TRAS LOS PASOS DE BOLÍVAR

11 Febrero 2007


TRAS LOS PASOS DE BOLÍVAR

BIOGRAFÍA DEL LIBERTADOR DE AMÉRICA

RICARDO ANGOSO, 2006.

Para nosotros la Patria es América.

Simón Bolívar

 

Introducción

La vida del Libertador, como la de todos los grandes héroes, está llena de enigmas, leyendas, mitos e incluso falsedades. El presente material, lejos de ser una biografía detallada y prolija en fechas y datos, pretende ser una introducción a la vida y obra del Bolívar político y militar, pero también humano. Hemos querido visitar los escenarios donde vivió, luchó, combatió, sufrió e incluso murió una de las más grandes leyendas de América Latina.

 

Bolívar, contra lo que era el destino de los hombres de su tiempo, viajó por América, conoció Europa y tuvo la suerte de tener una vida plagada de ricas experiencias, vivencias y conocimientos. Nuestro país fue visitado por el Libertador de las Américas y en el centro histórico de Madrid contrajó matrimonio con la que sería su breve y efímera primera y última esposa. Mujeriego, amante de la buena vida, liberal en lo político, masón y algo soberbio, Bolívar encarna el sueño de una América libre y unida, un ideal por el que todavía luchan en aquellas tierras tan cercanas y tan lejanas.

 


Caracas y el Libertador

Nació nuestro Simón Bolívar en Caracas allá por el año 1783. Todavía se puede visitar la casa donde vivió los primeros años de su vida, hoy convertida en museo, y comprobar el pasado acomodado y burgués del que más tarde se convertiría en gran revolucionario y reformador. Junto con el lugar donde reposan sus restos, la casa natal de Bolívar constituye uno de los puntos de ineludible visita de todos los bolivarianos. El año de su nacimiento no deja de ser una fecha premonitoria, ya que en ese mismo año los españoles ejecutarían al caudillo indígena Tupac-Amaru en el Cuzco y comenzaba una era plagada de desencuentros y luchas entre los colonizados y los colonizadores. También por aquellas fechas se producía la independencia de los Estados Unidos, el gran sueño que deseaba forjar para América Latina Bolívar.

 

De padres españoles y egregio linaje, con cientos de años de presencia en las Américas, muy pronto el infante se quedaría sin padres y fue enviado por sus familiares a Europa cuando apenas tenía 16 años. Su familia era acomodada y, como casi todas las de la época, tenía esclavos y propiedades. Más tarde, Bolívar que en cierta medida abominaría de su pasado burgués por influencia de la revolución francesa, ordenaría liberar a todos los esclavos y gastaría toda su fortuna en la causa revolucionaria y también en otros menesteres.

 

Bolívar desembarcó en España, en el puerto de Santoña, y desde allí se dirigió hacia Vizcaya, donde visitó brevemente la hacienda familiar, en la Puebla de Bolívar (Vizcaya), que le desengañó profundamente, quizá porque esperaba que era la cuna de la familia Bolívar fuera un gran palacio y no el amasijo de ruinas con que se encontró. El viejo esplendor del que le habían hablado sus familiares era tan sólo un sueño moldeado por años de desarraigo. Corría el año 1799 y el que sería gran libertador de las Américas era un joven idealista y cargado de proyectos. Desde el país vasco español pasó a Francia, donde estaría varios años, aprendería su lengua, se interesaría por su literatura e historia y aprendería de los revolucionarios franceses tácticas y estrategias. Se empaparía de las ideas liberales, conectaría con la masonería y adoraría, casi en secreto, a Napoleón. Aunque siempre negó, quizá el Napoleón dictador e implacable militar era su ideal de hombre político.

 

En 1802 regresaría a España, donde se alojaría en varias casas de amigos y hombres de influencia de la época, y en la capital, Madrid, en pleno barrio de Chueca, se casaría con María Teresa, su gran amor y única esposa. Hoy una placa, colocada muy cerca madrileña calle Barquillo,  nos recuerda su boda, el 26 de mayo de 1802, en la desaparecida Iglesia de San Cristóbal  y el paso de tan ilustre visitante por nuestra ciudad. También podemos ver una curiosa estampa de los novios, quizá la única que hay, en la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, la ciudad que le vería morir unos años más tarde.

