La creciente descomposición del sistema polÃtico uribista, por Ricardo Angoso
26 Junio 2007
COLOMBIA, DESCOMPOSICIÓN CRECIENTE
POR RICARDO ANGOSO, 2007.
Sólo basta echar una ojeada a los diarios uribistas, como el diario El Tiempo de Bogotá –paradigma del descrédito de un medio por servir de una forma lacaya a una oligarquía en desuso en el siglo XXI-, para contemplar la patética agonía de un régimen basado en el servilismo y la fidelidad a una personalidad política escasamente ambiciosa, tal como es el presidente de la república de Colombia, el opaco y ya desacreditado internacionalmente Alvaro Uribe.
En las últimas semanas, al presidente Uribe, siempre despectivo hacia los medios de comunicación, la oposición democrática y cualquier crítica, le han crecido los enanos, como se dice vulgarmente. Se ha enfrentado al sonoro escándalo de la parapolítica, la detención de numerosos congresistas y líderes políticos vinculados a los más turbios asuntos, las críticas del congreso estadounidense hacia su demencial política y un sinfín de pequeños y grandes asuntos que vienen a enturbiar su ya de por sí dudosa gestión de lo público. Por no hablar de las numerosas denuncias a su política de Derechos Humanos, que vienen de todas partes y que son desacreditadas con el peor léxico por parte de sus energúmenos seguidores. Pese al optimismo que exhiben los medios oficiales, que tienden a maquillar y presentar falsificadas encuestas como el estado real del país, la realidad política, social y económica es bien distinta. El país se encuentra al borde del abismo, totalmente desacreditado en el exterior (incluyendo a Europa y a sus siempre adorados Estados Unidos) y sin ninguna legitimidad en el interior (la participación política en Colombia es casi nula y siempre dudosa). En definitiva, se acabaron las vacas gordas, presidente Uribe.
Aparte de estas consideraciones, frutos de la difícil coyuntura por la que pasa el país, están los escasos avances que se detectan en otros campos, como en la resolución de los diversos conflictos políticos que asolan a Colombia desde hace décadas y el fracaso en lo económico, con nulos cambios en la erradicación de la pobreza y en el reparto de la riqueza nacional. La oligarquía nacional, generadora de un sistema político endogámico y fracasado en cuanto no supo desplegar la democracia social, sigue manejando esquemas del pasado y marginando del juego político, incluso por la violencia, a la izquierda democrática e incluso a los disidentes liberales que reclaman una profunda reforma del Estado. También torpedean, con éxito, cualquier posibilidad de un acuerdo político con las diversas guerrillas del país –ELN y FARC-. O bien las exterminan, como hicieron con los miles de guerrilleros rehabilitados del M 19 en los ochenta y los noventa.
Como buena muestra de este estado de cosas y esta escasa voluntad de reforma y cambio, sirva recordar que la pasada semana el vetusto senado colombiano “tumbó” la reforma legislativa que equiparaba los derechos de las parejas gays y lesbianas con el resto. Los líderes políticos uribistas, con su patético máximo líder al frente, desdeñaron la iniciativa legislativa, llegándose a mofar de la misma –cuando no de millones de homosexuales colombianos-, y consiguieron paralizarla antes de que semejante avance llegase a ser una pequeño paso político en este país hambriento de democracia y libertad. Argumentaron que el “asunto” no era importante, casi llegaron a decir que les daba igual la suerte de millones de “maricas”, que es como ellos se refieren a esa “gentuza”.Qué miseria política. Y moral, no merece ni siquiera comentario.
“Así es el talante uribista: dictatorial y repugnante(…). El Gobierno está desintegrándose en vida. Es la gente del talante del señor Salvador Mancuso (líder de los paramilitares) quien tiene que salir a defender al presidente Uribe”, escribía el periodista Felipe Zuleta en las páginas del diario El Espectador hace apenas unos días. Vivimos la agonía de un régimen, el final de una triste página más en la triste historia de Colombia, y valga la redundancia.
Y el presidente Uribe, atrapado en su laberinto de nepotismo, corrupción e inercias del pasado, ha preferido seguir su inútil viaje hacia ninguna parte, repartiendo las embajadas entre sus amigos y, sobre todo, amigas, regalando prebendas y destruyendo el bien patrio, en vez de haber llevado a cabo una reforma profunda y radical del pútrido sistema político colombiano.
Hubieran hecho falta mayor ímpetu reformista, capacidad de diálogo, amplitud de miras de cara a insertar a Colombia en la sociedad internacional y, sobre todo, un mayor conocimiento de la sociedad global, elementos de conocimiento de los que carece por completo ese aprendiz de brujo que responde al nombre de Alvaro Uribe. Mientras tanto, Colombia se descompone y la era de los cambios ha pasado de largo, al menos por ahora. Habrá que esperar. ¿Hasta cuándo?
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