influencia francesa jacobina y no cabe duda de que su modelo se acercaba más al francés que al norteamericano.

 

Pero el éxito de Bolívar es más político que militar. En 1819 el Congreso de Antioquía decreta la creación de la República de Colombia, que debía incluir, tal como deseaba Bolívar, las actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá. Más tarde, anunciando lo que estaba por venir, Bolívar anunciaría profético: “Cuando yo dejé de existir, esos demagogos se devorarán entre sí como lo hacen los lobos, y el edificio que construí con esfuerzos sobrehumanos se desmoronará en el fango de las revoluciones”. Pero no adelantemos el relato y sigamos con nuestra historia.

 

El momento le es absolutamente propicio; tiene el apoyo de su pueblo y las grandes naciones, Francia, el Reino Unido y los Estados Unidos, alientan su causa. Los medios de comunicación europeos del momento le presentan como un héroe querido y admirado por su pueblo, una suerte de David que lucha contra un Goliat terrible y cruel, que es el imperialismo español. A toda esta conjunción de factores proclives a su causa, hay que añadir que su intuición política le permite controlar la escena del momento, consiguiendo, por ejemplo, que en el año 1820 el Congreso de Angostura le ratificase de nuevo con el título de Libertador, algo que ya había hecho antes una junta ciudadana de Caracas.

 

De aquellos años guardamos un descripción del personaje, que fue realizada en 1818 por el militar británico Richard Vawell y que puede ayudarnos a conocer algo más a Bolívar: “Bolívar, por la época de que hablamos, tenía unos treinta y cinco años, si bien parecía de siete u ocho más. Su rostro era delgado y expresaba paciencia y resignación, virtudes de las dio suficientes pruebas durante su larga carrera política, y que le honran tanto más cuanto que su carácter era muy imperioso. Rodeado de hombres a los que era superior por su nacimiento y educación, no tenía mucho que hacer para que sus maneras pareciesen elegantes; pero una prueba mejor de que era distinguido es que, a pesar de las prevenciones que la Corte de Madrid abrigaba contra los criollos de sus colonias de Ultramar, cuando, en su juventud, fue enviado a la Corte para perfeccionar su educación, Bolívar se conquistó el amor de la hija del marqués de Ustáriz, con la que se casó”.

 

La descomposición de las fuerzas españoles en el continente americano se produce entre 1819 y 1820, pues ya en aquel año la revuelta se ha generalizado en todos los territorios y el virreinato de Nueva Granada está ya casi controlado por las fuerzas rebeldes. Bolívar conquistaría Bogotá y numerosos territorios en esas fechas, mientras que los españoles huyen y se atrincheran en una desesperada acción numantina en la amurallada y escasamente estratégica ciudad de Mompós. Su suerte, tal como se suceden los acontecimientos, está echada. 15 de las 22 provincias de Nueva Granada ya se habían adherido al nuevo Gobierno de Colombia que controlaba Bolívar; los españoles ya sólo poseían Cartagena y el istmo de Panamá. La guerra en el continente estaba a punto de concluir para los españoles; estaban cansados, desmoralizados y, sobre todo, sin un proyecto para esta zona del mundo.

 

La guerra, sin embargo, continuaría a lo largo de los años siguientes. En 1822, Bolívar se lanza con sus fuerzas a la conquista del territorio ecuatoriano y ocuparía en una campaña triunfante Quito, Pasto y Guayaquil para Colombia. Un año antes había conseguido un gran éxito: el Congreso de Cúcuta le había elegido Presidente y Bolívar había comenzado a poner en marcha su modelo político centralista y jacobino, seguramente inspirado de las ideas francesas que tanto había estudiado y tan bien conocía. En aquellas fechas, ya investido del carisma y arrojo que le había dado su gloria política y militar, Bolívar se reuniría con el otro gran prócer de la independencia americana, el general José de San Martín.

 

El militar argentino San Martín escribiría de Bolívar, tras su entrevista, un  relato bastante neutral del personaje, debido a que la entrevista entre ambos no se desarrolló en los términos previstos. Cito textualmente su correspondencia: “Bolívar era muy familiar con el soldado y le permitía licencias no autorizadas por las leyes militares, pero lo era muy poco con sus oficiales, a los que a menudo trataba de manera humillante. En cuanto a los hechos militares de este general, puede decirse que le han merecido, y con razón, ser considerado como el hombre más asombroso que haya producido la América del Sur. Lo que le caracteriza por sobre todo y forma, por así decirlo, su sello especial, es una constancia a toda prueba, que se endurecía contra las dificultades, sin dejarse jamás abatir por ellas, por grandes que fueran los peligros a que hubiera arrojado su espíritu ardiente”. Las ideas de ambos, en lo político, también estaban en las antípodas; Bolívar era más bien liberal, mientras que San Martín concebía una suerte de absolutismo ilustrado de corte monárquico. Nada que ver, nada que hacer juntos.

 

También por aquellas fechas, tal como nos cuenta una placa que se encuentra en la Plaza Mayor de Quito, conocería a una de sus más significativas amantes, Manuela Sáenz, conocida como la Libertadora por su apasionamiento y titánico trabajo en pro de la causa revolucionaria. La conoció en 1820 y la relación, al parecer, se rompió unos antes de la muerte del Libertador. Saénz moriría en 1856 en Perú abandonada por todos, inválida y olvidada del mundo.

 

Bolívar también se empeñó en la liberación Bolivia y Perú, cosechando grandes éxitos allí donde los militares españoles se retiraban. En muy poco tiempo, a merced a sus avances, se convirtió en el Presidente de Colombia, en el padrino político de Bolivia y en dictador de Perú, pero, sin embargo, no fue capaz de conseguir la unidad y combatir las tendencias centrífugas que se desarrollaban en toda América.

 

Un poco después de entrar triunfante en Lima, Bolívar fue despojado ignominiosamente, en 1824, de la jefatura de las fuerzas militares de Colombia por el Congreso, rompió con su antaño aliado, el general Santander, que más tarde le traicionaría, y regresó a Caracas donde juró defender la Constitución que él mismo había “diseñado”. Pese a todo, en ese año de 1824 cosechó uno de sus victorias más impresionantes: la batalla de Aguacucho selló el final del dominio español en América Latina y el desarrollo de las nuevas entidades nacionales latinoamericanas.

 

Sin embargo, el final de su poder estaba cerca. Había sido ya presidente de la “Gran Colombia” desaparecida por las luchas intestinas, de la República de Bolívar (actual Bolivia) en 1825 y también de Perú, entre 1824-26. Estos éxitos políticos y militares no le permitieron a Bolívar evitar las divisiones internas en el seno del movimiento que el mismo había desencadenado y a finales de la década América ya no era una unidad o confederación tal como él había soñado e idealizado. La guerra civil se extiende por toda la “Gran Colombia” que había desarrollado en sus escritos y pensamientos, dejando tras de sí un reguero de conflictos y destrucción humana y material.

 

Bogotá, capital de la inquina

Una vez comprobado que su sueño se ha deshecho por las ambiciones, las luchas internas y las traiciones de todo tipo, Bolívar se retira a Bogotá, donde trataría de seguir ejerciendo su poder absoluto y controlando la vida de Colombia, pero sus enemigos no le dejarían. En 1828, cuando su poder ya ha declinado claramente en toda su área de influencia y la mayoría de los países que había liberado le dan la espalda, Bolívar sufre un atentado por parte de sus enemigos, aunque consigue huir desnudo completamente y refugiarse en un puente durante toda la noche. Una vez desactivada la amenaza golpista, Bolívar actúa sin contemplaciones y ordena ejecutar al general Padilla, al parecer cabeza dirigente de la conspiración contra Bolívar.

 

Los últimos años del Libertador son muy tristes. Colombia se encuentra enzarzada en una cruenta guerra civil, la división es total y los alzamientos contra el poder constituido son moneda corriente. Por quinta vez en su vida, Bolívar renuncia a la máxima diligencia del país y anuncia su retirada con la intención de volver a Europa para realizar un largo viaje.  Quiere cumplir el gran sueño de su vida: volver de nuevo a París, pero como veremos nunca llegará a verlo cumplido.

 

Bolívar se encuentra al final de su carrera, abandonado por todos, abatido, enfermo, solo, con pocos amigos y en un país que ya ha escapado a su control. Una Colombia dividida, enzarzada y al borde de la guerra civil. Su tiempo, pese a su juventud, escasamente 47 años, había pasado definitivamente y llegaba el ocaso de su dilatada trayectoria política y militar. El último atentado, además, le había causado una gran depresión y le había dejado postrado durante una temporada.

