Category: Dossier:Cambio político en Honduras

Honduras regresa a la normalidad democrática

Por Ricardo Angoso, 4 Enero 2010 22:42

TEGUCIGALPA

HONDURAS, REGRESO A LA NORMALIDAD DEMOCRÁTICA TRAS EL FINAL DE UNA LARGA CRISIS

HISTORIA DEL MÁS GRAVE CONTENCIOSO CONSTITUCIONAL EN ESTE PAÍS CENTROAMERICANO

POR RICARDO ANGOSO

Pero el grupo zelayista se deshará pronto y todos acabarán por reconocer al gobierno de Tegucigalpa. Micheletti, astuto y cazurro, ha podido con todos.

Miguel Angel Bastenier

INTRODUCCIÓN

El cambio politico acaecido en Honduras, golpe de Estado para los seguidores del depuesto Manuel Zelaya y simple relevo institucional para los representantes del presidente de facto, Roberto Micheletti, demuestra a las claras la debilidad de la democracia hondureña y su crónica tendencia a la inestabilidad, todo ello dentro del convulso contexto político latinoamericano donde hay un intenso debate, a veces violento, como se ha revelado en este país centroamericano, entre los defensores del modelo democrático liberal de corte occidental y aquellos que propugnan regímenes de carácter populista, caudillista y neosocialista al estilo castrista.

Entonces, para explicar algunos procesos como el hondureño y las causas que provocan las crisis nos encontramos que no todo son causas endógenas, sino que la intromisión externa, concretamente del régimen de Hugo Chávez y sus aliados de la Alternativa Bolivariana para Nuestra América(ALBA), precipitaron los acontecimientos de una forma dramática y nos han llevado a la actual situación.

Sin embargo, las elecciones del pasado 29 de noviembre, convocadas mucho antes de la deposición de Zelaya y consideradas en su momento como ejemplares por la Organización de Estados Americanos (OEA), han ofrecido una ocasión de oro para resolver la crisis, tras la elección del nuevo presidente, Pepe Lobo. Luego la “cascada” de reconocimientos internacionales, liderada por los Estados Unidos, anuncia, a bombo y platillo, el final del “largo invierno” a que había sido condenada Honduras por la llamada comunidad internacional. Tan sólo el ALBA y los excepcionales casos de España y Brasil continúan sin reconocer la nueva realidad sobre el terreno en Honduras y siguen reconociendo como “legítimo” al ya casi fenecido “ejecutivo” de Mel Zelaya.

LOS ORÍGENES DE UNA CRISIS ANUNCIADA

Las recientes “turbulencias” vividas en las últimos meses en Honduras, que llegaron a su climax tras la intervención del ejército destituyendo al ex presidente Manuel Zelaya, apodado Mel por sus seguidores, el pasado 28 de junio, muestra a la claras el fracaso de un sistema que no fue capaz por la vía institucional de gestionar la gravísima crisis política que padecía el país desde hacia meses. También se percibe claramente la incapacidad de la clase política de esta nación centroamericana por resolver sus diferencias en las instituciones representativas y por la vía del diálogo, al tiempo que pervive la inercia de un pasado en donde la utilización de la fuerza fue un elemento capital junto con otros elementos exógenos que conviene analizar en profundidad para entender las claves de este complejo y abigarrado “paisaje”.

Luego están otros factores, que tienen más que ver con la psicología política que con la ciencia de este mismo apellido, como la irresponsabilidad de Mel por continuar su huida hacia adelante –y nunca major dicho- en aras de perpetuarse en el poder al margen de la legalidad política y constitucional y el desprecio hacia las formas democráticas esgrimido por sus partidarios antes y después del siempre anunciado golpe de Estado. Sin tener una vision general de lo acaecido en este pequeño y depauperado país antes del 28 de junio, será muy difícil comprender los acontecimientos que se suceden en cascada desde esa jornada histórica y los previsibles escenarios hacia donde puede evolucionar el “sainete” hondureño.

LAS RAZONES DE LA SINRAZÓN ZELAYISTA

En primer lugar, mucho antes de la intervención del ejército, durante el pasado mes de junio, Zelaya fe desautorizado por el parlamento, el poder judicial y la máxima instancia electoral hondureña. El origen de esta serie de desautorizaciones provino de su errática decisión de plantear una consulta sobre su reelección, que iba claramente en contra de la Constitución hondureña, y que seguía la misma deriva autoritaria que los procesos reeleccionistas de Ecuador, Nicaragua y Venezuela, sus principales apoyos en su aventurada deriva interior y exterior.

Como señalaba en un artículo brillante el analista político Alvaro Vargas Llosa, desde que anuncio su consulta Zelaya el nuevo caudillo recién reconvertido al chavismo se fue quedando solo:”En los meses siguientes (a la convocatoria de la consulta), todos los organismos jurisdiccionales del país –el Tribunal Supremo Electoral, la Corte Suprema, la Fiscalía, el ombudsman de los derechos humanos- declararon que el referendo era inconstitucional(…). El Congreso, el Partido Liberal de Zelaya y una mayoría de hondureños (en sucesivas encuestas y a veces en las calles) expresaron su horror ante la posibilidad de que el Presidente se perpetuase en el poder y pusiese a Honduras en manos de Chávez. Desafiando las disposiciones judiciales, Zelaya persistió. Rodeado de una turba, irrumpió en las instalaciones militares donde se conservaban las boletas electorales y ordenó su distribución. Los tribunales declararon que Zelaya se había puesto al margen de la ley y el Congreso inició un juicio político para destituirlo”.

La Constitución de Honduras no deja lugar a la duda y pone fuera de la Ley a aquel presidente que pretenda reelegirse, tal como intentaba Zelaya. “No podrán reformarse, en ningún caso, el artículo anterior –se refiere al 373, sobre la reforma constitucional-, los artículos constitucionales que se refieren a la forma de gobierno, el territorio nacional, al período presidencial, a la prohibición para ser nuevamente Presidente de la República, el ciudadano que lo haya desempeñado bajo cualquier título y el referente a quienes no pueden ser Presidente de la República por el período subsiguiente”, reza el artículo 374 de la Constitución de la República de Honduras, en un texto que no se presta a las especulaciones banales.

Incluso la Conferencia Episcopal, en un comunicado emitido el 3 de Julio de este año tras los acontecimientos del 28 de junio, aseguraba que “Conforme a lo contemplado en el Artículo 239 de la Constitución de la República “Quien proponga la reforma” de este Artículo, “cesa de inmediato en el desempeño de su cargo y queda inhabilitado por diez años para el ejercicio de toda función pública”. Por lo tanto, la persona requerida, cuando fue capturado, ya no se desempeñaba como Presidente de la República”, refiriéndose claramente al ex presidente Zelaya.

La denominada “cuarta urna”, que es como se denominaba a la reelección de Zelaya, sembró la discordia civil, el enfrentamiento entre los distintos poderes civiles, la desunión en las filas liberales, que hasta ese momento habían sido su principal sustento, y la polarización del país en dos bloques que al día de hoy se han tornado en antagónicos, aunque los partidarios del depuesto Zelaya, tal como se vio en las elecciones de noviembre, cada vez son menos y gozan de escaso predicamento en la comunidad internacional. La consulta para la reelección abrió la Caja de Pandora de los enfrentamientos, conflictos y rencillas que desembocaron en el proceso iniciado el 28 de junio y los acontecimientos ulteriores.

