Eliyahu Winograd presenting the war probe panel's findings in Jerusalem on Monday. (Reuters)
Lebanon war probe accuses Olmert of 'serious failure,' blasts Halutz, Peretz
By Yossi Verter, Mazal Mualem and Nir Hasson, Haaretz Correspondents, and Agencies
The partial report by a government-appointed committee probing the Second Lebanon War on Monday accused Prime Minister Ehud Olmert of "severe failure" in exercising judgment, responsibility and caution during the outset of the war.
The report, officially released at a 5 P.M. press conference in Jerusalem on Monday, says Olmert acted hastily in leading the country to war last July 12, without having a comprehensive plan.
The prime minister, the report said, "bears supreme and comprehensive responsibility for the decisions of 'his' government and the operations of the army."
But Cabinet Secretary Israel Maimon said after the report was released that the prime minister is not considering resignation.
Olmert also came under criticism for rushed actions at the outset of the war, and for failing to consult with either military or non-military experts.
"The prime minister made up his mind hastily, despite the fact that no detailed military plan was submitted to him and without asking for one," the report said. "He made his decision without systematic consultation with others, especially outside the IDF, despite not having experience in external-political and military affairs."
Olmert was also censured for failing to "adapt his plans once it became clear that the assumptions and expectations of Israel's actions were not realistic and were not materializing."
"All of these," the report said, "add up to a serious failure in exercising judgment, responsibility and prudence."
The findings level heavy criticism at Defense Minister Amir Peretz for being unaware of the state of the Israel Defense Forces, even though he should have been.
Peretz "did not have knowledge or experience in military, political or governmental matters. He also did not have good knowledge of the basic principles of using military force to achieve political goals."
Despite these deficiencies, the report states, "he made his decisions during this period without systemic consultations with experienced political and professional experts, including outside the security establishment."
In fact, the pnel found, "his serving as minister of defense during the war impaired Israel's ability to respond well to its challenges."
Dan Halutz, who was IDF chief of staff at the time, was criticized for entering the war "unprepared," and for failing to inform the cabinet of the true state of the IDf ahead of the ground operation.
According to the findings, the army and its chief of staff "were not prepared for the event of the abduction despite recurring alerts."
The panel also found that Halutz had been failed to "present to the political leaders the internal debates within the IDF concerning the fit between the stated goals and the authorized modes of actions."
The head of the committee, retired judge Eliyahu Winograd, said in reading the conclusions of the inquiry, said that the outcome of the war could have been better had Olmert, Halutz, Peretz acted differently.
Winograd said that Halutz displayed lack of professionalism and lack of judgment. The former army chief bears more blame, he said, knowing that Olmert and Peretz were inexperienced in military matters. Halutz also reacted impulsively to kidnapping of the two reserve soldiers by Hezbollah, which sparked the war.
He added that, despite a lack of experience, Olmert did not request help, or question the plan put to him. Peretz also came under similar criticism, for not inspecting the war plan with sufficient care.
In fact, said Winograd, some of the war's objectives were unattainable and the leadership lacked creativity.
"Some of the declared goals of the war were not clear and could not be achieved, and in part were not achievable by the authorized modes of military action," the report said.
The committee also leveled criticism at the entire government, saying that the cabinet voted to go to war without understanding the implications of such a decision.
According to the report, "the government did not consider the whole range of options, including that of continuing the policy of 'containment', or combining political and diplomatic moves with military strikes below the 'escalation level', or military preparations without immediate military action - so as to maintain for Israel the full range of responses to the abduction."
The panel is considering adding personal recommendations in its final report, which is due out in the summer.
A lawyer for Peretz said earlier Monday that the report, which was presented to Olmert and Peretz at 4 P.M., found Israel's leadership had failed in its handling of the conflict.
The members of the Winograd Committee on Monday afternoon presented Olmert and Peretz with the report at the Prime Minister's Office in Jerusalem, an hour before the press conference to release the findings to the public.
30 Abril 2007
KOSOVO. LA HERIDA ABIERTA DE LOS BALCANES
Sólo una persona insustancial puede pasar por alto la aflicción que asoma por doquier a través de la deshilachada placidez.
Johann Nepomuk Nestroy
Esta desgracia, hermano, la hemos sembrado nosotros mismos. Nos hemos estado degollando durante años y años por Kosovo y ahora son otros los que se quedan.
Ismail Kadaré
1.El mito de Kosovo
“Todo soldado campesino serbio sabe por qué lucha. Cuando era niño su madre le decía: ¡Hola pequeño vengador de Kosovo!”.
John Reed, periodista británico, en 1917.
En 1989, ante casi un millón de personas venidas de toda el país hasta Kosovo, el máximo líder serbio, Slobodan Milosevic, prometió a su pueblo que “los serbios nunca más serían derrotados y humillados”. Milosevic celebraba por todo lo alto el 600 aniversario de la batalla del Campo de los Mirlos, un episodio bélico que concluyó en derrota para los serbios y que significó, a partir de 1389, el dominio otomano de los Balcanes por más de cinco siglos. Allí, reunidos en el lugar de la Batalla, en Kosovo Polje, los serbios se conjuraron una y mil veces para luchar contra aquellos que amenazaban con querer destruir la “sagrada unidad del pueblo serbio”. Nunca las palabras de un dirigente político podrían haber sido más premonitorias, más proféticas en el sentido contrario de lo que estaba por llegar. El conflicto en la antigua Yugoslavia comenzó y terminó en Kosovo. Aquella celebración era tan sólo el comienzo de un sangriento e inútil aquelarre. Del mismo, los serbios todavía no se han repuesto y el sufrimiento interminable de este pueblo continúa. Pero conviene repasar la historia antes de adentrarnos en el significado del mito para ambos pueblos.