 

En Madrid mantendría una actividad frenética, sería asiduo de las tertulias, asistiría a importantes reuniones, conocería a prominentes figuras de la vida pública y se interesaría ávidamente por la  política española. Comprendió que el Imperio español estaba en decadencia y que la monarquía, tras décadas de negarse a los cambios y reformas que venían de Europa, estaba definitivamente agotada. Es más que posible que en este ambiente de decadencia histórica, de final de un ciclo y de agotamiento político y espiritual, Bolívar comprendiese que había llegado la hora de que los pueblos americanos se emancipasen. Su sueño era crear una gran nación latinoamericana, una suerte de Estados Unidos de América del Sur, ya que era un gran admirador de las ideas norteamericanas y de Washington. En Madrid está documentada su residencia en las calles Jardines y Atocha.

 

Pero tampoco olvidemos la parte lúdica, pues es de sobra conocido que el Libertador tampoco perdió su tiempo y era un asiduo de las grandes fiestas y juergas en la capital de España. Le gustaba vivir muy bien, bebía buenos vinos, gastaba bastante dinero en ropas caras y llevaba un ritmo de vida por encima de sus posibilidades, si tenemos en cuenta que no poseía una gran fortuna y que las arcas familiares estaban vacías. La ayuda de otros familiares, como su hermano, y su rápido acceso a los bienes heredados le permitirían esta vida de lujo y caprichos varios.

 

Su boda sería efímera y su esposa, María Teresa Rodríguez, moriría en 1803 de una extraña enfermedad nada más llegar a América, lo que sumió en un gran dolor y tristeza a Bolívar. Juró ante su tumba que nunca más se casaría y lo cumpliría; tampoco dejaría descendencia conocida y el vacío dejado por la difunta sería inmenso y le embargaría durante toda la vida. Esta situación adversa provocó su segundo viaje a Europa, donde asistiría en Milán en compañía de unos amigos a la coronación de Napoleón Bonaparte como emperador, hallándose presente, incluso, en el momento en que el máximo líder del continente se ciñó la corona de hierro de Lombardía, allá por el año 1804. Aquella imagen le perseguiría de por vida y siempre admiraría ocultamente la figura de Napoleón.

 

También visitaría París y volvería a España, donde tenemos noticias, por sus cartas e informaciones de la época, de sus estancias, al menos, en Madrid, Bilbao y Cádiz. En la ciudad vasca sabemos que, incluso, Bolívar pudo conocer a su primera esposa en su primer viaje y comenzó el idilio que fatalmente terminó con su prematura muerte. Estos son los años, entre 1803 y 1810, en que se le atribuyen a Bolívar numerosos romances, una vida frívola y quizá desordenada y un período formativo, en lo político, que ya era claramente liberal y revolucionario, en el sentido francés de la época.

 

La figura política de Bolívar está notablemente influida por las ideas de la Revolución Francesa, la Ilustración y el enciclopedismo de Diderot y otros pensadores. Bolívar leía francés a la perfección, hablaba un poco de italiano y podía leer el inglés, un conocimiento de las lenguas absolutamente anormal para un hombre de su tiempo. Hasta el final de sus días leyó el pensamiento de los liberales y disfrutó durante horas con los escritos de Rousseau, que incluso releía durante sus descansos entre batalla y batalla, tal como nos cuentan sus asistentes militares en sus memorias.

 

De sus años París, poco conocidos, el escritor colombiano Mauro Torres tiene una visión bastante peculiar de los mismos, a la que cito sin más comentarios: “Rápidamente, pasa Bolívar a París donde lo encontramos ya en mayo de 1804. Aquí, Bolívar da rienda suelta de manera orgiástica, a una vida de placeres, de mujeres y de vino, de salones de juego, siendo el salón de Fanny de Villars, uno de tantos. Ahora es enteramente libre, por lo menos en lo que se refiere a las costumbres. Ya no tiene diques ni guardacantones morales que lo sofrenen, ni madre, ni tíos, ni preceptores, ni esposa. ¡Es libre!”. Son los años en que Bolívar malgasta su fortuna y disfruta de una vida que nunca más volvería a poseer de esa forma; luego llegaría la larga lucha por el poder y la gloria y su efímera muerte, la última batalla que perdió.

