Archivo de Febrero, 2008

El dolor de Betancourt, la miseria de los esbirros de las FARC

Las cartas de la secuestrada Ingrid Betancourt 

"La muerte me parece una opción dulce"
El primer ministro francés asegura que la vida de Ingrid Betancourt es "cuestión de semanas"

Las cartas, escritas desde un lugar de la selva "una mañana lluviosa como mi alma", muestran la desesperanza que se ha apoderado de Betancourt, que según los rehenes liberados sufre de varias enfermedades y es víctima de maltratos por parte de la guerrilla colombiana.

"Ponte en paz contigo mismo, ponte en paz conmigo", le escribe la política a su esposo, Juan Carlos Leconte, y confiesa que "estoy cansada de sufrir, de llevarlo por dentro todos los días, de decirme mentiras a mí misma y de ver que cada día es igual al infierno del anterior".

Por ese motivo, concluye: "Siento que la vida de mis niños está en stand-by, esperando a que yo salga y su sufrimiento diario hace que la muerte me parezca una opción dulce".

Betancourt fue secuestrada en febrero de 2002, cuando se dirigía a una zona recién desmilitarizada en el sur de Colombia, junto con su compañera de fórmula en la campaña electoral, Clara Rojas, liberada a principios de enero.

Leconte ha asegurado a Noticias Cuatro que confía todavía en el reencuentro y asegura que su amor sigue vivo como demuestra una línea de esas cartas: "Yo te amo como aquella noche estrellada en la Polinesia" (durante su luna de miel).

comnetar 29 Febrero 2008

En el 75 aniversario de la llegada de Hitler al poder

El Reichstag, durante el incendio. (Foto: AP)

75 ANIVERSARIO DE LA LLEGADA AL PODER DE LOS NAZIS:

REFLEXIONANDO ACERCA DEL COMIENZO DE LA TRAGEDIA

Por RICARDO ANGOSO, 2008.
¿Buscas fuego? Lo encontrarás en las cenizas.
Rabino Mosche Löw von Sasow

En 1933 llegaba al poder, de una forma democrática, Adolfo Hitler, aunque sin mayoría absoluta. Más tarde, una vez que la aristocracia, la derecha, el ejército, la banca y el poder industrial  aceptaban el resultado y, como mal menor, el poder de los nazis, Hitler subvertirá el sistema, ilegalizará a los partidos políticos y sindicatos, detendrá a sus oponentes y convocará unas nuevas elecciones donde obtendría la mayoría absoluta de un parlamento que más tarde cerrara hasta que la derrota militar permita el lento regreso a la normalidad de Alemania. En tan sólo doce años, entre 1933 y 1945, el Führer del III Reich, destinado a gobernar Alemania por más de mil años, en palabras del propio Hitler, constituyó una de las experiencias políticas y criminales más trágicas de la historia universal. Había comenzado una gran pesadilla para millones de personas que morirían, más tarde, en la Segunda Guerra Mundial, muchos de ellos en los campos de exterminio abiertos por los nacionalsocialistas.

“¿Por qué nos odian tanto?”, se preguntaban asustados los miles de judíos, homosexuales y gitanos que eran enviados, en trenes de ganados, a los campos de exterminio nazis. ¿De dónde procedía el odio que había puesto en marcha la maquinaría criminal más impresionante de la Historia? ¿Qué nutrió intelectualmente y moralmente a una ideología que es la expresión más clara de hasta donde puede llegar la perversión de la política? ¿Cómo fue posible que mil años de tranquila y sosegada vida alemana, plagada de una rica tradición literaria, artística e incluso musical, se viera truncada, casi de repente y súbitamente, por la irrupción en la escena de la ideología nazi y sus verdugos voluntarios?

A todas estas preguntas, hechas una y mil veces por los supervivientes del Holocausto y por las víctimas del nazismo, es difícil darlas una respuesta precisa y claramente concluyente, aunque hay factores y elementos anteriores a la llegada al poder de los nazis que arrojan bastante luz sobre el origen del nazismo y su irresistible ascenso (incluyendo aquí el éxito electoral de Hitler) en la Alemania del periodo de entreguerras. Muchos son los que prefirieron mirar hacia otro lado cuando terminó la guerra e intentar obviar este siniestro paréntesis de la historia de Alemania (1933-1945).

Pero no se tratar de olvidar y reprimir el recuerdo, sino de mantener viva la memoria de las víctimas de esta auténtica tragedia que acaeció en el corazón de Europa. Recordar lo acaecido e intentar comprender lo ocurrido para evitar que se vuelva a repetir, tan sólo así la Humanidad puede avanzar y conjurar a los fantasmas del pasado, siempre tan presentes en esta historia de una Europa que  parece querer repetir los mismos errores periódicamente.

Y es que, como aseguraba el profesor Santos Juliá, reprimir el recuerdo es creer no haber sido lo que se fue y, en consecuencia, hablar como si nunca se hubiera sido. “Le ocurrió a muchos de los que ingresaron en el partido nazi impulsados por la voluntad de poner su vida al servicio de una causa sublime, compartida por miles de camaradas. Luego cuando las cosas no salieron como se habían imaginado y tuvieron que rendirse a la evidencia de la muerte y la devastación que ellos mismos habían provocado, no les fue posible reconocer que habían sido parte activa de ese horror”, aseguraba el historiador citado al comienzo de este párrafo.

En definitiva, cuando han pasado 75 años desde la llegada al poder de los nazis y recordamos ahora los resultados de su demencial política criminal, convendría detenernos en los orígenes de esta tragedia e intentar comprender cómo fue posible que una de las naciones más modernas y antiguas de Europa se dejara seducir por esa perversión política que constituyó el nacionalsocialismo.

Quizá así, y sin perder esta perspectiva, podamos entender las actuales manifestaciones de quienes desde diversas latitudes siguen negando la magnitud de la tragedia y avivando, en definitiva, el odio racial. Tampoco mantienen el mínimo respeto exigido a las víctimas, sería pedirles demasiado. Su espeluznante indiferencia, junto con una no soterrada criminalización de los que sufrieron el Holocausto, les resta toda legitimidad moral e intelectual.

El revisionismo sigue presente y los negacionistas, como se vio en el espeluznante aquelarre organizado por las autoridades iraníes en Teherán para negar los campos de la muerte, mantienen viva la llama de su discurso desde hace décadas para defender lo indefendible, pues no cuestionan la existencia de la persecución racial, sexual y étnica sino las cifras y la magnitud de la tragedia que padeció Europa en aquellos terribles años. Para ellos, la ideología y los métodos no son cuestionables, pues quizá beben de las mismas fuentes totalitarias, sino que el régimen no fue lo suficientemente eficiente para haber cumplido con sus macabros objetivos. Se trata de un pensamiento cínico y reprobable, casi diabólico, pero sigue habitando entre nosotros y permanece vivo incluso en el discurso intelectual de algunos sectores progresistas y de izquierda, incapaces de entender que la tragedia que se abatió por Europa hace ya 75 años no tenía límites más allá de su nefando programa de exterminio y destrucción.

comnetar 28 Febrero 2008

Las FARC liberan a nuevos rehenes, el terrible goteo continúa

Las FARC entregan cuatro rehenes a una misión coordinada por Venezuela
La guerrilla dice que no habrá más liberaciones unilaterales de rehenes

EFE | REUTERS
CARACAS|BOGOTÁ.- Las FARC han entregado a cuatro rehenes a una misión coordinada por el ministro venezolano del Interior, Ramón Rodríguez Chacín, e integrada también por una delegación de Cruz Roja y la senadora colombiana Piedad Córdoba.

La delegada del CICR en Colombia, Bárbara Hintermann, ha indicado que los ex legisladores Gloria Polanco de Lozada, Orlando Beltrán Cuéllar, Luis Eladio Pérez y Jorge Eduardo Géchem Turbay fueron entregados a la misión encabezada por Venezuela.

En estos momentos, el grupo de liberados viaja a Venezuela, según ha anunciado el portavoz del Gobierno venezolano, Jesse Chacón. Los helicópteros aterrizarán en la base de Santo Domingo, en el estado de Táchira, desde donde la misión emprenderá rumbo hacia Caracas.

Integran la misión el ministro de Relaciones Interiores venezolano, Ramón Rodríguez Chacín, que coordina la operación; la senadora colombiana Piedad Córdoba; cuatro delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja, dos médicos venezolanos y un cámara del canal Telesur.

Las aeronaves, identificadas con emblemas de la Cruz Roja, salieron desde Santo Domingo a las 7.30 hora local (12.00 GMT) y aterrizaron poco después de las 14.00 GMT en el aeropuerto de San José de Guaviare, 400 kilómetros al sur de Bogotá. De ahí, transcurridos 90 minutos, partió hacia el punto exacto fijado por los guerrilleros para su liberación, donde tuvo lugar la entrega de los ex parlamentarios.

La operación constituye la segunda liberación unilateral de rehenes de alto perfil por parte de la guerrilla en lo que va de año.

Las Fuerzas Armadas de Colombia comenzaron el miércoles una suspensión por 12 horas de sus operaciones en una zona selvática del sureste del país cno el fin de facilitar la misión humanitaria.

FARC: No habrá más liberaciones
El éxito de la operación auspiciada por el Gobierno de Venezuela se ha visto empañado por el anuncio, efectuado por las FARC en un comunicado divulgado por Caracol Radio, de que no harán más liberaciones unilaterales de rehenes. Asimismo, la guerrilla reitera su exigencia de que se desmilitaricen dos pueblos del Valle del Cauca.

comnetar 27 Febrero 2008

Ahmadineyad vuelve a exhibir su retórica belicista

Ahmadineyad: “No existe potencia en el mundo que pueda amenazar al pueblo de Irán” Teherán, Irán. IRNA. 25 de febrero de 2008
 
Nacional. Internacional. Política.

“La gran nación iraní ha superado sola a todas las potencias en el caso nuclear; hoy no se encuentra una sola potencia en todo el mundo que pueda amenazar a Irán”, ha manifestado el presidente iraní en una ceremonia de clausura de un congreso que trataba sobre la Ashura.

“Hoy el país ha llegado a tal punto en que ya no hay nadie más que se atreva a amenazarlo, y con esta victoria ha quedado muy ensalzada la posición de la república islámica en el mundo”, añadió Mahmud Ahmadineyad en alusión al informe de la Agencia Internacional de la Energía Atómica sobre el programa nuclear de la nación.

“¿Qué quieren exhibir ahora esas potencias para que el pueblo iraní les tema y les obedezca?”, preguntó en tono retórico.
 

comnetar 26 Febrero 2008

Rusia se queda sola en defensa de Serbia

AGENCIAS
BELGRADO.- El viceprimer ministro ruso, Dmitri Medvédev, ha reiterado en Belgrado el rechazo de Moscú a la autoproclamación de la independencia de Kosovo y su apoyo a Serbia para encontrar una salida a la actual situación.

"Serbia necesita el apoyo no sólo moral y jurídico, sino también de inversiones y acuerdos concretos", ha dicho Medvédev, el más probable sucesor del actual presidente ruso, Vladimir Putin.

"Coordinaremos los esfuerzos para (encontrar) la salida a esta situación", añadió Medvédev tras reunirse con el primer ministro serbio, Vojislav Kostunica.

Serbia ha anunciado que no va a normalizar las relaciones bilaterales con los países que hayan reconocido la independencia de Kosovo salvo que anulen ese reconocimiento, ha advertido Kostunica.

"No habrá normalización de las relaciones de Serbia con aquellos países que reconocieron la independencia de Kosovo, hasta que lo anulen", dijo Kostunica a la prensa tras reunirse con Medvédev, el candidato de Putin.

Entre los países que han reconocido la soberanía de Kosovo se cuentan Estados Unidos, Alemania, Francia, Reino Unido y Turquía, entre otros.

comnetar 25 Febrero 2008

Un comunista gana la presidencia de Chipre, la derecha casposa grecochipriota se hunde

El comunista Demetris Christofias, ganador de las elecciones presidenciales de Chipre

NICOSIA.- El candidato comunista Demetris Christofias ha sido elegido presidente de Chipre, según ha anunciado la televisión estatal chipriota. Christofias se ha impuesto al aspirante conservador, Ioannis Kassoulides, en la segunda vuelta de las presidenciales.