Los serbios trataban, en 1389, de frenar la oleada militar turca que ganaba terreno día a día en los Balcanes, pero no les fue posible porque el ejército turco, imbatible en aquellos momentos, les castigó con una severa derrota recordada para siempre en los anales de historia. El príncipe Lazar, que comandaba las tropas, fue capturado y miles de sus soldados quedaron para siempre en el famoso Campo de los Mirlos, escenario de tan decisiva derrota. El Vidovdan, o día de san Vito, se convirtió desde entonces, y para siempre, en una fecha emblemática para los serbios, tal como nos recuerdan los Narodne Pesme (poemas épicos) de un pueblo que tiene, parafraseando a Churchill, más historia de la que es capaz de digerir.
Aquel 28 de junio de 1389 significó el comienzo de la dominación otomana de los Balcanes-que perduraría hasta principios de este siglo-y la destrucción del sueño serbio de crear un imperio local que frenase las aspiraciones de la Sublime Puerta. Para el crítico literario serbio Jovan Skerlic, “la derrota Kosovo Polje ilumina los cantos populares serbios y la poesía nacional” desde 1389. “Nuestros mitos nos robustecen y debemos vivir con ellos. Cada vez que nos hallamos en dificultad volvemos a Kosovo, a la poesía popular, a Karagjorgje”, aseguraba en la misma línea el académico serbio Antonije Isakovic. Los serbios contemplaban como la línea que separaba al Imperio Otomano del Occidente cristiano quedaba justamente en su territorio y que su tierra mítica, el Kosovo, se convertía en el epicentro de su derrota. La albanización había comenzado.
De aquella derrota, que todavía es motor de movilización y análisis en los círculos nacionalistas serbios, hay un bello poema épico que merece la pena recordar:
“(…) El Zar eligió un reino celestial
y no un reino terrenal,
edificio una iglesia en Kosovo,
No usó mármol por pavimento
Sino que la alfombró con sedas escarlata.
Hizo venir entonces al patriarca serbio
Y a doce grandes obispos.
Después dio a sus soldados la Eucaristía y las órdenes de la batalla.
Y mientras el príncipe daba órdenes a sus soldados
Los turcos atacaron Kosovo.
Y los turcos derrotaron a Lázaro,
Y el zar Lázaro pereció,
Y con el pereció su ejército,
De sesenta y siete mil soldados.
Todo fue santo, todo fue honroso,
Y la voluntad de Dios se cumplió”.
Kosovo, 1989. 600 años después. “Samo Sloga Spasava Srbirna”, sólo la solidaridad puede salvar a los serbios, aseguraban los miles de ultranacionalistas llegados de todo el país para escuchar a Milosevic y para celebrar el aniversario de la mil veces cantada epopeya del Kosovo. Esta frase, junto con otras de peor o mejor estilo, serían grabadas después en las paredes de las ensangrentadas calles de Bosnia, Croacia y, como no, en el idolatrado Kosovo.
“La falta de entendimiento ha ido provocando nuestras sucesivas derrotas durante seis siglos. Esta falta de entendimiento, y la traición consiguiente, nos ha perseguido como un maleficio a lo largo de nuestra historia. Seis siglos más tarde tenemos que combatir de nuevo. Las batallas que debemos librar ahora no serán meros entre ejércitos, aunque no haya que excluirlos”, resumió Milosevic, en 1989, ante los miles de serbios llegados de toda Yugoslavia para celebrar la derrota del Campo de los Mirlos, en Kosovo Polje. En resumen, todo un programa político y un adelanto de lo que serían los próximos años. Pero también un gesto teatral: nunca cederemos el Kosovo, nuevo estandarte de la causa serbia, y desde aquí, resumiría Milosevic, comenzaremos la “cruzada” en pro de la Gran Serbia.
Los albaneses, mientras el nacionalismo serbio afilaba sus armas, construían una sociedad paralela, con sus sistema educativo, legislativo y hasta administrativo, se preparaban para una batalla que ya intuían como cercana, el momento esperado de devolver a los serbios la afrenta de haber sido incluidos en la Yugoslavia que tanto odiaban. La aparición de Milosevic, con su escasa visión política y su falta de tacto a la hora de encauzar los procesos y conflictos por las vías racionales, finalmente sirvió a sus objetivos y les dio vía libre para exteriorizar la violencia.
El sexto aniversario de esta derrota se realiza en un ambiente marcado por la ebullición patriótica y el despertar nacional serbio. Los intelectuales serbios, que ya habían publicado su famoso Memorándum, reclaman a Milosevic que culmine su “revolución cultural” nacionalista. Un millón de serbios arropan a Milosevic, en aquel 28 de junio de 1989, mientras el mundo permanece ajeno a la tragedia que se desarrolla en los Balcanes, prólogo de la carnicería que luego se abatiría en los 90. Milosevic ya abraza el ideal de la “restauración de la Gran Serbia” y la abolición constitucional del poder local en Kosovo. Como recuerdo de las tropas de Lazar, 25.000 soldados federales, la misma cantidad de hombres en armas que el príncipe derrotado lanzó contra los otomanos, protegen al millón de manifestantes llegados de todas las partes de Yugoslavia.
En la celebración de esta derrota, de este destino para un pueblo que se cree elegido por Dios y que a la vez se siente maltratado por la historia, los serbios hallaron fuerzas para comenzar su nueva cruzada en defensa de una Yugoslavia ya herida de muerte que nadie quería mantener viva. Los retratos de Tito, en aquellos ya lejanos días, serían echados a la hoguera de la infamia y el olvido, pese a que una y mil veces los viejos partisanos habían jurado y perjurado que “después de Tito, Tito”. Pero no fue así, tras Tito vino Milosevic y todo un rosario de derrotas y desgracias para el pueblo serbio.
