Uribe, tras la victoria de la izquierda en Paraguay, se queda aislado; la debilidad de su proyecto exterior
4 Mayo 2008
LA SOLEDAD DE URIBE
POR RICARDO ANGOSO
A la reciente detención del primo del presidente de Colombia, Alvaro Uribe, por sus conexiones con lo que ya en su país se denomina como el fenómeno de la parapolítica, que le deja muy maltrecho, ahora se le viene a unir una reciente victoria de la izquierda política en Paraguay. Con la elección del "obispo rojo" de Asunción, Fernando Lugo, todos los gobiernos de peso de América Latina han cambiado de signo en la última década, ha habido un desplazamiento desde la extrema derecha apoyada por el militarismo, la iglesia, la CIA y las oligarquías locales hacia una nueva corriente de progreso cimentada por apoyos de casi todos los sectores sociales, desde los sindicatos y los movimientos de base hasta los comunistas y los socialistas. Bolivia, Ecuador y Venezuela, por ejemplo, representan una izquierda heterogénea, diversa, plural e incluso multiétnica, mientras que los casos de Argentina, Brasil y Chile son movimientos políticos más profundos y que hunden sus raíces en la cultura de la izquierda que en estos países intentó la transformación de sus sociedades -con la oposición de los Estados Unidos, que apoyó siempre el golpismo y los regímenes cuarteleros interviniendo a través de la "doctrina de seguridad nacional", de tan siniestro recuerdo- en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta.
Así las cosas, y con la ilusión en alza en Paraguay y el desencanto de la misma forma en Venezuela, la izquierda ha conquistado cotas de poder impensables hace apenas una década, situando el debate en la esfera de lo social y una política económica más cercana a la calle. La derecha latinoamericana ha fracasado estrepitosamente, no habiendo sido capaz ni de conformar alternativas razonables a la crisis general, al desafío de la pobreza y de realizar el viaje, a veces desde luego prodigioso y lleno de peligros, desde el totalitarismo más brutal hacia la democracia. Ahora, sin embargo, se vive un momento bien distinto en toda América Latina y repleto de esperanza, pero también plagada de incertidumbres, titánicos desafíos e ineludibles retos, desde la transformación social y económica hasta profundizar en la calidad de la democracia. Y también, claro está, ahondar en el respeto a los sistemáticamente vulnerados Derechos Humanos.
Colombia, pese a que la tendencia es continental y sin género dudas positiva, no participa de este movimiento, paradójicamente porque la presencia de la guerrilla más antigua de América Latina -y quizá del mundo, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC- sigue golpeando y asesinado en este abatido país. Luego la izquierda, no muy claras en sus relaciones con las FARC y siempre muy tímida a la hora de condenar el terrorismo, carece de la suficiente fuerza, legitimidad y capacidad para presentarse como una alternativa real ante la sociedad colombiana. Sin desmarcarse claramente del terrorismo y sin rearmarse ideológicamente de un discurso creíble que ofrezca alternativas, el Polo Democrático Alternativo (PDA), donde convergen desde los comunistas hasta el centroizquierdismo, necesita aún tiempo para convencer a su pueblo de que es una opción clara de gobierno. Su apuesta, vista su percepción del mundo y su anclaje en el pasado comunista, camina más en la dirección contraria al resto de la izquierda latinoamericana de hoy.
Sin embargo, el presidente Uribe, que tiene altas cotas de popularidad y que ha conseguido notables éxitos con su política de "seguridad democrática", no debe desdeñar su difícil situación externa, pues se encuentra muy aislado en la escena continental y con un escenario, a corto plazo, todavía más adverso. La reciente y ya superada crisis con Ecuador, en donde el sátrapa de Caracas aprovechó la ocasión para lanzar sus dardos envenenados, ha revelado la intensidad de este escenario absolutamente desfavorable para la política exterior colombiana, asunto al que nunca prestó demasiada atención el máximo mandatario de Bogotá.
Luego, tras el sonoro fracaso de las negociaciones entre Colombia y Estados Unidos por firmar el Tratado de Libre Comercio, ha vuelto a mostrar la debilidad de la diplomacia colombiana, la falta de profesionalidad de sus cargos en el exterior -casi todos los embajadores de este gran país son amigos del presidente sin ninguna preparación profesional- y su escasa profundidad estratégica, tal como se vio; un buen equipo diplomático tenía que haber sido capaz de prever el naufragio que se esperaba del TLC en el legislativo norteamericano. Así las las cosas, queda claro que para superar esta situación de crónico aislamiento, al presidente Uribe le hace falta un nuevo equipo más capaz, más sólido y, sobre todo, más profesional. ¿Será capaz de entender el mensaje y rectificar en la sabia dirección? Veremos.
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