Finales del drama iraquí, por Ricardo Angoso

19 Julio 2007

FINALES DE IRAKGo to fullsize image
RICARDO ANGOSO, 2007.
A medida que se termina la legislatura del peor presidente de la historia de los Estados Unidos, George Bush, el conflicto de Irak se agrava por momentos. A la violencia latente, que ya se ha cobrado miles de muertos, se le viene a unir ahora las turbulencias políticas internas que se viven en este país desde hace algunas semanas. El diálogo entre los líderes sunitas y chiítas aparece bloqueado, los kurdos siguen mostrando escasa voluntad por sumar sus fuerzas a un nuevo Estado –la opción soberanista aparece en el horizonte político como un objetivo a corto plazo- y los escasos cristianos que quedaban en el país han abandonado Irak ya hace tiempo, algo absolutamente lógico dado el estado de la situación.

Mientras todos los agentes parecen combinarse para actuar juntos en la demolición de la maltrecha administración instalada por los Estados Unidos, en el plano interno también hay que destacar la cada vez más creciente actividad terrorista de la red Al Qaeda, mucho más sólida, consolidada y activa en el mundo árabe desde la intervención norteamericana contra Sadam Husein. La gran paradoja de la intervención de Washington contra sus enemigos en la región es que los tres más importantes avanzan y consiguen sus mejores resultados con el peor Bush, es decir, Irán, Siria y la red terrorista de ese enigmático ex agente de la CIA llamado Bin Laden (¿lo encontrará alguien algún día?).

En este contexto absolutamente apocalíptico, pues no tiene otra definición, los Estados Unidos anuncian una supuesta conferencia de paz para Oriente Medio. Demasiado tarde. Demasiado tarde para entenderse con enemigos que ya los detestan para siempre y que utilizarán cualquier pretexto para hundir al peor presidente en su fango estratégico. Y también demasiado tarde para recomponer un nuevo marco político para este país, pues los odios son muchos, la ocupación ha sido humillante para la mayoría del pueblo iraquí y los contendientes, armados muchas veces por manos extranjeras, poseen numerosas armas y, sobre todo, todo el tiempo del mundo, y valga la redundancia. Es lo que tiene el Oriente: no tienen prisa y el tiempo corre a su favor, mientras las víctimas occidentales crecen y la opinión pública se echa literalmente encima.

Luego tratar de arreglar las cosas con una conferencia supuestamente de paz sin contar con los principales actores de peso de la región, como Siria e Irán, que se mantienen tibios ante la iniciativa norteamericana y que han sido marginados por Washington en los últimos años, parece una propuesta destinada al más sonoro de los fracasos, por mucho que la Unión Europea (UE) se sume a la misma sin medir el coste político que va a tener tan seguro naufragio. Rusia, mientras tanto, se siente humillada por la cada vez más creciente presencia norteamericana en Asia Central, el escudo antimisiles que los Estados Unidos pretenden desplegar en Europa Central y por el nuevo estatuto que se pretende imponer en Kosovo, para mayor humillación de su viejo aliado serbio. Peor no lo podía haber hecho la administración norteamericana en estos años.

Así las cosas, y con todos estos elementos adversos encima de la mesa, nada bueno podemos esperar de estos finales del drama iraquí que se escenifica todos los días, con detalles impresionantes y lúgubres, ante nuestros medios de comunicación y televisiones varias. La indefinición estratégica, la precipitación en los planes y errores concretos y claros, como haber disuelto la administración y el ejército iraquíes tras la invasión, han llevado a este caos total que hoy se vive en Oriente Medio.

También, claro está, tenemos la ausencia de una política exterior con unos objetivos concretos, la total inacción política y diplomática de la Casa Blanca en estos siete últimos años y la ausencia de un diálogo sin exclusiones, al estilo del que propició Clinton durante todo su mandato, que han hecho el resto. Las consecuencias a la larga serán graves no ya para la región, sino para todos: europeos, norteamericanos y árabes. Los finales de Irak, tan parecidos a la pavorosa huida de Saigon después de la derrota norteamericana en Vietnam, no hacen presagiar nada nuevo y plantearán la necesaria reconfiguración de Oriente Medio, y una forma de actuar con respecto a la región que implicará, sobre todo, de mayores dosis de diálogo político, respeto con respecto a los usos y tradiciones locales y realismo a la hora de llevar a cabo acciones que pasen por una valoración objetiva de los riesgos y amenazas. La improvisación en la fallida ocupación iraquí, junto con el escaso apoyo internacional logrado en la guerra más impopular desde el final de la Guerra Fría, han llevado a este dramático estado de cosas. Esperemos que algunos aprendan de los errores y tomen nota, ¿o será demasiado tarde?

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