El verdadero drama palestino, en un artículo de Ricardo Angoso

15 Julio 2007

 Go to fullsize imageLAS RAÍCES DEL DRAMA PALESTINO
RICARDO ANGOSO, 2007.
Entre la miseria, la decepción y la rabia se encuentra el pueblo palestino, víctima de las mentiras y la pérfida retórica de un mundo árabe que siempre utilizó a Palestina como una coartada para justificar sus fracasos históricos y legitimar un discurso panarabista que nunca fue capaz de ir más allá de la vacuidad difusa y confusa que exhiben la mayoría de los líderes árabes. Palestina se convirtió, simple y llanamente, en la causa con la cual distraían a sus pueblos de sus propios problemas, una pesadilla en sí misma que no tenía fin pero que servía a sus espurios intereses. Pero vayamos por partes, analicemos la trayectoria de un pueblo cansado de esperar en la cola de la historia y alimentado por tópicos recurrentes y demagógicos.

En primer lugar está la cuestión de los famosos refugiados supuestamente expulsados por Israel, argumento absolutamente falso como reconocen todos los historiadores, incluso los árabes honestos. El principal responsable de la pavorosa huida de los palestinos fue el líder árabe de Palestina Haj Amin el-Husseini, gran mufti de Jerusalén.  Como escribe Mario Aguinis, en su acertado artículo El odio contra Israel, este filonazi “no sólo se negó a aceptar la Partición decidida por las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947 para el nacimiento de un Estado Árabe y uno Judío que viviesen lado a lado y en fraterna colaboración, sino que tuvo una "idea genial" al estallar la guerra de la Independencia de Israel contra el Mandato británico y seis ejércitos árabes decidieron invadir el territorio para aplastar al flamante Estado. Esa idea lo llevó a ordenar que sus hermanos abandonasen Palestina rápidamente para permitir que Siria, Irak, Líbano, Egipto, Arabia y Transjordania pudiesen empujar a los judíos, rápida y cómodamente al mar, donde serían ahogados. En los archivos del Foreign Office existen documentos sobre los judíos que detenían a columnas de fugitivos árabes palestinos y les pedían quedarse, porque la guerra no era contra ellos, pero estos pensaron que se trataba de una estrategia para usarlos de escudo y frenar el impulso de los invasores. Más de la mitad de los árabes que abandonaron sus hogares "por unas semanas", como prometía el Mufti, no vieron a un solo soldado judío”.

Con respecto al venerado mufti, tío por cierto del que luego sería el inescrutable líder Yasser Arafat, hay que reseñar que el personaje no tenía desperdicio y que en los años treinta llegó a viajar hasta Berlín a rendir pleitesía al mismísimo Adolfo Hitler. Allí, seducido por el personaje, este clérigo  prometió erradicar cada judío de Palestina y sus alrededores "con los métodos científicos del Tercer Reich". Planificó erigir otro Auschwitz en Nablus, sobre las colinas de Samaria. Su lema, difundido por radios nazis, fue: "Mata a los judíos dondequiera los encuentres, para agradar a Alá y la historia". En sus Memorias, como recoge Aguinis, confiesa: "Nuestra decisión fundamental era colaborar con Alemania para hacer desaparecer el último judío del mundo árabe. Yo pedí a Hitler que me ayudase en forma explícita a resolver esta cuestión en base a nuestras aspiraciones raciales con los métodos innovadores puestos en marcha por Alemania. El me dijo: "Esos judíos son suyos". Los aliados lo buscarían más tarde como a un vulgar criminal de guerra, sobre todo por su colaboración en el reclutamiento de bosnios musulmanes para las SS de Hitler, mientras nuestro “adorado” Yasser Arafat lo citaba como "nuestro héroe". El mufti moriría olvidado, perseguido y condenado por la historia en Egipto.