Sin embargo, el conflicto entre el entorno de Zelaya, entre los que destacaba con luz propia y especial protagonismo su ex canciller Patricia Rodas, estaba servido desde los primeros días. Venía de lejos y el mes de junio fue tan sólo el catalizador de un sinfín de tensiones y desencuentros.Conviene recordar que Rodas, la todopoderosa presidenta del Partido Liberal hondureño y bien conocida en los círculos izquierdistas de su país por sus simpatías con la revolución cubana y los sandinistas, ha tenido una influencia decisiva en la evolución política de Zelaya. Con vínculos familiares con Nicaragua y asidua visitante de este país desde hace años, donde solía asistir frecuentemente al aniversario que marcaba el final de la dinastía Somoza, Rodas al parecer habría convencido a Zelaya, en una fecha tan reciente como julio de 2007, para que asistiera a este evento. Craso error en un continente donde los símbolos y gestos tienen tanto o más valor que los hechos en sí mismos.

No olvidemos que Honduras es uno de los países más conservadores de Centroamérica y, quizá, el principal baluarte católico de la región. País muy vinculado a la estrategia norteamericana durante los tiempos de la “doctrina de seguridad nacional”, en que se debía de luchar desde dentro para acabar con el “enemigo comunista”, Honduras acabó convirtiéndose en el “portaviones” desde donde se gestó la “contra” destinada a acabar con la revolución sandinista en los ochenta y posee uno de los ejércitos más influenciado y formado, vía la fenecida Escuela de las Américas, por el ejército norteamericano. Los cambios, en esta zona del mundo marcada por la tradición y el conservadurismo, tienen que hacerse de una forma pausada y moderada, es decir, la sociedad hondureña no fue muy receptiva a los radicalismos y a los excesos que exhibía Zelaya.

Unos meses más tarde de su baño de multitudes sandinista, en donde los líderes de Honduras, Nicaragua, Panamá y Venezuela, animados por la mismísima Rodas y la esposa de Daniel Ortega, Rosario Murillo, llegaron a cantar “El pueblo unido jamás será vencido”, el presidente Zelaya llegó a defender públicamente la inclusión de Honduras en la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), objetivo que más tarde concluiría exitosamente. Paradójicamente, el ahora presidente de Honduras, Roberto Micheletti, votó a favor de la inclusión de Honduras en el ALBA.

Pero sigamos con el relato de los hechos que ahora nos ocupan. Entre el año 2007 y el 2008 se suceden los contactos e intercambios políticos y comerciales con la Nicaragua sandinista y con la Venezuela de Chávez, la izquierdización de la política exterior hondureña es clara, mientras comienza a crecer la preocupación en las filas del empresariado de este pequeño país, de donde procede Zelaya, en la Iglesia católica –un baluarte ultraconservador en uno de los países más religiosos del continente, como ya se ha dicho antes- y en el ejército, seguramente el más ligado de toda América Central con los Estados Unidos y con mejores relaciones con todas las administraciones norteamericanas de todos los signos. Hasta Ronald Reagan lo ensalzó en los tiempos de su peculiar “cruzada” contra el comunismo.

En enero de este año, Zelaya comienza a concretar y consolidar su acción exterior en esta dirección izquierdizante. Nombra, de una forma sorprendente y causando un gran revuelo –hasta los periodistas presentes en la rueda de prensa en la que se anuncia su nombramiento abuchean al máximo líder y le muestran su disconformidad con tal medida-, a la ya citada Rodas como nueva canciller de Honduras. Así comienza la súbita transformación de Zelaya y el influjo del hechizo de la nueva cancillera. También un cambio radical, que preocupa a todos en el exterior, pero sobre todo a los Estados Unidos y sus aliados en la zona, en su rumbo en la política internacional.

Una vez consolidado su poder, en enero de 2009, Rodas comienza sus contactos con Teherán, siguiendo los pasos de Chávez, intensifica las relaciones con Cuba, apoyando amplios programas de cooperación bilateral, y mantiene un alto nivel de interlocución y diálogo con Bolivia y Ecuador –dos de los principales aliados continentales del régimen de Caracas-. El antecesor en el cargo a Rodas, Milton Jiménez, conocido también por sus ideas izquierdistas y su cercanía a Zelaya, se vio superado por la izquierda.

La comunidad judía hondureña, por ejemplo, puso el grito en el cielo cuando la cancillera anuncia su intención de establecer relaciones diplomáticas con Irán, antesala segura, tal como ha pasado en Venezuela, de un enfriamiento en las relaciones de este país centroamericano con Israel y un auge del antisemitismo. La retórica antisemita, rayana a las tesis del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, es uno de los ejes centrales del discurso del presidente Chávez en política exterior; atacan a Israel y, de paso, al mundo judío.

Pero la influencia de estos países en la vida política hondureña también comienza a notarse en el interior. Siguiendo los pasos de sus nuevos aliados, Zelaya, ya transformado en el Mel más populista y caudillista de su mandato, anuncia también su intención de reelegirse por otro período, contraviniendo la Constitución y el ordenamiento jurídico hondureño, y su deseo de celebrar una consulta –al estilo de la realizada por Chávez en Venezuela- para legitimar un proceso que a todas luces resultaba ilegal, tal como ya se ha expuesto en otra parte de este escrito. La preocupación en la sociedad hondureña llegó al paroxismo cuando se anunció dicha consulta para el pasado 28 de junio.

CRÓNICA DE UNA “COLISIÓN” INSTITUCIONAL ANUNCIADA

La bipolarización del país estaba servida y los sectores más moderados de la sociedad hondureña, donde la figuras de Roda sembraba la desconfianza, creyeron ver en la mano de la cancillera las erróneas decisiones que tomaba el máximo líder, cada vez más cerca del chavismo que de los ideales liberales con los que se aupó al poder por la vía democrática. Rodas, que había recibido duras críticas durante su mandato como presidenta del Partido Liberal, sobre todo por sus ideas izquierdistas, había conseguido en muy poco tiempo sembrar la división en su formación política, dejarla al margen de las grandes decisiones que tomaba Zelaya, que cada vez iba más por libre, y sembrar el caos y el desorden en el proceso de renovación de cargos tras su salida por su nombramiento como canciller de Honduras. Por cierto, que en dicho proceso fue elegido presidente del Partido Liberal su sempiterno enemigo y actual presidente de facto de Honduras, Roberto Micheletti. El proceso de elección, claro está, se celebró de una forma libre y democrática.

Las espadas entre Rodas y Micheletti estaban en alto desde el pasado mes de abril y la crisis en el seno de los liberales hacía presagiar futuros y seguros enfrentamientos entre ambos con consecuencias para todo el país. Mientras la crisis se revelaba en toda su dimensión sobre este telón de fondo, Zelaya seguía con sus preparativos para llevar adelante su dichosa consulta. La supuesta mansedumbre que mostraba Zelaya ante Rodas, según testigos presenciales que les han visto “actuar” juntos, no era digna de crédito. Ante este afán de Zelaya y sus partidarios por seguir en el poder a cualquier precio, las instituciones hondureñas respondieron duramente en su contra, argumentando que la reelección del presidente va en detrimento del orden constitucional y socava los principios jurídicos sobre los que se asienta el endeble Estado de Derecho hondureño. Zelaya se estaba quedando aislado en la sociedad y parecía desconocerlo.

Paralelamente a sus maniobras para continuar con la consulta puesta en entredicho, el Tribunal Supremo Electoral, la Corte Suprema de Justicia, la Fiscalía General y el Congreso de la República declararon ilegal la misma. Asimismo, y en una vuelta más de tuerca, el Congreso aprobó una Ley el 23 de junio donde se rechazaba la celebración del referéndum. Rodas, mientras tanto, callaba, pues sabía de su impopularidad y de la encrucijada a la que había llevado a su presidente.