Pero también 1989, conviene recordarlo, es el tercer aniversario de la llegada al poder de este sátrapa balcanico de escasa suerte llamado Slobodan Milosevic, simplemente Slobo para sus partidarios. Veterano aparachik, siempre ligado a los círculos de poder de Belgrado, nunca el destino de un dirigente serbio estuvo más ligado a Kosovo. En la celebración de 1989, momento brillante de su carrera y cuando surge el “mito Milosevic, encuentra su punto álgido, su elección como iluminado caudillo del pueblo serbio para conducirle a la victoria tras el naufragio yugoslavia. San Vito, un 28 de junio, día de la humillante derrota de los serbios a manos de los turcos, sería el comienzo de una carrera shakesperiana a través de la humillación, el desprecio internacional y la guerra
La misma Iglesia Ortodoxa serbia se unió a la cruzada en defensa de Kosovo que lideraba el ultracomunista Milosevic. Uno de sus más conocidos obispos, Atanasije Jevtic, declaraba en una entrevista sin ningún pudor: “Podemos afirmar que la tragedia kosovar del pueblo serbio despertó las conciencias: en primer lugar, las de unos individuos del gobierno serbio, a Slobodan Milosevic me refiero, para mirar a los ojos de la verdad, de la cual la Iglesia Ortodoxa serbia ya hace décadas que, de modo discreto pero firme, escribe en las protestas que no cesa de dirigir a las instituciones gubernamentales”.
Para los serbios, el Kosovo es un fetiche; quien lo posee, a modo de objeto, tiene la legitimidad, la fuerza y el poder. Cuna sagrada para la religiosidad ortodoxa serbia, pues allí se hallan sus más importantes monasterios e iglesias, el Kosovo merece la sangre y el sacrificio, la guerra y la búsqueda de un honor mancillado tras siglos de dominación otomana. “¿Cuántos Mozart hubiéramos tenido si no hubieran estado aquí los turcos?”, se preguntaba indignado el escritor metido político Vuk Draskovic. Pero no sólo la batalla del Campo de los Mirlos significó la subyugación serbia a la Sublime Puerta, sino que todos los pueblos de los Balcanes corrieron la misma suerte. Y ese dolor por lo irremediablemente perdido se transmitió de generación y acabó convirtiéndose en una suerte de agonía colectiva, tal como nos recordaba la escritora de viajes Rebecca West, a la que cito textualmente: “Pero la agonía de Kosovo debió ser puramente agonía, dolor sobre dolor, renovada en cada generación, a lo largo de cinco siglos. La noche del mal había sido suprema, todavía lo era en un sentido cuantitativo”.
En la misma línea nacionalista serbia, hay que reseñar al escritor Milan Komenic, quien en un encuentro “amistoso” con escritores albaneses, les espetó sin inmutarse:”Podéis hablar siglos y siglos, no os creo nada. Ni siquiera vosotros creéis en esta historia vuestra, porque sois inteligentes. Como figura estilística de la retórica sangrienta habéis impuesto la tautología del mal. El mundo moderno no conoce tantos crímenes como en Kosovo. Quizá vosotros creéis que vais a entrar en el mundo moderno mediante la agresión. Nosotros creemos que no se puede hacer así. Detrás de nosotros hemos dejado la huella del espíritu y no la de la bestia. Vosotros consideráis como mito lo que nosotros es el fundamento. La elección espiritual, según vosotros, es una patraña religiosa. Vosotros estáis enfermos de agresividad racista; nosotros, de melancolía histórica. Qué renacimiento es este si se paga el precio del éxodo del pueblo para que el que Kosovo es el primer paso con el cual entró en la civilización”.
Durante siglos, serbios y albaneses han reclamado el Kosovo como su tierra prometida, poniendo especial énfasis en que ambos llegaron antes y por ello el mítico territorio les pertenece. Las dos culturas e identidades han pugnado durante años con argumentos más o menos científicos acerca de sus derechos históricos sobre el Kosovo, desdeñando el diálogo y el encuentro entre las partes. Durante toda la era titista (1945-1980) y después, ya en pleno proceso de descomposición de Yugoslavia a principios de los ochenta, estos sentimientos estuvieron adormecidos por el peso de la represión policial y la intolerancia hacia toda forma de nacionalismo por parte de los comunistas.
En tiempos de Yugoslavia todo el mundo denominaba a este territorio como Kosmet, dos sílabas que se refieren a los territorios del Kosovo y Metohija. También el nacionalismo serbio siempre se ha referido a este territorio como Kosmet, mientras que para los albaneses es “la cuestión del Kosovo”. Dos pueblos, serbios y albaneses, en lucha por reivindicar y hasta ocupar este territorio, sin deseos de vivir con los otros, con los diferentes. Los serbios son ortodoxos, mientras que los albaneses son mayoritariamente musulmanes aunque existen algunas pequeñas comunidades católicas. También hay comunidades turcas, gitanas, arrumanas e incluso croatas. La situación hasta bien entrada la década de los ochenta discurría en este constatado y cómodo divorcio entre los serbios y los albaneses; vivían “divorciados” pero sin violencia.
Así fue hasta que Milosevic utilizó al discurso nacionalista y victimista como nueva fuente de legitimación política de su régimen ante la irreversible descomposición del bloque comunista y el fracaso económico del mismo en Yugoslavia. Pese a todo, las tensiones y las silenciosas luchas seguían ahí y tan sólo faltaba que alguien encendiera la mecha de la pasión nacionalista para poner en marcha el engranaje de la guerra contra el otro. Los albaneses, por su parte, también enarbolaron la bandera nacionalista y desde principios de la década de los ochenta se mostraron claramente partidarios de abandonar el barco yugoslavo por la vía de la confrontación.