 

El culto a la violencia como forma de vida y sus fatales consecuencias
Luego está el asunto de la tierra, que para muchos sólo estaba poblada por los árabes. Otra absoluta falsedad. Las poblaciones judías están radicadas en la tierra palestina desde la segunda mitad del siglo XIX e incluso antes; existe documentación escrita que prueba las protestas árabes por la compra de tierras por parte de los judíos durante la dominación otomana. Palestina existe porque existe Israel, de lo contrario habría sido un territorio bajo control sirio o jordano, es decir, una mera provincia integrada en uno de esos dos Estados. De hecho, la actual Cisjordania ya fue Jordania hasta el año 1967, en que durante la guerra de los Seis Días Israel se apoderó del territorio jordano y derrotó a toda una gran coalición de países árabes henchida de nacionalismo y odio hacia los judíos, a los que pretendían, como en 1948, “echarlos al mar”. No pudieron y de nuevo lo intentaron en 1973. Y de nuevo fracasaron, como siempre.

Más tarde Arafat se inventó Palestina e incluso llegó a amenazar con proclamar su independencia. Mientras el pueblo palestino se moría de hambre, agonizaba en sus casas y esperaba algo más que palabras, Arafat se paseaba por el globo ofreciendo a su gente la falsa sensación de que representaba a una potencia y desoyendo las voces que clamaban por un arreglo pacífico con Israel. En medio de los desastres, permaneció espectralmente alegre, rehusando decirle a su pueblo las razones básicas de su sinrazón política.

“Pero era pedir demasiado a Arafat que retornara ante su pueblo con un compromiso decente y generoso, para acabar con la leyenda de que los palestinos podían apoderarse de todo, “desde el río hasta el mar”. Le resultaba más seguro sostener los mitos políticos de su pueblo que dedicarse a la más difícil labor de construcción de un Estado y de un rescate político”, como ha escrito muy acertadamente sobre el líder palestino el profesor Fouad Ajami.

Finalmente, la cruda realidad se impuso y los palestinos aceptaron negociar directamente con los israelíes tras el “debut” de Arafat como gran dirigente internacional al apoyar al régimen de Sadam Hussein en la invasión de un país árabe amigo, Kuwait. Los abrazos de Arafat con el sátrapa de Bagdad le restaron el escaso crédito con el que contaba en la escena internacional y en el mundo árabe; el rais tenía que hacer algo y pronto, pues su imagen se erosionaba a un ritmo vertiginoso y los palestinos comenzaban a cansarse de sus payasadas.

Así fue posible que Arafat aceptase sentarse en la Conferencia de Madrid, el único y verdadero intento por poner fin a los diversos contenciosos de Oriente Medio, firmarse importantes acuerdos israelíes, reconociera, después de casi medio siglo, el Estado de Israel y sentase las bases para la primera administración autónoma palestina, supuesta antesala para el desarrollo ulterior de un futuro Estado palestino. No tenía voluntad política para la paz ni creía en la necesidad de la misma, el guión venía impuesto por la coyuntura internacional y el final de la Guerra Fría, que lo estaba dejando patéticamente solo en la escena política.

Sin embargo, pese a las tenues esperanzas de algunos, lo peor para los palestinos estaba por llegar: una administración cleptómana, corrupta y despilfarradora se apoderó de los destinos de su impaciente pueblo. Arafat creó el reinado de la arrogancia y el pillaje, donde el dinero destinado por la comunidad internacional para el desarrollo y la erradicación de la miseria colectiva fue gastado por la casta familiar y política del máximo líder; así, sin que Fatah hiciera nada por evitarlo, Hamas pudo maniobrar, tejer un eficaz tejido social y avanzar políticamente. Lo tenían fácil, dado el total descrédito de una casta política que había hecho de la causa palestina una simple excusa para medrar socialmente y arañar fondos de la cuantiosa ayuda económica que llegaba desde Europa y los Estados Unidos.

Mientras que el germen de cultivo para el ascenso islamista estaba servido, Arafat y otros dirigentes palestinos seguían alimentando la cultura de las armas, de la utilización de la violencia como instrumento de acción política. El matrimonio del culto a las armas y el machismo hizo el resto, la vida humana no tenía ningún valor y sólo en la redención de la muerte del enemigo, aunque fueran víctimas inocentes, los palestinos encontrarían el camino.