 

Regreso a América: la guerra

En 1810 regresa definitivamente a América, aunque siempre soñó con volver a Europa y recorrer las calles de País, quizá la ciudad que más quería. Antes de su llegada a su amada Venezuela, tenemos noticia de que Bolívar estuvo en los Estados Unidos, tal como relataba en una de sus crónicas el periódico New England Courant:

 

“Washington, la capital de la Nación está agasajando dos importantes personalidades, el Señor Simón Bolívar, criollo venezolano educado en España, quien va camino de su país procedente de Londres, acompañado por Francisco de Miranda, un militar de fortuna y veterano de ambas revoluciones: la Americana y la Francesa. ¿Qué puede significar esta visita, sino que muy pronto podemos tener noticias de revolución en el Hemisferio Sur? Tengamos la esperanza que ninguno de nuestros propios comerciantes, demasiado ambiciosos, se arriesgaren en sus viajes doblemente peligrosos, ayudando a los rebeldes y de paso enriquecerse ellos mismos”.

 

El año de su llegada de nuevo a casa coincide con una gran agitación en todo el continente americano, pero también en España, que sufre una profunda crisis política y económica, preludio de la guerra contra los franceses y de la desintegración del Imperio español. La anacrónica situación de mantener una dominación colonial sobre las tierras americanas era ya una idea insostenible.

 

En aquel tiempo, en Quito son degollados los patriotas que luchan contra los españoles, se producen revueltas y algarabías contra los ocupantes en Cartagena de Indias y Buenos Aires y en Cáracas el 19 de abril de 1810 se produce la primera algarada seria contra los españoles, a la que Bolívar rehúsa unirse por motivos nunca suficientemente explicados. La llama de la protesta se extiende por todo el continente y parece ya imparable; México también se suma a las protestas, se producen revueltas en Chile y, en 1811, el Congreso venezolano decreta la independencia del país. Bolívar apoyó tal acto de rebeldía contra los españoles.

 

En esos días, y aprovechando los contactos internacionales y el conocimiento de Europa que tiene, Bolívar se suma a la causa revolucionaria y decide viajar hasta Londres para pedir ayuda a los ingleses contra los españoles. El marqués de Wellesley, a la sazón ministro de exteriores de la Corona inglesa, le da buena acogida y trato agradable, pero se comporta de una forma muy británica: le permite exportar armas hasta América, pero le exige el pago al contado y pagando fuertes derechos arancelarios. La “solidaridad” británica tiene un alto precio para los revolucionarios.

 

“A su regreso de Londres se retiró a la vida privada, nuevamente, hasta que en septiembre de 1811 el general Miranda, por aquel entonces comandante en jefe de las fuerzas de mar y tierra, lo persuadió de que aceptara el rango de teniente coronel en el estado mayor y el mando de Puerto Cabello, la principal plaza fuerte de Venezuela”, escribiría el escritor venezolano Arturo Uslar Pietri.

 

En Puerto Cabello sufriría una primera y gran derrota militar, que le haría entregar a su mentor político, el general Mirada, a los españoles, que nuevamente se habían hecho con el control de Venezuela. Una vez entregado a Miranda, en 1812, Bolívar abandonaría Cáracas rumbo a la Guaira y Curacao. Pese a este revés, sin embargo, la llama independentista ya había prendido en el continente y el proceso de enmancipación nacional de los pueblos latinoamericanos era ya irreversible. Miranda acabaría sus días en una prisión gaditana y siempre le guardaría un gran rencor a Bolívar, al que calificaba como inepto en lo militar y soberbio en lo político.

 

Cartagena le dio la gloria

Entre 1812 y 1813, llamados por el espíritu revolucionario y nacionalista, los ciudadanos de Cartagena de Indias se levantan contra el poder español y proclaman una república. Bolívar, en vista de cómo evolucionan los hechos, toma el primer barco y se presenta allí. Y comienza la leyenda. Bolívar arenga a las nuevas fuerzas independentistas, llama a corregir los errores del pasado y a emprender una lucha por la libertad que debe concluir con la emancipación de América entera. Lanza el manifiesto de Cartagena y la ciudad brilla de emoción, pero también todo un pueblo que anhela la libertad y el final de las cadenas.