En aquellos años, el que era considerado el bardo de Milosevic, Matjija Beckovic, defendía el mito de Kosovo como fuente inspiradora del discurso nacionalista serbio:”Kosovo es la palabra serbia que más cara costó. Fue comprada con sangre. No podemos venderla sin que la sangre sea derramada de nuevo (…). Hace seis siglos en el globo no había ocurrido nada más importante que la batalla de Kosovo. La palabra que vio el conde Lazar, eligiendo el Imperio celestial, es una palabra dada para siempre, y no podrá retirar nunca. Kosovo es el centro del planeta serbio. En Kosovo, los serbios estuvieron esclavizados la mitad de mil años. Europa no tiene raíz más profunda que la que, a través de Grecia y Bizancio, aflora en nuestra tierra. En Kosovo está enterrado todo el pueblo serbio (…). Las fosas son los único poblados étnicamente puros (…).”
Milosevic manipuló al pueblo serbio con los viejos símbolos y un nuevo discurso teñido de burdas banalizaciones y una retórica simplista y racista. Mezclaba la historia reciente con la épica. En un viaje hacia la nada que sólo podía conducir al suicidio colectivo, el veterano dictador serbio utiliza el mito de Kosovo en el momento más oportuno para legitimarse en el poder, justo cuando el bloque comunista se disuelve como un azucarillo y cuando todas las dictaduras vecinas del Este llegan a su fin. Sólo Milosevic, utilizando al Kosovo como cuartada, consigue sobrevivir a la oleada democratizadora de finales de los 80 e inicia su escalada bélica de sobra conocida. De Eslovenia a Bosnia y Herzegovina, pasando por Kosovo y Montenegro, Slobo, que es como le llaman sus partidarios, incendiaría los Balcanes y provocaría una carnicería por la que hoy responde ante el Tribunal Penal Internacional creado para juzgar sus crímenes.
Luego, en los noventa, la cuestión del Kosovo caería en el olvido. Se anularía la autonomía regional, la actividad de los albaneses contra el poder de Belgrado iría en aumento y el gobierno en Serbia caería en manos de ese mal jugador de póquer llamado Milosevic, quien en palabras de Richard Hoolbroke –enviado especial de Bil Clinton a los Balcanes para desenredar la “madeja” balcánica- era capaz de jugar toda la noche y ganar para a renglón seguido perder de un golpe todas sus victorias y el capital obtenido. Así le ocurrió una y otra vez. Su carrera política comenzó y acabó en Kosovo.
¿Cómo fue posible que la cuestión de Kosovo saliera de las agendas de nuestras cancillerías y no volviéramos a saber de ella hasta un lustro largo? Muy fácil: los dirigentes albaneses de entonces todavía añoraban una solución pacífica del conflicto con el Gobierno de Belgrado y el “Estado” paralelo organizado por el máximo líder albanokosovar, Ibrahim Rugova, funcionaba más o menos sin problemas. Además, Milosevic no buscaba un acuerdo político con los albano-kosovares, sino seguir el administrando la región a través de los dirigentes serbios de su cuerda. Como se vería, esta demencial política sólo pudo dar los peores resultados y conduciría, irremediablemente, al callejón sin salida que padecemos hoy. Y eso que Milosevic, ya advirtió, profético, que “nadie más tendría el derecho a derrotar a los serbios en el futuro”. El paraíso prometido por Milosevic no llegaría nunca, pero antes de adentrarnos en el presente volvamos al pasado de esta región emblemática y controvertida.
2. Kosovo en el pasado y en el presente
En la antigüedad, Kosovo era un territorio habitado por los dardanos que formaban parte, según las crónicas, de las tribus ilirias. Los historiadores albaneses remontan sus orígenes a los ilirios, con los cual sus antepasados ya habrían estado en Kosovo en la época romana, mucho antes que los eslavos, que no emigraron hasta este territorio hasta el siglo VI. La historiografía serbia no reconoce estos orígenes, como es lógico, y siempre han asegurado que su llegada fue anterior a la de los albaneses. De acuerdo con las siempre discutibles tesis albanesas, estos protoalbaneses habrían conservado su identidad étnica no sólo durante la época de ocupación romana, sino también en la época de las invasiones eslavas de la Alta Edad Media.
“En cualquier caso la argumentación albanesa presenta una laguna, ya que los albaneses no aparecen mencionados en las fuentes hasta el siglo XI (1078-79), y entre la antigüedad y estas primeras menciones transcurre un período tiempo de al menos seiscientos años. Resulta más que dudoso que la gran masa de población iliria de Dardania sobreviviese sin verse afectada por la romanización y la eslavización puesto que en otras zonas de la península balcánica tampoco fue ése el caso. Lo más probable es que los antepasados de los albaneses actuales conservaran sus lenguas y costumbres únicamente en territorios aislados, especialmente en zonas de montaña; y es evidente que las llanuras de Kosovo no presentan tales características. Es significativo que los albaneses sean mencionados por las fuentes serbias antiguas como meros pastores nómadas”, escribiría el historiador alemán Peter Bartl.
De esta forma, la tesis de un poblamiento albanés ininterrumpido en Kosovo no se sostendría con firmeza; tampoco se sostendría la tesis serbia de que los albaneses siguieron emigrando hasta la región hasta los siglos XVII y XVIII. La población de Kosovo, al menos durante la Edad Media, era predominantemente serbia. Además, a partir de 1170, en que el príncipe serbio Stefan Nemanja establece el primer Estado serbio de la historia, Kosovo pasaría a ser el centro económico, político, religioso y cultural del pueblo serbio; de sus ricas minas, entre las que destacaban Novo Brdo y Trepca, se extraían metales preciosos que luego eran vendidos a todos sus vecinos. Los bellos monasterios de Decani, Gracanica, la iglesia catedralicia de Bogodorica, Ljeviska en Prizren, así como el patriarcado de Pec, atestiguan la prosperidad que reinaba durante la Edad Media en esta zona de Serbia. En Pec también se hallaba el centro eclesiástico de Serbia, la sede del patriarcado serbio. Y en Prizren, además del ya citado monasterio de Ljeviska, estuvo la capital del viejo reino de los serbios de la dinastía Dushan hasta la mitad del siglo XIV, cuando aconteció la gran “catástrofe” para la historiografía serbia, es decir la llegada de los turcos a la región.
