Momentos cruciales en el LÃbano, por Ricardo Angoso
28 Septiembre 2007
MOMENTOS CRUCIALES PARA EL LÍBANO
RICARDO ANGOSO, 2007.
El reciente asesinato en las calles de Beirut del diputado Antoine Ghanem vuelve a elevar la tensión en la vida política libanesa. Cuando quedan escasas horas para que los diputados libaneses elijan a un nuevo presidente de este complejo y controvertido país, nadie espera que se vaya a encontrar el suficiente quórum para sustituir al prosirio Emile Lahud y poner orden en el maltrecho sistema político libanés.
Las raíces de la creciente inestabilidad del Líbano tienen mucho que ver con la negativa influencia de la vecina Siria, que siempre soñó con una suerte de Gran Siria en la que se incluyesen los territorios libaneses y que nunca reconoció la identidad nacional libanesa. Ni siquiera al día de hoy los dirigentes sirios han reconocido las fronteras internacionales del Líbano y tampoco mantienen en Beirut una representación diplomática. Para muchos dirigentes sirios, Líbano es una suerte de "protectorado" que debe estar sujeto a su influencia e intereses.
Durante casi tres décadas las fuerzas sirias fueron las garantes de la paz en el Líbano después que el país sufriera una guerra pavorosa que duró quince años (1975-1990), aunque esta presencia militar no logró conjurar los principales peligros que amenazan a la democracia libanesa: la perniciosa presencia de miles de refugiados palestinos, que siempre han actuado como si fueran un Estado dentro de un Estado, tal como se vio en los enfrentamientos de Nahar El Bared, y la creciente influencia de las potencias vecinas en los asuntos libaneses.
No debemos de olvidar que tres de las fuerzas militares implicadas en las últimas décadas en los asuntos internos del Líbano tenían apoyo, armamento y financiación del exterior. Me refiero, claro está, al Ejército del Sur del Líbano, apoyado y sustentado por Israel para controlar la franja fronteriza del País de los Cedros con el territorio hebreo, el grupo político Hizbulá, que recibe fondos y armas de los regímenes de Siria e Irán, pero sobre todo de este último país, y, finalmente, los grupos radicales palestinos que han campado a sus anchas durante décadas sembrando el terror y la violencia en tierras libanesas.
Ni que decir tiene que estos grupos palestinos, en su estrategia desestabilizadora, han sido generosamente recibidos, financiados y aplaudidos por el sátrapa de Damasco, el inescrutable Bashar al Asad. Ahora, los sirios incluso apoyan a su antaño enemigo Michel Aoun, un militar cristiano de ideas anticuadas y "aprendiz de brujo" en el difícil arte de la supervivencia política en la vida libanesa, como candidato a la presidencia del país, aunque no parece un objetivo factible dadas las suspicacias que levanta el personaje.
En definitiva, nos encontramos con demasiadas interferencias externas para un país surcado por las divisiones políticas, religiosas, étnicas, sociales y culturales. Con algo más de 10.000 kilómetros cuadrados y menos de cuatro millones de habitantes, Líbano, como le ocurre a los Balcanes, quizá tiene más historia de la que es capaz de consumir. Pero, a pesar de esta evidente complejidad y del presente escenario, realmente complejo y endeble, el verdadero problema del País de los Cedros pasa por Damasco. Mientras el régimen sirio no renuncie a los medios violentos para influir en la vida política libanesa y no acepte, de una vez por todas y para siempre, la integridad territorial y el derecho a la soberanía nacional de los libaneses, la tensión, la inestabilidad y la irrupción periódica de la violencia serán la moneda corriente en un país donde ya se ha derramado la suficiente sangre para que las armas callaran de una vez por todas y fueran las urnas las que dirimieran los contenciosos pendientes. Al Líbano le falta más política y le sobran las armas.
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