Luego los acontecimientos se suceden en cascada y precipitan, de una forma irreversible, las fatales consecuencias que tienen para Honduras unas decisiones erróneas y una percepción de su propia realidad social cuando menos fallida. Zelaya, en un arrebato autoritario, destituye al jefe de las Fuerzas Armadas, el general Romeo Vásquez Velásquez. El “”pecado” de Vázquez fue haberse negado a obedecer acciones ilegales y prestarse al juego presidencial que ya estaba fuera de Ley.

Zelaya pretendía que las Fuerzas Armadas llevasen a cabo el trabajo logístico relacionado con la consulta y que incluso tomasen partido a su favor, en una peligrosa acción que amenazaba con provocar seguras consecuencias, tal como ocurrió ulteriormente. ¿No es acaso un golpe de Estado utilizar al ejército para llevar a cabo una acción ilegal e inconstitucional por parte de un ejecutivo desautorizado?Y la Corte Suprema vota en contra de tal destitución que tan sólo responde a los caprichosos deseos de su presidente y que actúa siguiendo fórmulas del pasado ya en desuso en un Estado plenamente democrático.

Mientras, Zelaya, en plena huida hacia delante y siguiendo el llamado del hechizo que le domina desde principios de este año, descalifica a todas las instituciones hondureñas, desde el legislativo al poder judicial, pasando por el ejército, la Iglesia, las confesiones religiosas minoritarias y la propia formación que le había dado todo en su carrera política, denominando a todos ellas como parte de lo peor de la “oligarquía” hondureña y de estar al servicio de los más oscuros intereses de la derecha centroamericana.

El conflicto entre las partes tan sólo podía desembocar en una segura colisión entre los poderes constitucionales hondureños y el ex presidente que traicionó el mandato que el pueblo y su partido le habían entregado hace apenas tres años.De nada sirvieron las serias advertencias que en las primeras semanas de junio le habían lanzado las Fuerzas Armadas hondureñas, el legislativo, la Iglesia católica, algunos dirigentes de su antiguo partido e incluso algunas figuras de la escena internacional, como el enviado norteamericano John Dimitri Negroponte o el Subsecretario para América Latina del Departamento de Estado norteamericano, Thomas Shannon, quien también pidió al depuesto mandatario que no siguiera adelante con sus planes suicidas.

Zelaya estaba jugando con fuego y lo sabía, tan sólo debía de desconvocar la consulta ilegal y pactar una salida consensuada a la grave crisis institucional que padecía el país. Simplemente, una salida democrática y dialogada con todos los actores políticos; así se hubieran evitado males mayores. Incluso un medio conocido por sus ideas zelayistas, como Le Monde Diplomatique, reconocía en una de sus últimas ediciones que Zelaya conoció casi con todo lujo de detalles en los días previos a la intervención del ejército, encuentro con Negroponte por medio, de que su afrenta sólo podía acabar de la forma en que acabó. El gran misterio, quizá para misión de los historiadores hondureños, es ¿por qué siguió adelante con su afrenta al sistema democrático hondureño?

Pero, en lugar de cesar en su titánica obra en contra del orden legal, quizá jaleado y animado por sus socios de la ALBA, entre los que destacan los dirigentes Hugo Chávez, Fidel Castro y Daniel Ortega, Zelaya decidió seguir su camino y dar la batalla, es decir, apostar por la celebración de la consulta ya desautorizada por todos los poderes institucionales y convocar a todas sus fuerzas para llevar a cabo la misma. Zelaya se mostraba impertérrito en su absurdo proceso de deslegitimación política que tan sólo podía terminar tan absurdamente, y valga la redundancia, como ha concluido.

Algo olía a podrido en Honduras, tal como señalaba el escritor Mario Vargas Llosas, en su artículo El golpe de las burlas, al que cito textualmente:”Si el comandante Hugo Chávez, gran desestabilizador de la democracia latinoamericana, ex golpista y megalómano caudillo que ha convertido a Venezuela en una pequeña satrapía personal y aspira a hacer otro tanto con el resto de América Latina, se arroga el rol de defensor del Estado hondureño, además de un eclipse del sentido común y de la racionalidad, comprobamos una evidencia: que algo debía andar podrido antes de este golpe en ese pequeño país latinoamericano convertido hoy en el centro de la atención mundial. Y en efecto, Honduras estaba a punto de caer, tras Bolivia, Nicaragua y Ecuador, en la órbita de Hugo Chávez cuando sobrevino la intervención militar. Manuel Zelaya era la última conquista del caudillo venezolano”.

CONTINUIDAD CONSTITUCIONAL EN UNA SITUACIÓN DE CONFLICTO

Así las cosas, y con la tensión en aumento en la calle, el 28 de junio las Fuerzas Armadas, de acuerdo con el resto de las instituciones del Estado, decidieron actuar y poner fin a la crisis institucional. Puede que la estética política con respecto a la acción, así como la forma en que se procedió después, expulsando a Zelaya, sea discutible, pero no cabe la menor duda de que el golpe de Estado no fue más que una acción técnica destinada a contribuir a la apertura de un proceso de normalización política y constitucional. Era un contragolpe, pues el verdadero golpe de Estado era el que pensaba perpetrar Zelaya el 29 de junio, cuando pensaba disolver el parlamento legítimamente elegido por hondureños y fundar nuevo régimen hacia un destino incierto, aunque todo apuntaba que en la misma línea populista, caudillista y autoritaria que el resto de sus aliados en el ALBA.

Se puede discutir acerca las formas, obvio, pero el diagnóstico no era errado: el país estaba paralizado institucionalmente y al borde del enfrentamiento civil. Tampoco descartemos la posibilidad de un golpe de timón al estilo de los que Chávez acostumbra. Se consumó una dolorosa pero necesaria acción que redundaría en el beneficio general y evitaría el derramamiento de sangre. Una acción típicamente hondureña, si examinamos la larga historia de este país en intervenciones militares, pero no fuera del orden constitucional.

Es cierto que no ha habido una transición pacífica y tranquila, que el cambio no se ha llevado de una forma dialogada, pero no es menos cierto que la continuidad institucional se ha garantizado y que todos los poderes, legislativo, judicial y ejecutivo, han continuado funcionando sin interrupción. Los militares no participaron en la acción del día 28 de junio para hacerse con el poder, sino para contribuir a la normalización política de Honduras. Desde luego que, se diga lo que se diga desde los mentideros zelayistas, los militares no dieron el golpe para quedarse en el poder, sino para cambiar la acción del Gobierno.

Pese a las acusaciones de la Organización de Estados Americanos (OEA), las Naciones Unidas, la Unión Europea (UE) –condicionada por la política exterior española- y los Estados Unidos, en el sentido de que se había transgredido el orden constitucional, el “edificio” jurídico del Estado de Derecho hondureño ha salido indemne de la reciente crisis. Fue el legislativo, de la mano del actual presidente del país, Roberto Micheletti, el que aprobó la suspensión de Zelaya y el nombramiento del actual máximo mandatario. ¿No reside, acaso, la soberanía nacional de los países en los parlamentos?

Manipulada por los aliados izquierdistas de Hugo Chávez en la región, la comunidad internacional no analizó los antecedentes de la crisis ni tuvo en cuenta el profundo colapso institucional que vivía en el país, al borde de la confrontación civil entre los partidarios del ex presidente Zelaya y los que defendían el Estado de Derecho. El verdadero golpe de Estado, técnicamente hablando, fue el ejecutado por Zelaya al romper con las instituciones democráticas, traicionar el compromiso adquirido ante su electorado  y su propio partido, el liberal, y descartar el consenso de su agenda política para desbloquear una situación que tan sólo podía acabar como ha concluido. Además, había preparado para el día 29 de junio la escena final del golpe maestro: la disolución del parlamento hodureño y el vacío legal que permitiría todo tipo de tropelías y desmanes. El telón estaba cayendo, Honduras se encaminaba, quizá, hacia una dictadura sin apenas intuirlo.