Luego llegaría la famosa batalla de Kosovo Polje, en 1389, el comienzo de la decadencia serbia y de la dominación otomana en todos los Balcanes. La batalla del Campo de los Mirlos, que es como es conocida, terminaba abruptamente con el Estado serbio y significa el fin de las aspiraciones de todo un pueblo en busca de su identidad y espacio vital. La conquista de este territorio, consolidada finalmente en el año 1445, implica la islamización de los nuevos súbditos y la imposición de los modos de vida y hábitos sociales turcos.
Pero su significado, como ya hemos dicho anteriormente, tiene una trascendencia fundamental para el pueblo serbio, el comienzo de una nueva era de oscuridad y dominación. “La derrota dejó una huella indeleble en la memoria colectiva del pueblo serbio: Lo que para nuestros historiadores es el nacimiento de Jesucristo”, afirma Ami Boué en la obra fundamental La Turquía de Europa, “la batalla de Kosovo es más o menos para los serbios. Cada acontecimiento que se cuenta se acompaña de la pregunta: ¿esto ocurrió antes o después de nuestro sometimiento? Y tiene razón Thomas A.Emmeret, cuando lo afirma en su reciente libro El Gólgota serbio: Kosovo, 1389. En el curso de los tiempos, la batalla de Kosovo comenzó a ser vista como el origen de todas las desventuras que Serbia debía sufrir durante los largos años de sumisión a los turcos. Al tema de la derrota se añadió el de la esperanza y la resurrección. Al haber sacrificado voluntariamente Lazar y el pueblo su vida por la fe y la patria, los serbios sabían que a causa de este martirio a manos del infiel, Dios había protegido a Su pueblo y le salvaría un día de la esclavitud”.
Así comenzaba este período de dominio y sometimiento de los Balcanes a manos turcas. La islamización de Kosovo comenzaría en aquellas fechas y el proceso, una vez que la presencia serbia se extingue día a día, se puede decir que aún no concluido. Si tenemos en cuenta los registros fiscales turcos, podemos deducir que en aquellos días tan sólo entre el 4 y el 5% de la población era albanesa. Una población que, en vista del dominio serbio, había iniciado un tenue proceso de asimilación, entre cuyas consecuencias estaba la eslavización de sus nombres y la conversión al ortodoxismo. La conquista turca del territorio traería grandes cambios, pues concluiría esta asimilación referida y comenzaría la conversión masiva de los albaneses al islamismo, algo que no ocurriría con los serbios que seguirían practicando la fe ortodoxa.
Desde aquel momento histórico definitivo, y sobre todo a raíz de la consolidación otomana en 1453-con la toma de Constantinopla- la presencia albanesa, que en aquellos momentos se supone que no era mayor del 5% de la población total de la región, fue en aumento y a partir de 1582 hay noticias de que se habían convertido en el elemento étnico dominante en muchas comunidades kosavares. La albanización por razones políticas o económicas estaba en marcha. Por ejemplo, Gjakove, que en 1485 aparece como un territorio fronterizo de población mixta serbio-albanesa- poseía un siglo después una población predominantemente albanesa; al parecer, en el año 1782 ninguno de sus habitantes era ya capaz de entender el serbio. Algunas comarcas serbias, que a finales del siglo XV estaban pobladas por comunidades de esa etnia, estaban abandonadas cien años más tarde y fueron ocupadas por inmigrantes albaneses de religión musulmana, de la misma forma que también este proceso se dio en ciudades como Pristina.
Con el cambio poblacional variaron, también, la cultura y la religión. Los serbios eran cristianos de obediencia, lo cual les acarreaba tener que pagar numerosos tributos; ante la presión musulmana, la mayoría fue emigrando hacia otras tierras y una minoría optó por mejorar su suerte convirtiéndose en masa al Islam. Los repobladores llegados a la región mostraron menos reparos ante el nuevo credo y se convirtieron en gran parte, gozando de todas las facilidades que daba la pertenencia al Islam a la hora de habitar aquellas tierras.
Los serbios, mientras tanto, se marchan: emigración masiva a Voivodina, y constantes movimientos migratorios hacia el norte a lo largo de los siglos. Un estudioso austriaco, que realiza una suerte de censado en los primeros años del siglo XIX, señalaba que la población albanesa podía llegar al 55%. Los cambios demográficos, incluso antes del final de la dominación otomana, determinarían en un futuro la debilidad serbia por controlar y administrar la región.
Por un lado, estaba la realidad, la triste y adversa historia que se imponía para los serbios, pero también estaba el mito y la leyenda, siempre tan presentes en el proceso de formación nacional de Serbia. “Durante la larga lucha de los serbios por construir un Estado nacional contra el Imperio Otomano, iniciada en 1804, se fue tejiendo la leyenda, según la cual, en vísperas de la batalla de Kosovo Polje, un halcón voló desde Jerusalén hasta el cuartel general del Príncipe Lazar, llevando una alondra en el pico. El halcón era San Elías y la alondra era un mensaje enviado por la Virgen María. Horas antes de enfrentarse a las tropas turcas, Lazar era invitado por el Altísimo a elegir entre la victoria y el reino de este mundo o la derrota y la gloria de los cielos”, escribiría al referirse a estos mitos serbios el periodista Carlos Bradac.