 

Mientras España se desangraba y vivía uno de los más momentos más turbios de su historia, los americanos ya luchan abiertamente contra siglos de ignominia e injusta dominación colonial. Paradojas del destino convertirían a un descendiente de españoles, Bolívar, en un abanderado de la causa revolucionaria y quien llevaría a buen término la nueva cruzada emprendida en pro de la liberación nacional. En aquellos días, consciente de que la presencia española ha llegado a su fin, Bolívar escribiría en una carta: “De los negocios de España estoy contento, porque nuestra causa se ha decidido en el tribunal de Quiroga y Riego…Yo que siempre he sido su enemigo (de Fernando VII), ya veo con desdén combatir contra un partido arruinado y expirante”. Bolívar se había convertido ya en uno de los grandes próceres de la epopeya latinoamericana que significa la lucha por la liberación nacional. Un cuadro del Museo Bolivariano de la Quinta de San Pedro Alejandrino nos muestra a Bolívar como un personaje central en la historia latinoamericana y como el hombre que señaló el camino a los que llegaron después, los malogrados Augusto Sandino, Omar Torrijos y quizá el mismo Ernesto Che Guevara. Quizá al pintor le faltaron Hugo Chávez y Fidel Castro, otros dos autotitulados “herederos” de la causa bolivariana.

 

En 1813, ya en plena campaña bélica por la libertad, Bolívar es nombrado brigadier de todos los ejércitos de la Unión y se encamina hacia Cáracas, donde obtiene un relativo éxito al tomar la ciudad. De la entrada en la ciudad, escribiría el francés Henry Ducoudray-Holstein, al que cito textualmente:

 

“La entrada en Caracas de Bolívar fue brillante y gloriosa. Los amigos de la libertad que habían sufrido tan severamente, lo rodearon desde todos los rincones del país y saludaron su arribo con grandes muestras de alegría y regocijo. El entusiasmo fue universal, en cada clase y cada sexo de los habitantes de Caracas. El bello sexo coronó a su Libertador. Ellas cubrieron las calles de flores, ramos de laurel y olivo, a su paso por las calles de la capital. Los gritos de millares se mezclaron con el ruido de las salvas de artillería, las campanadas de los templos y la música; la muchedumbre fue inmensa”.

 

Sin embargo, la gloria duraría poco tiempo y una fuerza comandada por los españoles le obligaría a Bolívar a marchar hacia Jamaica durante unos meses. Ese mismo año México se declararía independiente y el clima de exaltación nacional se acrecentó en todo el continente. Bolívar escribiría, en 1815, una carta desde Kingston donde expone que su sueño es “más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riqueza que por su libertad y gloria”. Incluso más tarde llegaría a pensar con extender su confederación de naciones latinoamericanas hasta la Pampa argentina, quizá llevado por uno de esos efluvios napoleónicos que dominarían muchas de sus ideas y acciones.

 

Más tarde, en 1816, tras un breve período fuera del continente, desembarca Bolívar en Carúpano y nuevamente se pone al frente de las fuerzas, obteniendo grandes victorias frente a los españoles pero también derrotas. Por ejemplo, Bolívar no pudo defender Barcelona y la abandonó a su suerte, lo que provocó una gran matanza por parte de los españoles, que llegaron a degollar a todos sus defensores en uno de los capítulos más negros y sangrientos de esta guerra. Algunos historiadores, muchas veces por su animadversión hacia la figura histórica de Bolívar, han llegado a culpar al personaje de la matanza, pero tal aseveración parece más fruto de la pasión que del rigor histórico.

 

Entre 1816 y 1819 se desarrolla la guerra de la independencia de lo que Bolívar llamaba la “Gran Colombia”, una suerte de confederación de naciones latinoamericanas que incluía a  las actuales Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela. La moral de los españoles se resquebrajaba por momentos y la estrella de Bolívar brillaba con más fuerza que nunca, pese a que también tuvo unos doce reveses militares serios en esas fechas. Luego está el Bolívar cruel, pues en numerosas ocasiones fue implacable, violento y despiadado con sus enemigos vencidos. El escritor venezolano Arturo Uslar Pietri le ha llegado a considerar la primera versión prototípica del dictador latinoamericano, un hombre para el que fin justificaba los medios. Quizá dicha denominación no se acerque a la realidad, pero no debemos olvidar los hábitos y métodos de la época, bastante lejanos de los nuestros y poco ceñidos a lo que hoy conocemos como los derechos humanos.