En las calles de Nicosia, el sonido ininterrumpido de los cláxones celebraba la victoria del candidato comunista, de 61 años, que se convierte así en el sexto presidente de la antigua colonia británica. Por primera vez en la historia política de la isla, un líder comunista se convierte en presidente.

Christofias, secretario general del Partido Comunista AKEL, será además el único presidente comunista entre los países miembros de la Unión Europea. Ante el cuartel general del partido, una multitud de partidarios de Christofias celebraba ya a su nuevo presidente, favorito de la elección, agitando banderas chipriotas con el eslogan "una sociedad justa".

La segunda vuelta de las elecciones presidenciales chipriotas ha transcurrido en un ambiente de calma. La afluencia de votantes ha sido ligeramente superior a la de la primera vuelta, con una abstención del 9,13%.

Por un estrecho margen, el líder comunista ha obtenido la delantera frente su rival de derecha, Ioannis Kassoulides. Tras el recuento de votos, Christofias ha obtenido el apoyo de 53,36% de los votantes, mientras que Kassoulides contaba con un 46,64%.

"Me he puesto en contacto con el señor Christofias y le he felicitado por su victoria", ha dicho el líder de la derecha. "Le aseguré que estaré a su lado en sus esfuerzos para encontrar una solución a nuestro tema nacional".

Ambos candidatos se han comprometido a reavivar los esfuerzos para unir a la dividida isla, donde los grecochipriotas (llamados a las urnas este domingo) viven en el sur y los turcochipriotas, en el norte. La división de la isla es un gran obstáculo para las aspiraciones de Turquía de ingresar a la Unión Europea.

El ex presidente de Chipre, George Vasiliou, quien la semana pasada expresó su apoyo para el candidato izquierdista, ha dicho durante la jornada electoral que esperaba que el pueblo de Chipre eligiera presidente a Christofias, por ser "la persona más apta para asegurar la reunificación de Chipre".

La ceremonia de proclamación del nuevo presidente de la República tendrá lugar en el estadio Elefteria, en Nicosia, esta noche. El próximo 29 de febrero está previsto que el nuevo mandatario chipriota jure su cargo ante la sesión plenaria del Parlamento.

comnetar 24 Febrero 2008

Recordando la historia de Kosovo

KOSOVO. DEL FINAL DEL MITO DE SERBIO A LA INDEPENDENCIA
¿PUNTO Y FINAL EN EL PROCESO DE DISOLUCIÒN DE YUGOSLAVIA?

Por Ricardo Angoso, 2008.

Sólo una persona insustancial puede pasar por alto la aflicción que asoma por doquier a través de la deshilachada placidez.

Johann Nepomuk Nestroy

Esta desgracia, hermano, la hemos sembrado nosotros mismos. Nos hemos estado degollando  durante años y años por Kosovo y ahora son otros los que se quedan.

Ismail Kadaré

“Todo soldado campesino serbio sabe por qué lucha. Cuando era niño su madre le decía: ¡Hola pequeño vengador de Kosovo!”.

John Reed, periodista británico, en 1917.

El mito de Kosovo
En 1989, ante casi un millón de personas venidas de todo el país hasta Kosovo, el máximo líder serbio, Slobodan Milosevic, prometió a su pueblo que “los serbios nunca más serían derrotados y humillados”. Milosevic celebraba por todo lo alto el 600 aniversario de la batalla del Campo de los Mirlos, un episodio bélico que concluyó en derrota para los serbios y que significó, a partir de 1389, el dominio otomano de los Balcanes por más de cinco siglos. Allí, reunidos en el lugar de la Batalla, en Kosovo Polje, los serbios se conjuraron una y mil veces para luchar contra aquellos que amenazaban con querer destruir la “sagrada unidad del pueblo serbio”. Nunca las palabras de un dirigente político podrían haber sido más premonitorias, más proféticas en el sentido contrario de lo que estaba por llegar. El conflicto en la antigua Yugoslavia comenzó y terminó en Kosovo. Aquella celebración era tan sólo el comienzo de un sangriento e inútil aquelarre. Del mismo modo, los serbios todavía no se han repuesto y el sufrimiento interminable de este pueblo continúa. Pero conviene repasar la historia antes de adentrarnos en el significado del mito para ambos pueblos.

Los serbios trataban, en 1389, de frenar la oleada militar turca que ganaba terreno día a día en los Balcanes, pero no les fue posible porque el ejército turco, imbatible en aquellos momentos, les castigó con una severa derrota recordada para siempre en los anales de historia. El príncipe Lazar, que comandaba las tropas, fue capturado y miles de sus soldados quedaron para siempre en el famoso Campo de los Mirlos, escenario de tan decisiva derrota. El Vidovdan, o día de san Vito, se convirtió desde entonces, y para siempre, en una fecha emblemática para los serbios, tal como nos recuerdan los Narodne Pesme (poemas épicos) de un pueblo que tiene, parafraseando a Churchill, más historia de la que es capaz de digerir.

Aquel 28 de junio de 1389  significó el comienzo de la dominación otomana de los Balcanes-que perduraría hasta principios de este siglo-y la destrucción del sueño serbio de crear un imperio local que frenase las aspiraciones de la Sublime Puerta. Para el crítico literario serbio Jovan Skerlic, “la derrota Kosovo Polje ilumina los cantos populares serbios y la poesía nacional” desde 1389.  “Nuestros mitos nos robustecen y debemos vivir con ellos. Cada vez que nos hallamos en dificultad volvemos a Kosovo, a la poesía popular, a Karagjorgje”, aseguraba en la misma línea el académico serbio Antonije Isakovic. Los serbios contemplaban como la línea que separaba al Imperio Otomano del Occidente cristiano quedaba justamente en su territorio y que su tierra mítica, el Kosovo, se convertía en el epicentro de su derrota. La albanización había comenzado.

De aquella derrota, que todavía es motor de movilización y análisis en los círculos nacionalistas serbios, hay un bello poema épico que merece la pena recordar:

“(…) El Zar eligió un reino celestial
y no un reino terrenal,
edificio una iglesia en Kosovo,
No usó mármol por pavimento
Sino que la alfombró con sedas escarlata.
Hizo venir entonces al patriarca serbio
Y a doce grandes obispos.
Después dio a sus soldados la Eucaristía y las órdenes de la batalla.
Y mientras el príncipe daba órdenes a sus soldados
Los turcos atacaron Kosovo.

Y los turcos derrotaron a Lázaro,
Y el zar Lázaro pereció,
Y con él pereció su ejército,
De sesenta y siete mil soldados.

Todo fue santo, todo fue honroso,
Y la voluntad de Dios se cumplió”.

Kosovo, 1989. 600 años después. “Samo Sloga Spasava Srbirna”, sólo la solidaridad puede salvar a los serbios, aseguraban los miles de ultranacionalistas llegados de todo el país para escuchar a Milosevic y para celebrar el aniversario de la mil veces cantada epopeya del Kosovo.  Esta frase, junto con otras de peor o mejor estilo, serían grabadas después en las paredes de  las ensangrentadas calles de Bosnia, Croacia y, como no, en el idolatrado Kosovo.

“La falta de entendimiento ha ido provocando nuestras sucesivas derrotas durante seis siglos. Esta falta de entendimiento, y la traición consiguiente, nos ha perseguido como un maleficio a lo largo de nuestra historia. Seis siglos más tarde tenemos que combatir de nuevo. Las batallas que debemos librar ahora no serán meros entre ejércitos, aunque no haya que excluirlos”, resumió Milosevic, en 1989, ante los miles de serbios llegados de toda Yugoslavia para celebrar la derrota del Campo de los Mirlos, en Kosovo Polje. En resumen, todo un programa político y un adelanto de lo que serían los próximos años. Pero también un gesto teatral: nunca cederemos el Kosovo, nuevo estandarte de la causa serbia, y desde aquí, resumiría Milosevic, comenzaremos la “cruzada” en pro de la Gran Serbia.

Los albaneses, mientras el nacionalismo serbio afilaba sus armas, construían una sociedad paralela, con su sistema educativo, legislativo y hasta administrativo, se preparaban para una batalla que ya intuían como cercana, el momento esperado de devolver a los serbios la afrenta de haber sido incluidos en la Yugoslavia que tanto odiaban. La aparición de Milosevic, con su escasa visión política y su falta de tacto a la hora de encauzar los procesos  y conflictos por las vías racionales, finalmente sirvió a sus objetivos y les dio vía libre para exteriorizar la violencia.

El sexto aniversario de esta derrota se realiza en un ambiente marcado por la ebullición patriótica y el despertar nacional serbio. Los intelectuales serbios, que ya habían publicado su famoso Memorándum, reclaman a Milosevic que culmine su “revolución cultural” nacionalista. Un millón de serbios arropan a Milosevic, en aquel 28 de junio de 1989, mientras el mundo permanece ajeno a la tragedia que se desarrolla en los Balcanes, prólogo de la carnicería que luego se abatiría en los 90. Milosevic ya abraza el ideal de la “restauración de la Gran Serbia” y la abolición constitucional del poder local en Kosovo. Como recuerdo de las tropas de Lazar, 25.000 soldados federales, la misma cantidad de hombres en armas que el príncipe derrotado lanzó contra los otomanos, protegen al millón de manifestantes llegados de todas las partes de Yugoslavia.

En la celebración de esta derrota, de este destino para un pueblo que se cree elegido por Dios y que a la vez se siente maltratado por la historia, los serbios hallaron fuerzas para comenzar su nueva cruzada en defensa de una Yugoslavia ya herida de muerte que nadie quería mantener viva. Los retratos de Tito, en aquellos ya lejanos días, serían echados a la hoguera de la infamia y el olvido, pese a que una y mil veces los viejos partisanos habían jurado y perjurado que “después de Tito, Tito”. Pero no fue así, tras Tito vino Milosevic y todo un rosario de derrotas y desgracias para el pueblo serbio. Luego el nacionalismo albanés más radical hizo el resto y el Kosovo se perdió para siempre.

Pero también 1989, conviene recordarlo, es el tercer aniversario de la llegada al poder de este sátrapa balcánico de escasa suerte llamado Slobodan Milosevic, simplemente Slobo para sus partidarios. Veterano aparachik, siempre ligado a los círculos de poder de Belgrado, nunca el destino de un dirigente serbio estuvo más ligado a Kosovo. En la celebración de 1989, momento brillante de su carrera y cuando surge el “mito Milosevic, encuentra su punto álgido, su elección como iluminado caudillo del pueblo serbio para conducirle a la victoria tras el naufragio yugoslavia. San Vito, un 28 de junio, día de la humillante derrota de los serbios a manos de los turcos, sería el comienzo de una carrera shakesperiana a través de la humillación, el desprecio internacional y la guerra

La misma Iglesia Ortodoxa serbia se unió a la cruzada en defensa de Kosovo que lideraba el ultracomunista Milosevic. Uno de sus más conocidos obispos, Atanasije Jevtic, declaraba en una entrevista sin ningún pudor: “Podemos afirmar que la tragedia kosovar del pueblo serbio despertó las conciencias: en primer lugar, las de unos individuos del gobierno serbio, a Slobodan Milosevic me refiero, para mirar a los ojos de la verdad, de la cual la Iglesia Ortodoxa serbia ya hace décadas que, de modo discreto pero firme, escribe en las protestas que no cesa de dirigir a las instituciones gubernamentales”.

Para los serbios, el Kosovo es un fetiche; quien lo posee, a modo de objeto, tiene la legitimidad, la fuerza y el poder. Cuna sagrada para la religiosidad ortodoxa serbia, pues allí se hallan sus más importantes monasterios e iglesias, el Kosovo merece la sangre y el sacrificio, la guerra y la búsqueda de un honor mancillado tras siglos de dominación otomana. “¿Cuántos Mozart hubiéramos tenido si no hubieran estado aquí los turcos?”, se preguntaba indignado el escritor metido político Vuk Draskovic.  Pero no sólo la batalla del Campo de los Mirlos significó la subyugación serbia a la Sublime Puerta, sino que todos los pueblos de los Balcanes corrieron la misma suerte. Y ese dolor por lo irremediablemente perdido se transmitió de generación y acabó convirtiéndose en una suerte de agonía colectiva, tal como nos recordaba la escritora de viajes Rebecca West, a la que cito textualmente: “Pero la agonía de Kosovo debió ser puramente agonía, dolor sobre dolor, renovada en cada generación, a lo largo de cinco siglos. La noche del mal había sido suprema, todavía lo era en un sentido cuantitativo”.