 

Pese al estado de cosas tan lamentable que mostraba el país, la gente de la calle le seguía mostrando a Bolívar cariño y admiración, tal como relata el viajero francés Augusto Le Moyne en su diario escrito entre 1828 y 1830, que reproduzco literalmente:”Durante los días anteriores a su salida de Bogotá, la modesta casa de un particular, donde se retiró provisionalmente, se vio constantemente invadida por los miembros del Congreso, las corporaciones civiles, militares y eclesiásticas y hasta por simples ciudadanos que acudían hacerle patente su pesar y los votos que le formulaban. A estas manifestaciones de afecto, más o menos sinceras; se sumó una manifestación por parte de las tropas de guarnición que, al demostrar que el antiguo presidente de Colombia seguía siendo adorado por el ejército, pudo en un momento dado hacer pensar en una revolución: un batallón de granaderos, que no inspiraba confianza y que se quería enviar a otro acantonamiento, se negó a marchar sublevándose al grito de “¡Viva Bolívar!” y manifestando su deseo de volverle a colocar a la cabeza de gobierno”.

 

Ante esta cada vez más difícil situación y sabiendo que su figura concitaba la división y no el consenso, Bolívar preparó sus maletas y se marchó de una ciudad a la que siempre, en cierta medida, consideró hostil, el centro político donde tuvo que luchar duro por conseguir sus objetivos y donde sufrió todo tipo de conspiraciones. Es más que seguro que nuestro Bolívar se alejó de esta capital de la inquina con cierta satisfacción, con la alegría de que muy pronto se embarcaría rumbo a Europa y volvería a su siempre añorada Francia.

 

En Bogotá dejaría su bella casa, llamada hoy la Quinta de Bolívar, donde viviría largos periodos de su vida y donde disfrutaría de una vida relajada y placentera. La casa fue un regalo del Estado colombiano por los méritos militares y políticos contraídos con la patria. En este bello y paradisíaco lugar, situado en pleno centro de Bogotá, muy cerca del barrio de La Candelaria, Bolívar se deleitaba escuchando el piano y bebiendo vinos de Burdeos, dos aficiones que le perseguirían desde su estancia en Francia y que nunca abandonaría. Era un auténtico afrancesado. El único rasgo suficientemente español que le perseguiría de por vida es la sana costumbre de echarse la siesta, algo que hacía incluso en los períodos de mayor tensión militar. Una vez empacadas sus maletas, como se dice en Colombia, no volvería a pisar nunca más la ciudad de Bogotá.

 

De Cartagena a la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta

En Cartagena se quedaría en la casa del Marqués de Valdehoyos, donde se alojó durante varios días con la intención de partir rápidamente hacia Santa Marta y más tarde hacia Europa. Nuevamente volvía a Cartagena de Indias, la ciudad que él decía le había dado la gloria y donde había comenzado a gestarse la independencia de Colombia. Ciudad heroica, resistente y valiente, la urbe entregó a los mejores de sus hijos en la lucha por la libertad y pagó muy cara su rebeldía.

 

Allí, Bolívar, ya rendido por unos avatares incontrolables y enfermo, se sentiría como Napoleón antes de partir hacia Elba. Un testigo que vio al Libertador antes de partir hacia el lugar donde fallecería, José Vallarino, escribiría en su diario, en 1830, la siguiente descripción: “Advertí en la fisonomía de Bolívar mucha languidez. Sus ojos se fijaban y no brillaban como siempre y del lagrimal le supuraba con alguna frecuencia un humor craso que se limpiaba cuando lo sentía descender. Su cuello estaba un poco hundido entre sus hombros. La espalda un poco cargada. El pecho un poco fatigado. Una tos tenue, pero bastante frecuente; tardío en discurrir y sus pasos vacilantes”.

 

Bolívar estaba hundido física y moralmente, sobre todo al comprobar que su sueño de crear una gran nación latinoamericana había fracasado y que en su lugar un sinfín de naciones habían nacido, quizá su legado no deseado a la historia del continente.  Bolivia, Ecuador, Venezuela y la misma Colombia habían desafiado a sus ideas de unidad y ya caminaban por sí solas por la historia de la humanidad. La mayor derrota en aquellos días de Bolívar no era militar, sino política: haber fracasado en su empeño de unir a todos los pueblos de la región en un mismo Estado, algo por lo que había luchado hasta perder sus últimas energías y que había desangrado a la nación. “Temo más a la paz que a la guerra”, había dicho premonitoriamente en los días de la lucha contra los españoles.

 

Una vez abandonada Cartagena, Bolívar se dirigió a través del bello río Magdalena hacia Santa Marta, donde le esperaba un amigo español, Joaquín de Mier, conocido comerciante y agricultor local. El viaje de Bolívar por el río Magdalena ha sido descrito magistralmente por Gabriel García Marquez en El general en su laberinto, libro que nos ayuda a comprener el dolor, la soledad y el desasosiego que invadían al Libertador en sus últimas horas. Mier le recogió en su bella casa: la Quinta de San Pedro Alejandrino. Allí, en aquel espacio recogido, de un verdor increíble, caribeño e idílico, pasó los últimos momentos de su vida Bolívar e incluso, cuentan los testigos que le vieron, regresó al cristianismo. Sus últimos días fueron muy tristes; se pasaba el día postrado, dando cortos paseos por la Quinta y mirando el fluir del río Magdalena, el más caudaloso de Colombia.

 

Podemos imaginar que la ruptura con Manuela Sáenz todavía le abrumaba y que las noticias que le llegaban no eran nada satisfactorias para alguien que había dado su vida a la causa americana. Su gran amigo el Mariscal Sucre, el gran héroe de Ecuador, había sido asesinado ese mismo año y el Libertador se sintió herido y traicionado. Luego Ecuador, que para él siempre había sido una parte inseparable de Colombia, ya era plenamente independiente. El final estaba cerca y Bolívar intuía todas estas tragedias como negros presagios para una vida ya consumida y acabada.

 

Lejos quedaban los días de gloria y apasionamiento político, de grandes batallas militares y de luchas intestinas, atrás también sus amadas Cartagena y Caracas, quizá sus dos ciudades más queridas. Su idolatrada Venezuela, que tanto amaba, también había dado la espalda a sus sueños de unidad y fraternidad latinoamericana. Le habían retirado los honores, para herirle en su orgullo, y su figura era criticada abiertamente. Aún así, en aquellos días tristes, cuando exponía sus últimas voluntades, Bolívar expresó su deseo por ser enterrado en la tierra que le vio nacer. Así sería, pero muchos años más tarde, allá por el 1842.

 

Incluso en aquellas duras jornadas, en que todo en su universo era confuso y adverso, pues la enfermedad que le llevaría a la muerte seguía avanzando, el Libertador se reconciliaría con el cristianismo y volvería a abrazar la fe cristiana, en un hecho tan contradictorio como inexplicable. Juan de Ujueta, un lugareño que le visitó en aquellos días fatídicos en la Quinta de San Pedro, recordaba en su diario: “Como seis días antes del funesto 17 de diciembre de 1830, fui a la Quinta por la tarde, y allí me refirieron como el Ilmo. Sr. Obispo Estévez, que, con el pretexto de visitarle, le habló de disposiciones de conciencia, lo que sorprendió al Libertador, levantándose de su asiento con su viveza natural y observándole que no se sentía tan grave; concluyó por pedirle tiempo para prepararse, llamando después al señor Obispo para confesarse. Después del recogimiento que tuvo de la oración, volvió a llamar al señor Obispo y le encargó de redactar la alocución que deseaba dirigir a los colombianos, dictándosela casi íntegra, la cual hizo reformar hasta por tercera vez”.

 

El Bolívar masón también se rindió ante sus propias ideas, abandonó con tristeza los últimos ideales y la decepción debía de herirle más brutalmente incluso que la tuberculosis que le devoraba desde hacía meses. Bolívar, que había sido líder indiscutible de Colombia y Venezuela entre 1813 y 1830, veía como los dos países se separaban para siempre y seguía apelando a esa “unidad” que ya nunca más volvería. Los primeros días de diciembre de 1830 todo el mundo estaba preparado en San Pedro Alejandrino para el final. El Libertador todavía sueña con que las cosas se pueden reconstruir, aunque se muestra pesimista con respecto al futuro: “verá que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia, y ¡desgraciados de los pueblos! y ¡desgraciados de los gobiernos!”, escribía en una de sus últimas cartas.

 

Finalmente, un día 17 de diciembre de 1830,  a la una y siete minutos de la tarde, como relatan las crónicas, moría Simón Bolívar, llamado el Libertador por su pueblo, querido por muchos, odiado por unos pocos y siempre referente del sueño de la unidad latinoamericana. Según la novelada versión realizada por García Marquez de su fallecimiento, el general exclamó: “Carajos. ¡Cómo voy a salir de este laberinto!”