Lazar, al parecer, reflexionó, y escogió la segunda alternativa, dejando como consuelo a los serbios ser testigos, con su sacrificio, de la redención de Cristo y, al tiempo y por ese sacrificio, constituirse en punta de lanza para la constitución del reino cristiano terrenal. La determinación de reconquistar Kosovo, presente en toda la historia de Serbia desde la batalla del Campo de los Mirlos, se apoyaba en unir los dos reinos –el mundano y el celestial- en el esplendor de una única victoria. Sorprende como hasta bien llegado el siglo XIX esta mentalidad, forjada por la Iglesia Ortodoxa y los cantores de la épica serbia, sobrevive en un mundo en profundo cambio y donde las revoluciones liberales son ya el discurso movilizador de los nuevos nacionalismos en todo el continente europeo. En los Balcanes, sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en Europa occidental, la religiosidad ortodoxa iba a ser uno de los ejes en torno a los cuales giraban los nuevos nacionalismos antiotomanos.
En la historiografía serbia sobre Kosovo, “llama la atención la decisiva contribución de autores militares, que junto con el clero ortodoxo aparecen como los verdaderos forjadores de esta leyenda nacional. Así, los textos del general serbio Jovan Miskovic, publicados a finales del XIX en la revista militar Ratnik (“Guerrero”), fueron durante más de cincuenta años la única monografía disponible sobre Kosovo. Con un tono patriótico militante y escasa credibilidad histórica, la obra estaba dirigida a “inspirar a sus soldados en el amor a su patria y lealtad a la iglesia serbia ortodoxa y la tradición serbia”, escribiría el analista Xavier Agirre al referirse a este período histórico donde el nuevo nacionalismo bebe de la religiosidad serbia inspiradora de los cantos épicos y sobreviviente a la ocupación otomano en los monasterios y las pequeñas iglesias. Pero sigamos con el relato de nuestra historia.
La albanización de Kosovo durante toda la época otomana, pero cada vez con una mayor presión y fuerza, respondía a una razón obvia: se trataba de crear zonas tapón islamizadas que no plantearan problemas al Imperio Otomano y que fueran dóciles a las autoridades turcas. Este proceso de albanización-institucionalización, comenzado inicialmente por razones religiosas, continuó a lo largo de toda la dominación turca –a finales del siglo XIX, la proporción de albaneses llegaba al 58% del censo- y no cesó incluso en el siglo XX, aunque las guerras balcánicas de 1912-1914 determinaran que la región se integrase en la nueva Serbia, recién llegada a la escena internacional tras el colapso otomano.
La distribución territorial hecha por las grandes potencias europeas tras la Primera Guerra Mundial dejó fuera de sus fronteras naturales a uno de cada dos albaneses, de tal forma que en el futuro Estado albanés tan sólo viviría una minoría de lo que era la población albanesa de los Balcanes. Fue entonces cuando se reconoció la primera versión de Yugoslavia, nacida en 1918 como “Reino de los serbios, croatas y eslovenos”. Los serbios, por primera vez en mucho tiempo, gozan del territorio “liberado” de Kosovo.
Durante los años de la primera versión yugoslava, los albaneses tenían garantizado el derecho de voto e incluso llegaron a tener algunos representantes en el parlamento. Sin embargo, una revuelta albanesa contra Belgrado, que tuvo su momento álgido con un levantamiento en Kacak entre 1924 y 1925, imposibilitó un diálogo más fluido con los albaneses y la búsqueda de un acuerdo político entre las partes. El ejército yugoslavo, con ayuda de los métodos más represivos y violentos, puso orden en Kosovo e impidió la propagación del movimiento, que, dicho sea de paso, tampoco encontró el apoyo de la nueva Albania, pues el rey, Ahmed Zogu, había sido apoyado por Belgrado para reconquistar el poder y veía a este movimiento como rival y peligroso para sus intereses políticos.
Unos años más tarde, en 1937, el Círculo Cultural Serbio de Belgrado abrió un debate sobre la cuestión kosovar. Representantes del ejecutivo serbio, del Estado Mayor del Ejército y los círculos científicos y culturales serbios estudiaron el problema de la región y el sorprendente aumento demográfico de la población albanesa, que ya en aquellos días amenazaba con superar a la comunidad serbia. La única solución, tal como apuntaba el historiador Vaso Cubrilovic, era la deportación de las poblaciones albanesas o el intercambios de poblaciones, tal como habían hecho unos años antes otros Estados importantes de los Balcanes con sus respectivas minorías: Grecia y Turquía.
Como fruto de estas tesis, en 1938 los gobiernos turco y yugoslavo firmaron un convenio que establecía el traslado de 40.000 familias “turcas” (albanesas) desde Kosovo hasta Turquía. El traslado de estas 40.000 familias, que serían aproximadamente 200.000 personas, se produciría de forma escalonada hasta 1944, a cambio de una compensación económica que pagarían las autoridades de Belgrado. Una vez que estalla la II Guerra Mundial, en 1939, este acuerdo sería cancelando y no se producirían las deportaciones previstas.
En esos años, recién llegada a los Balcanes, la periodista y escritora británica Rebecca West, escribiría acerca de la paupérrima realidad de Kosovo:”Pobres colinas vacías que en tiempos de Milutin habían estado vestidas de pueblos…retiradas en lejanías que eran verdaderamente inmensas, porque un viajero podía recorrerlas durante muchas millas antes de encontrar un lugar en que reinara una vida apacible, con comidas completas y delicadas…había comido caza y carnes bien engordadas, en vajillas de oro y plata…Pero al perder los cristianos la batalla de Kosovo está vida desapareció…Nada…quedó…apenas nada, sólo algo tan tenue como la sombra que proyecto el sol oculto por una nube”,
Tras la disolución de Yugoslavia, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, Kosovo pasa momentáneamente a manos italianas, terminando durante unos años con la dominación absoluta que los serbios habían tenido y quedando una suerte de Gran Albania bajo la égida del Gobierno fascista de Roma. Miles de serbios, según fuentes solventes, serían asesinados por los colaboracionistas albaneses al servicio de Italia; la repetida práctica de la vendetta, como se ve, no sólo es practicada por los serbios.