En la misma línea nacionalista serbia, hay que reseñar al escritor Milan Komenic, quien en un encuentro “amistoso” con escritores albaneses, les espetó sin inmutarse:”Podéis hablar siglos y siglos, no os creo nada. Ni siquiera vosotros creéis en esta historia vuestra, porque sois inteligentes. Como figura estilística de la retórica sangrienta habéis impuesto la tautología del mal. El mundo moderno no conoce tantos crímenes como en Kosovo. Quizá vosotros creéis que vais a entrar en el mundo moderno mediante la agresión. Nosotros creemos que no se puede hacer así. Detrás de nosotros hemos dejado la huella del espíritu y no la de la bestia. Vosotros consideráis como mito lo que nosotros es el fundamento. La elección espiritual, según vosotros, es una patraña religiosa. Vosotros estáis enfermos de agresividad racista; nosotros, de melancolía histórica. Qué renacimiento es este si se paga el precio del éxodo del pueblo para que el que Kosovo es el primer paso con el cual entró en la civilización”.

Durante siglos, serbios y albaneses han reclamado el Kosovo como su tierra prometida, poniendo especial énfasis en que ambos llegaron antes y por ello el mítico territorio les pertenece. Las dos culturas e identidades han pugnado durante años con argumentos más o menos científicos acerca de sus derechos históricos sobre el Kosovo, desdeñando el diálogo y el encuentro entre las partes. Durante toda la era titista (1945-1980) y después, ya en pleno proceso de descomposición de Yugoslavia a principios de los ochenta, estos sentimientos estuvieron adormecidos por el peso de la represión policial y la intolerancia hacia toda forma de nacionalismo por parte de los comunistas.

En tiempos de Yugoslavia todo el mundo denominaba a este territorio como Kosmet, dos sílabas que se refieren a los territorios del Kosovo y Metohija. También el nacionalismo serbio siempre se ha referido a este territorio como Kosmet, mientras que para los albaneses es “la cuestión del Kosovo”. Dos pueblos, serbios y albaneses, en lucha por reivindicar y hasta ocupar este territorio, sin deseos de vivir con los otros, con los diferentes. Los serbios son ortodoxos, mientras que los albaneses son mayoritariamente musulmanes aunque existen algunas pequeñas comunidades católicas. También hay comunidades turcas, gitanas, arrumanas e incluso croatas. La situación hasta bien entrada la década de los ochenta discurría en este constatado y cómodo divorcio entre los serbios y los albaneses; vivían “divorciados” pero sin violencia.

Así fue hasta que Milosevic utilizó al discurso nacionalista y victimista como nueva fuente de legitimación política de su régimen ante la irreversible descomposición del bloque comunista y el fracaso económico del mismo en Yugoslavia. Pese a todo, las tensiones y las silenciosas luchas seguían ahí y tan sólo faltaba que alguien encendiera la mecha de la pasión nacionalista para poner en marcha el engranaje de la guerra contra el otro. Los albaneses, por su parte, también enarbolaron la bandera nacionalista y desde principios de la década de los ochenta se mostraron claramente partidarios de abandonar el barco yugoslavo por la vía de la confrontación.

En aquellos años, el que era considerado el bardo de Milosevic, Matjija Beckovic, defendía el mito de Kosovo como fuente inspiradora del discurso nacionalista serbio:”Kosovo es la palabra serbia que más cara costó. Fue comprada con sangre. No podemos venderla sin que la sangre sea derramada de nuevo (…). Hace seis siglos en el globo no había ocurrido nada más importante que la batalla de Kosovo. La palabra que vio el conde Lazar, eligiendo el Imperio celestial, es una palabra dada para siempre, y no podrá retirar nunca. Kosovo es el centro del planeta serbio. En Kosovo, los serbios estuvieron esclavizados la mitad de mil años. Europa no tiene raíz más profunda que la que, a través de Grecia y Bizancio, aflora en nuestra tierra. En Kosovo está enterrado todo el pueblo serbio (…). Las fosas son los único poblados étnicamente puros (…).”

Milosevic manipuló al pueblo serbio con los viejos símbolos y un nuevo discurso teñido de burdas banalizaciones y una retórica simplista y racista.  Mezclaba la historia reciente con la épica. En un viaje hacia la nada que sólo podía conducir al suicidio colectivo, el veterano dictador serbio utiliza el mito de Kosovo en el momento más oportuno para legitimarse en el poder, justo cuando el bloque comunista se disuelve como un azucarillo y cuando todas las dictaduras vecinas del Este llegan a su fin. Sólo Milosevic, utilizando al Kosovo como cuartada, consigue sobrevivir a la oleada democratizadora de finales de los 80  e inicia su escalada bélica de sobra conocida. De Eslovenia a Bosnia y Herzegovina, pasando por Kosovo y Montenegro, Slobo, que es como le llaman sus partidarios, incendiaría los Balcanes y provocaría una carnicería por la que hoy responde ante el Tribunal Penal Internacional creado para juzgar sus crímenes.

Luego, en los noventa, la cuestión del Kosovo caería en el olvido. Se anularía la autonomía regional, la actividad de los albaneses contra el poder de Belgrado iría en aumento y el gobierno en Serbia caería en manos de ese mal jugador de póquer llamado Milosevic, quien en palabras de Richard Hoolbroke –enviado especial de Bil Clinton a los Balcanes para desenredar la “madeja” balcánica-  era capaz de jugar toda la noche y ganar para a renglón seguido perder de un golpe todas sus victorias y el capital obtenido. Así le ocurrió una y otra vez. Su carrera política comenzó y acabó en Kosovo, como la interminable crisis de Yugoslavia, que siempre tuvo su prólogo y epílogo en este santificado territorio para los dos nacionalismos enfrentados.

¿Cómo fue posible que la cuestión de Kosovo saliera de las agendas de nuestras cancillerías y no volviéramos a saber de ella hasta un lustro largo? Muy fácil: los dirigentes albaneses de entonces todavía añoraban una solución pacífica del conflicto con el Gobierno de Belgrado y el “Estado” paralelo organizado por el máximo líder albanokosovar, Ibrahim Rugova, funcionaba más o menos sin problemas. Además, Milosevic no buscaba un acuerdo político con los albano-kosovares, sino seguir administrando la región a través de los dirigentes serbios de su cuerda. Como se vería, esta demencial política sólo pudo dar los peores resultados y conduciría, irremediablemente, al callejón sin salida que padecemos hoy. Y eso  que Milosevic, ya advirtió, profético, que “nadie más tendría el derecho a derrotar a los serbios en el futuro”. El paraíso prometido por Milosevic no llegaría nunca, pero antes de adentrarnos en el presente volvamos al pasado de esta región emblemática y controvertida.

Kosovo en el pasado y en el presente
En la antigüedad, Kosovo era un territorio habitado por los dardanos que formaban parte, según las crónicas, de las tribus ilirias. Los historiadores albaneses remontan sus orígenes a los ilirios, con los cual sus antepasados ya habrían estado en Kosovo en la época romana, mucho antes que los eslavos, que no emigraron hasta este territorio hasta el siglo VI. La historiografía serbia no reconoce estos orígenes, como es lógico, y siempre han asegurado que su llegada fue anterior a la de los albaneses. De acuerdo con las siempre discutibles tesis albanesas, estos protoalbaneses habrían conservado su identidad étnica no sólo durante la época de ocupación romana, sino también en la época de las invasiones eslavas de la Alta Edad Media.

“En cualquier caso la argumentación albanesa presenta una laguna, ya que los albaneses no aparecen mencionados en las fuentes hasta el siglo XI (1078-79), y entre la antigüedad y estas primeras menciones transcurre un período tiempo de al menos seiscientos años. Resulta más que dudoso que la gran masa de población iliria de Dardania sobreviviese sin verse afectada por la romanización y la eslavización puesto que en otras zonas de la península balcánica tampoco fue ése el caso. Lo más probable es que los antepasados de los albaneses actuales conservaran sus lenguas y costumbres únicamente en territorios aislados, especialmente en zonas de montaña; y es evidente que las llanuras de Kosovo no presentan tales características. Es significativo que los albaneses sean mencionados por las fuentes serbias antiguas como meros pastores nómadas”, escribiría el historiador alemán Peter Bartl.

De esta forma, la tesis de un poblamiento albanés ininterrumpido en Kosovo no se sostendría con firmeza; tampoco se sostendría la tesis serbia de que los albaneses siguieron emigrando hasta la región hasta los siglos XVII y XVIII. La población de Kosovo, al menos durante la Edad Media, era predominantemente serbia. Además, a partir de 1170, en que el príncipe serbio Stefan Nemanja establece el primer Estado serbio de la historia, Kosovo pasaría a ser el centro económico, político, religioso y cultural del pueblo serbio; de sus ricas minas, entre las que destacaban Novo Brdo y Trepca, se extraían metales preciosos que luego eran vendidos a todos sus vecinos. Los bellos monasterios de Decani, Gracanica, la iglesia catedralicia de Bogodorica, Ljeviska en Prizren, así como el patriarcado de Pec, atestiguan la prosperidad que reinaba durante la Edad Media en esta zona de Serbia. En Pec también se hallaba el centro eclesiástico de Serbia, la sede del patriarcado serbio. Y en Prizren, además del ya citado monasterio de Ljeviska, estuvo la capital del viejo reino de los serbios de la dinastía Dushan hasta la mitad del siglo XIV, cuando aconteció la gran “catástrofe” para la historiografía serbia, es decir la llegada de los turcos a la región.

Luego llegaría la famosa batalla de Kosovo Polje, en 1389, el comienzo de la decadencia serbia y de la dominación otomana en todos los Balcanes.  La batalla del Campo de los Mirlos, que es como es conocida, terminaba abruptamente con el Estado serbio y significa el fin de las aspiraciones de todo un pueblo en busca de su identidad y espacio vital. La conquista de este territorio, consolidada finalmente en el año 1445, implica la islamización de los nuevos súbditos y la imposición de los modos de vida y hábitos sociales turcos.

Pero su significado, como ya hemos dicho anteriormente, tiene una trascendencia fundamental para el pueblo serbio, el comienzo de una nueva era de oscuridad y dominación. “La derrota dejó una huella indeleble en la memoria colectiva del pueblo serbio: Lo que para nuestros historiadores es el nacimiento de Jesucristo”, afirma Ami Boué en  la obra fundamental La Turquía de Europa, “la batalla de Kosovo es más o menos para los serbios. Cada acontecimiento que se cuenta se acompaña de la pregunta: ¿esto ocurrió antes o después de nuestro sometimiento? Y tiene razón Thomas A.Emmeret, cuando lo afirma en su reciente libro El Gólgota serbio: Kosovo, 1389. En el curso de los tiempos, la batalla de Kosovo comenzó a ser vista como el origen de todas las desventuras que Serbia debía sufrir durante los largos años de sumisión a los turcos. Al tema de la derrota se añadió el de la esperanza y la resurrección. Al haber sacrificado voluntariamente Lazar y el pueblo su vida por la fe y la patria, los serbios sabían que a causa de este martirio a manos del infiel, Dios había protegido a Su pueblo y le salvaría un día de la esclavitud”.

Así comenzaba este período de dominio y sometimiento de los Balcanes a manos turcas. La islamización de Kosovo comenzaría en aquellas fechas y el proceso, una vez que la presencia serbia se extingue día a día, se puede decir que aún no concluido. Si tenemos en cuenta los registros fiscales turcos, podemos deducir que en aquellos días tan sólo entre el 4 y el 5% de la población era albanesa. Una población que, en vista del dominio serbio, había iniciado un tenue proceso de asimilación, entre cuyas consecuencias estaba la eslavización de sus nombres y la conversión al ortodoxismo. La conquista turca del territorio traería grandes cambios, pues concluiría esta asimilación referida y comenzaría la conversión masiva de los albaneses al islamismo, algo que no ocurriría con los serbios que seguirían practicando la fe ortodoxa.

