Ante la grave crisis en Colombia, por Ricardo Angoso

23 Febrero 2007

Go to fullsize imageEn muy poco tiempo, varios congresistas colombianos han sido detenidos, se han producido varias dimisiones al más alto nivel, entre ellas las de la uribista y canciller del país María Cónsuelo Araújo, cuyo principal mérito era la conocida amistad con el máximo líder, y se han sucedido varios crímenes políticos contra activistas de Derechos Humanos que denunciaban y luchaban contra el cada vez más creciente poder de los paramilitares en la política colombiana, también en la economía, pues controlan las tierras y las grandes empresas. Estos acontecimientos, que en otro país hubieran provocado una investigación y tal vez la caída del presidente, el autocomplaciente Alvaro Uribe, no han originado un cambio de rumbo por parte de la dirección política; más bien lo contrario: el núcleo central del uribismo sigue ausente ante los grandes problemas, ha optado por aislarse en su búnker y arremete despiadadamente contra sus críticos y la oposición. No hay mejor defensa que  un buen ataque, al menos eso piensa el inefable Uribe.

Sin embargo, pese a los inoportunos exabruptos de Uribe contra sus oponentes, criticados hasta por los medios afines al presidente (El Tiempo de Bogotá y la revista Semana, siempre tan cautos a la hora de medir sus críticas al poder bogotano y de callar oportunamente sus miserias políticas, que son numerosas), son ya muchos los que han lanzado sus dardos contra la gestión de la grave crisis que padece Colombia. Ya no se puede ocultar lo que hasta ahora era un rumor: las conexiones entre el poder político, a los más altos niveles, y los paramilitares, que controlan parte del negocio del narcotráfico y la extorsión a los campesinos en las zonas más deprimidas, es cada vez más clara y evidente, constatada judicialmente y con suficientes indicios para poner en tela de juicio a un presidente cada vez más ligado a una oligarquía poco deseosa de desligarse de tan pesada carga.

Hasta ahora la gente en Colombia le perdonaba todo a Uribe en aras de que sacara adelante sus ambiciosos programas que iban a llevar la seguridad y la protección a todos los ciudadanos, aunque ello tuviera sus costes sociales y económicos, pero, sin embargo, lo acaecido en los últimos días está comenzando a erosionar la imagen de un presidente que está contra las cuerdas. El analista y dirigente de la izquierda colombiana Alberto Navarro Wolf, desde las páginas del periódico El Tiempo, pedía inútilmente al presidente que tomara partido por los cambios en el campo de la agricultura, rompiendo con los grandes latifundistas y los paramilitares, para llevar a cabo una gran reforma de la tierra en Colombia, algo que la sociedad demanda y que crearía, a la larga, las condiciones para la creación de la tan demandada clase media en esta depauperada sociedad (las mayores bolsas de miseria, no lo olvidemos, están fuera de las ciudades, en pequeñas aldeas y villorrios). Mensaje fallido: Uribe es, en palabras de Navarro Wolf, un “finquero”.

Uribe, fiel a su herencia familiar y política, no va a llevar cabo dichas reformas y romper con el pasado para iniciar una nueva era en este país tan necesitado de cambios. Parece muy difícil que el uribismo, casi al comienzo de este segundo mandato, sea capaz de enderezar el rumbo y hacer frente a la más grave crisis que padece el sistema político colombiano desde hace casi una década. Colombia, por mucho que el presidente Uribe exhiba un triunfalismo de campaña y no sujeto a la cruda realidad, necesita algo más que palabras. Y luego queda por saber si el país podría soportar impasible esta cadena de arrestos, detenciones y sospechas continuadas de los principales responsables de la seguridad, el ejército y la administración colombiana. No hay día que pase sin un escándalo. Ante estos desafíos, que son inmensos, el presidente tiene que ofrecer algo más que la guerra total que ahora propone contra las FARC, sino alternativas reales y soluciones. Sus tácticas manipuladoras y sus huidas hacia delante ya no son creíbles, la gente no puede vivir entre el sobresalto y la indiferencia de sus poderes.

 

Archivado en: Derechos Humanos

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