Concluida la contienda, y sin una gran participación de los albaneses en la liberación de Yugoslavia, la nueva Albania –que también se había “liberado” a sí misma bajo el liderazgo de los comunistas que comandaba el indescifrable Enver Hodxa- quedaba reducida a un 50% de la base territorial en la que vivían y viven los albaneses. Kosovo, por segunda vez en su historia, era integrado en Yugoslavia…un país nuevo controlado por el férreo puño de hierro del Mariscal Tito.
Enver Hoxá, máximo líder del comunismo albanés y primer dirigente de este país tras la guerra, proclamó, en 1943, el derecho de los albaneses a decidir sobre a que Estado unirse en un futuro. Los albaneses de Kosovo tendrían que decidir sobre su pertenencia a Yugoslavia o Albania, reclamó Hoxá. A finales de 1943, Tito, que ya desconfiaba abiertamente de las verdaderas intenciones del líder albanés, escribiría en una carta dirigida a los comunistas albaneses: “Plantear en estos momentos la incorporación de Kosovo y Metohija a Albania no significa otra cosa que llevar el agua de molino de las fuerzas reaccionarias e incluso de las potencias ocupantes que tratan de evitar la lucha armada del pueblo poniendo de relieve una cuestión poco actual y para ellos inocua…No hace falta subrayar que la cuestión de Kosovo y Metohija no constituirá jamás un problema entre nosotros y la Albania democrática y antiimperialista. En estos momentos, hay que fomentar el amor fraterno entre el pueblo albanés y los heroicos pueblos de Yugoslavia y luchar juntos contra los ocupantes alemanes…La nueva Yugoslavia que pensamos construir será un país de pueblos libres, en consecuencia no habrá en el él espacio para la opresión de las minorías albanesas”. Así cerraba el problema albanés y Kosovo, definitivamente, quedaba situado bajo la órbita de la nueva Yugoslavia socialista y titista.
Sin embargo, a partir de la caída del jefe de la policía de Tito, Alexander Rankovic, en 1966, los albaneses comienzan a agitarse en Kosovo y a plantear abiertamente sus demandas. Se reproducen las protestas de los albaneses por toda la región e incluso se da cuenta de numerosos incidentes armados entre la policía yugoslava y supuestos guerrilleros albaneses, que según Belgrado serían apoyados por el régimen “enemigo” de Tirana. Tito, entonces, pondría fin a la “primavera de 1967”, que no duraría más allá de la estación de 1968. El ejército federal yugoslavo es enviado a Kosovo y los rebeldes puestos fuera de juego. La primera gran insurrección del nacionalismo albanés en toda la dictadura comunista sería anulada a merced de una represión despiadada y sin contemplaciones. Sería la última, pues hasta la muerte de Tito no volvería a haber más protestas.
Una vez que el régimen titista comienza agotarse al mismo ritmo que la vida del Marisal Tito, se aprueba la Constitución yugoslava del año 1974. Dicho texto constitucional no concedía al Kosovo el estatuto de república, no equiparaba a esta región con el resto de las repúblicas yugoslavas, no otorgaba a los albaneses los mismos derechos que a los demás yugoslavos, sino que vinculaba su destino al de la República de Serbia –al igual que pasaba con la región de Voivodina- y tampoco contribuía a cerrar un problema que debía de haber sido afrontado de una forma realista por los autoridades. Nada de ello ocurrió.
Poco antes de fallecer, el escritor francés André Malraux definió la paradoja de Kosovo, el pasado serbio y el presente albanés, con una profecía que ha resultado bien cumplida. Al recibir en su casa de París en 1975 al intelectual serbio Z.Stojkovic, Maraux predice para Kosovo una guerra de iguales consecuencias y raíces que la argelina para los franceses: “Vuestra Argelia no está en ultramar o en otro continente, está en vuestro Orleanesado”.
A partir de los años 70, aunque los albaneses consiguieron algunos mejoras en el apartado de derechos humanos, los serbios y montenegrinos siguieron copando la administración central y local, los cuerpos de seguridad, el ejército, la judicatura y la educación. De cualquier forma, a lo largo de 35 años de la dictadura de Tito, los albanokosavores consiguieron algunos avances: tras algunas manifestaciones significativas, el nacionalismo albanés logró la concesión del estatuto de provincia autónoma (1968) para Kosovo, que quedó confirmado en la mencionada Constitución yugoslava de los setenta, dentro del territorio de la República de Serbia. También había numerosos albano-kosovares en muchos puestos de responsabilidad, como administrativos, profesores de universidad y profesionales de prestigio e incluso diplomáticos y militares. Decir que los albano-kosovares fueron marginados durante la época titista es absolutamente falso, aunque hay que reconocer que su bajo nivel cultural y profesional les impidió una completa integración en el sistema. Luego está el alto nivel del Estado yugoslavo en esta región, donde se crearon grandes complejos industriales –algunos todavía visibles, aunque cerrados por la acción de la OTAN- y se desarrollaron notablemente los núcleos urbanos.
De aquellos días de comunismo represor escribía Kaplan, al que cito: “Mientras tanto, Tito había puesto la vecina provincia de Kosovo dentro de la jurisdicción de la república yugoslava de Serbia. Los guerrilleros serbios de Tito asesinaron a muchos albaneses de Kosovo, acusados de haber colaborado con las tropas italianas de Mussolini. Estas masacres desilusionaban incluso a los albaneses comunistas, que hasta entonces habían cooperado con Tito. Durante décadas permaneció vivo el malestar de los más de un millón de albaneses de Kosovo. Tito respondió con cristal y cemento para “levantar una nueva Pristina” en la que habría una universidad. En marzo de 1981, no mucho después de concluir la ciudad, los estudiantes de la nueva universidad, cuyos libros y educación estaban siendo pagados por el gobierno comunista yugoslavo, se sublevaron. Fue entonces cuando los disturbios se convirtieron en una característica de la vida cotidiana albanesa”.