Y la comunidad internacional, al menos en esta ocasión, estaba errada, tal como señaló en su momento el consultor y experto en asuntos latinoamericanos Joaquín Villalobos: “Ha habido una reacción desproporcionada de la comunidad internacional que olvida la intromisión de Chávez en Honduras como factor generador del golpe. El castigo que se ha aplicado es superior a la falta. El Gobierno de facto representa a una sociedad asustada, no es ni una dictadura real, ni una dictadura potencial. Es el miedo a Chávez y a verse como Venezuela, Bolivia, Ecuador o Nicaragua lo que provocó el golpe. La comunidad internacional no les ha ofrecido hasta ahora una solución a su miedo y desconfianza, sino que les continuó asustando y haciendo desconfiar más, y eso ni es político, ni es diplomacia, ni sirve para resolver conflictos, sino para hacerlos crecer”.

HONDURAS, PRIMER GRAN FRACASO ESTRATÉGICO DE CHÁVEZ

Aparte de estas consideraciones, la intromision externa de los países de la ALBA en los asuntos de Honduras no ha cesado desde la deposición de Zelaya. Apoyo de los diplomáticos cubanos, nicaragüenses y venezolanos a los partidarios del presidente saliente en suelo hondureño, contraviniendo todas las normas del derecho internacional; cobertura a bandas armadas de simpatizantes de Zelaya en la frontera nicaragüense; hostigamiento politico, mediatico y diplomatico en todos los foros a las nuevas autoridades hondureñas; llamado internacional a todo tipo de sanciones, incluso humanitarias, contra Tegucigalpa; expulsión de los embajadores no zelayistas en Argentina, Chile, España, Méixco y otros países; imposición de un bloqueo económico y comercial a Honduras utilizando todos los medios y, finalmente, boicoteo permanente a toda forma de diálogo y reencuentro entre los dos bloques enfrentados en la crisis, concretamente “torpedeando” el Plan Arias, han sido, a modo de rosario resumido, las medidas casi “bélicas” tomadas por Chávez y sus partidarios contra la Honduras que trata de resituarse en la escena internacional tras la larga crisis vivida. Zelaya, que al día hoy se sigue considerando presidente de Honduras y como tal es reconocido por una parte comunidad internacional, ha perdido todo su crédito político, al margen de cual sea el desenlace del contencioso hondureño.

Pero Zelaya también ha sido vilmente utilizado por el chavismo para sus espurios fines, tal como aseveraba el ya citado Villalobos en un lúcido análisis: “La ilegalidad con la que actuaron los políticos y los militares hondureños responden a la realidad de una transición democrática incompleta en ese pa{is, pero no hay que equivocarse Honduras es la víctima, Chávez el victimario y Zelaya un pobre ingenuo que fue utilizado para crear este conflicto”.

Y es que el primer gran error en la percepción occidental a la hora de analizar los acontecimientos que se han sucedido desde hace unos meses en Honduras es descontextualizarlos de la realidad actual en América Latina. Estamos viviendo un enfrentamiento, en clave geopolítica, entre dos bloques con claras diferencias políticas e ideológicas. A este respecto, hay que reseñar que el continente vive desde hace diez años inmerso en una lucha a muerte entre los que defienden los modelos democráticos de corte occidental para sus países o los que abogan por una suerte de caudillismo populista de ribetes autoritarios y con una clara apuesta, en lo económico, por la cubanización de sus maltrechas economías. Es lo que Chávez denomina el “socialismo del siglo XXI”, que hasta el día de hoy, que se conozca, no ha dado más resultados concretos que un Estado venezolano infuncional minado por la corrupción, el nepotismo y el despilfarro de los fondos procedentes de la bonanza petrolera, y que en otros Estados del continente –Bolivia, Ecuador y Nicaragua- se “ensaya” con resultados parecidos. Fórmulas caducas y fracasadas, junto a la emergencia de un autoritarismo de nuevo cuño, son las principales características de este sistema político. Luego está la calidad de la democracia, que se pretende descafeinar y vaciar de contenidos reales en aras de la perpetuación de unas élites que utilizan el sistema como un medio para seguir en el poder y no como un fin en sí mismo; pretenden la legitimación democrática de cara al exterior pero desconfían de los mecanismos mismos del sistema en el interior de sus países. Sus democracias, ya carentes de derechos y libertades fundamentales, con cascarones vacíos en el océano del totalitarismo rumbo hacia la dictadura total sin posibilidad de cambio.

En cierta medida, el modelo político inspirado por Hugo Chávez recuerda mucho, al menos en las formas, al régimen nazi, que también utilizó los medios democráticos para llegar al poder y una vez conseguido el mismo subvirtió el orden vigente y clausuró todas las instituciones democráticas, comenzando el largo camino hacia la tiranía. Verdades que molestan en Occidente en aras de preservar nuestros pingües negocios e intereses en esta zona del mundo. El fin justifica todos los medios.

La intromisión de Chávez en la vida política de otros países es un rasgo característico del proyecto hegemónico y totalitario que encarna el ex militar venezolano. Ex golpista y autoritario, Chávez apoyó, en su momento, al contrincante izquierdista y populista de Allan García en Perú, Ollanta Humala; simpatiza, sin ocultarlo, con la organización terrorista colombiana FARC (homenajeada sin rubor y ensalzada por los partidarios del sátrapa de Caracas en las calles venezolanas); apoya a las organizaciones más izquierdistas de todo el continente y ha tejido, con la ayuda de Ecuador, la infuncional e increíble alianza denominada ALBA, una suerte de Pacto de Varsovia bis que trata de aglutinar a las nuevas potencias izquierdistas de la región. Incluso, en fechas recientes y a través de su programa televisivo Aló Presidente, siguió considerando a las FARC casi como una heroica y valiente fuerza guerrillera que lucha contra un ejército (el colombiano) tildado de criminal por el dictador de Caracas. ¿Se puede caer más bajo?

Honduras era parte del proyecto político estratégico de Chávez. Había intereses políticos y económicos en juego para adueñarse de este pequeño país centroamericano. Seguramente, si las acusaciones se concretan, era la base para la introducción del narcotráfico en los Estados Unidos y Europa sin tener que sacralizar negativamente la imagen de otros países. Una vez consolidado el poder de Zelaya, pensaba el sátrapa venezolano, la cubanización del país, al estilo de lo que había pasado en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y la misma Venezuela, estaría servida. Sin embargo, el dictador venezolano, que se cree con derecho a entrometerse sin límites en la vida política de todos los países sin ningún sonrojo, esta vez se vio superado por los acontecimientos y la reacción hondureña, desde luego, no estaba contemplada en el guión, en vista de la violenta respuesta de Caracas.

En este sentido, el ya citado Alvaro Vargas Llosa, señala atinadamente: “La crisis de Honduras debería atraer la atención del mundo hacia esta verdad respecto de la América Latina actual: que la amenaza más grave a la libertad proviene de populistas electos que procuran destruir las instituciones del Estado de Derecho a partir de sus caprichos megalómanos. Dado ese escenario, la respuesta del hemisferio a la crisis de Honduras ha minado la posición de quienes están tratando de impedir que el populismo retrotraiga a la región a épocas infaustas en las que estaba obligado a escoger entre las revoluciones izquierdistas y las dictaduras militares”. ¿Escapará América a semejante dilema al que pretenden empujarla algunos?