Desde aquel momento histórico definitivo, y sobre todo a raíz de la consolidación otomana en 1453-con la toma de Constantinopla- la presencia albanesa, que en aquellos momentos se supone que no era mayor del 5% de la población total de la región, fue en aumento y a partir de 1582 hay noticias de que se habían convertido en el elemento étnico dominante en muchas comunidades kosavares. La albanización por razones políticas o económicas estaba en marcha. Por ejemplo, Gjakove, que en 1485 aparece como un territorio fronterizo de población mixta serbio-albanesa- poseía un siglo después una población predominantemente albanesa; al parecer, en el año 1782 ninguno de sus habitantes era ya capaz de entender el serbio. Algunas comarcas serbias, que a finales del siglo XV estaban pobladas por comunidades de esa etnia, estaban abandonadas cien años más tarde y fueron ocupadas por inmigrantes albaneses de religión musulmana, de la misma forma que también este proceso se dio en ciudades como Pristina.

Con el cambio poblacional variaron, también, la cultura y la religión. Los serbios eran cristianos de obediencia, lo cual les acarreaba tener que pagar numerosos tributos; ante la presión musulmana, la mayoría fue emigrando hacia otras tierras y una minoría optó por mejorar su suerte convirtiéndose en masa al Islam. Los repobladores llegados a la región mostraron menos reparos ante el nuevo credo y se convirtieron en gran parte, gozando de todas las facilidades que daba la pertenencia al Islam a la hora de habitar aquellas tierras.

Los serbios, mientras tanto, se marchan: emigración masiva a Voivodina, y constantes movimientos migratorios hacia el norte a lo largo de los siglos. Un estudioso austriaco, que realiza una suerte de censado en los primeros años del siglo XIX, señalaba que la población albanesa podía llegar al 55%. Los cambios demográficos, incluso antes del final de la dominación otomana, determinarían en un futuro la debilidad serbia por controlar y administrar la región.

Por un lado, estaba la realidad, la triste y adversa historia que se imponía para los serbios, pero también estaba el mito y la leyenda, siempre tan presentes en el proceso de formación nacional de Serbia. “Durante la larga lucha de los serbios por construir un Estado nacional contra el Imperio Otomano, iniciada en 1804, se fue tejiendo la leyenda, según la cual, en vísperas de la batalla de Kosovo Polje, un halcón voló desde Jerusalén hasta el cuartel general del Príncipe Lazar, llevando una alondra en el pico. El halcón era San Elías y la alondra era un mensaje enviado por la Virgen María. Horas antes de enfrentarse a las tropas turcas, Lazar era invitado por el Altísimo a elegir entre la victoria y el reino de este mundo o la derrota y la gloria de los cielos”, escribiría al referirse a estos mitos serbios el periodista Carlos Bradac.

Lazar, al parecer, reflexionó, y escogió la segunda alternativa, dejando como consuelo a los serbios ser testigos, con su sacrificio, de la redención de Cristo y, al tiempo y por ese sacrificio, constituirse en punta de lanza para la constitución del reino cristiano terrenal. La determinación de reconquistar Kosovo, presente en toda la historia de Serbia desde la batalla del Campo de los Mirlos, se apoyaba en unir los dos reinos –el mundano y el celestial- en el esplendor de una única victoria. Sorprende como hasta bien llegado el siglo XIX esta mentalidad, forjada por la Iglesia Ortodoxa y los cantores de la épica serbia, sobrevive en un mundo en profundo cambio y donde las revoluciones liberales son ya el discurso movilizador de los nuevos nacionalismos en todo el continente europeo. En los Balcanes, sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en Europa occidental, la religiosidad ortodoxa iba a ser uno de los ejes en torno a los cuales giraban los nuevos nacionalismos antiotomanos.

En la historiografía serbia sobre Kosovo, “llama la atención la decisiva contribución de autores militares, que junto con el clero ortodoxo aparecen como los verdaderos forjadores de esta leyenda nacional. Así, los textos del general serbio Jovan Miskovic, publicados a finales del XIX en la revista militar Ratnik (“Guerrero”), fueron durante más de cincuenta años la única monografía disponible sobre Kosovo. Con un tono patriótico militante y escasa credibilidad histórica, la obra estaba dirigida a “inspirar a sus soldados en el amor a su patria y lealtad a la iglesia serbia ortodoxa y la tradición serbia”, escribiría el analista Xavier Agirre al referirse a este período histórico donde el nuevo nacionalismo bebe de la religiosidad serbia inspiradora de los cantos épicos y sobreviviente a la ocupación otomano en los monasterios y las pequeñas iglesias. Pero sigamos con el relato de nuestra historia.

La albanización de Kosovo durante toda la época otomana, pero cada vez con una mayor presión y fuerza, respondía a una razón obvia: se trataba de crear zonas tapón islamizadas que no plantearan problemas al Imperio Otomano y que fueran dóciles a las autoridades turcas. Este proceso de albanización-institucionalización, comenzado inicialmente por razones religiosas, continuó a lo largo de toda la dominación turca –a finales del siglo XIX, la proporción de albaneses llegaba al 58% del censo- y no cesó incluso en el siglo XX, aunque las guerras balcánicas de 1912-1914 determinaran que la región se integrase en la nueva Serbia, recién llegada a la escena internacional tras el colapso otomano.

La distribución territorial hecha por las grandes potencias europeas tras la Primera Guerra Mundial dejó fuera de sus fronteras naturales a uno de cada dos albaneses, de tal forma que en el futuro Estado albanés tan sólo viviría una minoría de lo que era la población albanesa de los Balcanes. Fue entonces cuando se reconoció la primera versión de Yugoslavia, nacida en 1918 como “Reino de los serbios, croatas y eslovenos”.  Los serbios, por primera vez en mucho tiempo, gozan del territorio “liberado” de Kosovo.

Durante los años de la primera versión yugoslava, los albaneses tenían garantizado el derecho de voto e incluso llegaron a tener algunos representantes en el parlamento. Sin embargo, una revuelta albanesa contra Belgrado, que tuvo su momento álgido con un levantamiento en Kacak entre 1924 y 1925, imposibilitó un diálogo más fluido con los albaneses y la búsqueda de un acuerdo político entre las partes. El ejército yugoslavo, con ayuda de los métodos más represivos y violentos, puso orden en Kosovo e impidió la propagación del movimiento, que, dicho sea de paso, tampoco encontró el apoyo de la nueva Albania, pues el rey, Ahmed Zogu, había sido apoyado por Belgrado para reconquistar el poder y veía a este movimiento como rival y peligroso para sus intereses políticos.

Unos años más tarde, en 1937, el Círculo Cultural Serbio de Belgrado abrió un debate sobre la cuestión kosovar. Representantes del ejecutivo serbio, del Estado Mayor del Ejército y los círculos científicos y culturales serbios estudiaron el problema de la región y el sorprendente aumento demográfico de la población albanesa, que ya en aquellos días amenazaba con superar a la comunidad serbia. La única solución, tal como apuntaba el historiador Vaso Cubrilovic, era la deportación de las poblaciones albanesas o el intercambios de poblaciones, tal como habían hecho unos años antes otros Estados importantes de los Balcanes con sus respectivas minorías: Grecia y Turquía.

Como fruto de estas tesis, en 1938 los gobiernos turco y yugoslavo firmaron un convenio que establecía el traslado de 40.000 familias “turcas” (albanesas) desde Kosovo hasta Turquía. El traslado de estas 40.000 familias, que serían aproximadamente 200.000 personas, se produciría de forma escalonada hasta 1944, a cambio de una compensación económica que pagarían las autoridades de Belgrado. Una vez que estalla la II Guerra Mundial, en 1939, este acuerdo sería cancelando y no se producirían las deportaciones previstas.

En esos años, recién llegada a los Balcanes, la periodista y escritora británica Rebecca West, escribiría acerca de la paupérrima realidad de Kosovo:”Pobres colinas vacías que en tiempos de Milutin habían estado vestidas de pueblos…retiradas en lejanías que eran verdaderamente inmensas, porque un viajero podía recorrerlas durante muchas millas antes de encontrar un lugar en que reinara una vida apacible, con comidas completas y delicadas…había comido caza y carnes bien engordadas, en vajillas de oro y plata…Pero al perder los cristianos la batalla de Kosovo está vida desapareció…Nada…quedó…apenas nada, sólo algo tan tenue como la sombra que proyecto el sol oculto por una nube”.

Tras la disolución de Yugoslavia, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, Kosovo pasa momentáneamente a manos italianas, terminando durante unos años con la dominación absoluta que los serbios habían tenido y quedando una suerte de Gran Albania bajo la égida del Gobierno fascista de Roma. Miles de serbios, según fuentes solventes, serían asesinados por los colaboracionistas albaneses al servicio de Italia; la repetida práctica de la vendetta, como se ve, no sólo es practicada por los serbios.

Concluida la contienda, y sin una gran participación de los albaneses en la liberación de Yugoslavia, la nueva Albania –que también se había “liberado” a sí misma bajo el liderazgo de los comunistas que comandaba el indescifrable Enver Hodxa- quedaba reducida a un 50% de la base territorial en la que vivían y viven los albaneses. Kosovo, por segunda vez en su historia, era integrado en Yugoslavia…un país nuevo controlado por el férreo puño de hierro del Mariscal Tito.

Enver Hoxá, máximo líder del comunismo albanés y primer dirigente de este país tras la guerra, proclamó, en 1943, el derecho de los albaneses a decidir sobre a que Estado unirse en un futuro. Los albaneses de Kosovo tendrían que decidir sobre su pertenencia a Yugoslavia o Albania, reclamó Hoxá. A finales de 1943, Tito, que ya desconfiaba abiertamente de las verdaderas intenciones del líder albanés, escribiría en una carta dirigida a los comunistas albaneses: “Plantear en estos momentos la incorporación de Kosovo y Metohija a Albania no significa otra cosa que llevar el agua de molino de las fuerzas reaccionarias e incluso de las potencias ocupantes que tratan de evitar la lucha armada del pueblo poniendo de relieve una cuestión poco actual y para ellos inocua…No hace falta subrayar que la cuestión de Kosovo y Metohija no constituirá jamás un problema entre nosotros y la Albania democrática y antiimperialista. En estos momentos, hay que fomentar el amor fraterno entre el pueblo albanés y los heroicos pueblos de Yugoslavia y luchar juntos contra los ocupantes alemanes…La nueva Yugoslavia que pensamos construir será un país de pueblos libres, en consecuencia no habrá en el él espacio para la opresión de las minorías albanesas”. Así cerraba el problema albanés y Kosovo, definitivamente, quedaba situado bajo la órbita de la nueva Yugoslavia socialista y titista.

Sin embargo, a partir de la caída del jefe de la policía de Tito, Alexander Rankovic, en 1966, los albaneses comienzan a agitarse en Kosovo y a plantear abiertamente sus demandas. Se reproducen las protestas de los albaneses por toda la región e incluso se da cuenta de numerosos incidentes armados entre la policía yugoslava y supuestos guerrilleros albaneses, que según Belgrado serían apoyados por el régimen “enemigo” de Tirana. Tito, entonces, pondría fin a la “primavera de 1967”, que no duraría más allá de la estación de 1968. El ejército federal yugoslavo es enviado a Kosovo y los rebeldes puestos fuera de juego. La primera gran insurrección del nacionalismo albanés en toda la dictadura comunista sería anulada a merced de una represión despiadada y sin contemplaciones. Sería la última, pues hasta la muerte de Tito no volvería a haber más protestas.

Una vez que el régimen titista comienza agotarse al mismo ritmo que la vida del Mariscal Tito, se aprueba la Constitución yugoslava del año 1974. Dicho texto constitucional no concedía al Kosovo el estatuto de república, no equiparaba a esta región con el resto de las repúblicas yugoslavas, no otorgaba a los albaneses los mismos derechos que a los demás yugoslavos, sino que vinculaba su destino al de la República de Serbia –al igual que pasaba con la región de Voivodina- y tampoco contribuía a cerrar un problema que debía de haber sido afrontado de una forma realista por los autoridades. Nada de ello ocurrió.