 

El mismo Bolívar había dejado escrito en aquel entonces que “Usted me conoce y sabe que soy más generoso que nadie con mis amigos y con los que no me hacen daño; y también sabe que soy terrible con aquellos que me ofenden”. Bolívar, gran conocedor de la historia, se sintió influido por el carácter de Napoleón y sus grandes victorias, aunque nunca lo dijera abiertamente. Incluso sus ideas políticas, centralizadoras, unificadoras y escasamente federalistas, bebían de la influencia francesa jacobina y no cabe duda de que su modelo se acercaba más al francés que al norteamericano.

 

Pero el éxito de Bolívar es más político que militar. En 1819 el Congreso de Antioquía decreta la creación de la República de Colombia, que debía incluir, tal como deseaba Bolívar, las actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá. Más tarde, anunciando lo que estaba por venir, Bolívar anunciaría profético: “Cuando yo dejé de existir, esos demagogos se devorarán entre sí como lo hacen los lobos, y el edificio que construí con esfuerzos sobrehumanos se desmoronará en el fango de las revoluciones”. Pero no adelantemos el relato y sigamos con nuestra historia.

 

El momento le es absolutamente propicio; tiene el apoyo de su pueblo y las grandes naciones, Francia, el Reino Unido y los Estados Unidos, alientan su causa. Los medios de comunicación europeos del momento le presentan como un héroe querido y admirado por su pueblo, una suerte de David que lucha contra un Goliat terrible y cruel, que es el imperialismo español. A toda esta conjunción de factores proclives a su causa, hay que añadir que su intuición política le permite controlar la escena del momento, consiguiendo, por ejemplo, que en el año 1820 el Congreso de Angostura le ratificase de nuevo con el título de Libertador, algo que ya había hecho antes una junta ciudadana de Caracas.

 

De aquellos años guardamos un descripción del personaje, que fue realizada en 1818 por el militar británico Richard Vawell y que puede ayudarnos a conocer algo más a Bolívar: “Bolívar, por la época de que hablamos, tenía unos treinta y cinco años, si bien parecía de siete u ocho más. Su rostro era delgado y expresaba paciencia y resignación, virtudes de las dio suficientes pruebas durante su larga carrera política, y que le honran tanto más cuanto que su carácter era muy imperioso. Rodeado de hombres a los que era superior por su nacimiento y educación, no tenía mucho que hacer para que sus maneras pareciesen elegantes; pero una prueba mejor de que era distinguido es que, a pesar de las prevenciones que la Corte de Madrid abrigaba contra los criollos de sus colonias de Ultramar, cuando, en su juventud, fue enviado a la Corte para perfeccionar su educación, Bolívar se conquistó el amor de la hija del marqués de Ustáriz, con la que se casó”.

 

La descomposición de las fuerzas españoles en el continente americano se produce entre 1819 y 1820, pues ya en aquel año la revuelta se ha generalizado en todos los territorios y el virreinato de Nueva Granada está ya casi controlado por las fuerzas rebeldes. Bolívar conquistaría Bogotá y numerosos territorios en esas fechas, mientras que los españoles huyen y se atrincheran en una desesperada acción numantina en la amurallada y escasamente estratégica ciudad de Mompós. Su suerte, tal como se suceden los acontecimientos, está echada. 15 de las 22 provincias de Nueva Granada ya se habían adherido al nuevo Gobierno de Colombia que controlaba Bolívar; los españoles ya sólo poseían Cartagena y el istmo de Panamá. La guerra en el continente estaba a punto de concluir para los españoles; estaban cansados, desmoralizados y, sobre todo, sin un proyecto para esta zona del mundo.

 

La guerra, sin embargo, continuaría a lo largo de los años siguientes. En 1822, Bolívar se lanza con sus fuerzas a la conquista del territorio ecuatoriano y ocuparía en una campaña triunfante Quito, Pasto y Guayaquil para Colombia. Un año antes había conseguido un gran éxito: el Congreso de Cúcuta le había elegido Presidente y Bolívar había comenzado a poner en marcha su modelo político centralista y jacobino, seguramente inspirado de las ideas francesas que tanto había estudiado y tan bien conocía. En aquellas fechas, ya investido del carisma y arrojo que le había dado su gloria política y militar, Bolívar se reuniría con el otro gran prócer de la independencia americana, el general José de San Martín.