 

 Su cuerpo fue expuesto durante unos días en el centro de Santa Marta, en lo que hoy es la Casa de la Aduana, y luego llevado para ser enterrado a la Catedral, una vez que se había producido su “reconciliación” con la Iglesia católica. Murió a los 47 años, libre de equipaje, pues había dilapidado su fortuna, y con más apóstoles con los que habría soñado en vida. Su mito, pero también su historia plagada de grandezas y miserias, como la de todos los héroes, se convertiría un referente fundamental en América Latina desde su desaparición; luego vendría el mito bolivariano y la reivindicación de sus ideas y proyectos por casi todos los dirigentes latinoamericanos de todos los colores. Un personaje controvertido pero adorado, estudiado pero muchas veces incomprendido. Pero esa es ya otra historia.

 

 

 

 

LA PRENSA FRANCESA Y LA FIGURA DE BOLÍVAR

Cuando murió Simón Bolívar la prensa francesa de la época recogió con abundante material, incluso inusual para la época, la muerte de este héroe latinoamericano. “Aunque Bolívar por largo tiempo dispuso de una manera casi absoluta de las rentas de tres Estados, Colombia, Perú y Bolivia, murió sin poseer un solo cuarto de los fondos públicos, pero tampoco dejó deudas, no obstante haber sacrificado los nueve décimos de su grandísima fortuna al servicio de la patria y a la libertad de casi mil esclavos que servían en sus haciendas”, escribiría Le Courier Francais.

 

Para Journal du Comerce, “Poco se hablará de la muerte de Bolívar en medio de las inquietudes de nuestra Francia. Ya hacía tiempo que el gran caudillo político de las revoluciones de América Latina llamaba apenas nuestra atención. Luchando con dificultades abrumadoras y consumiéndose lentamente en una tarea que ya no ofrecía la brillantez de sus primeros trabajos, pasaba por el dolor de no poder ser estimado por nosotros a tanta distancia, y de sacrificarse sin recompensa al imperio que ejercía sobre él la expectación de las censuras de Europa”.

 

Le Figaro también se refería a Bolívar de la siguiente forma: “Simón Bolívar nació en Carcas el 24 de julio de 1783. Después de haber seguido estudios en Madrid pasó a Francia. Su recomendación personal le proporcionó allí útiles relaciones de sociedad, de que sólo se aprovechó para prepararse a dar libertad a su patria. Sustrayéndose a los placeres que París le presentaba, se dedicaba incesamente, y a la edad de 23 años, a adquirir los conocimientos que convienen a un guerrero y a un estadista. Después de haber recorrido la Inglaterra, la Italia y una parte de la Alemania, se casó en Madrid con la hija del Marqués de Ustáriz; y seguidamente regresó a su patria, que a la sazón sacudía el yugo de metrópoli. Al principio no fueron felices sus tentativas, hasta que en la batalla de Cúcuta le favoreció la victoria por primera vez”.

 

Y así contaba su muerte Le Quotidien: “Bolívar, cuya salud causaba vivas inquietudes de algún  tiempo a acá, murió el 17 de diciembre último, en San Pedro, pueblecillo cercano a la ciudad de Santa Marta. El 11, después de haber recibido los Sacramentos, extendió una especie de testamento político, en que, después de recordar sus trabajos, se queja amargamente de la ingratitud y de la calumnia, que envenenaron su vida, y que festinaban su muerte. Al concluir este postrer acto, cayó en un delirio que le duró hasta expirar. Sus últimas palabras fueron Unión, unión”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA SOBRE BOLÍVAR:

 

Bolívar, Simón: Obras Completas de Simón Bolívar. La Habana, Ediciones Lex, 1950.

Carbonel, Diego: Autobiografía del general Bolívar. Buenos Aires, Imprenta López, 1947.

De Mosquera, Tomás: Memorias sobre la vida del Libertador Simón Bolívar. Manizales, Hoyos Editores, 2002.

García, Marquez: El general en su laberinto. Madrid, RBA, 2004.

Lynch, John: Simón Bolívar. Madrid, Crítica, 2006.

Madariaga, Salvador: Bolívar. Buenos Aires, Editorial Sudamérica, 1959.

Masur, Gerhard: Simón Bolívar. México, Biografías Grandeza, 1960.

Noguera, Anibal y De Castro, Flavio: Aproximación al Libertador. Testimonios de su época. Bogotá, Plaza y Janes Historia, 1983.

Ocampo López, Javier: Historia Básica de Colombia. Bogotá, Cuatro por Cuatro Editores, 2000.

Sañudo Torres, Rafael: Estudios sobre la vida de Bolívar. Bogotá, Editorial Bedout, 1975.

Torres, Mauro: Moderna biografía de Simón Bolívar. Bogotá, Ecoe Ediciones, 2004.

 

comnetar 11 Febrero 2007

CRACOVIA, ESENCIA POLACA DE RAÃCES JUDÃAS


CRACOVIA, ESENCIA POLACA DE RAÍCES JUDÍAS

UN REPASO A LA HISTORIA DE POLONIA

RICARDO ANGOSO, 2006

Estoy más que seguro que el título que encabeza este breve itinerario por una de las ciudades más bellas de Europa molestará a algunos polacos. El tradicional antisemitismo que siempre impregnó a la vida social, política y cultural de este país, junto con la pervivencia de un ancestral prejuicio hacia los hebreos que también sobrevivió a la época comunista y después, hace muy difícil escarbar y conocer la verdadera historia (y tragedia) de los judíos polacos. Su principal capital, sobra decirlo, era Cracovia, una ciudad de dos caras: el centro católico, sólo para personas de esta confesión, y la bella Kazimierz, construida por Casimiro el Grande, donde se permitió vivir a la población hebrea. Ambas partes son muy bellas, coloristas y renacentistas, barrocas y esplendorosas. En sus muros se recoge el bello pasado de Polonia, pero también sus tragedias: entre 1940 y 1942 los judíos de la ciudad fueron enviados al ghetto abierto por los nazis y desde allí traslados, en vagones de ganado, a los campos de la muerte. Solamente unos 10.000 de los 69.000 judíos que vivían en la ciudad sobrevivieron a la barbarie. Este drama queda bien recogido en la película de La lista de Schindler, que no por casualidad se rodó en la bella Cracovia, una de las pocas ciudades polacas que no fue destruida en la Segunda Guerra Mundial.


 

De los orígenes al renacimiento

La primera mención a la ciudad de Cracovia data del año 965, cuando un mercader árabe, Ibrachim ibn Jakub, de viaje alrededor de Europa, escribiría en su diario una breve reseña de la urbe. En su obra, titulada Los eslavos y los rusos, describe como desde Cracovia partía hacia Praga y como la ciudad era ya un importante centro de comunicaciones y comercio.

 

Más tarde, en el año 1000, la ciudad ya contaría con un obispado y era un centro religioso de primer orden. Los primeros edificios, construcciones e iglesias se fueron construyendo en torno a un gran mercado e incluso una gran catedral. Cuenta con una variado casco antiguo, que va desde sus orígenes iniciales hasta la época comunista, y fue declarada patrimonio de la Historia Universal por la UNESCO. Sin conocer Cracovia no se puede entender Polonia.

 

Situada en un lugar rocoso desde donde se alcanza ver el Vístula, Cracovia es la ciudad donde mejor se percibe la identidad polaca, también la hebrea, como ya hemos dicho antes. Su riqueza arquitectónica, que Cracovia exhibe desde el primer momento, nada más llegar a esa estación de trenes como sacada de una película de la Guerra Fría, le viene derivada de su historia.

 

Desde el siglo XI hasta el siglo XV, Cracovia fue la capital de Polonia y el primer motor económico, político y cultural de casi toda Centroeuropa, si exceptuamos a Viena y quizá también a Budapest. Los reyes polacos eran enterrados en el centro de la Catedral de Wawel, construida en el siglo XI, y donde se oficiaban las exequias de los monarcas fallecidos. Era la época de gran esplendor y pompa de la corte de Cracovia. Pese a todo, la ciudad no se libró de los vaivenes de la historia y la guerra, los ataques extranjeros e importantes destrozos materiales. En 1241, tras un largo periodo de esplendor y crecimiento de la ciudad, un ataque de los tártaros provoca numerosos daños y una gran destrucción, tal como revelan las crónicas históricas. Sin embargo, se repuso rápidamente y continuó con su protagonismo regional.

 

En el año 1257, y siguiendo con su estela de desarrollo y crecimiento, la ciudad obtiene el derecho a un fuero municipal y en la misma capital los reyes polacos serían coronados. En el siglo XIII, se construiría una de las plazas grandes y más bellas de Europa en la urbe, la de Rynek Glowny, siendo todavía, por sus dimensiones, una de las mayores del continente: 200 metros por 200, recordando mucho a las de San Marcos, en Venecia, o la Gran Plaza de Bruselas.