Abandonando los reinos del realismo y el diálogo, los líderes palestinos fomentaron la cultura del terror y los enmascarados, tanto de Fatah como Hamas, se apoderaron de las calles y los campos de los refugiados. La palabra ya no tenía ningún sentido y se imponía una lógica basada en la violencia bruta. Ya no sólo se mataba al “pérfido” judío, sino que se asesinaban a los palestinos disidentes. Más tarde, en la lógica siniestra de unos acontecimientos que nadie ni nada podían detener, los palestinos votaron por Hamas, partido que tiene entre los objetivos de su carta fundacional la destrucción del Estado de Israel y la imposición de un gobierno islamista en la que será la futura Palestina; los israelíes se habían quedado sin interlocutor posible y el colapso del proceso de paz iniciado en los años noventa era total.

La gota final de todo este drama sin fin ha sido el reciente enfrentamiento entre Hamas y Fatah a tiro limpio sin desperdiciar ningún odio, y la posterior victoria del grupo integrista, que ya controla Gaza y se dispone a instalar una rígida administración integrista. De aquellos barros del odio y la frustración vienen estos lodos de la miseria política y la división.

En este contexto, con una población armada hasta los dientes, acostumbrada a la anarquía y hastiada por el callejón sin salida a la que le han llevado sus dirigentes, resultará muy difícil volver al sendero del sentido común y el diálogo sosegado. Han sido años de sembrar el odio, el terror y el crimen como formas de hacer política, de pensar que el mundo árabe algún día sería capaz de vencer a la “entidad sionista” y construir el sueño de una nación palestina sin judíos en el convulso Oriente Medio.

“Durante decenios, la sociedad árabe les dio a los palestinos todo y nada al mismo tiempo. Los estados árabes construyeron sus propios mundos, tuvieron sus prioridades, temieron y detestaron a los palestinos como extraños y agitadores, pero los dejaron la ilusión de que Palestina era la principal preocupación árabe”, aseguraba el ya citado Ajami a modo de resumen acerca de esta mentalidad pueril y simplista con la que muchos palestinos examinaban su peculiar “cruzada” contra sus infieles vecinos.

Ahora, mientras se suceden los dramáticos episodios de violencia en los campos palestinos del Líbano, es hora de analizar lo acaecido, de sacar conclusiones y examinar las posibles responsabilidades. Los árabes ya han abandonado Palestina a la ruina y el naufragio de su propia historia. Nadie hará nada por los palestinos más allá de las declaraciones formales y la retórica incendiaria de las mezquitas de Amman, Damasco y El Cairo. Incluso Siria y el Líbano no los reconocen todos sus derechos, sino que los consideran ciudadanos de segunda y les niegan la nacionalidad, al tiempo que les mantienen hacinados en los campos de refugiados donde son presa fácil del islamismo más radical.

En cualquier caso, y comienzo a concluir, es hora de que los dirigentes árabes y europeos hablen a los palestinos con claridad, sinceridad y candor, haciéndoles conscientes del imperativo de la necesidad de un acuerdo con los israelíes y del establecimiento de un marco pacífico y democrático para la resolución de sus conflictos y problemas. Hamas tendrá que renunciar a sus objetivos, son incompatibles con la búsqueda de una solución política justa y equilibrada a los problemas de la región. No hay alternativas ni atajos posibles al reconocimiento del Estado de Israel y la convivencia pacífica en un mismo territorio de las dos comunidades.

De lo contrario, si la situación actual sigue su curso y el mundo árabe ignora el pragmatismo con respecto al problema palestino, que no es la centralidad de los problemas pero enquista todos, estamos abocados a nuevos cataclismos y episodios de violencia en toda la región. Los enfrentamientos de Nahr El-Nared, en el Líbano, y los sucesos de Gaza son quizá tan sólo el preludio de una crisis más grave que, sin duda, afectará no ya sólo a los palestinos, sino al resto de los vecinos árabes y a Israel, por mucho que quiera sustraerse a la suerte de los palestinos. Israel nunca podrá desconectarse de los problemas de los palestinos. Europa y el mundo árabe, liderados por unos Estados Unidos que han estado ausentes durantes años en la zona, deben de tomar cartas en el asunto seriamente y volver a la mesa de negociaciones; el largo y sangriento drama palestino debe concluir. Es la hora de la verdad y el realismo político, también para los palestinos.

 

 

 

 

Archivado en: El Mediterráneo

1 Comentario Comentar

  • 1. "Mi amiguito Adolfo Hitler"  |  16 Julio 2007a las3:52

    Los invito a leer “Mi amiguito Adolfo Hitler”, cliqueando sobre ídem.

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