UNA SALIDA DEMOCRÁTICA SIN INTROMISIONES EXTERNAS

En estas circunstancias, y cuando el Plan Arias junto con otras propuestas fracasaron, toda vez que fueron desautorizadas en su momento por una de las partes (Chávez y sus aliados), que consideran al máximo líder centroamericano como una “marioneta” de los Estados Unidos, la única alternativa realista a la actual coyuntura era la celebración urgente de unas elecciones libres y democráticas, tal como han hecho las nuevas autoridades celebrándolas el 29 de noviembre en busca de una legitimidad democrática que hasta ahora la comunidad internacional les había negado.

Chávez desautorizó el denominado Plan Arias porque otorgaba al ex presidente hondureño un papel acorde a la situación y legal, aunque provisorio, tal como aseguraba el profesor Fernando Mires, al que cito textualmente: “El rol que asigna (el acuerdo que auspiciaba el presidente costarricense) a Zelaya es el que corresponde a un presidente democrático, pero ese no era el rol que soñaban Chávez y Zelaya. Bajo las condiciones sugeridas por Arias, Zelaya habría retornado al gobierno por algunos meses a cumplir un rol administrativo que no habría sido otro que organizar las elecciones para el futuro gobierno del cual él no iba a formar parte. Cualquier politico avezado lo habría aceptado de inmediato. Zelaya habría quedado así situado en una excelente posición política para después convertirse en el principal líder de oposición al futuro gobierno, cualquiera que hubiera sido”. Pero el plan, que era genuinamente democrático y sustentado sobre firmes premisas políticas y morales, no estaba hecho a la cintura de Chávez, que pretendía asentar y consolidar el verdadero golpe de Estado: el perpetrado por Zelaya contra las instituciones democráticas hondureñas en las difíciles semanas que precedieron al fatídico 28 de junio.

Finalmente, vayamos con el asunto de la legitimidad democrática del actual ejecutivo hondureño. Decir que el actual gobierno hondureño no tiene legitimidad para organizar y celebrar las mismas es una incongruencia política, pues desautorizaría la naturaleza y la validez de todas las Transiciones a la democracia en Europa occidental y oriental y en la misma América Latina, donde fueron los regímenes autoritarios los que organizaron los comicios que propiciaron y permitieron el cambio político y la posterior consolidación de las incipientes (y nuevas) democracias. Si esa aseveración tuviera validez y se considerase dogma de fe, la de que no carece de legitimidad el actual gobierno de Tegucigalpa, las Transiciones democráticas de España, Portugal y Grecia, por poner tan sólo tres ejemplos cercanos, nunca hubieran concluido con éxito.

Como dice el analista y ex canciller mexicano Jorge Castañeda, al que cito textualmente,“todo ello conduce a un callejón sin salida, o a una posible trampa montada por Chávez y el ALBA en la que parecen haber caído ya España, Argentina, México y otros.(…)Nadie con un mínimo conocimiento de la historia de los últimos 30 años puede argumentar la ilegitimidad por una razón: por definición, el proceso fundacional de un régimen democrático que sustituye a uno autoritario proviene de elecciones organizadas por una dictadura o su equivalente, con mayores o menores niveles de negociación, supervisión internacional o unilateralidad del régimen saliente. En Chile, en 1988, Pinochet impuso el referéndum con sus propias condiciones; en España, en 1977, el rey Juan Carlos logró una importante negociación previa; y en varios de los países del este europeo las elecciones las realizaron los regímenes autoritarios salientes, cuyo mejor ejemplo fue el de Jaruzelski en Polonia. En 1994, en Sudáfrica, fue el régimen del apartheid el que administró el proceso electoral en el que triunfó Mandela. No hay otra manera de hacerlo cuando se trata de una transición pacífica a la democracia. Por ello la tesis de ilegitimidad carece de sentido”.

Desde luego, y como en todos los procesos políticos, tenía que haber algunas limitaciones, pues la presencia de la denominada “cuarta urna” en las elecciones impediría el normal juego entre los diversos actores politicos y porque sería fuente generadora de conflictos y “turbulencias” en la campaña. También sería illegal, pues Zelaya ha sido destituido y su sucesor ya ha sido elegido –el 29 de noviembre, es decir, el último domingo del mes de noviembre, como ocurre cada cuatro años-. El sistema político hondureño no prevé la reelección, está fuera de la Ley, máxime viniendo de quien no ha sido más que una fuente permanente de problemas y contenciosos en la vida de este antaño tranquilo país. Quizá un “cordón sanitario” que aísle a los dos polos ahora enfrentados sería una salida, pero están consideraciones, a estas alturas, ya carecen de sentido: Micheletti se retirará a su casa después del 27 de enero y Zelaya ya es historia. Incluso sus escasos partidarios, desorientados y confundidos tras tanto desatino por parte de su máximo líder, no cuentan ni siquiera con una fuerza política que les aglutine.

LOS HONDUREÑOS DIERON LA SOLUCIÓN EN CLAVE DEMOCRÁTICA

En definitiva, los hondureños ya han dicho la última palabra en un proceso limpio, transparente y competitivo sin intromisiones externas y sin llamamientos al enfrentamiento entre las partes, tal como los que realizaba (y realiza todavía) Zelaya de una forma irresponsable en estos días de caos y confusión.

Luego se necesitará la cooperación de la comunidad internacional, especialmente de la UE y los Estados Unidos, para llevar a cabo un proceso que necesitará de tiempo, buenhacer político y diplomático y prudencia por las partes en liza; se trata de que las instituciones políticas legítimas de Honduras se consoliden y desarrollen su trabajo sin más interrupciones. La OEA, dado el control casi absoluto que ejerce actualmente Chávez sobre la misma al controlar la mayoría relativa, ya no tiene legitimidad para liderar la solución de la crisis hodureña ni el posconflicto. Ni tampoco su parcial secretario general, el inefable José Miguel Insulza, puede aportar nada nuevo más que las consabidas recetas chavistas para salir del atolladero. O como asegura el valiente e incisivo siempre Armando Valladares:”Insulza y el desprestigiado organismo que preside son una marioneta de Chávez y de los países de la ALBA, cómplices en esta conspiración contra el heroico pueblo hondureño y sus líderes.

Las urnas las ya han arrojado su veridicto y la definitiva resolución de la crisis en clave democrática, pese a que los resultados no han sido reconocidos por los países del ALBA. Pese a todo, la cascada de reconocimientos internacionales del resultado de las elecciones celebradas en Honduras induce al optimismo y constata, de nuevo, la derrota del chavismo en Centroamérica; Canadá, Costa Rica, Colombia, Estados Unidos, Israel, Panamá, Perú, Taiwán y otros países democráticos ya se han sumado este reconocimiento de las nuevas autoridades de Tegucigalpa que supone el no tener que reconocer a un ejecutivo que algunos siguen considerando “golpista”, pero también pasar la oscura y tétrica página escrita por ese gran histrión que es Mel Zelaya.