 

En los alrededores de la gran plaza está todavía el Sukiennice o viejos soportales, donde los comerciantes hacían sus negocios e instalaban sus puestos de venta. Además, dada la climatología adversa y fría de la ciudad en invierno, es de imaginarse que serviría de protección tanto a mercaderes como a compradores; hoy los estudiantes y los turistas se sientan en sus alrededores a contemplar la vida de la urbe, muy concurrida y alegre, pues es uno de los principales atractivos turistas de la región.

 

El período de construcción de la plaza coincide con el reinado de Boleslao el Casto, momento en que la ciudad crece, se desarrolla y se asiste a un gran impulso urbanístico. Boleslao sería el primero que otorgaría una carta de leyes (Constitución) a la ciudad, siguiendo los cánones de la época y bajo la influencia de lo que se conocía como los “estatutos de leyes” de Magderburgo.

 

Muy cerca de esta plaza está uno de los restaurantes más antiguos de Europa, Wierzynek, toda una institución polaca y por donde dicen que pasaron los reyes y nobles en la época de boato y lujo real. Data del año 1364, cuando según dice la historia (o la leyenda, que por aquí abunda),  Mikolaj Wierzynek preparó un famoso banquete de bodas para una de las nietas del rey Casimiro el Grande. Al margen de anécdotas, el lugar merece la pena por sus salones decorados de una forma barroca y antigua, donde podemos ver viejos candelabros, armaduras oxidadas y con telarañas, cerámica local y relojes de época. Un lugar, como muchos restaurantes y bares de la ciudad, con un indudable sabor y raigambre centroeuropea.

 

A partir del siglo XIII asistimos a un período de turbulencias y luchas que dura hasta el XIV. Esta época de contenciosos y conflictos por el trono de Polonia terminaría en el año 1333, cuando llega al poder como rey Casimiro III el Grande, con quien comenzaría un periodo de paz y progreso en todos los órdenes de la vida. Casimiro III construiría la otra ciudad, conocida como Kazimierz, donde más tarde vivirían los judíos, y ordenaría la construcción de numerosas iglesias y edificios. Construyó fortificaciones y fundaría la universidad, uno de los centros culturales más importantes de Polonia y muy conectada a las corrientes culturales europeas de entonces. Allí se formarían los principales intelectuales de la Polonia futura, una suerte de Salamanca en el corazón de Centroeuropa.

 

Entre los siglos XIV y XVI, Cracovia asiste a un importante desarrollo cultural y sus instituciones serían conocidas en casi todo el continente, de tal forma que hasta el científico y astrónomo Nicolás Copérnico residió en la ciudad entre 1491 y 1495. En el siglo XV se construiría la bella Iglesia de Nuestra Señora María, que constituye uno de los grandes templos religiosos de la ciudad y uno de los altares góticos más espectaculares de todos  los vistos en Cracovia. Debe visitarse y, sin duda, no defraudará al viajero.

 

Estos años son, quizá, los mejores de la ciudad y el arte y la ciencia adquieren un notable auge. Tanto el gótico como el más tardío renacimiento llegarían de la mano de artistas alemanes e italianos, respectivamente. La Academia de Cracovia, que había sido fundada en el siglo XIV, llegaría a ser uno de los ejes por los que discurría la vida cultural y científica de Polonia, aunque también sería conocida en toda Europa. Su prestigio traspasaría las fronteras polacas.

 

El rey Segismundo I el Viejo (1506-48) y su esposa, la reina Bona, invitaría a artistas italianos para que viniesen a la ciudad a trabajar y dejar sus huellas en la arquitectura local. Artistas como Francisco Florentino, Bartolomé Berecci y Juan María Padovano, por citar tan sólo algunos, impulsarían el renacimiento en Cracovia y nos dejarían buenas muestras de su buen hacer. De este rico periodo, pero también del de Segismundo II (1548-72), datan el castillo real sobre la colina Wawel, las reedificadas casas góticas y la estructura de forma renacentista de los soportales (Sukiennice), desde donde podemos ver la Torre del Ayuntamiento y el mercado, dos de los grandes centros de la ciudad de la Edad Media.

 

Del esplendor y decadencia de la Cracovia barroca a la nueva Polonia

Las primeras formas barrocas las encontramos en el castillo de Wawel, renovado en el año 1600 por encargo del rey Segismundo III por Juan Trevano, un arquitecto venido de Roma y al que le sedujo la capital polaca. El pintor veneciano Tomas Dolabella, invitado también a Cracovia por la corte polaca, adornó los interiores de los palacios reales y las iglesias con enormes cuadros y murales de temática histórica y religiosa. El barroco cracoviano alcanzó su mayor expresión en la construcción sacra y en la decoración de iglesias. Eminentes arquitectos trabajarían en la ciudad, como Tylman de Gañeren, Kacper Bazanka y Francisco Placidi, y dejarían su rico legado para la eternidad, tal como podemos ver y contemplar en este espectáculo visual llamado Cracovia.

 

Luego llegaría la decadencia de Cracovia, es decir, los ataques del exterior y más guerras.  En el año 1655 sería devastada y ocupada hasta los arrabales por los suecos. Luego llegarían los ataques rusos y prusianos. La capital polaca estaba demasiado cerca de sus enemigos y su decadencia cultural había comenzado hacía ya años. También la de Polonia, pues a partir del año 1795 la nación de los polacos perdería su entidad internacional y sería asumida por sus vecinos. Eran los tiempos del reparto territorial de Polonia entre las grandes naciones y su desaparición como entidad nacional. Comenzaba la larga travesía del desierto, la lucha por la supervivencia de una identidad sin nación, como le ha pasado a tantos pueblos en su historia.

 

Entre 1795 y 1918, Polonia quedaría reducida a un pequeño Estado sin entidad y subyugado, mientras que Cracovia pasaría a engrosar la lista de ciudades de segundo orden del Imperio Austro-Húngaro, aunque durante mucho tiempo sería el principal centro cultural, artístico y social de la vida polaca. El auge de los nacionalismos en el siglo XIX, así como la necesidad de hacer reformas frente a las demandas de los nuevos movimientos liberales, llevó al Imperio Austro-Húngaro a hacer concesiones a los polacos y reconocer, entre 1815 y 1846, la República de Cracovia, una suerte de autonomía dentro de los límites de la monarquía dual. Estos derechos de los pueblos fueron recogidos y más tarde ampliados a los polacos en 1866, vivíamos en pleno romanticismo político y literario y Polonia no se quedaría al margen. En estos años, de cierto esplendor y regreso de la identidad polaca, se fundaron la Academia de Ciencias y el Museo Nacional de Cracovia.

 

A comienzos de siglo, y dentro de un marco de cierta revitalización de la cultura polaca, el castillo de Wawel sería remozado y se crearon numerosos grupos artísticos y literarios, como “La joven Polonia”, una organización nacida al fulgor del romanticismo que sobreviviría hasta el siglo XX y que reivindicaba las esencias identitarias y la lengua polaca. El dramaturgo, escritor, pintor y poeta Wyspianski Stanislaw sería uno de sus máximos exponentes, cuyas obras, bien conocidas en toda Polonia y en las zonas de habla polaca de Europa, serían reconocidas en todo el continente por su calidad artística.

 

Como fruto de esa dinámica de cierta resurrección de la cultura polaca, en Cracovia se renovó el conocido Teatro Viejo y se levantó el Teatro Slowacki, dos de las más importantes instituciones culturales de la época. Incluso hoy Cracovia es, quizá, la urbe polaca con la vida cultural más intensa y su programación está repleta de actividades, encuentros, conciertos y exposiciones, tal como sucede en cualquiera de las más importantes capitales universitarias europeas. Pero sigamos con el relato de nuestra historia.

 

En 1918, tras el final de la Primera Guerra Mundial y la implosión del Imperio Austro-Húngaro, provocado por la derrota de las potencias centrales frente a los aliados, Polonia se vio resarcida y aliviada territorialmente, hecho que implicó la integración de Cracovia y territorios adyacentes al nuevo país dirigido por Varsovia. A Cracovia, como premio meritorio, le fue concedida la segunda capitalidad, es decir, la concesión al castillo de Wawel de la titularidad de segunda residencia de los jefes de Estado polacos, al tiempo que algunos de sus más significativas salas quedaban consagradas como museo (todavía pueden ser visitadas y la subida al susodicho castillo del mismo nombre que la colina es una suerte de romería plagada de turistas de todas las nacionalidades; como suele suceder, no faltan japoneses).

 

El mapa de Europa cambiaría radicalmente tras la Gran Guerra y se asistía a un florecimiento en todos los órdenes de la vida. Eran los tiempos de la reconstrucción política, moral, económica y material tras la guerra, de los nuevos mapas del continente y de la reivindicación de las pequeñas naciones siguiendo los principios wilsonianos. Polonia se reconstruía territorialmente sobre estas premisas, que pretendían dotar a todos los pueblos con una identidad propia e indiscutible de  nación en el escenario europeo.