Poco antes de fallecer, el escritor francés André Malraux definió la paradoja de Kosovo, el pasado serbio y el presente albanés, con una profecía que ha resultado bien cumplida. Al recibir en su casa de París en 1975 al intelectual serbio Z.Stojkovic, Maraux predice para Kosovo una guerra de iguales consecuencias y raíces que la argelina para los franceses: “Vuestra Argelia no está en ultramar o en otro continente, está en vuestro Orleanesado”.

A partir de los años 70, aunque los albaneses consiguieron algunos mejoras en el apartado de derechos humanos, los serbios y montenegrinos siguieron copando la administración central y local, los cuerpos de seguridad, el ejército, la judicatura y la educación. De cualquier forma, a lo largo de 35 años de la dictadura de Tito, los albanokosavores consiguieron algunos avances: tras algunas manifestaciones significativas, el nacionalismo albanés logró la concesión del estatuto de provincia autónoma (1968) para Kosovo, que quedó confirmado en la mencionada Constitución yugoslava de los setenta, dentro del territorio de la República de Serbia. También había numerosos albano-kosovares en muchos puestos de responsabilidad, como administrativos, profesores de universidad y profesionales de prestigio e incluso diplomáticos y militares. Decir que los albano-kosovares fueron marginados durante la época titista es absolutamente falso, aunque hay que reconocer que su bajo nivel cultural y profesional les impidió una completa integración en el sistema. Luego está el alto nivel del Estado yugoslavo en esta región, donde se crearon grandes complejos industriales –algunos todavía visibles, aunque cerrados por la acción de la OTAN- y se desarrollaron notablemente los núcleos urbanos.

De aquellos días de comunismo represor escribía Kaplan, al que cito: “Mientras tanto, Tito había puesto la vecina provincia de Kosovo dentro de la jurisdicción de la república yugoslava de Serbia. Los guerrilleros serbios de Tito asesinaron a muchos albaneses de Kosovo, acusados de haber colaborado con las tropas italianas de Mussolini. Estas masacres desilusionaban incluso a los albaneses comunistas, que hasta entonces habían cooperado con Tito. Durante décadas permaneció vivo el malestar de los más de un millón de albaneses de Kosovo. Tito respondió con cristal y cemento para “levantar una nueva Pristina” en la que habría una universidad. En marzo de 1981, no mucho después de concluir la ciudad, los estudiantes de la nueva  universidad, cuyos libros y educación estaban siendo pagados por el gobierno comunista yugoslavo, se sublevaron. Fue entonces cuando los disturbios se convirtieron en una característica de la vida cotidiana albanesa”.

La Prístina de entonces era sinónimo de derrota, de abandono, en tanto y cuanto los serbios se marchaban, mientras la ciudad se transformaba en una ciudad moderna, industrial, gris y, en definitiva, fea y desagradable. Era un cruce de caminos entre el “mundo nuevo” que intentaba construir Tito, basado en el socialismo fraternal, y la nueva realidad nacional en la que creían los albaneses, un mundo monoétnico sin serbios. En esta arquitectura de bloques horribles de color gris, industrias contaminantes, chapas metálicas sobre los tejados y antenas parabólicas al estilo albanés, la realidad del día a día se imponía al mundo serbio, cada vez más relegado y en clara descomposición ante el avance del modo de vida albanés. A todo ello se le viene a unir, a principios de los 80, el final de la Yugoslavia socialista y la desaparición de Tito, quien con mano de hierro mantenía unido el “puzzle” yugoslavo.

La década de los 80 es, en definitiva, el final de la Yugoslavia titista. La grave crisis económica, la aparición de potentes movimientos nacionalistas en casi todas las repúblicas y la escasa capacidad del partido comunista en liderar la transición política y económica, junto con la desaparición del elemento carismático, que era Tito, provoca una crisis total del sistema. Las revueltas en clave nacionalista se reproducirían por todo el país.

Como hemos dicho antes, en 1981 se producen las primeras y masivas protestas de los albaneses contra el poder de Belgrado, al que demandan mayor autonomía y más derechos para los componentes de su etnia. El poder central yugoslavo responde con la violencia y la represión, sin intentar buscar una solución política a un problema que ya estaba latente y que habría necesitado mayores reflejos políticos por parte de la diligencia serbia que no supo entender lo que estaba acaeciendo en la región.

Para la Iglesia Ortodoxa serbia ese año significaba el comienzo del ocaso serbio, el preludio de una tragedia que más tarde se materializaría a finales de los 90 con la salida de los serbios tras la intervención de la OTAN. Un texto premonitorio de lo que se avecinaba lo encontramos en el texto “El calvario del pueblo serbio en Kosovo-Metohija” del pope Atanasije Jevtic, al que cito textualmente: “A partir de esta rebelión (la de 1981), que resurgió en noviembre de 1988 y en febrero-marzo de 1989, los serbios de Kosovo-Metohija comenzaron a ser objeto de un genocidio biológico, económico y cultural”. Como vemos, para ambos pueblos la fecha tiene un significado bien distinto, este “divorcio” entre las partes, esta ausencia de diálogo político, condicionará la vida de Kosovo durante las décadas de los 80 y los 90 e incluso más tarde y tendrá las fatales consecuencias que todos conocemos.

Como argumento decisivo que sustentaba sus tesis, el ya citado Jevtic apuntaba al asesinato de cuatro serbios a manos de albaneses entre 1981 y 1989. Las violaciones, sin embargo, fueron más numerosas, elevándose a 134 entre 1981 y 1988. La Iglesia Ortodoxa se convirtió en uno de los sectores más beligerantes del régimen y contribuyó a crear el cuerpo doctrinario del nacionalismo serbio de los 90.

Entre la muerte del Mariscal Tito, en 1980, y la definitiva deriva nacionalista de Milosevic, en 1989, se suceden toda una serie de ejecutivos infuncionales capaces de poner fin al deterioro de la vida social y económica y al auge generalizado de todos los nacionalismos en la antigua Yugoslavia. Croacia, Eslovenia, Kosovo, Montenegro y Voivodina serían los principales escenarios de las protestas y manifestaciones que en clave nacionalista se van a desarrollar en todo el país. Mientras tanto, en Belgrado, la burocracia comunista, ya apiñada en torno al aparato político de Milosevic, se muestra incapaz de reconducir la crisis y abrir un proceso de diálogo con las distintas direcciones regionales con el fin de atenuar las numerosas protestas, incluso violentas, que se suceden inesperadamente desde la muerte de Tito.

Paralelamente a estos acontecimientos, la Liga de los Comunistas de Yugoslavia se disuelve como un azucarillo, debido, sobre todo, a que sus máximos dirigentes regionales en Croacia, Eslovenia y Montenegro apuestan por un Estado más descentralizado y receptivo hacia el hecho multicultural yugoslavo. Sin embargo, y una vez que Milosevic, en 1989, ha acrecentado su poder, la dirección comunista se niega a aceptar cambios costitucionales y opta por utilizar la fuerza política, policial y militar para aplacar las protestas. Nada de diálogo, la única negociación es la fuerza, es el mensaje que envía Milosevic a las distintas direcciones regionales, desde Ljubljana hasta Skopje, pasando por Zagreb, Podgorica, Sarajevo y Prístina. La represión se convierte en el instrumento de dominación de un régimen incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos e iniciar una reforma al estilo del resto de los países del Este.

En Kosovo, estas tensiones se hicieron todavía más virulentas, pues la lucha siempre implicó la violencia y la represión de cualquier forma de protesta, aunque esta revistiera un carácter pacífico. Miles de personas se echaron a la calle para demandar la autonomía, para reclamar mayores derechos para los albaneses, pero el régimen de Belgrado se mostró incapaz de atender estas demandas, de escuchar al pueblo. En su lugar, Milosevic, a partir de su discurso en el Campo de los Mirlos en 1989, inició una brutal escalada que concluyó con la intervención de la OTAN, sin el beneplácito de las Naciones Unidas, a favor de los radicales albaneses en Kosovo, en 1999, y el final de la presencia serbia en esta discutida región, algo de lo que hablaremos en las siguientes páginas.

Del final de Yugoslavia a la crisis de Kosovo
Como en un castillo de naipes que se derrumba sin remisión, primero les llegó el turno a Croacia y Eslovenia, que se independizaron en el lejano 1991, y luego, un año más tarde, comenzaría la cruenta guerra de Bosnia y Herzegovina. En una jerarquía de responsabilidades, y sin querer entrar en detalle en el conflicto, Milosevic sería el principal responsable de la carnicería que se abatió por todo el país a partir de ese año, aunque también algunos líderes bosnios, croatas y eslovenos tendrían un grado de responsabilidad muy alto. Macedonia sería el siguiente en la lista, sin que en este caso se produjeran incidentes violentos debido a la pequeña minoría serbia que vivía en este territorio y sin ningún interés por parte de Belgrado.

No cabe duda que las independencias de Eslovenia y Croacia (1991), con las consiguientes guerras que se sucedieron, hizo olvidar a los europeos el conflicto que se desarrollaba en esta región. Sin  embargo, en aquellos años, la cuestión de Kosovo, no se había internacionalizado, es decir, que carecía de importancia para la comunidad internacional y, principalmente, para los Estados Unidos y las cancillerías occidentales. La destrucción de Yugoslavia no era, en aquellos momentos, una cuestión estratégica y de vital importancia para una administración norteamericana implicada en la guerra del Golfo y en las consecuencias que se derivaban del final de la misma.

Unos años más tarde, en 1992, estallaría la guerra de Bosnia y Herzegovina, conflicto nunca esperado por nuestros gobiernos y tampoco por los Estados Unidos, que en aquellos días no tenían una visión clara de lo que allí estaba ocurriendo. Tras sendos fracasos de las Naciones Unidas y la Unión Europea (UE), implicadas en un conflicto que no entendían y sin capacidad moral ni militar para imponer a los contendientes un paz justa, la administración norteamericana se fue poco a poco implicando en una guerra en la que encontró un buen aliado para llevar a cabo sus planes en la región: los musulmanes de Bosnia y Herzegovina, aliados iniciales y después enemigos declarados de los bosniocroatas.

Absolutamente envueltos en los planes de guerra para la destrucción de Yugoslavia, la administración Clinton acabó forzando, en 1992, una Federación de los croatas y los musulmanes de Bosnia y Herzegovina contra los serbios. Una vez cumplidos sus planes, de expulsión de todos los serbios de Croacia y la parte controlada por la nueva alianza en territorio bosnio, forzaron los Acuerdos de Dayton, que, al menos teóricamente, significaron un respiro para los serbobosnios, pues les garantizaba una entidad autónoma –la República Srspka- y el final de una guerra que había  dejados exhaustos a todos. El feroz bloqueo impuesto a lo que quedaba de Yugoslavia, Serbia y Montenegro ya en esos momentos, había aislado a la economía del país, empobrecido a todos los sectores sociales, debilitado internacionalmente a Belgrado en el exterior y, paradójicamente, consolidado el poder de Milosevic en el interior. Sin embargo, los norteamericanos no iban a cejar en su política de destruir por todos los medios lo que quedaba de Yugoslavia aunque ello significase para toda la región balcánica más inestabilidad, más crisis bélicas y una espiral de violencia que aún no ha concluido.

¿Y, en suma, quién había perdido la guerras de Croacia y Bosnia y Herzegovina? En primer lugar, las miles de víctimas de las tres etnias, muchas de ellas simples ciudadanos que en los censos se consideraban como yugoslavos, casi el 6% de la población de Bosnia. Los bosniomusulmanes, junto con los croatas, conservaban algo más del 50% del suelo bosnio y el control de las grandes ciudades, entre las que destacaban Sarajevo, Tuzla, Zenica y Mostar. Tan sólo Banja Luka quedaba en manos serbias. La vida serbia de Croacia, más del 12% de la población, fue borrada para siempre tras la limpieza étnica llevada a cabo por los croatas en el verano de 1995. Todavía no han regresado, siguen hacinados en los campos de refugiados y otros centros a la espera de una solución que seguramente nunca llegará. Perdieron todo, sus tierras, sus casas y propiedades, sus negocios y quizá también sus vidas. Cuando uno atraviesa la ciudad fantasma de Knin, capital antaño de la Krajina serbocroata, entiende el daño y el dolor causado a este pueblo errante y siempre castigado por la historia. Qué lejos queda la mimada, colorista e incluso divertida Sarajevo, la ciudad estrella para nuestros medios por el simple hecho de que allí no vive “nuestro” enemigo mediático, los serbios. Pero sigamos con el relato de esta historia, con lo acaecido en Kosovo desde entonces.

