Balance de la guerra de Israel contra el grupo terrorista Hizbulá
17 Julio 2007
UN AÑO DESPUÉS DE LA FALLIDA GUERRA CONTRA HIZBULÁ
RICARDO ANGOSO, 2006.
Un año después de la guerra de Israel contra Hizbulá, que fue duramente criticada por numerosos sectores israelíes por su precipitación y falta de planificación, la situación por la que pasa el Estado hebreo es muy grave. El ejecutivo israelí vive sus horas más bajas, el hasta ahora imbatible ejército –el thasal- ha perdido su capacidad ofensiva y se muestra incapaz de detener la amenaza terrorista que proviene de Gaza y el Líbano y la falta de dinamismo de la actual administración norteamericana, que se ha mostrado incapaz de liderar un proceso de paz en la región, han contribuido a un notable aislamiento de Israel, ya no sólo en Oriente Medio sino en la sociedad internacional.
A estos elementos desfavorables, hay que añadir la difícil situación que se vive en la vecina Gaza, donde los integristas de Hamas se han hecho con el control de la situación y amagan con la intención de crear un “Estado” islamista calcado al iraní. Tampoco se ha movido nada con respecto a Siria, pese a los llamados de numerosos analistas y periodistas israelíes a buscar la paz con su siempre incomodo vecino, y las relaciones con Egipto y Jordania no han avanzando mucho en este año y se mantienen con un perfil muy bajo, pocos contenidos más allá de la retórica habitual y el estrecho marco que permiten las relaciones protocolarias. Tampoco los dirigentes árabes han hecho demasiado por buscar la paz con lo que siguen denominando como la “entidad sionista”; las iniciativas saudíes parecen ya olvidadas y el tono antisemita se ha apoderado de los medios de comunicación jordanos y egipcios. Incluso en las calles de Amman se puede encontrar el Mein Kampf y Los Protocolos de los Sabios de Sión.
Luego, pasado un año, Israel tiene nuevos y potentes enemigos: Irán. La gran paradoja de la intervención norteamericana en Irak ha sido que Irán emerge como potencia regional y que el chiísmo se ha convertido en un actor político de primer orden en Oriente Medio, desde las miserables y paupérrimas calles de Gaza hasta el Líbano se presiente ya la influencia iraní en los nuevos movimientos integristas y antiisraelíes. Exhibiendo una retórica antisemita del peor gusto, que tanto éxito concita en el angosto mundo musulmán, los dirigentes iraníes se han embarcado decididamente en un programa nuclear que causa lógica preocupación en Israel, pero también entre sus vecinos, cada vez más temerosos del auge del chiísmo en Oriente Medio y del cada vez más que probable ascenso de esta corriente religiosa del Islam en Irak.
Crisis política e inacción
Por último, pero no menos importante que las cuestiones anteriores, está la inacción política de la actual administración israelí. Desacreditados en el plano interior y exterior por la conducción de la guerra y enfrascados en varios casos de corrupción, los actuales dirigentes israelíes se muestran incapaces de vertebrar y articular una estrategia capaz de desbloquear el actual estado de cosas en la región. Parece como si la sociedad israelí estuviera desesperadamente esperando unas nuevas elecciones que ponga orden ante tanto fiasco y decepciones varias. Los dos probables relevos de Ehud Olmert, el conservador Benjamín Netanyahu y el laborista Ehud Barak, se preparan para los próximos comicios y es más que seguro que, a tenor de las encuestas, que el actual partido gobernante, Kadima, no supere el 5% de los votos, lo cual sería un desastre y condenaría al antiguo alcalde de Jerusalén al ostracismo político.
La convocatoria de nuevas elecciones, que todos esperan para este otoño, sacaría al país del impasse de espera y, quizá, provocaría la necesaria catarsis de un sistema político lastrado por los frágiles equilibrios y la atomización permanente que muestra la sociedad israelí. Una reforma electoral, para lograr mayorías parlamentarias más sólidas, parece absolutamente necesaria, pese a la oposición de muchos que argumentan la necesaria representación en el legislativo de la pluralidad judía.
En definitiva, hay una demanda de cambio y nueva dirección, de redefinir las nuevas orientaciones estratégicas y conducir al país hacia el objetivo más buscado por todos los primeros ministros de Israel desde hace décadas: la paz. Y Ehud Olmert, atrapado en su laberinto de oscuros intereses y claramente erosionado por la mala gestión de una guerra fallida, es incapaz de conseguir este objetivo. Su tiempo, como el de otros en décadas anteriores, ya pasó y en el horizonte político se vislumbran cambios. Veremos qué pasa después del verano.
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