 

Sin embargo, el camino para la reconstrucción de Polonia como entidad nacional no iba a resultar fácil, ya que en 1918, nada más acabar el conflicto bélico, Polonia fue ocupada por austriacos y rusos. Entre 1918 y 1921, hay que destacar que se desarrollaron un sinfín de guerras y conflictos con sus vecinos con el fin de restablecer sus antiguas fronteras. Oficialmente, Polonia había recuperado su independencia el 11 de noviembre de 1918, pero no sería hasta el año 1921, en que se firmó un Tratado de Paz con la Unión Soviética, hasta el momento en que comenzó un periodo de normalización y cierta paz.

 

En el plano interno, el general Józef Pilsudski acaparó todo el protagonismo político entre 1918 y 1922, convirtiéndose en el primer Jefe de Estado de una Polonia independiente en 123 años de ocupación del país por las potencias extranjeras. Renunció al poder en 1922 y abrió el camino para un breve mandato democrático, dejando a un jefe de Estado elegido por el primer parlamento polaco. Más tarde, las turbulencias políticas, la difícil situación económica y el ambiente inestable y de crisis que se vive en el país, junto con otros elementos, llevan a Pilsudski a dar un golpe de Estado y a controlar de manera indirecta la política interior y exterior polaca. Hasta el año 1935, año de su muerte, el viejo general polaco de la antigua escuela gobernaría el país con mano de hierro y le dotaría de una cierta estabilidad política, pero no fue capaz de prever la catástrofe que estaba por venir con la llegada de Hitler al poder en la vecina Alemania y de modernizar sus vetustas fuerzas armadas, algo que pagaría después Polonia de una forma muy cara.

 

Una vez terminada la primera gran contienda mundial, Cracovia, junto con toda Polonia, asistiría a un gran florecimiento y renacimiento cultural en todos los órdenes de la creación artística. Sin embargo, las turbulencias políticas empañarían a la nueva nación polaca. A partir del año 1935, las divisiones en Europa entre comunistas y fascistas son cada vez más hondas y la Guerra Civil española representa, en cierta medida, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Polonia no quedaría ajena a estas turbulencias.

 

Adolfo Hitler, que había ocupado el poder en 1933, inicia el rearme militar de Alemania y comienza a amenazar a sus vecinos. Polonia, que está aliada con sus aliados franceses y británicos, teme por sus territorios y comienza a sospechar que Alemania planea atacarla, pero todavía algunos esperan que el “juego” diplomáticos de París y Londres consiga frenar las ansias imperialistas alemanas. En  1938, en los famosos Acuerdos de Munich, Francia y el Reino Unido aceptan con Italia y Alemania la entrega de los Sudetes a Alemania. “Han decidido sobre nosotros, pero sin nosotros”, aseguró el máximo mandatario checoeslovaco de entonces, Edvar Benes. Esperaban aplacar al insaciable Hitler, lo que era imposible, como se vería más tarde.

 

La política de apaciguamiento no daría los resultados de esperar y tampoco saciaría los “apetitos” territoriales de los nazis, más bien abrirían el camino para la Segunda Guerra Mundial y enviarían un mensaje erróneo a Hitler: los aliados se rendirán ante Alemania sin luchar. No sería así y comenzaba el conflicto más cruento de la historia de la humanidad. Y Polonia, ante esta cobardía moral de unos aliados que habían cedido a todas las exigencias de Hitler sin recibir las mínimas garantías, pagaría un precio muy alto por esta política de apaciguamiento, de rendición ante las insaciables apetencias nazis.

 

Polonia en la Segunda Guerra Mundial: de la ofensiva alemana al horror de los campos de la muerte

En septiembre de 1939, y una vez que los polacos se han negado a aceptar las imposibles exigencias territoriales de la Alemania nazi, Hitler envía al grueso de su ejército a ocupar Polonia. En apenas unas semanas, el ejército polaco sucumbe y se hunde ante la fuerte y potente ofensiva alemana, que contaba con tropas más preparadas, mejores medios técnicos y, en definitiva, unas fuerzas armadas más aptas para el combate frente a unos soldados polacos con un armamento obsoleto y anticuado. La caballería polaca poco podía hacer frente a las divisiones de los panzer alemanes.

 

En ese mismo septiembre fatídico y terrible, para colmo de males, los soviéticos atacan a Polonia por el Este, dejando a las fuerzas polacas entre dos fuegos y contribuyendo, de una forma decisiva, a la posterior rendición del gobierno de Varsovia y al consiguiente reparto territorial del país entre los soviéticos y los alemanes. La marina polaca huyó despavoridamente hacia el Reino Unido y otros países aliados de Varsovia, mientras que el ejército terrestre sufría incontables bajas, entre las que destacaban 700.000 detenidos y unos 300.000 muertos. Polonia dejaba de existir en los mapas de Europa.

 

Respecto a Cracovia, las nuevas autoridades de ocupación alemana eligen a esta ciudad como la capital de la nueva “colonia” polaca e instalan a un personaje siniestro, Hans Frank, como nuevo comandante en jefe de la zona. El terror se extiende por toda Polonia. Miles de profesores, periodistas, sacerdotes, músicos, universitarios, estudiantes, abogados y médicos son asesinados por los alemanes que, en un plan deliberado, pretenden dejar a Polonia desprovista de elites para sumirla en la más profunda oscuridad. Los asesinatos y exterminios masivos se extienden por toda Polonia. Se calcula que entre 1939 y 1945, según cálculos fiables, un 20% de la población de Polonia, unos seis millones de habitantes, fueron asesinados por los nazis. Ningún país europeo sufrió tanto como Polonia la ocupación nazi y sus brutales consecuencias.

 

Sin embargo, la peor parte de la ocupación, como era de prever si venía de manos de los alemanes, se la llevaron los judíos. A partir de 1939, y una vez doblegada toda la resistencia polaca, comienzan las primeras medidas antihebreas en toda Polonia y las prohibiciones para los judíos: desde tener animales domésticos a trabajar. Tampoco pueden tener radios ni montar en transportes públicos ni ocupar las aceras. Y, por supuesto, tampoco pueden entrar en lugares públicos ni asistir ni a bares, restaurantes y teatros. Son reducidos a la nada, obligados a una ciudadanía de segunda en uno de los países más antisemitas de Europa. La película El pianista relataría muy gráficamente este sufrimiento y el padecimiento de todo un pueblo.

 

La propagada nazi anima a denunciar, golpear y expulsar de todos los ámbitos a los molestos judíos; son ciudadanos de quinta en un país humillado, hundido, derrotado y condenado al exterminio. Pero también miles de judíos fueron forzados a trabajar como esclavos para las fábricas de armamento de Hitler, tal como ocurrió cerca de Cracovia, más concretamente en la localidad de Plaszów. Los judíos aceptaban tales trabajos con la esperanza de que así salvarían la vida y que, al ser necesarios para los nazis, podrían sobrevivir a la guerra y al menos alimentarse. Las esperanzas serían vanas, pues los nazis ya tenían en marcha sus planes para la “solución final”, es decir, para el exterminio de todos los judíos, aptos o no para el trabajo. Polonia se tenía que convertir, siguiendo los planes nazis, en una tierra libre de judíos.

 

En estas condiciones, y ya desprovistos de todo atributo de humanidad, los judíos polacos quedaron atrapados en el infierno en que se había convertido la Polonia ocupada por los nazis. Tres millones de judíos conviviendo en una gran ergástula de la que no podían salir y sin contar con el apoyo de nadie, pues en la católica Polonia, donde en cada aldea y barrio había un sacerdote, nadie vio nada ni se enteró de los pavorosos crímenes que tras la guerra se descubrirían. La Iglesia católica calló entonces y quien calla otorga.

 

 

 

El ghetto de Cracovia

Si uno pasea hoy por lo que fue el ghetto de Cracovia, cuya tranquilidad y belleza todavía sorprenden al visitante, pocos rastros podemos encontrar de aquel horror. Tan sólo algunas humildes placas, no muy visibles, todo hay que decirlo, nos recuerdan lo padecido por los casi 70.000 judíos que vivían en la ciudad. En estas apacibles calles, donde Steven Spielberg rodara La lista de Schindler, parece que la vida de Europa se ha desarrollado con normalidad durante toda la vida, pero no fue así.

 

En marzo de 1941, una vez que Polonia ha sido subyugada completamente y “limpiada” de “enemigos”, le llegaría el turno a los “subhumanos”, en el lenguaje del nazismo, es decir: a los judíos. Por “razones sanitarias”, eufemismo que escondía el más vil racismo, los judíos debían abandonar sus viviendas, negocios y propiedades y debían proceder a su hacinamiento en el ghetto de Cracovia. Miles de familias, hombres, mujeres y niños, junto con sus ancianos abuelos, abandonarían para siempre sus casas y serían confinados en una pequeña extensión de la vieja ciudad de Cracovia.