¿Y Cuál es la razón por la que los Estados Unidos dieron ese giro de 180 grados? Desde un principio, no lo olvidemos, Washington condenó los acontecimientos que se sucedían en Tegucigalpa, pero se negó a sumarse al corifeo del ALBA que aceptaba las tesis zelayistas de que lo que realmente había ocurrido era un “golpe de Estado”. Luego, como señalaba muy acertadamente el periodista Carlos Alberto Montaner, “en el Departamento de Estado norteamericano circulaban dos páginas compiladas por la inteligencia norteamericana en las que se consignaban los presuntos delitos y complicidades del entorno más íntimo de Zelaya con el narcotráfico y la corrupción. No tenía sentido colocarse en este mismo bando, mientras Washington mantenía en el país la base militar de Palmerola, supuestamente dedicada a vigilar y combatir actividades afines a las que realizaban familiares y amigos de su contradictorio protegido”. Entre esos familiares de Zelaya implicados en esta auténtica trama que controlaba el narcotráfico en Honduras se encontraría, según fuentes periodísticas del país centroamericano, su propio hijo.

El mundo fue cambiando, excepto el ALBA, y fue aceptando la lógica democrática que caracterizaba a todo el proceso político hondureño. Organizaciones tan prestigiosas como la Internacional Liberal, a la que pertenecen decenas de partidos de todo el mundo, han enviado observadores internacionales para reconocer la limpieza del proceso y el resultado de las elecciones hondureñas, algo que ya ha hecho su presidente, el prestigioso eurodiputado holandés Hans Van Baalen y otros líderes de dicha formación política. El cerco política al que estaba sometida Tegucigalpa se va rompiendo irreversiblemente y la soledad de Zelaya es cada día más absoluta. Entre los países serios de la región, tan sólo Brasil sigue apoyando a Zelaya y se niega a reconocer los resultados de las urnas. Quizá porque como señala el periodista Andrés Oppenheimer “Brasil puede verse obligado a tomar una defensa más activa de Zelaya porque el despuesto presidente está en la embajada de Brasil en Tegucigalpa. Pero la posición de Brasil en la crisis ha sido de chiste”.

Sin embargo, pese a los éxitos conseguidos en el reconocimiento internacional de los resultados por parte de las autoridades de Tegucigalpa, que nadie se engañe, las instituciones hondureñas tienen que estar a la altura de las circunstancias pues “si el pueblo no ve en la democracia y el pluralismo una solución a los intereses de la inmensa mayoría, es probable que en la próxima oportunidad que se presente se deje embaucar por los cantos de sirena de algún demagogo de la cuerda bolivariana encharcado en petrodólares venezolanos”, tal como aseveraba Carlos Alberto Montaner. En definitiva, el pueblo hondureño no puede verse defraudado de nuevo y su sistema político democrático inmerso en nuevos periodos de desestabilización y descrédito, pues entonces perdería su escaso crédito y la amenaza del recurso al populismo sería la más plausible de las alternativas. Es la hora de la unidad nacional y de la responsabilidad política de sus gobernantes ante su pueblo.

La historia demuestra que la desunión de los demócratas es el camino más rápido para la ascensión de los de los regímenes totalitarios más abyectos y brutales. Es el momento de parar a Chávez, y quizá el actual momento que vive Honduras, parafraseando a Winston Churchill, no es es el final, no es siquiera el principio del final, puede ser, más bien, el final del principio. Que así sea.

Ricardo Angoso es periodista, politólogo y analista internacional. También es Coordinador General de Diálogo Europeo (www.dialogoeuropeo.com) y vive, desde hace años, a caballo entre Bogotá y Madrid.

MEDIOS DE COMUNICACIÓN CONSULTADOS: ABC (España), Agencia EFE, El Heraldo (Honduras), El País (España), La Tribuna (Honduras), Tiempo (Honduras), The Economist (Reino Unido) y The Washington Post (Estados Unidos).

El legislativo salvadoreño reconoce las elecciones de Honduras

Por Ricardo Angoso, 5 Diciembre 2009 18:19
Parlamento salvadoreño respalda elecciones en Honduras

San Salvador - La Asamblea Legislativa de El Salvador aprobó, un pronunciamiento de respaldo a las elecciones celebradas en Honduras en las que se impuso Porfirio Lobo, del opositor Partido Nacional.
Con el voto de 46 de los 84 diputados, el Parlamento expresó su “reconocimiento y respeto a la decisión del pueblo hondureño de elegir libre y soberanamente a sus representantes demostrada en una amplia participación ciudadana durante los comicios” del pasado 29 de noviembre, según un documento conocido hoy por Efe.

Los diputados expresaron su confianza en que estos comicios fortalezcan “la democracia, el Estado de derecho y la integración centroamericana”.

Además, manifestaron su esperanza en que “la comunidad internacional actúe de conformidad a la voluntad soberana del pueblo de Honduras, coadyuvando a la reconciliación de la familia hondureña y continuando con los esfuerzos a favor del desarrollo” de ese país.

La iniciativa presentada por la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA, derecha) logró el respaldo del Partido Demócrata Cristiano (PDC), la Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA) y el Partido de Conciliación Nacional (PCN).

El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN, izquierda), el partido de Gobierno, expresó su rechazo.

“No creo que nosotros como Asamblea Legislativa podamos avalar esa nueva estrategia del golpismo en América Latina”, declaró el diputado y portavoz del FMLN, Sigfrido Reyes, durante la plenaria que se desarrolló este jueves.

Lobo es el virtual ganador de los comicios en Honduras, celebrados tras el derrocamiento del presidente Manuel Zelaya, quien permanece en la embajada de Brasil en Tegucigalpa desde el 21 de septiembre, cuando regresó a su país de manera sorpresiva luego de ser expulsado por los militares el 28 de junio.

Costa Rica, Colombia, Estados Unidos, Panamá y Perú han reconocido hasta ahora las elecciones del domingo pasado en Honduras.

Honduras, el Waterloo chavista

Por Ricardo Angoso, 1 Diciembre 2009 19:16

HONDURAS: SE ABRE UNA NUEVA ETAPA TRAS LAS ELECCIONES

España, que se adhirió claramente al planteamiento de Hugo Chávez con respecto a la crisis hondureña, a diferencia de otros países occidentales, tendrá que recular si no quiere perder espacios políticos y económicos no sólo en Honduras, sino quizá en toda América Latina. En cualquier caso, el 27 de enero se abre una nueva etapa en este país centroamericano, que parece pasar una de sus más negras páginas de la historia, y se supera un embrollo que amenazaba con enquistarse y afectar profundamente a toda América Central.

POR RICARDO ANGOSO

OBSERVADOR ELECTORAL EN LAS ÚLTIMAS ELECCIONES HONDUREÑAS Y ANALISTA INTERNACIONAL

Tras haber sido capaces de organizar y celebrar en un clima de absoluta tranquilidad, constatada transparencia e impoluta normalidad las elecciones presidenciales, generales y locales, tal como estaba previsto desde antes del comienzo de la crisis política, las nuevas autoridades de Tegucigalpa comienzan a cosechar notables éxitos en la escena internacional: el reconocimiento de la legitimidad democrática de los comicios, junto con el regreso de los embajadores a la capital hondureña, auguran el final del “largo invierno” a que habían sido condenados sin apenas escucharles y el comienzo de un nuevo ciclo político.

En efecto, el final del proceso electoral y la reciente elección del candidato nacionalista, Pepe Lobo, brindan nuevas posibilidades a la comunidad internacional para superar la crisis, pues, en definitiva, da paso a una nueva administración no comprometida con el golpe, supone la salida de la escena del presidente considerado golpista, Roberto Micheletti, y pone fin al mandato del siempre controvertido ex presidente depuesto, Mel Zelaya. Las elecciones, pese a los negros augurios que algunos anunciaban, han supuesto, finalmente, la solución a un sainete interminable y no un episodio más en este largo contencioso.