 

El militar argentino San Martín escribiría de Bolívar, tras su entrevista, un  relato bastante neutral del personaje, debido a que la entrevista entre ambos no se desarrolló en los términos previstos. Cito textualmente su correspondencia: “Bolívar era muy familiar con el soldado y le permitía licencias no autorizadas por las leyes militares, pero lo era muy poco con sus oficiales, a los que a menudo trataba de manera humillante. En cuanto a los hechos militares de este general, puede decirse que le han merecido, y con razón, ser considerado como el hombre más asombroso que haya producido la América del Sur. Lo que le caracteriza por sobre todo y forma, por así decirlo, su sello especial, es una constancia a toda prueba, que se endurecía contra las dificultades, sin dejarse jamás abatir por ellas, por grandes que fueran los peligros a que hubiera arrojado su espíritu ardiente”. Las ideas de ambos, en lo político, también estaban en las antípodas; Bolívar era más bien liberal, mientras que San Martín concebía una suerte de absolutismo ilustrado de corte monárquico. Nada que ver, nada que hacer juntos.

 

También por aquellas fechas, tal como nos cuenta una placa que se encuentra en la Plaza Mayor de Quito, conocería a una de sus más significativas amantes, Manuela Sáenz, conocida como la Libertadora por su apasionamiento y titánico trabajo en pro de la causa revolucionaria. La conoció en 1820 y la relación, al parecer, se rompió unos antes de la muerte del Libertador. Saénz moriría en 1856 en Perú abandonada por todos, inválida y olvidada del mundo.

 

Bolívar también se empeñó en la liberación Bolivia y Perú, cosechando grandes éxitos allí donde los militares españoles se retiraban. En muy poco tiempo, a merced a sus avances, se convirtió en el Presidente de Colombia, en el padrino político de Bolivia y en dictador de Perú, pero, sin embargo, no fue capaz de conseguir la unidad y combatir las tendencias centrífugas que se desarrollaban en toda América.

 

Un poco después de entrar triunfante en Lima, Bolívar fue despojado ignominiosamente, en 1824, de la jefatura de las fuerzas militares de Colombia por el Congreso, rompió con su antaño aliado, el general Santander, que más tarde le traicionaría, y regresó a Caracas donde juró defender la Constitución que él mismo había “diseñado”. Pese a todo, en ese año de 1824 cosechó uno de sus victorias más impresionantes: la batalla de Aguacucho selló el final del dominio español en América Latina y el desarrollo de las nuevas entidades nacionales latinoamericanas.

 

Sin embargo, el final de su poder estaba cerca. Había sido ya presidente de la “Gran Colombia” desaparecida por las luchas intestinas, de la República de Bolívar (actual Bolivia) en 1825 y también de Perú, entre 1824-26. Estos éxitos políticos y militares no le permitieron a Bolívar evitar las divisiones internas en el seno del movimiento que el mismo había desencadenado y a finales de la década América ya no era una unidad o confederación tal como él había soñado e idealizado. La guerra civil se extiende por toda la “Gran Colombia” que había desarrollado en sus escritos y pensamientos, dejando tras de sí un reguero de conflictos y destrucción humana y material.

 

Bogotá, capital de la inquina

Una vez comprobado que su sueño se ha deshecho por las ambiciones, las luchas internas y las traiciones de todo tipo, Bolívar se retira a Bogotá, donde trataría de seguir ejerciendo su poder absoluto y controlando la vida de Colombia, pero sus enemigos no le dejarían. En 1828, cuando su poder ya ha declinado claramente en toda su área de influencia y la mayoría de los países que había liberado le dan la espalda, Bolívar sufre un atentado por parte de sus enemigos, aunque consigue huir desnudo completamente y refugiarse en un puente durante toda la noche. Una vez desactivada la amenaza golpista, Bolívar actúa sin contemplaciones y ordena ejecutar al general Padilla, al parecer cabeza dirigente de la conspiración contra Bolívar.

 

Los últimos años del Libertador son muy tristes. Colombia se encuentra enzarzada en una cruenta guerra civil, la división es total y los alzamientos contra el poder constituido son moneda corriente. Por quinta vez en su vida, Bolívar renuncia a la máxima diligencia del país y anuncia su retirada con la intención de volver a Europa para realizar un largo viaje.  Quiere cumplir el gran sueño de su vida: volver de nuevo a París, pero como veremos nunca llegará a verlo cumplido.