 

Unos 320 edificios servirían para alojar a los judíos de la ciudad y cada confinado en el ghetto tocaba a una media de dos metros cuadrados de la extensión total del área designada por las autoridades nazis. Las enfermedades se extenderían rápidamente y el índice de mortandad creció de una forma alarmante, algo que como es de suponer no conmovió a las autoridades alemanas y que les ayudaba a resolver sus dudas morales (¿?) con respecto a la “solución final”.

 

A partir de 1942, los escasos judíos que habían sobrevivido en el ghetto de Cracovia fueron enviados a los campos de la muerte, entre los que destacaban Belzec, Treblinka, Palszów y el cercano de Auschwitz. Los planes criminales del “arquitecto” de la “solución final”, Heinrich Himler, se estaban cumpliendo al milímetro y ya habían muerto en esas fechas miles de judíos, quizá millones. Un 13 de marzo de 1943, el jefe de las SS de Cracovia, el criminal de guerra Julian Scherner, ordenaba la liquidación total del ghetto, asesinando a todos los jóvenes hasta los 14 años, a los ancianos y a los enfermos, especimenes “infrahumanas” en opinión de los jerarcas nazis. Unos 3.000 judíos de Cracovia morirían en tal acción, a la que sólo sobrevivirían los aptos para el trabajo como esclavos.

 

Un año y medio más tarde de la casi total aniquilación del ghetto de Cracovia y sus desafortunados moradores, en octubre de 1944, el campo de trabajo de Plaszów sería también destruido y los escasos judíos que quedaban con vida, como era de suponer en la lógica macaba de lo que estaba acaeciendo, asesinados. La destrucción por parte de los alemanes de los escenarios macabros del Holocausto era algo habitual, para así no dejar pruebas de los crímenes perpetrados. En este contexto tan trágico, un industrial alemán, Oskar Schindler, impresionado quizá ante el horror de lo que estaba viendo y viviendo en primera persona, entregó a los nazis una lista con 1.069 nombres que reclamaba para trabajar en su fábrica, puesta al servicio de la maquinaría de guerra alemana. La historia, bien conocida por todos, fue llevada al cine por Steven Spielberg, como ya se ha dicho antes.

 

El cineasta Roman Polanski, superviviente del gheto, recuerda su experiencia de niño en sus memorias, Roman, un libro impresionante sobre el dolor causado por los nazis a los judíos polacos. En los primeros meses, escribiría Polanski, la situación era de normalidad con ocasionales momentos de terror. Los residentes cenaban fuera y escuchaban bandas de música, y los niños, como Polanski, jugarían con la nieve. Luego llegaría el horror de las pistolas, las deportaciones masivas y la muerte en los campos o en los trenes de ganados en los que eran transportados.

 

Entre tanta miseria e inhumanidad, sorprende la historia de Tadeusz Pankiewizc, uno de los escasos polacos que se dispuso a salvar a algunos judíos y que en los duros días del ghetto de Cracovia ayudó a numerosas personas a sobrevivir. En su farmacia, llamada El Aguila, que todavía podemos visitar, se escondían los judíos, sus pertenencias, se atendía a todo el mundo sin distinción social y, sobre todo, se salvaría la dignidad de la nación polaca, que pese a estar oprimida y perseguida tenía el coraje y la valentía de defender todavía a los judíos. No todos los polacos, desafortunadamente, actuaron así. Pankiewizc moriría en el año 1993, casi en el olvido, tan sólo reconocido por el Estado de Israel como un hombre entre los más justos. Un caso muy parecido sería el del músico Wladyslaw Szcpilman, personaje real que sufrió lo indecible y que fue llevado al cine por Polanski en la película ya citada El pianista. Las autoridades comunistas se negaron a que publicara sus memorias y Szpilman nunca llegó a ver estrenada la película. También moriría en el olvido, a nadie le interesaban las historias de un pobre anciano judío.

 

Al terminar la guerra, una vez que los soviéticos han ocupado Polonia y Alemania ha firmado su rendición, tan sólo quedaban con vida algo menos 10.000 judíos de Cracovia y la rica vida cultural, social y económica judía se había extinguido  para siempre. Había llegado la paz de los cementerios. Hoy tan sólo quedan los restos materiales de todo aquello, situados todos ellos en Kazimierz, donde podemos visitar el cementerio judío, la vieja farmacia reconvertida en museo, algunas instituciones judías de la época, una escuela, varias sinagogas que sobrevivieron al desastre e incluso restos del viejo muro del ghetto. Un paseo por el viejo barrio judío de Cracovia, aunque apenas queden ya judíos por los avatares descritos antes, bien merece la pena. Los pocos que quedaron tras la contienda emigraron mayoritariamente hacia Israel y los Estados Unidos.

 

En lo que respecta a lo material, hay que destacar que Cracovia fue una de las pocas ciudades polacas que no sufrió la devastación sistemática llevada a cabo por los alemanes y que una buena parte de su patrimonio histórico permaneció intacto. Sin embargo, la mayor parte de los tesoros que albergaba el Palacio Real, como tapices, la espada de coronación de los reyes polacos y otros objetos valiosos, fueron llevados a Canadá, donde estuvieron un largo tiempo. Por cierto, en el suntuoso recinto que un día sirviera de residencia a los reyes de Polonia se alojaba, como ya hemos dicho, el temido (y miserable) Hans Frank, impulsor y promotor de la destrucción de la cultura polaca y de la vida de miles de judíos que fueron enviados a los campos de concentración. El personaje, tras caer en desgracia en el año 1944 e intentar huir en el 1945, fue detenido por los aliados, conducido a juicio en Nuremberg, sentenciado a muerte y después ejecutado. Un triste final para un personaje deplorable.

 

Polonia tras la Segunda Guerra Mundial

En el año 1945, y una vez consumada la total ocupación soviética de toda Polonia, las nuevas autoridades comunistas depuran aún más todavía a la sociedad polaca: los elementos demócratas, socialistas, liberales e independientes son encarcelados y proscritos del juego político. El Gobierno polaco en el exilio, en un hecho ignominioso, deja de ser reconocido por los occidentales, que siguiendo el juego impuesto por Moscú aceptan al nuevo gobierno comunista de Polonia, una simple marioneta en manos de Stalin. Era el final del sueño de la posibilidad de una Polonia libre y democrática tras la guerra; en lugar de ese ideal, por el que ya habían muerto muchos polacos, volvieron a sonar los pelotones de fusilamientos, los lamentos de los torturados en las cárceles y las tristes pisadas que conducen al exilio. La cultura polaca, ahogada y sepultada tras la cruenta guerra, seguiría llevando una vida de catacumbas, autocensura y férrea disciplina soviética.

 

Comenzaba el tedio comunista, que duraría hasta el año 1989, en que como todos sabemos un viejo sindicalistas de ideas derechistas, Lech Walesa, se impondría a los comunistas, les ganaría unas elecciones generales e iniciaría el lento regreso a la normalidad política, a la Europa de la razón y de las luces, de las urnas y los votos. Una Polonia bien distinta se abría paso en Europa con esperanza y nuevos bríos, aunque luego las ideas derechistas de algunos y su escaso empeño por avanzar en las reformas, traerían las primeras decepciones y el auge del autoritarismo. Pero ésa es otra historia.

 

En lo que respecta a Cracovia, la ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 1978, y sus bellos monumentos fueron rehabilitados y hoy presentan un aspecto realmente cuidado y limpio. ¿Y qué debemos visitar en Cracovia? Monumentos imprescindibles son su Catedral, la colina de Wawel con su bello Palacio Real, el Ayuntamiento, el viejo Mercado, los alrededores y soportales del Mercado y casi todas sus iglesias milenarias y coquetas del centro. Luego podemos perdernos por las calles, como Kanonicza y Swietego Jana, y detenernos en sus edificios civiles y museos, como el arqueológico, el de los Czartoryski, el Palacio de Bellas Artes y la Biblioteca Jagellona o de la Universidad Jagiellona, por citar tan sólo algunos.

 

Otro consejo es visitar algunos de sus bellos cementerios, tanto el judío como el polaco. Entre los polacos, hay que reseñar el Rakowicki, quizá un poco abandonado, aunque no por ello menos romántico, y el judío que se puede visitar en Kazmierz, el antiguo barrio hebreo fundado por el ya reseñado rey Casimiro. Cracovia tiene mucho arte, es una ciudad muy profunda y con bellos rincones por descubrir, como el Parque Botánico de Kopernica o las vistas de la Iglesia de Santa María desde la calle Florianska, y un buen sector de servicios y ocasiones para el ocio, desde bares y restaurantes hasta un sinfín de sencillos y encantadores hoteles. Todo ello convive con la horrorosa arquitectura construida durante la época comunista en los arrabales de la ciudad y algunos edificios mastondónticos levantados en el centro para servir a las nuevas autoridades; incluso hasta esta fealdad tiene su originalidad y encanto, pues no es propia de los países occidentales y le da una carácter personal a Cracovia que no desentona. Es parte de su historia, fea y horrorosa, como esos edificios abandonados y grises, sucios y destartalados.