El asunto de la legitimidad internacional no es una cuestión baladí y siempre ha preocupado a las actuales autoridades hondureñas, consideradas de facto por la mayor parte de los países del mundo y tratadas como apestadas en los últimos meses. Pese a la negativa de los miembros del ALBA por reconocer el resultado de las elecciones y la naturaleza del proceso electoral, aunque el mismo se había iniciado unos meses antes de la crisis, cada vez son más los países, tanto de América Latina como de otras latitudes, que van reconociendo la realidad sobre el terreno: la conformación de una nueva administración en este país centroamericano y el final de la crisis en clave interna hondureña, tal como reclamaban con la Constitución de la República en la mano los actuales gobernantes.

Luego, por mucho que se empeñe el ex presidente Zelaya y sus ministros en el exilio, con su canciller Patricia Rodas al frente, su actual “gobierno” tiene fecha de caducidad: el 27 de enero, fecha en la tomará posesión el nuevo presidente. Nadie en la escena internacional va a reconocer a dos ejecutivos y a dos presidentes hondureños. Que se olviden, ya tuvieron tiempo para negociar y dilapidaron su momento en bizantinas discusiones rumbo a ninguna parte.

CASCADA DE RECONOCIMIENTOS INTERNACIONALES

Por ahora, y en medio de la euforia que se detecta en Tegucigalpa por la alta participación en los comicios y por la amplia presencia de observadores internacionales de todos los continentes y países para legitimar y reconocer las elecciones, ya ha comenzado la “cascada” de reconocimientos internacionales. A los consabidos e importantes reconocimientos del proceso por parte de los Estados Unidos, Israel y Japón se le han venido a sumar en las últimas horas los de Costa Rica, Colombia, Panamá y previsiblemente Perú. También dentro de la Unión Europea (UE) ya se detectan cambios e incluso Canadá podría sumarse a la larga lista en asumir los cambios acaecidos. Hay una antes y un después del 29 de noviembre, eso es obvio, pese a que algunos Madrid parecen no querer enterarse. Muchas cosas han cambiado para el considerado “gobierno de facto” hasta hace unos días y Honduras camina hacia su plena rehabilitación internacional.

Mientras tanto, la diplomacia española, conducida por un durísimo Miguel Angel Moratinos hacia el “cambio” hondureño, parece comenzar a recular y asumir los costes de haberse alineado sin rechistar con los lineamientos de Venezuela, que lidera, sin duda, al ALBA, en esta crisis. Y ya se sabe que en política internacional los espacios que se dejan son automáticamente ocupados por otros, pero principalmente por países europeos con pretensiones de liderazgo en América Latina, como Alemania, Francia e Italia, que han actuado con mucha más cautela y responsabilidad a la hora de juzgar los acontecimientos que se han sucedido y se suceden en Honduras. A veces, en política exterior, vale más el silencio que la hueca retórica moralista, aunque se tenga razón.

El Partido Popular (PP), por su parte, ha actuado con más mesura y sentido de Estado, habiendo escuchado en estos meses a las dos partes y enviando observadores internacionales a las elecciones para conocer de primera mano las incidencias y el significado de las mismas. ¿Cómo ha podido nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación emitir un juicio sin haber escuchado los planteamientos de los representantes de Micheletti, tal como han hecho todos los que han mediado en los últimos meses, y habiendo apostado por la carta de Zelaya sin medir los riesgos de semejante apuesta? España se ha quedado sola junto a los países del ALBA y Argentina y Brasil en esta crisis. Mientras todos iban matizando su posición inicial de absoluta beligerancia con respecto al actual ejecutivo hondureño, la diplomacia española ha mantenido un discurso inamovible, rayano en la adhesión inquebrantable al pensamiento de Chávez y poco dado a la búsqueda de un compromiso que pudiese desbloquear el embrollo. Reconducir este planteamiento inicial implicará esfuerzos titánicos y seguras y merecidas críticas.

COMIENZO DE UN NUEVO CICLO POLÍTICO PARA HONDURAS

Así las cosas, y mientras caminamos hacia la plena reintegración de Honduras en la sociedad internacional, el alambicado escenario comienza a verse con un mayor claridad sobre todo debido al triunfo del pragmatismo. Las elecciones han brindado una oportunidad clara, meridiana y práctica para salir de una crisis que no parecía tener fin y donde el diálogo no había dado los frutos esperados; más bien tenía visos de perpetuarse en el tiempo y de sembrar más discordias y tensiones en una región cada vez más inestable y convulsa. A nadie, no sólo en América Central, le interesaba mantener viva la llama de este fuego que amenazaba con extenderse; quizá tan sólo al ALBA que lidera Chávez, cuyo proyectó geoestratégico encalló en América Central y sufrió su primer revés en Honduras después de una larga década de notables éxitos. Tegucigalpa ha sido la Bahía Cochinos del régimen chavista.

El 27 de enero, una vez que el nuevo presidente asuma su mandato, comenzará una nueva era para Honduras. La comunidad internacional tan sólo tendrá que reconocer los resultados de las elecciones y no tendrá que pasar por el trance de tener que dotar de legitimidad a un poder ejecutivo que siguen considerando “golpista”, pese a la numantina defensa de que hace gala el mismo de que tan sólo actuó en cumplimiento del escrupuloso orden constitucional y político hondureño. En unas semanas, esas consideraciones carecerán de sentido y serán sólo historia. Como también será historia Zelaya y su cada vez más fantasmagórico “gobierno en el exilio”, que a medida que pase el tiempo se irá diluyendo y careciendo de una legitimidad que las nuevas autoridades elegidas le arrebatarán. Para muestra, vale la pena recordar la experiencia de nuestro propio país: ¿Quién se acordaba en la escena internacional al final de la Segunda Guerra Mundial de que existía un Gobierno republicano en el exilio? Nadie. Lo mismo le ocurrirá a Zelaya, pero esa es otra historia que escapa a los límites de estas líneas.

¿Finales de la crisis en Honduras?

Por Ricardo Angoso, 1 Noviembre 2009 21:05
Diputados hondureños analizan con cautela su papel en la crisis política del país
Los diputados del Congreso Nacional comienzan a recibir presiones para inclinar su decisión sobre la restitución o no de Manuel Zelaya en el poder. Dejaron en claro además que, si las circunstancias son iguales a las del 28 de junio, se ratificará la destitución de Zelaya y la sucesión constitucional de Roberto Micheletti.

Las comisiones de Micheletti y de Zelaya acordaron el jueves pasado, con la mediación de Thomas Shannon, subsecretario de Estado de EE UU, que fuera el Congreso el que dirimiera ese punto, que empantanó las negociaciones que buscaban poner fin a la crisis política.

El acuerdo firmado contiene 12 puntos que se refieren a la conformación de un gobierno de unidad, la renuncia a convocar a una asamblea nacional constituyente, el reconocimiento de las elecciones y de las autoridades electas y el traspaso de las Fuerzas Armadas a la dirección del Tribunal Electoral.

Asimismo, la conformación de una comisión de la verdad y otra de verificación del cumplimiento del acuerdo y renunciar a la amnistía y a una moratoria. También piden a la comunidad internacional suspender las sanciones contra Honduras y reconocerlo en el ámbito internacional.

También se conformó un calendario del cumplimiento del acuerdo, agradecimientos, una declaración final que compromete a ambas partes a cumplir y respetar el acuerdo y un punto relacionado a la vigencia que señala que mañana, 2 de noviembre, se realizará un acto público para efectos protocolarios y ceremoniales donde se firmará el documento.

Las posiciones

El vicepresidente del Congreso Nacional, Ramón Velásquez, reiteró que si la decisión de los diputados fue sustituir a Zelaya, no se debería pensar en retornarlo a su cargo.