En 1995, una vez firmada la paz de Dayton por imposición norteamericana, el Kosovo vuelve a la primera página de la actualidad. Sin negar las atrocidades cometidas por todas las partes en tan atroz y cruento conflicto, con secuelas de miles de muertos y heridos y desaparecidos de las tres etnias, los serbios siguieron sufriendo tras aceptar los Acuerdos de Dayton. El bloqueo no se suavizó y la población serbia siguió padeciendo los efectos de una depauperación extrema ordenada y planificada por los Estados Unidos con el consentimiento de una UE demasiado remisa y dividida de cara a adoptar una posición conjunta con respecto al futuro de la región. Desde los Acuerdos de Dayton, firmados en 1995, han pasado muchas cosas de las que trataremos de hablar y explicar de aquí en adelante.

Un grupo armado denominado Ejército de Liberación del Kosovo (UCK), de oscura financiación y extrañas conexiones con algunos servicios secretos occidentales, comienza sus actividades claramente terroristas en el espacio de Kosovo, penetrando vía Albania en territorio serbio y atacando poblaciones indefensas y asesinando a todos los elementos no albaneses que encontraba en su camino. Incluso, tal como está constatado, albaneses reacios a la política de limpieza étnica empleada por el UCK fueron asesinados. El régimen de terror que más tarde se impondría  ya se intuía en aquellos días.

Paralelamente a estas acciones absolutamente reprobables, la represión serbia se acentúa como única repuesta a la brutalidad de las acciones del UCK. Las violaciones de derechos humanos, que caracterizaron a toda la era Milosevic, se repiten por ambas partes, convirtiendo a la población de este territorio de apenas 10.000 kilómetros cuadrados en un rehén atrapado por las acciones de los dos bandos en liza. Pese a todo, las cancillerías occidentales siempre mostraron más empeño en condenar al régimen de Milosevic que al terrorismo del UCK, puesto que en aquellos momentos les resultaba útil a sus objetivos políticos.

La situación llega al paroxismo en 1998, cuando las fuerzas de la UCK comienzan a enfrentarse militarmente a las serbias. La Liga Democrática del Kosovo, de Ibrahim Rugova, queda fuera de juego. La guerra se generaliza a toda la región; Serbia manda más efectivos y fuerzas hasta Kosovo; los atentados se suceden durante todo el año en Pristina y otras ciudades. Muchos civiles serbios son asesinados. Pero también se suceden por parte de Belgrado ciertos episodios que se asemejan a la limpieza étnica, aunque no con tantas víctimas y detenidos como aseguraban en aquellos días nuestros servicios de inteligencia y cancillerías. También la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) mintió y manipuló sus informes con el fin de justificar la intervención de la OTAN contra Yugoslavia, convirtiéndose, así, en una pieza más de la estrategia norteamericana para la región.

Los refugiados, en vista de que la guerra se generaliza en toda la región, penetran a millares en Albania y Macedonia, desestabilizando a toda el área. Bajo fuertes presiones, el régimen de Belgrado acepta el envío de 1400 observadores y supervisores de la OSCE a la zona del conflicto, con el fin de verificar un acuerdo por el cual una parte de las fuerzas serbias se retirarían de Kosovo y los guerrilleros albaneses cesarían en sus acciones. El incumplimiento por parte de Milosevic de dicho acuerdo precipita la retirada de la OSCE y una nueva oleada represiva por parte de Belgrado. Según fuentes francesas, la administración norteamericana de entonces –Clinton y compañía- obstaculizaron premeditadamente la misión de la OSCE en Yugoslavia con el fin de precipitar la intervención de la OTAN, ayudar al UCK a consolidar sus posiciones entre la proamericana Albania y Kosovo y posibilitar, de alguna forma, el final de régimen de Milosevic. La UCK, por su parte, continúa con sus acciones terroristas nunca condenadas por ningún Estado europeo en su momento.

Ante estos hechos, y fracasadas las negociaciones de Rambouillet entre las partes en conflicto, la OTAN decide intervenir, en marzo de 1999, en la región y comienzan los bombardeos “selectivos” por toda Yugoslavia. Pristina se convierte en aquellos días en una ciudad muerta y cerrada a cal y canto. Nadie sabe a ciencia cierta lo que sucede, pero los relatos de los que llegan, de los que huyen de la barbarie, es estremecedor. El ataque de la OTAN provoca numerosas víctimas civiles, tanto serbios como albaneses a los que las bombas “inteligentes” no logra distinguir. Lo que había comenzado como una intervención humanitaria acaba convirtiéndose en una tragedia de impredecibles consecuencias, como se vería más tarde y tendrían que sufrir los serbios en sus carnes. No obstante, entender lo sucedido en la región sin conocer a fondo la personalidad de Milosevic es harto difícil, pues en sus pésimas estrategias seguidas para gestionar las crisis habidas encontramos una buena parte de la explicación a lo sucedido y al drama padecido por los serbios, primeras víctimas de esta política errática y suicida. A Milosevic nunca le debía de haber encausado un tribunal internacional, sino que tenían que haber sido los serbios los que le hubieran juzgado por sus errores, crímenes y escasas dotes para la gestión de las sucesivas crisis.

Los orígenes del nuevo nacionalismo albanés
Pero ¿cómo nació el UCK? ¿Quiénes fueron sus fundadores? ¿Qué proyecto tenían para Kosovo? Una vez firmados los acuerdos de Dayton, que como hemos visto fueron impuestos por Washington a las partes, numerosos voluntarios musulmanes que habían luchado en Bosnia y Herzegovina empiezan a interesarse por lo que está pasando en Kosovo, todo ello bajo la sugerente atención y consejo de una administración norteamericana cada vez implicada en los Balcanes, donde ya habían consolidad su presencia militar y su capacidad de liderazgo político en Bosnia y Herzegovina y en Albania, donde contaban para sus planes con el apoyo del régimen derechista del sátrapa Sali Berisha.

Fundado inicialmente en Macedonia, donde realiza numerosas acciones violentas de cariz terrorista entre 1992 y 1997, el UCK es acusado desde sus orígenes de preferir el terror al diálogo. En sus orígenes, como han señalado numerosas fuentes periodísticas, estuvo ligado a grupos musulmanes de carácter violento operando en Bosnia y Chechenia. No olvidemos que unos 5.000 albano-kosovares de religión musulmana lucharon en las filas bosnias y croatas contra los serbios.

La primera vez que aparece el UCK en Kosovo es en abril de 1996, cuando un grupo de guerrilleros irrumpe en el Café Cakor en Decani disparando contra un grupo de ciudadanos serbios indefensos, causando la muerte de tres civiles y heridas a varios más. Era la primera acción “militar” del UCK, puro terrorismo. Luego el UCK reivindicaría una serie de ataques contra comisarías y estaciones de policía. Belgrado empieza a impacientarse por la creciente actividad de un grupo que ya había mostrado su capacidad de actuar y desestabilizar la vecina Macedonia. Tanto los Estados Unidos como la UE, en una apuesta peligrosa, guardarían silencio en tanto y cuanto pensaban que esta estrategia desestabilizadora regional habría de llevar al final de Milosevic, aunque obviaron en sus análisis y razonamientos las tendencias centrífugas que iban a desatar. En el caso de Washington, esta tendencia incluso era incentivada y vista con buenos ojos, dada su cada vez más cercanía con los intereses de Tirana en la nueva crisis, que no ocultaba su satisfacción por los nuevos problemas de Milosevic.

Una vez concluido los conflictos bosnio y croata en Dayton, parecía lógico que la presión se iba a incrementar en Kosovo. Miles de milicianos musulmanes llegados de todas partes de la antigua Yugoslavia, incluyendo aquí al general croata Agim Ceku, se incorporarían a las filas del UCK, bien en la retaguardia asesorando a sus dirigentes desde Albania o bien en Kosovo desestabilizando a la región.  Ceku, que ya había participado en la denominada operación “Tormenta” en Croacia, en 1995, sería uno de los artífices de las operaciones de limpieza étnica llevadas a cabo por los croatas en las zonas “recuperadas” a los serbios de Croacia y Bosnia y Herzegovina. Limpieza étnica que, todo hay que decirlo, ha sido bien silenciada y ocultada por nuestros medios de comunicación.

“Agim Ceku, formado en los Estados Unidos y en Europa, fue uno de los generales que encabezó la persecución en Kosovo. Este general no sólo estuvo al frente de la limpieza étnica en la región, sino que actualmente es uno de los principales comandantes responsables de los Servicios de Policía de Kosovo (KPS)”, escribirían sobre este hombre los dirigentes gitanos Carol Bllom y Oani Rifati.

No obstante, sigamos con el relato de lo acaecido antes de la intervención de la OTAN, en 1996. A esta situación prebélica se le vino a unir el escaso talante negociador de Milosevic, y la falta de energía política por parte de Belgrado para afrontar con realismo el problema de Kosovo –ni siquiera la oposición democrática serbia abogaba en aquellos días por el diálogo con los albano-kosovares-. Ibrahim Rugova, además, estaba cada día que pasaba en una situación más difícil en la región; miles de jóvenes albanoskosovares, con escasas expectativas y condenados al ostracismo por el régimen de Belgrado, decidieron sumarse a las filas del UCK antes que seguir abogando por la “no violencia” que defendía el “presidente” no oficial de Kosovo.

Este estado de cosas, con la tensión en aumento, era bien conocido por los Estados Unidos, que quería desaprovechar la ocasión para acabar militarmente con el régimen de Milosevic, y por una UE incapaz de vertebrar una estrategia racional para la región. Macedonia, preocupada en aquellos días por la deriva que estaba tomando la crisis y por las irreparables consecuencias que podía tener para la región semejantes actitudes, ya había avisado, a través de sus fuentes oficiales y sus medios de comunicación, de las oscuras fuentes de financiación y contactos del UCK con el exterior.

En 1997, y una vez que los Estados Unidos dan carta blanca al UCK para que actúe en Kosovo, los ataques terroristas se incrementan y alcanzan una mayor virulencia, causando la muerte de agentes de la seguridad serbia, pero también de civiles indefensos de las dos etnias. Integrado por pequeñas células de hombres formados en las fuerzas armadas yugoslavas y en el antiguo servicio secreto de este país, el temido UDBA, el UCK es un grupo terrorista con un objetivo muy claro: desestabilizar el Kosovo para provocar una intervención militar de la OTAN, al estilo de la acaecida en Bosnia y Herzegovina contra los serbios, y proseguir, más tarde, el camino hacia la independencia ya libre de obstáculos.

En aquellos días, tal como se señalaba desde diversas fuentes, el grupo era un hervidero de voluntarios de las más diversas nacionalidades: bosnios, croatas, yemeníes, afganos, saudíes, afganos, iraníes y, sobre todo, albaneses procedentes de las fuerzas de seguridad y el ejército de este país. También agentes de sus servicios secretos, la temida Securimini, nunca disuelta y pieza clave en el debilitado sistema político albanés. Según fuentes serbias, las primeras fuerzas del UCK fueron entrenadas en las bases albanesas de Ljabinot, cerca de Tirana, y en Tropoja,  Kukës  y Barjam Curi, todas ellas cerca de la frontera entre Albania y Yugoslavia, desde donde partirían más tarde hacia el interior de Kosovo. No olvidemos, que la frontera entre Albania y Serbia siempre ha sido absolutamente permeable y el tráfico de armas, drogas, combustible y todo de tipo de objetos para el consumo fue denunciado en el pasado por numerosas organizaciones internacionales que vigilaban el embargo de Yugoslavia. Lo mismo ocurre con Montenegro, país de obligada cita para todos los contrabandistas de toda la región.