La Prístina de entonces era sinónimo de derrota, de abandono, en tanto y cuanto los serbios se marchaban, mientras la ciudad se transformaba en una ciudad moderna, industrial, gris y, en definitiva, fea y desagradable. Era un cruce de caminos entre el “mundo nuevo” que intentaba construir Tito, basado en el socialismo fraternal, y la nueva realidad nacional en la que creían los albaneses, un mundo monoétnico sin serbios. En esta arquitectura de bloques horribles de color gris, industrias contaminantes, chapas metálicas sobre los tejados y antenas parabólicas al estilo albanés, la realidad del día a día se imponía al mundo serbio, cada vez más relegado y en clara descomposición ante el avance del modo de vida albanés. A todo ello se le viene a unir, a principios de los 80, el final de la Yugoslavia socialista y la desaparición de Tito, quien con mano de hierro mantenía unido el “puzzle” yugoslavo.
La década de los 80 es, en definitiva, el final de la Yugoslavia titista. La grave crisis económica, la aparición de potentes movimientos nacionalistas en casi todas las repúblicas y la escasa capacidad del partido comunista en liderar la transición política y económica, junto con la desaparición del elemento carismático, que era Tito, provoca una crisis total del sistema. Las revueltas en clave nacionalista se reproducirían por todo el país.
Como hemos dicho antes, en 1981 se producen las primeras y masivas protestas de los albaneses contra el poder de Belgrado, al que demandan mayor autonomía y más derechos para los componentes de su etnia. El poder central yugoslavo responde con la violencia y la represión, sin intentar buscar una solución política a un problema que ya estaba latente y que habría necesitado mayores reflejos políticos por parte de la diligencia serbia que no supo entender lo que estaba acaeciendo en la región.
Para la Iglesia Ortodoxa serbia ese año significaba el comienzo del ocaso serbio, el preludio de una tragedia que más tarde se materializaría a finales de los 90 con la salida de los serbios tras la intervención de la OTAN. Un texto premonitorio de lo que se avecinaba lo encontramos en el texto “El calvario del pueblo serbio en Kosovo-Metohija” del pope Atanasije Jevtic, al que cito textualmente: “A partir de esta rebelión (la de 1981), que resurgió en noviembre de 1988 y en febrero-marzo de 1989, los serbios de Kosovo-Metohija comenzaron a ser objeto de un genocidio biológico, económico y cultural”. Como vemos, para ambos pueblos la fecha tiene un significado bien distinto, este “divorcio” entre las partes, esta ausencia de diálogo político, condicionará la vida de Kosovo durante las décadas de los 80 y los 90 e incluso más tarde y tendrá las fatales consecuencias que todos conocemos.
Como argumento decisivo que sustentaba sus tesis, el ya citado Jevtic apuntaba al asesinato de cuatro serbios a manos de albaneses entre 1981 y 1989. Las violaciones, sin embargo, fueron más numerosas, elevándose a 134 entre 1981 y 1988. La Iglesia Ortodoxa se convirtió en uno de los sectores más beligerantes del régimen y contribuyó a crear el cuerpo doctrinario del nacionalismo serbio de los 90.
Entre la muerte del Mariscal Tito, en 1980, y la definitiva deriva nacionalista de Milosevic, en 1989, se suceden toda una serie de ejecutivos infuncionales capaces de poner fin al deterioro de la vida social y económica y al auge generalizado de todos los nacionalismos en la antigua Yugoslavia. Croacia, Eslovenia, Kosovo, Montenegro y Vovodina serían los principales escenarios de las protestas y manifestaciones que en clave nacionalista se van a desarrollar en todo el país. Mientras tanto, en Belgrado, la burocracia comunista, ya apiñada en torno al aparato político de Milosevic, se muestra incapaz de reconducir la crisis y abrir un proceso de diálogo con las distintas direcciones regionales con el fin de atenuar las numerosas protestas, incluso violentas, que se suceden inesperadamente desde la muerte de Tito.
Paralelamente a estos acontecimientos, la Liga de los Comunistas de Yugoslavia se disuelve como un azucarillo, debido, sobre todo, a que sus máximos dirigentes regionales en Croacia, Eslovenia y Montenegro apuestan por un Estado más descentralizado y receptivo hacia el hecho multicultural yugoslavo. Sin embargo, y una vez que Milosevic, en 1989, ha acrecentado su poder, la dirección comunista se niega a aceptar cambios costitucionales y opta por utilizar la fuerza política, policial y militar para aplacar las protestas. Nada de diálogo, la única negociación es la fuerza, es el mensaje que envía Milosevic a las distintas direcciones regionales, desde Ljublijana hasta Skopje, pasando por Zagreb, Podgorica, Sarajevo y Prístina. La represión se convierte en el instrumento de dominación de un régimen incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos e iniciar una reforma al estilo del resto de los países del Este.
En Kosovo, estas tensiones se hicieron todavía más virulentas, pues la lucha siempre implicó la violencia y la represión de cualquier forma de protesta, aunque esta revistiera un carácter pacífico. Miles de personas se echaron a la calle para demandar la autonomía, para reclamar mayores derechos para los albaneses, pero el régimen de Belgrado se mostró incapaz de atender estas demandas, de escuchar al pueblo. En su lugar, Milosevic, a partir de su discurso en el Campo de los Mirlos en 1989, inició una brutal escalada que concluyó con la intervención de la OTAN, sin el beneplácito de las Naciones Unidas, a favor de los radicales albaneses en Kosovo, en 1999, y el final de la presencia serbia en esta discutida región, algo de lo que hablaremos en las siguientes páginas.
30 Abril 2007