 

Para terminar este recorrido por Cracovia, y quizá para comprender con toda su fuerza e intensidad la historia de esta ciudad, una visita muy recomendable es al campo de concentración de Auschwitz. El centro de exterminio masivo  se encuentra en las cercanías de la población, a unos 70 kilómetros, y  posee una buena exposición sobre lo que significó el Holocausto. Pensar que en los alrededores de esta bella ciudad se pudo perpetrar un plan criminal que acabó con la vida de algo más de un millón de personas estremece, y nos hace recordar a todos que a veces bajo la mas absoluta de las normalidades se han cometido las más tremendas fechorías. De vuelta a Cracovia desde Auschwitz, en un viejo tren destartalado de la vieja época, de la guerra fría, observó alguna esvásticas en las paredes de la estación y comprendo que la bestia que fue capaz de cometer aquellos crímenes sigue habitando entre nosotros. Sólo desde la memoria y el permanente recuerdo de todo aquello podremos conjurar los fantasmas del pasado y evitar que se repita la tragedia. Y Cracovia es una bella parte de nuestra cultura e identidad, pero también un capítulo más en la historia de la barbarie de una especie siempre empeñada en su autodestrucción y en repetir los mismos trágicos errores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

comnetar 11 Febrero 2007

LA INCREÃBLE HISTORIA DE SABBATAI ZEVI


LA INCREÍBLE HISTORIA DE SABBATAI ZEVI

 

NOTICIA DE LA LLEGADA DE UN FALSO MESÍAS SEFARDÍ EN EL SIGLO XVII

RICARDO ANGOSO, 2008.

 

En todas las tierras aparecían nuevos profetas. Gente ordinaria, e incluso mujeres y cristianos, se arrojaban a tierra y gritaban en voz alta que Sabbatai Zevi, el ungido del Señor (bendito sea su nombre), había llegado para redimir a los hijos de Israel, elegidos de Dios. Pecadores que hasta entonces habían abiertamente negado y enojado a Dios se habían tornado penitentes, y vestidos de tela de saco, andaban de ciudad en ciudad humillándose a sí mismos y estimulando a las multitudes a confesar sus pecados. Ricos conversos abandonaban sus bienes y se postraban a los pies de los rabinos, suplicándoles la readmisión en el redil. Jerusalén iba a ser reconstruida y a recobrar su antiguo resplandor. En muchas localidades la muerte había llegado a ser una cosa desconocida.


 

Entre los miles de sefardíes y sus descendientes desperdigados por todo el Mediterráneo y el resto del mundo, hay que destacar la impresionante figura de Sabbatai Zevi, un líder religioso que destacó por sus estudios cabalísticos y por su conocimiento del Talmud, el libro sagrado judío. Místico para algunos, que incluso aseguraban que hablaba con Dios, un farsante para otros, que lo llegaron a “excomulgar” de la confesión hebrea, y el Mesías para sus ciegos seguidores, la figura de Zevi es una de las biografías más apasionantes e increíbles del mundo judío.

 

Su historia, que es realmente única e irrepetible, la conocí en el Museo Judío de Ámsterdam, donde varias de sus vitrinas y documentos dan fe de la historia de este hombre, que se consideró como el Mesías y fue uno de los líderes religiosos más importantes del siglo XVII. Allí, en estas salas de Ámsterdam, se cuenta el “impacto” que tuvo en la comunidad su figura y cómo varios de sus más prominentes miembros vendieron sus propiedades y viviendas para unirse a la causa de un hombre que, ante todo, se creyó lo que decía: ser el elegido de Dios que debería comenzar un nuevo éxodo hacia Israel y liderar al mundo en este tránsito. Y la gente de su época le creyó y le siguió hasta el día de hoy, como veremos. El presente relato es una historia de su vida, andanzas, desventuras y un final nada digno de un Mesías adorado por los judíos y algunos cristianos y musulmanes. En cualquier caso, todos ellos incondicionales de su absurda causa.

 

Esmirna, capital sefardí

Sabbatai Zevi Nació en la ciudad de Esmirna, hoy Izmir, el 23 de julio de 1623[1] en una familia sefardí, coincidiendo esta fecha con el día en que los judíos conmemoran la destrucción del templo, y que ya había sido señalada por algunos rabinos como la del nacimiento del Mesías. El padre de Zevi era un conocido comerciante de la ciudad, que procedía de las comunidades judías de Grecia, más concretamente de Patras, y un buen conocedor de las tradiciones hebreas. En este ambiente, recogido y religioso, pero también cerrado, se educó y crió aquel al que algún día muchos siguieron y creyeron, como si de veras se tratara de un auténtico Mesías.

 

Los judíos llegaron a Esmirma, bella y marítima ciudad turca, tras la expulsión por los reyes de España y Portugal de todas las comunidades hebreas presentes en su territorio. Miles de judíos no aceptaron convertirse al cristianismo y prefirieron huir. Tras el edicto de los Reyes Católicos y la posterior expulsión de Portugal, se esparcieron, como una gran mancha, por los Balcanes, Europa, el Imperio Otomano y las islas griegas, como Creta, donde llegó a haber una próspera y activa población sefardí que después sería eliminada durante el Holocausto.

 

Los turcos, a pesar de que eran musulmanes y practicaban el proselitismo religioso, toleraron a los judíos, les integraron en sus sociedad y, en muchos casos, los sultanes les emplearon como  médicos, escribientes y profesiones de reputado prestigio, como orfebres, joyeros, farmacéuticos o prestamistas. En muy poco tiempo, los hebreos eran respetados y gozaban de una alta estima y prestigio. Su desenvoltura profesional, junto con su seriedad y eficacia, les hicieron merecedores de una gran fama que les permitió vivir en libertad y tolerancia. Su lengua, el judeoespañol, se convirtió en unos de los rasgos de estas comunidades judías que tras la expulsión pasaron a denominarse como sefardíes.

 

Para hacerse una idea de lo que significaba ser judío en aquellos días en Europa, sirva como ejemplo que el mismo año que nació Zevi se produjeron numerosos pogrom (matanzas de hebreos indiscriminadas) en Polonia y Rusia, destacando de todos ellos el especialmente cruel de la localidad polaca de Chmielniecki, donde murieron asesinados varios centenares de hebreos a manos de sus vecinos.  Los judíos se sentían perseguidos, hundidos y esperaban una “tabla” salvadora que les llevara a la tierra prometida, al paraíso. Eran de tiempos de desesperanza, guerra y persecución, la trilogía fanática que ha perseguido a los judíos desde que fueran expulsados de Sefarad, su tierra idealizada y prometida que un día les fue negada por los reyes españoles.

 

En este contexto, que no tenía nada que ver con la tragedia que sucedía en otras partes de Europa, nació Sabbatai Zevi, en el seno de una familia integrada, acomodada y muy tradicional, tanto en cuanto a las costumbres como al seguimiento de las tradiciones religiosas judías. El padre, Modecai, un hombre recto y estudioso, educó e inculcó al niño el estudio del Talmud, bajo la atenta dirección y cuidado del rabino Joseph Escapa, otro sefardí que vivía en Esmirna y que era ayudado por el padre en sus tareas religiosas. También sabemos que conocía a la perfección la Torah, donde se resumen las tradiciones, leyes y sermones exhortativos de la religión judía. Los sefardíes, por las noticias que tenemos, siempre fueron muchos más religiosos y tradicionalistas, quizá por el recuerdo de lo irreparablemente perdido, que los askenazíes.

 

Muy pronto, siendo casi un niño, Zevi se interesó por la cabala, el misticismo judío, la penitencia, la mortificación del cuerpo y el fiel seguimiento de todas las tradiciones religiosas hebreas. En aquellos años, según cuentan sus biógrafos, el que estaba destinado a ser el Mesías se casa, aunque el matrimonio fracasaría tempranamente, y se dedica en cuerpo y alma al estudio de la religión hebrea y sus libros sagrados. Son en estos estudios donde el joven forjaría el futuro de su vida y todos estos conocimientos, que no todos tenían en la época,  contribuirían a consolidar un sólido discurso religioso e ideológico difícil de rebatir en una sociedad escasamente formada y donde casi nadie poseía tales facultades.