¿Y de dónde conseguían las armas? En los Balcanes, como todo el mundo sabe, dicho problema no constituye ningún problema, máxime cuando en la Albania de los noventa era absolutamente fácil encontrar buenos “surtidos” de armas tras ser disueltas las fuerzas de seguridad y defensa después de la denominada “estafa piramidal”. Miles de armas fueron vendidas sin control a numerosas mafias, contrabandistas y grupos terroristas albaneses organizados en Macedonia y Kosovo, entre los que se encontraba un ya  el muy activo UCK. Las fuerzas del UCK se armaron con armas procedentes del viejo ejército albanés, como vetustos pero útiles rifles de asalto soviético,  así como armas procedentes de la Segunda Guerra Mundial y del disuelto Ejército Yugoslavo del Pueblo, muy fáciles de encontrar en los mercados negros albanés y yugoslavo. Terminaba su “repertorio” con modernas automáticas compradas en China y equipo de comunicaciones de última tecnología procedentes de Singapur y otros mercados del sudeste asiático.

Luego estaba el asunto del dinero. Según un artículo publicado en la Revista Española de Defensa, financiada con dinero público y voz oficiosa de nuestro Ministerio de Defensa, a la que cito literalmente: “El UCK utilizó sus relaciones con la mafia kosovar de Suiza y Alemania para obtener dinero. Esta situación cambió cuando surgió en 1997 la asociación VT (sigas de Vendlindja Therret/La Patria te llama), que centralizó todos los donativos procedentes de todo el mundo en un cuenta del Alternativ Bank, en Suiza, que las autoridades de Berna congelaron en 1998. Pero la VT, de la cual es responsable Yashar Salihu, sigue funcionando, y recolecta varios millones de dólares al mes. La mayor parte de ese dinero procede de las donaciones de los 600.000 integrantes de la diáspora albanokosovar en los Estados Unidos, Alemania y Suiza”.

Gran parte de ese dinero conseguido se recaudaba en la comunidad albanesa de los Estados Unidos, que lo ingresaba en las cuentas del UCK y después se utilizaba para la compra de armas y pertrechos militares. El dinero, en aquellos meses previos a la guerra, corría a raudales y las armas se compraban en varios mercados, incluyendo aquí a las mafias yugoslavas que no tenían ningún reparo en vender a los albano-kosovares.

A partir de 1998, y una vez que el UCK se ha pertrechado sólidamente de armas y equipos en los mercados antes descritos, sus células comienzan a atacar objetivos serbios en Kosovo, pero sobre todo en el Oeste de Kosovo, entre Pec y Djakovica, con el fin de crear un territorio “liberado” en esta área que sirviese como base de operaciones logísticas del grupo terrorista albanés. El ejército yugoslavo, fielmente milosevista en aquellos días, respondió con una su habitual dureza, atacando a las posiciones del UCK y no evitando los indeseables “daños colaterales”.

Los objetivos del UCK de aquellos días parecen haber cambiado. Si bien en un primer momento defendían la creación de una Gran Albania, que abarcaba los territorios de las actuales Albania y Kosovo, la mitad del territorio de Macedonia y una pequeña franja territorial de Montenegro donde se asienta la comunidad albanesa, en la actualidad los líderes del antiguo UCK, hoy Partido Democrático de Kosovo (PDK), defienden la independencia solo de Kosovo. Es decir, abogan por crear un ente nacional más controlable y manejable para sus objetivos políticos y económicos, muy ligados a los del contrabando y a las mafias locales que manejan los turbios negocios de Kosovo.

Pero sigamos con el relato de lo ocurrido en 1998. En febrero de este año, las acciones del UCK se generalizan en todo Kosovo, aunque con especial virulencia en la región de Drenica, donde varios cientos de miembros del UCK ponen en jaque a las fuerzas serbias y provocan decenas de bajas a las mismas. La reacción serbia, desproporcionada ante los escasos reflejos de Milosevic por entablar un diálogo con los representantes moderados albano-kosovares, es salvaje: decenas de casas son incendiadas y en el pogrom desatado contra los albaneses resultan varios de ellos heridos y muertos.

Mientras tanto, en la capital de Kosovo, Pristina, la tensión va en aumento, produciéndose las primeras protestas de los albaneses contra la represión y las formas utilizadas por el Gobierno de Milosevic, cada vez más aislado internacionalmente y alejado de la búsqueda de una solución política y racional al conflicto. Cientos de manifestantes albaneses son heridos por la acción de la policía. La tensión va en aumento hasta el verano de este año, cuando la represión policial se generaliza por toda la región, quedando desplazados en estos momentos los líderes políticos moderados que, como Rugova, planteaban la no violencia.

En el verano de 1998, el UCK, sabedor del aislamiento de Milosevic y de su probable derrota política en la escena internacional, intensifica sus acciones en todo Kosovo, al tiempo que paralelamente la represión policial provoca miles de desplazados y refugiados en el interior de la región. La economía está colapsada, los terroristas siguen atacando ya en numerosos focos y la represión serbia se intensifica. El ciclo infernal de Kosovo, nunca concluido, vuelve a emerger con toda su virulencia habitual.

Más tarde, en octubre de 1998, un alto el fuego es acordado entre las partes con el fin de buscar una solución política al conflicto y, quizá, con el objetivo nunca ocultado del UCK por conseguir una intervención internacional. Como consecuencia del cese de las hostilidades, la OSCE despliega sus famosos 1400 observadores con el resultado conocido por todos: fracaso estrepitoso de la misión y continuación de la política por otros medios, la violencia, hablando claro. El acuerdo entre las partes, nunca respetado por ninguna, fue a merced de la mediación de Richard Holbrooke.

Con respecto a este cometido de la OSCE, conviene recordar que varios participantes en la misma, tal como recordaban la revistas Limes y Golias, italiana una y francesa otra, respectivamente, denunciaron el sabotaje realizado por los Estados Unidos antes, durante y después  de la misión. Según denunciaban estas revistas, el Departamento de Estado norteamericano vació de contenidos la misión previamente y marginó de la dirección de los equipos a los nacionales provenientes de Italia, Alemania y Francia. Además, la verificación de lo que estaba ocurriendo no se realizó con el tiempo suficiente, parecía que estaba un guión previamente escrito sobre lo que iba a acaecer después y cuando llegó la orden de evacuación nadie, excepto los norteamericanos, la esperaba.

En la misma línea, el ministerio de Asuntos Exteriores aseguró en un comunicado que la OSCE no estuvo a la altura de las circunstancias y que manipuló lo acaecido en Kacak, donde supuestamente había habido una matanza, para precipitar la intervención militar de la OTAN. “La misión de esta organización en Kosovo y Metohija permanecerá mal recordada(…) y su precipitada evaluación sobre lo que estaba ocurriendo en la región sirvió de motivo inminente para  el bombardeo de la OTAN”, rezaba el comunicado oficial ruso.

El UCK, en estos momentos, continúa con su rearme, consolida muchas de sus posiciones en el interior de Kosovo y ha ganado una batalla decisiva: internacionalizar el conflicto. Además, ha conseguido el apoyo de numerosos medios de comunicación europeos, especialmente británicos y alemanes, tendenciosamente antiserbios desde el comienzo de las hostilidades en la región, y el aislamiento del torpe, políticamente hablando, régimen de Milosevic.

Milosevic se había quedado solo en la escena política yugoslava, como en anteriores ocasiones, y el UCK ya sólo esperaba la intervención militar de la OTAN que le asegurase su victoria en el campo de batalla. El máximo líder serbio no supo medir las consecuencias que podían tener sus erráticas decisiones. En lo que respecta al interior de la región, los miembros del UCK eran implacables: no admitían ningún de disidencia y todos los colaboradores del régimen serbio serían eliminados. El modelo de organización, muy parecido al de los primeros maoístas, aseguraba al UCK el control total de la población y la instauración, en un futuro próximo, de un sistema de partido único, algo que no ocurriría en parte porque Rugova, de la LDK, contra todo pronóstico les gano las primeras elecciones. No obstante, conviene seguir con el relato de los hechos.

Una vez retirada la OSCE de la región, quedaba claro que tanto los Estados Unidos como Albania, pero especialmente el ex presidente Sali Berisha, deseaban internacionalizar el conflicto y darle un nueva derrota al régimen de Milosevic, aunque ello fuese a costa del sacrificio físico de la población serbia y el resto de las minorías de Kosovo. El UCK era el instrumento perfecto de la diplomacia combinada albano-norteamericana para destruir definitivamente a Yugoslavia, el asalto final a Belgrado.

A principios del año 1999 la situación se agrava, sobre todo debido a la persistencia de la represión serbia contra los simpatizantes del UCK y por las acciones de este grupo contra objetivos civiles y militares serbios. Dos millones de habitantes de la región se ven atrapados por una guerra en la que no se ve solución a corto plazo. En febrero de este año, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), 211.000 personas de todas las etnias de Kosovo pueden ser consideradas como refugiadas. El UCK, en aquellos días, extiende el terror indiscriminado: mata alcaldes, asesina a civiles indiscriminadamente en cafeterías y asesina a civiles inocentes de todas las etnias. Su estrategia ya estaba clara, había que extender el conflicto en toda la región y provocar la intervención internacional. Milosevic, mientras tanto, no entendía nada y no tuvo la suficiente capacidad política para atajar el camino por otras vías que no fueran las militares. La utilización de la fuerza en Kosovo ha sido el más craso error cometido por Milosevic en toda la década larga que han durado los conflictos yugoslavos.

Así las cosas, y tras producirse algunas bajas significativas en las fuerzas serbias, llegamos a la matanza de Racak, en enero de 1999. En la misma, pese a que muchas evidencias muestran que hubo cierta precipitación en acusar a los serbios de tan horrendos crímenes, murieron entre 40 y 45 personas, aunque las cifras de las diversas organizaciones se contradicen. Nada más producirse, y sin que mediara investigación alguna, los Estados Unidos acusan a Milosevic de estar detrás de los crímenes. La situación empeora día a día, mientras que el UCK va ganando la batalla mediática y se abre paso la opción de una intervención militar para resolver el conflicto.

Pese a todo, la comunidad internacional quiere lavarse la cara y, bajo presión europea, pero sobre todo francesa, llegan las negociaciones de Rambouillet, donde se le pretende imponer a la parte serbia unas condiciones inaceptables para su rendición. Serbios y albanokosovares fueron empujados por la comunidad internacional, y bajo presión de la OTAN, para que aceptaran un plan previamente pactado. La administración norteamericana señaló desde el principio que la no aceptación por la parte serbia significaría la intervención de la Alianza Atlántica contra Yugoslavia, lo que en términos prácticos era la guerra.

En febrero de 1999, mientras los terroristas del UCK seguían llevando a cabo sus planes de aterrorizar a la población mediante ataques sistemáticos y contundentes, las dos partes se reúnen en Rambouillet, en las afueras de París, con el fin de lograr un acuerdo imposible de aceptar por Belgrado. Lo que allí se desarrollaba no eran unas negociaciones, sino la búsqueda de un punto de  partida para el proceso independentista que deseaba el UCK.

Lo resumía muy acertadamente el analista internacional Felipe Sahagún, al que cito: “Para Serbia, Rambouillet es el principio del fin. Para los albaneses de Kosovo es el principio de un largo proceso. Ninguna de las dos partes parece dispuesta a renunciar a su objetivo final: integración de Kosovo en Serbia los primeros, independencia los segundos”. Evidentemente, y como todo el mundo esperaba, Belgrado no aceptó el plan “cocinado” por Washington y presentó una contrapropuesta que no fue siquiera discutida. Serbia no tenía otra elección, pues en definitiva, si hubieran firmado, tan sólo hubiera llegado a la situación actual sin guerra. Milosevic tampoco supo calibrar los riesgos que corría e intuía que, como en anteriores ocasiones, las amenazas se quedaran en nada.

El resultado, como era de prever, fue la intervención de la OTAN contra Yugoslavia, en la que, por primera vez, estaban de acuerdo todos los grandes Estados occidentales: Francia, Alemania, Estados Unidos, Italia y España. El UCK, que ya controlaba algunos territorios en el interior de Kosovo, había conseguido su objetivo, y Serbia se hallaba a las puertas de una clara derrota. A la intervención de la OTAN le seguiría la catástrofe humanitaria, la retirada de las fuerzas de seguridad y el ejército yugoslavos y la instauración de un sistema de protectorado internacional que dura hasta el día de hoy. Todo un éxito de la administración norteamericana que bajo presión de todopoderosa Secretaría de Estado de entonces, Madeleine Albright, consiguió convencer a todos sus aliados, incluyendo a Rusia, para “machacar” militarmente a los serbios.