 

Bolívar se encuentra al final de su carrera, abandonado por todos, abatido, enfermo, solo, con pocos amigos y en un país que ya ha escapado a su control. Una Colombia dividida, enzarzada y al borde de la guerra civil. Su tiempo, pese a su juventud, escasamente 47 años, había pasado definitivamente y llegaba el ocaso de su dilatada trayectoria política y militar. El último atentado, además, le había causado una gran depresión y le había dejado postrado durante una temporada.

 

Pese al estado de cosas tan lamentable que mostraba el país, la gente de la calle le seguía mostrando a Bolívar cariño y admiración, tal como relata el viajero francés Augusto Le Moyne en su diario escrito entre 1828 y 1830, que reproduzco literalmente:”Durante los días anteriores a su salida de Bogotá, la modesta casa de un particular, donde se retiró provisionalmente, se vio constantemente invadida por los miembros del Congreso, las corporaciones civiles, militares y eclesiásticas y hasta por simples ciudadanos que acudían hacerle patente su pesar y los votos que le formulaban. A estas manifestaciones de afecto, más o menos sinceras; se sumó una manifestación por parte de las tropas de guarnición que, al demostrar que el antiguo presidente de Colombia seguía siendo adorado por el ejército, pudo en un momento dado hacer pensar en una revolución: un batallón de granaderos, que no inspiraba confianza y que se quería enviar a otro acantonamiento, se negó a marchar sublevándose al grito de “¡Viva Bolívar!” y manifestando su deseo de volverle a colocar a la cabeza de gobierno”.

 

Ante esta cada vez más difícil situación y sabiendo que su figura concitaba la división y no el consenso, Bolívar preparó sus maletas y se marchó de una ciudad a la que siempre, en cierta medida, consideró hostil, el centro político donde tuvo que luchar duro por conseguir sus objetivos y donde sufrió todo tipo de conspiraciones. Es más que seguro que nuestro Bolívar se alejó de esta capital de la inquina con cierta satisfacción, con la alegría de que muy pronto se embarcaría rumbo a Europa y volvería a su siempre añorada Francia.

 

En Bogotá dejaría su bella casa, llamada hoy la Quinta de Bolívar, donde viviría largos periodos de su vida y donde disfrutaría de una vida relajada y placentera. La casa fue un regalo del Estado colombiano por los méritos militares y políticos contraídos con la patria. En este bello y paradisíaco lugar, situado en pleno centro de Bogotá, muy cerca del barrio de La Candelaria, Bolívar se deleitaba escuchando el piano y bebiendo vinos de Burdeos, dos aficiones que le perseguirían desde su estancia en Francia y que nunca abandonaría. Era un auténtico afrancesado. El único rasgo suficientemente español que le perseguiría de por vida es la sana costumbre de echarse la siesta, algo que hacía incluso en los períodos de mayor tensión militar. Una vez empacadas sus maletas, como se dice en Colombia, no volvería a pisar nunca más la ciudad de Bogotá.

 

De Cartagena a la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta

En Cartagena se quedaría en la casa del Marqués de Valdehoyos, donde se alojó durante varios días con la intención de partir rápidamente hacia Santa Marta y más tarde hacia Europa. Nuevamente volvía a Cartagena de Indias, la ciudad que él decía le había dado la gloria y donde había comenzado a gestarse la independencia de Colombia. Ciudad heroica, resistente y valiente, la urbe entregó a los mejores de sus hijos en la lucha por la libertad y pagó muy cara su rebeldía.

 

Allí, Bolívar, ya rendido por unos avatares incontrolables y enfermo, se sentiría como Napoleón antes de partir hacia Elba. Un testigo que vio al Libertador antes de partir hacia el lugar donde fallecería, José Vallarino, escribiría en su diario, en 1830, la siguiente descripción: “Advertí en la fisonomía de Bolívar mucha languidez. Sus ojos se fijaban y no brillaban como siempre y del lagrimal le supuraba con alguna frecuencia un humor craso que se limpiaba cuando lo sentía descender. Su cuello estaba un poco hundido entre sus hombros. La espalda un poco cargada. El pecho un poco fatigado. Una tos tenue, pero bastante frecuente; tardío en discurrir y sus pasos vacilantes”.