Él se basa en el hecho de que si las circunstancias que obligaron a quitarlo del cargo son las mismas hoy día, entonces sería ilógico que el Congreso cambie de opinión. “Absolutamente, esa es la posición que vamos a mantener”, dijo el parlamentario del partido Demócrata Cristiano.

Velásquez consideró que el presidente del Congreso, José Alfredo Saavedra, “pronto” convocaría a los legisladores a debate. Se calcula que el martes el Congreso estaría conociendo el documento que remitieron las comisiones de Micheletti y de Zelaya.

Debió ser la Corte

Pese a que el acuerdo manda que sea el Congreso el que dirima el asunto, dijo que “la restitución de Zelaya es un aspecto legal y el Congreso es una institución eminentemente política… (por eso) tener en nuestras manos un informe de la Corte Suprema de Justicia nos da la visión jurídica del asunto”.

Por su lado, el diputado nacionalista Juan Orlando Hernández coincidió con Velásquez al afirmar que el asunto de Zelaya es más jurídico que político y subrayó que él hubiera preferido que hubiese sido la Corte la que lo definiera.

Hernández contó además que ya han comenzado a recibir presiones. “Es necesario que al Congreso se le dé el espacio para analizar sin presiones de ninguna naturaleza”.

Nelson Licona, de la comisión de campaña de Elvin Santos y aspirante a diputado, señaló que los nacionalistas estaban allanando el camino para decidir en el Congreso la restitución de Zelaya. “Hay una clara alianza”, acusó Licona.

Hernández negó esa alianza y calificó esos señalamientos como un acto de desesperación del Partido Liberal, por estar abajo en las encuestas. Hernández advirtió que “no tolerarán presiones”. La resolución del Congreso será inapelable y deberá ser aceptada por las dos comisiones. El Congreso puede restituir a Zelaya o puede descartar esa posibilidad.

Por otro lado, se informó extraoficialmente que el secretario de Defensa, Colin Powell, y el ex presidente de Chile, Ricardo Lagos, estarían formado parte de la comisión de verificación. Ellos dos serían los propuestos por la Organización de Estados Americanos (OEA), que se estarían sumando a los dos propuestos por la comisión de Zelaya y Micheletti.


Honduras: interesante artículo en EL PAIS de España

Por Ricardo Angoso, 8 Octubre 2009 1:34

TRIBUNA: JOAQUÍN VILLALOBOS

Honduras, un pulso de fuerzas

La deportación de la hija de Micheletti por el Gobierno de EE UU, la negación de la entrada de los embajadores de la OEA a Tegucigalpa, el ultimátum del Gobierno de facto a Brasil y la respuesta de éste comenzaron a convertir la crisis hondureña en una cuestión de pulso de fuerzas que aparentemente ha comenzado a corregirse.



    La racionalidad política debe imponerse sobre el dogmatismo diplomático

Un pulso de fuerzas sólo conduciría a que la violencia entre los hondureños sea la forma de dirimir arrogancias nacionales e internacionales. Si ése fuera el escenario, la radicalización ideológica, la lucha callejera y la represión tomarían pronto los primeros planos. Hasta ahora la lógica más generalizada ha sido tomar partido por el “bueno”, o por el “malo”, en vez de actuar para evitar un conflicto.

Tanto Zelaya como Micheletti son personajes congruentes con el atraso de su país, de poco sirve medirlos por quién es el peor o el mejor.

Centroamérica está atrapada entre el dogmatismo de la formalidad diplomática y la pobreza de la racionalidad política. Ha habido una reacción desproporcionada de la comunidad internacional que olvida la intromisión de Chávez en Honduras como factor generador del golpe. El castigo que se ha aplicado es superior a la falta. El Gobierno de facto representa a una sociedad asustada, no es ni una dictadura real, ni una dictadura potencial. Es el miedo a Chávez y a verse como Venezuela, Bolivia, Ecuador o Nicaragua lo que provocó el golpe. La comunidad internacional no les ha ofrecido hasta ahora una solución a su miedo y a su desconfianza, sino que los continuó asustando y haciendo desconfiar más, y eso ni es político, ni es diplomacia, ni sirve para resolver conflictos, sino para hacerlos crecer.

Intentar sentar un precedente contra los golpes de Estado usando a un país tan pequeño y pobre como Honduras no tiene sentido. No se puede ejemplarizar con un hecho atípico a países que tienen realidades diferentes. Al igual que cuando Reagan pretendió usar a un país tan pequeño como El Salvador para sacar a EE UU del trauma de la derrota de Vietnam, ahora la izquierda quiere usar a Honduras para sacarse el trauma de los golpes de Estado. La política de la derecha de Reagan nos costó 75.000 muertos a los salvadoreños; ¿cuántos hondureños muertos quiere la izquierda para sacarse su trauma?

No hay posibilidad de contagio de golpes de Estado en todas partes, esto es tan cierto que los Gobiernos de izquierda de Chile, Brasil y Venezuela están rearmando considerablemente a sus ejércitos.

La idea de que si el Gobierno hondureño es ilegítimo las elecciones de noviembre serían ilegítimas es una barbaridad política; antes a los Gobiernos de facto se les demandaba realizar elecciones libres y todas las transiciones democráticas parten de Gobiernos ilegítimos, ésa sería la realidad si en Cuba se realizaran elecciones libres.

El problema es que la ilegitimidad de esas elecciones podría colocar a todo Centroamérica en una nueva, prolongada, contagiosa, desbordada y violenta crisis de gobernabilidad que se sumaría a todos los graves problemas de miseria e inseguridad que ya tiene la región. En Guatemala, además de una hambruna, hay una dualidad de poderes entre el Gobierno y el crimen organizado; en El Salvador hay tres poderes, el presidente Funes, el FMLN y la mara Salvatrucha; en Honduras no hay Gobierno y con ello se está fortaleciendo el narcotráfico; y en Nicaragua Ortega realizó un fraude electoral y está intentando relanzar un proyecto autoritario.

Centroamérica tiene una sola carretera que la comunica y Honduras está en su parte media; el comercio entre los países centroamericanos representa en promedio el 30% de sus exportaciones para cada uno. Es decir, que la inestabilidad de Honduras terminará afectando a todos. Cuando El Salvador invadió a Honduras en 1969 la consecuencia del cierre de la frontera hondureña fue una guerra civil en El Salvador.

En los años ochenta, el presidente Óscar Arias no se involucró en la pacificación de la región sólo por altruismo, sino porque Costa Rica había recibido 500.000 nicaragüenses, una sexta parte de su población. Igualmente, México promovió la pacificación porque por su territorio pasaron seis millones de centroamericanos hacia EE UU.

Si en la actual crisis hondureña se imponen las arrogancias y los dogmatismos diplomáticos sobre el pragmatismo y la racionalidad política, Centroamérica podría de nuevo expulsar a millones de personas, que no saldrían hacia Brasil, España, Venezuela o Chile, sino hacia México y EE UU, con todo lo injusto y triste que ese camino es para los más pobres.

Igual podrían surgir varios narco-Estados en la región como retaguardias de los carteles mexicanos y colombianos. Si Zelaya ya está en Honduras, son los hondureños quienes deberían resolver su problema mediante un diálogo nacional, la comunidad internacional debería observar las elecciones de noviembre y reconocer a quien resulte electo. Los centroamericanos no merecemos ser de nuevo usados para que otros se saquen sus traumas sólo porque somos países pobres y débiles.

Joaquín Villalobos, ex guerrillero salvadoreño, es consultor para la resolución de conflictos internacionales.