 

En este período, en que ya se había comenzado a mortificar y que aseguraba que entraba en éxtasis, Zevi comienza a sufrir depresiones, estados de ansiedad y a vivir en una suerte de misticismo que, seguramente, le propició una cierta tendencia al desequilibrio mental, que al parecer ya no le abandonó de por vida. Mientras tanto, su fama de hombre piadoso, erudito y sabio ya le acompañaba y no le abandonaría de por vida. Ya había comenzado sus prédicas y su brillante oratoria le ayudó mucho a difundir sus ideas.

 

Sus partidarios, como también sus detractores, crecían cada vez más y la seguridad de Zevi aumentaba. Así fue posible que este hombre formado y rigurosamente religioso anunciase, en 1648, que él era el verdadero Mesías que esperaban los judíos y los cristianos, el hombre que debía restaurar el reino de Israel. Fue aclamado y ninguno de sus seguidores se atrevió nunca a discutirle sus cualidades casi divinas. Pero su anuncio era un éxito relativo, pues no escapaba todavía de los ámbitos geográficos de Esmirna; tendría que esperar aún algo más de tiempo para tener el éxito total que le esperaba.

 

En el acto en donde fue “investido”, en la ciudad de Esmirna, Zevi aseguró que la voz de Dios es la que le había hablado y anunciado que era el verdadero Mesías, el rey de los judíos. Su personalidad, junto con el conocimiento de los textos judíos y sus dotes oratorias, harían que el “milagro” obrase y que hubiese nacido una suerte de secta seguidora de las ideas del pretendido Mesías. Zevi, que cantaba bellos cantos en hebreo antiguo, era un manipulador nato. Aprovechando ciertas creencias, como las que había sobre que el Mesías aparecería en el año 1648, afirmó ante sus seguidores que la redención de los judíos tendría lugar el 8 de junio de 1666.

 

Zevi, con apenas veinticinco años, había puesto en marcha un movimiento religioso que perduraría hasta la actualidad, pues, al parecer, algunos judíos transmitieron de padres a hijos estas creencias y aún perduran. Evidentemente, las tesis de Zevi no fueron aceptadas por el colectivo de los rabinos e incluso los de Esmirna decretaron una “cherem” en contra suya, lo que equivaldría en el mundo cristiano a una excomunión. En 1651, y ya con muchos y poderosos enemigos en su haber, el movimiento de Zevi es prohibido en Esmirna y el supuesto Mesías es una suerte de apestado. Todavía tendría que esperar, su tiempo aún no había llegado.

 

Sin embargo, estos contratiempos no desaniman al joven Mesías y, en 1658, él huye a Constantinopla. Allí, donde todos le escuchan con curiosidad y algunos con fanatismo, Zevi se reúne con el estudioso Abraham ha-Yakini, discípulo del profesor Joseph di Trani, y buen conocedor también de la tradición, la cultura y la religión de los hebreos. Lejos de apartarle de sus locuras, Ha-Yakini se convertiría en una figura fundamental en el movimiento y le asegura que tiene un viejo manuscrito escrito en caracteres arcaicos que ya profetiza su llegada como Mesías. El texto, bastante inverosímil que existiera, daba hasta los datos de la filiación paterna y el año del nacimiento del Mesías enviado por Dios: 5386 para los hebreos y 1626 para los cristianos, fecha que, por cierto, está en contradicción con la que citan numerosos historiadores sobre el año del nacimiento de Zevi. ¿Otra manipulación más del Mesías? No lo sabemos.

 

De Salónica a Jerusalén

Aunque se desconoce el motivo por el cual abandonó Estambul, hay noticia fehaciente de que el siguiente destino de Zevi fue Salónica, ciudad de una gran importancia en la época otomana y auténtico centro sefardí de los Balcanes. En la ciudad eran mayoría los judíos sefardíes y la vida social y económica estaba muy organizada. Había numerosas sinagogas, escuelas talmúdicas, bibliotecas y un sinfín de oportunidades para el nuevo Mesías. Predicó sus doctrinas, basadas en el misticismo y la mortificación en esta vida, y añadió a la causa nuevos adeptos dispuestos a dar todo por la vida del “Hijo de Dios”.

 

En aquellos días, según cuentan los testimonios de la época, el movimiento puesto en marcha por Zevi podría tener algo más de un millón de seguidores, una cifra altísima si tenemos en cuenta que el único medio de difusión de la época era la cultura oral y las prédicas de los rabinos que seguían sus enseñanzas, aunque, al parecer, eran mayoría los que lo rechazaban como el Mesías. La elección de Salónica como lugar de presentación de sus doctrinas no era algo casual, ya que la ciudad era el auténtico centro religioso judío de los Balcanes, con muchas sinagogas y escuelas talmúdicas, y casi se puede decir del mundo. Sabbatai Zevi se movía como “pez en el agua” en aquel ambiente: conocía su lengua, sus costumbres y podía cantar sus salmos y canciones. Seguramente, fue aclamado por muchos y recibido por la comunidad  como un santo investido  de gracia divina.

 

Pero, al igual que le ocurriría en Esmirna, el todavía joven Zevi fue condenado por los rabinos de la ciudad y se le prohibió expresamente volver a predicar. Los sefardíes de origen español, a diferencia de los askenazíes de origen centroeuropeo, son mucho más religiosos y ortodoxos, apartándose muy pocas veces de la tradición y la norma escrita, que se transmiten a través de los hijos por influencia de los padres. Los sefardíes no aceptaron nunca la presencia de Zevi en Salónica y le “invitaron” a abandonarla.

 

Zevi, por su parte, tampoco estaba dispuesto a dar su brazo a torcer y decide salir de la ciudad para continuar con sus prédicas. Desde Salónica, al parecer, aunque en esto también hay varias versiones, Zevi viajará hasta El Cairo, atravesando de nuevo Estambul y Esmirna. En lo que a su viaje interior se refiere, nada nuevo bajo el sol: seguía asegurando que hablaba con Dios y los ángeles y que el camino de la salvación pasaba por una suerte mística ascética y dolorosa. El nuevo Mesías manipulaba los textos cristianos y judíos a su antojo, haciendo de ellos un mismo corpus religioso en función de sus intereses, cada vez más mezquinos y personales. Tenía más pretensiones políticas que religiosas, quería controlar al mundo judío de entonces.

 

De El Cairo, donde hay escasas noticias sobre su estancia, aunque sabemos que residió del año 1660 al 1662, viajó hasta Jerusalén, la capital eterna de los israelíes y el final de viaje de todo judío religioso, que no cesa de repetir para sus adentros y hacia fuera que “el próximo año en Jerusalén”. Allí nuevamente reivindicó su misticismo y su conocida mortificación del cuerpo, pero quizá de una forma menos pública y sin tratar de ofender con sus prédicas a los otros rabinos, que ya estaban alertados y recelosos ante la llegada del Mesías de Esmirna.

 

Muy pronto, pese a todo, volvió a hacerse notar en la Ciudad Santa, debido a su conocimiento de los salmos religiosos sefardíes, que al parecer cantaba a la perfección y de noche casi siempre, y a la adoración que le prestaban sus seguidores, entre los que destacaban muchas mujeres. Poco a poco, sin apenas desearlo, su círculo de adeptos crecía y crecía, sobre todo en torno a sus reuniones y prédicas que tenían como eje los salmos sefardíes amorosos a los que el Mesías les daba una interpretación religiosa y mística. Hizo de la canción popular judeoespañola un instrumento fundamental para la expresión de sus tesis e ideas.

 

De nuevo en El Cairo, para cumplir con algunos trabajos que tenía la comunidad judía de la Ciudad Santa y eterna para el pueblo elegido, Zevi cumplirá con otros de sus cometidos sagrados e ineludibles como nuevo Mesías: casarse. Y lo hizo, tal como decían las profecías, con alguien que había pecado y después se había reconvertido, de nuevo, a la verdadera fe, la de los judíos. En El Cairo, Zevi se casaría con Sarah, una joven superviviente de los pogrom de Chmielnicki, en Polonia, y que según dicen las crónicas habría practicado la prostitución en diversos lugares de Europa tras sobrevivir a las matanzas. Era el destino del Mesías, claro, casarse con una prostituta y que del mal emergiera el bien sagrado destinado a los más justos. Toda en su vida, creada por una imaginación manipuladora, encajaba a la perfección y no tenía mácula duda.

 

El nuevo Mesías se encontraba casado, gozaba de numerosos adeptos en todo el mundo judío, era respetado por su pueblo, tenía dinero enviado por sus ricos patrocinadores y se encontraba en el mejor momento de su carrera. Estaba en el tiempo de máximo esplendor, nada le podía frenar en su irrefrenable ambición. Con todo este bagaje, y sintiéndose seguro ante la comunidad judía, viajó hasta la ciudad de Gaza, en Palestina, y se reuni&oac