El UCK, tras ser ocupado el Kosovo después de 78 días de resistencia de Serbia, se convirtió en una nueva fuerza política, el PDK, y sus hombres, supuestamente, se encuadraron en una suerte de policía regional (KPC), compuesta únicamente por ciudadanos de etnia albanesa. Otra muestra de hasta donde llega la “imparcialidad” de la OTAN en este conflicto. Así las cosas, y a modo de conclusión, el UCK había ganado la batalla de Kosovo, demostrando que con el apoyo norteamericano, el silencio europeo y una oscura financiación en los Balcanes todavía se puede triunfar en una guerra. La batalla mediática, tras los sonoros errores de Milosevic, también fue ganada por los albanokosovares; las supuestas víctimas siempre tienen mejor acogida que los supuestos verdugos. Desgraciadamente, así se escribe la historia.

Las consecuencias de la intervención de la OTAN: del régimen de protectorado internacional para Kosovo a la independencia
Serbia, tras más de 10.000 ataques aéreos de la Alianza Atlántica, que causarían al menos más de 1.000 víctimas y la destrucción de la economía serbia y sus infraestructuras, acabaría aceptando, en 1999, la retirada de sus fuerzas militares y de seguridad, acordándose, como contrapartida, la resolución 1244 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que establece la soberanía nacional de Serbia y la integridad territorial. Kosovo es, según el texto, territorio serbio bajo un régimen de protectorado internacional. Luego, los acontecimientos demostrarían que los acuerdos rubricados no servirían para nada y en el nuevo “juego” internacional establecido por Washington para los Balcanes los intereses de Serbia, simplemente, no estaban en la agenda.

En estos ocho años de fallido protectorado internacional, toda tentativa de resolución pacífica del conflicto ha fracasado y todas las rondas negociadoras entre serbios y albanokosovares han terminado sin resultados prácticos sobre el terreno. Los serbios se oponían tajantemente a cualquier fórmula que fuera más allá de la autonomía, mientras que los líderes albanokosovares, apoyados por los Estados Unidos y algunas potencias europeas, como Alemania, demandaban la independencia. Las dos partes no alcanzaron ningún  acuerdo y los resultados a la vista están. Ningún líder ni ejecutivo serbio podía aceptar la partición de Kosovo, sería su final y su descrédito total.

También hay que reseñar que en estos largos ocho años y pico de protectorado (1999-2008), se han producido cientos de ataques terroristas y agresiones a todas las comunidades no albanesas de la región. Entre 200.000 y 300.000 serbios, gitanos, turcos y arrumanos han olvidado este territorio para siempre y se hacinan en las decenas de campos de refugiados abiertos en Macedonia, Montenegro y Serbia. También se han producido varios centenares de muertos y heridos, habiendo sido una de las asignaturas pendiente de la Alianza Atlántica durante estos años: la seguridad. Los serbios hablan de algo más de 3.000 víctimas, mientras que otras fuentes aseguran que en estos años se han producido alrededor del millar. Es difícil cuantificar las víctimas, pero cualquier observador imparcial que haya visitado Kosovo en estos años reconoce que los serbios han pasado a ser ciudadanos de segunda en un régimen de absoluta indefensión e inseguridad.

El patrimonio cultural e histórico de los serbios también se ha visto dañado y los ataques, por innumerables, darían por sí solos para un ensayo. El régimen de protectorado, que en teoría debería garantizar un Kosovo democrático, plural y pruriétnico, tal como anunciaban para justificar la agresión contra Serbia los líderes occidentales, ha constituido un fracaso y la demostración evidente del doble rasero que se ha utilizado en esta región, pues mientras se actuaba con dureza inusitada a los serbios en otras partes de Yugoslavia (caso de Bosnia y el mismo Kosovo), se ha tolerado el brutal nacionalismo albanokosovar sin ninguna consecuencia. Los dirigentes albanokosovares han incitado e incluso justificado esta silenciosa limpieza étnica llevada a cabo en Kosovo.

Al final, y como es lógico, el Kosovo es hoy un territorio casi monoétnico y la población serbia constituiría, a falta de un censo fiable, algo menos del 5% de la población total de la región. Es decir, que el territorio ha sido efectivamente limpiado y los objetivos de los grupos más radicales del nacionalismo albanokosovar se han cumplido con creces. Los escasos serbios de Kosovo que quedan en la zona viven esencialmente entre las localidades de Mitrovica, los alrededores de Pec y Gracanica, en una suerte de guettos protegidos por las fuerzas internacionales y sin que puedan desplazarse por una región que ya dan casi por perdida. Los derechos de las minorías han sido violados repetidamente y las organizaciones internacionales, que en teoría tenían que velar por los mismos, se han visto incapaces de garantizar el más elemental: el derecho a la vida.

En este contexto, la reciente victoria del nacionalista radical Hashem Thaci en las últimas elecciones de Kosovo, a finales del año 2007, aceleró el proceso de secesión de este territorio. Una vez desaparecido el mítico Ibrahim Rugova, que lideró el nacionalismo albanokosovar durante casi tres décadas, Thaci tenía muchas posibilidades de suceder al fundador del “Estado paralelo” albanokosovar. El joven Thaci fue uno de los fundadores del Ejército de Liberación de Kosovo (UCK) y ha sido acusado por Belgrado de perpetrar algunos oscuros crímenes de guerra. Para los serbios, es un vulgar terrorista, mientras que para los albaneses es un héroe. El disenso entre ambas comunidades, como vemos, llega incluso hasta el lenguaje.

Así las cosas, y con la tensión creciente en la región, el pasado 17 de febrero, el parlamento de Kosovo, que tan sólo representa a los albanokosovares, declaró unilateralmente la independencia de la región en una sesión histórica. La ira de los serbios estalló en las calles de Belgrado, mientras en las calles de Pristina la alegría se apoderó de miles de albanokosovares. Las potencias occidentales, que habían animado y alentado el proceso de independencia de Kosovo, ya han anunciado que reconocerán en breve al nuevo Estado. Los Estados Unidos, junto con Alemania, Francia y el Reino Unido, aseguran que el reconocimiento del nuevo ejecutivo de Pristina será un hecho en semanas.

 Serbia, por supuesto, se ha opuesto a este proceso de independencia y ha asegurado que luchará por todos los medios para recuperar su antaño territorio. En la escena internacional, tan sólo Rusia y algunos países de la Unión Europea –como Bulgaria, Chipre, España, Eslovaquia, Grecia y Rumania- apoyan las posiciones de Belgrado y ya han asegurado que no reconocerán la independencia de Kosovo. En Belgrado ya se han asaltado varias embajadas, entre ellas las de Estados Unidos y Croacia, y la herida serbia es cada vez más profunda; los serbios se sienten vejados, engañados y abandonados por todos. Las resoluciones de las Naciones Unidas, tras este final de crisis desordenado y no consensuado, ya son papel mojado. Tras Kosovo, todo vale.  Primera consecuencia, quizá, de una decisión cuando menos precipitada. ¿Ha estado Europa acertada en esta crisis? El tiempo, como pasó tras la anexión de los Sudetes por Hitler, en 1938, nos dará la respuesta a esta cuestión.

En cualquier caso, lo que está por ver es si este abrupto final de crisis es el final del proceso de disolución de Yugoslavia o un capítulo más de una historia que se resiste a terminar y que siempre aporta nuevos e impredecibles capítulos. Los serbios, aunque anuncian que la lucha seguirá, quizá han perdido para siempre la mítica (y mitificada) tierra de Kosovo, mientras que para los albaneses lo conseguido es tan sólo un paso más en su objetivo por lograr una Gran Albania en la región. Las dos partes siguen con las espadas en alto, nadie está dispuesto a renunciar a sus objetivos. Mientras, Europa se pregunta: ¿es este paso dado por Pristina el final de la crisis o un episodio más en un proceso que se hace ya interminable?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CRONOLOGÍA DE KOSOVO:
395: El Emperador romano Teodosio I reparte el Imperio en dos partes: Occidente y Oriente, que incluiría a las actuales Serbia, Montenegro y Macedonia. El Occidente adoptaría el alfabeto latino y el rito católico ligado a Roma, mientras que el Oriente utilizaría el cirílico en los Balcanes y se ligaría al culto ortodoxo, que no reconocería el poder de los Papas.

Siglo VI: Las migraciones eslavas pueblan los territorios del Sur del Danubio, donde habitan los ilirios (de quienes los albaneses se reivindican sus sucesores) y los antepasados romanizados de de los pueblos la región.

Siglos VII-IX: Los serbios del Sur del Danubio quedan bajo la influencia de Bizancio y, a partir de 1054, se convierten masivamente al ortodoxismo.

829-927: Primer Imperio de Bulgaria.

1180: El fundador de la dinastía serbia, Stefan Nemanja, inicia la represión contra los bogomilos, quienes después huirían a Bosnia y la repoblarían, al encontrar una tierra más tolerante y abierta hacia la libertad de cultos.

1331-1335: Durante el reinado de Etiene Dusan, Serbia alcanza su máximo esplendor, extendiéndose desde Belgrado hasta las costas de Damalcia, el golfo de Salónica y el estrecho de Corinto.

1389: La batalla de Kosovo Polje o del Campo de los Mirlos sella el final del viejo reino serbio. Las tropas otomanas al mando del sultán Murad I triunfan sobre los ejércitos del príncipe Lazar. Los serbios comienzan a emigrar hacia zonas más seguras fuera de los Balcanes, hacia el Norte, y los territorios más allá de la frontera trazada por los turcos en la región queda bajo el dominio de los Habsburgos. La derrota serbia significaría el dominio otomano en los Balcanes para los próximos cinco siglos.

1430: Los turcos conquistan Salónica.
Siglos XV-XVII: Tras la conquista de Kosovo, el Imperio Otomano ocupa militarmente Bosnia, Herzegovina y, más tarde, Croacia. Los bosnios se convierten masivamente al Islam.

1521: Los turcos conquistan Belgrado, comenzando la total decadencia de los Serbios. Las comunidades serbias de los territorios ocupados huyen hacia las Krajinas, la frontera entre el Imperio Otomano y las zonas directamente administradas por Viena.

1526: Batalla de Mohacs, en donde los turcos, tras su victoria militar, ocupan Eslavonia y Hungría.

1529: Cerco de Viena por los trucos.

1557: Fundación del Patriarcado serbio de Pec (Kosovo).

1571: Derrota naval turca en Lepanto.

1683: Fracasa el segundo cerco de Viena por parte de los turcos.

1684-1689: Guerras autro-turcas.

1715-1718: Conquista de Serbia y el Bánato por los austro-húngaros.

1737-1739: Reconquista de Serbia por los turcos.

1804-1813: Primera gran revuelta de los serbios contra el poder otomano, liderada por Djordje Petrovic (Karadjordje). La insurrección, que contó con el apoyo del ejército ruso, dio lugar al establecimiento del primer ejército regular serbio en 1808.

1815: Milos Obrenovic, líder serbio, es reconocido por los turcos como príncipe heredero de Serbia. Asesinato de Karadjodje.

1821-1830: Guerra de Grecia.

1830: Serbia obtiene del Imperio Otomano la autonomía.

1833: Serbia se anexiona algunos distritos hasta ese momento en manos otomanas.

1844: Ilija Garasanin, uno de los primeros intelectuales serbios del “renacimiento” del siglo XIX, esboza el primer proyecto de una “Gran Serbia”.

1867: Las últimas guarniciones turcas abandonan Serbia. Asesinato del Michel Obrenovic, príncipe heredero de Serbia.

1875: Rebelión de los serbios de Voivodina.

1876-1877: Guerra de los serbios contra los turcos.

1878: El Congreso de Berlín reconoce la independencia de Serbia.

1903: Tras varios conflictos y luchas entre las dinastías serbias, Pedro I, de los Karadjordje, llega al trono. El rey Milan y su esposa, Draga, de los Obrenovic, habían sido asesinados unos meses antes de la llegada al trono en el palacio real.

1908: El Imperio austro-húngaro se anexiona Bosnia.

1912-1913: Como consecuencia de las guerras balcánicas, Serbia consigue importantes ganancias territoriales con la conquista del Sandjak, Kosovo y algunos territorios macedonios. Bulgaria es la gran derrotada, mientras Grecia y Rumania amplían sus respectivas bases territoriales.

1914: A