El Partido Popular y su deriva parafascista, en un artículo de Ricardo Angoso

4 Abril 2007

Go to fullsize imageLA PELIGROSA DERIVA DE LA DERECHA ESPAÑOLA Y EL VERDADERO PROBLEMA, POR RICARDO ANGOSO
El verdadero problema no es que los líderes actuales  del Partido Popular hayan convertido todas las instituciones políticas en una suerte de permanentes pantallas para la deslegitimación (no democrática), el insulto y la descalificación del gobierno elegido democráticamente  en las urnas. Tampoco que hayan caído en el mas zafio y abyecto ejercicio de la libertad de expresión, habiendo llegado a tolerar en sus actos y manifestaciones expresiones e insultos que desautorizan hasta las mas nobles de las causas. Llamar asesino y terrorista al jefe del ejecutivo, como se hace en las manifestaciones de la ya desacreditada AVT y el PP, constituye un ejercicio de desmesura impropio e inmaduro de un partido que se considera a si mismo una alternativa creíble y razonable, como si esos fueron los comportamientos propios de la oposición democrática en el mundo occidental.

     Instalados en la teoría conspirativa tejida por un magma mediático de reconocibles objetivos y sin haber aceptado todavía, a estas alturas, los resultados del 14 M, la derecha española ha adoptado su tono mas radical, vulgar y ultramontano desde ese logro universalmente reconocido llamado Transición española, utilizando como principales argumentos la insostenible tesis de la ilegitima victoria socialista y el consiguiente proyecto de "destrucción de España", pues era lógico dada su naturaleza "corrupta". Así se construyo un discurso corrosivo, rudo, brutal e incluso insultante hacia casi todas las instituciones del Estado, donde todo lo valía para intentar derribar al adversario y forzar un supuesto cambio político dada la crispación política que generaban, supuestamente, las acciones de Gobierno que auspiciaban los socialistas.

      Sin embargo, y a estas alturas de la legislatura, mas le valdría al PP hacer una reflexión sobre los métodos empleados, el impacto que pueden tener los mismos en la ciudadanía y los resultados obtenidos, aunque quizá ese análisis solo se podrá realizar al día siguiente de que pase la algarabía electoral del 27 M y haya que hablar de la política real, gobernar en las instituciones, con el resto de los partidos. En esta guerra contra todos, incluidos medios de comunicación, los populares se han quedado realmente solos, cobijados en su supuesta bolsa electoral de los "diez millones", y atizados por unos lideres mediáticos que rezuman planteamientos rayanos en lo antidemocrático y muy cerca de la ultraderecha sociológica española.

      Pero tampoco ahí reside el verdadero problema, pues en una democracia todo es legítimamente expresable y todos los argumentos, incluso las tesis antisistema, tienen que tener cobijo legal bajo el paraguas del Estado de Derecho; precisamente en este ejercicio de tolerancia reside la grandeza de la democracia. El final de las reglas de juego de nuestro actual sistema democrático, pactadas durante la Transición, llega en un momento en que se barruntan profundas crisis en casi todos los continentes. En España, estas se resumen en las consabidas, pérfidas y perversas ideas de la conspiración, de la conjura mediática y del supuesto proyecto de “destrucción” nacional, con que los voceros populares nos “alimentan” a diario en su peculiar cruzada contra el socialismo. Podrían haberse ido tras su espectacular derrota en las urnas, pero se quedaron dentro del sistema para intentar destruirlo y variar las normas mínimas de decencia democrática.
  
      El  peligro, y ahí tampoco radica el verdadero dilema, reside en saber hasta donde son capaces de llegar en su radicalizada estrategia y si la misma tendrá éxito, es decir, que obtendrá réditos electorales y contribuirá a un afianzamiento victorioso del PP. Si este último pronóstico se cumple, ya situados en los aledaños de la extrema derecha, pues el discurso tiene demasiados elementos copiados y casi calcados de los grupos ultras del continente, la política española cambiará radicalmente en la peor de las direcciones, se instalará la doctrina de que el fin (la victoria electoral y la derrota del adversario), por los más sucios métodos, justifica los medios. Y, una vez padeciendo tan desolador escenario, todo valdrá para los estrategas de Genova, 13, con tal de llegar lo más pronto al Gobierno. Ese es el verdadero problema al que nos enfrentamos el 27 M, y la única forma de conjurar semejante amenaza ante la deriva parafascista del PP es una respuesta, desde el centro y la izquierda, en las urnas, tal como ocurrió el 14 M.  Tenemos la obligación de situarlos y reorientarlos, al menos, ideológicamente, a través de las urnas, que regresen al sentido común, sino estaremos ante uno de los peores momentos de la democracia española.

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