 

Bolívar estaba hundido física y moralmente, sobre todo al comprobar que su sueño de crear una gran nación latinoamericana había fracasado y que en su lugar un sinfín de naciones habían nacido, quizá su legado no deseado a la historia del continente.  Bolivia, Ecuador, Venezuela y la misma Colombia habían desafiado a sus ideas de unidad y ya caminaban por sí solas por la historia de la humanidad. La mayor derrota en aquellos días de Bolívar no era militar, sino política: haber fracasado en su empeño de unir a todos los pueblos de la región en un mismo Estado, algo por lo que había luchado hasta perder sus últimas energías y que había desangrado a la nación. “Temo más a la paz que a la guerra”, había dicho premonitoriamente en los días de la lucha contra los españoles.

 

Una vez abandonada Cartagena, Bolívar se dirigió a través del bello río Magdalena hacia Santa Marta, donde le esperaba un amigo español, Joaquín de Mier, conocido comerciante y agricultor local. El viaje de Bolívar por el río Magdalena ha sido descrito magistralmente por Gabriel García Marquez en El general en su laberinto, libro que nos ayuda a comprener el dolor, la soledad y el desasosiego que invadían al Libertador en sus últimas horas. Mier le recogió en su bella casa: la Quinta de San Pedro Alejandrino. Allí, en aquel espacio recogido, de un verdor increíble, caribeño e idílico, pasó los últimos momentos de su vida Bolívar e incluso, cuentan los testigos que le vieron, regresó al cristianismo. Sus últimos días fueron muy tristes; se pasaba el día postrado, dando cortos paseos por la Quinta y mirando el fluir del río Magdalena, el más caudaloso de Colombia.

 

Podemos imaginar que la ruptura con Manuela Sáenz todavía le abrumaba y que las noticias que le llegaban no eran nada satisfactorias para alguien que había dado su vida a la causa americana. Su gran amigo el Mariscal Sucre, el gran héroe de Ecuador, había sido asesinado ese mismo año y el Libertador se sintió herido y traicionado. Luego Ecuador, que para él siempre había sido una parte inseparable de Colombia, ya era plenamente independiente. El final estaba cerca y Bolívar intuía todas estas tragedias como negros presagios para una vida ya consumida y acabada.

 

Lejos quedaban los días de gloria y apasionamiento político, de grandes batallas militares y de luchas intestinas, atrás también sus amadas Cartagena y Caracas, quizá sus dos ciudades más queridas. Su idolatrada Venezuela, que tanto amaba, también había dado la espalda a sus sueños de unidad y fraternidad latinoamericana. Le habían retirado los honores, para herirle en su orgullo, y su figura era criticada abiertamente. Aún así, en aquellos días tristes, cuando exponía sus últimas voluntades, Bolívar expresó su deseo por ser enterrado en la tierra que le vio nacer. Así sería, pero muchos años más tarde, allá por el 1842.

 

Incluso en aquellas duras jornadas, en que todo en su universo era confuso y adverso, pues la enfermedad que le llevaría a la muerte seguía avanzando, el Libertador se reconciliaría con el cristianismo y volvería a abrazar la fe cristiana, en un hecho tan contradictorio como inexplicable. Juan de Ujueta, un lugareño que le visitó en aquellos días fatídicos en la Quinta de San Pedro, recordaba en su diario: “Como seis días antes del funesto 17 de diciembre de 1830, fui a la Quinta por la tarde, y allí me refirieron como el Ilmo. Sr. Obispo Estévez, que, con el pretexto de visitarle, le habló de disposiciones de conciencia, lo que sorprendió al Libertador, levantándose de su asiento con su viveza natural y observándole que no se sentía tan grave; concluyó por pedirle tiempo para prepararse, llamando después al señor Obispo para confesarse. Después del recogimiento que tuvo de la oración, volvió a llamar al señor Obispo y le encargó de redactar la alocución que deseaba dirigir a los colombianos, dictándosela casi íntegra, la cual hizo reformar hasta por tercera vez”.

 

El Bolívar masón también se rindió ante sus propias ideas, abandonó con tristeza los últimos ideales y la decepción debía de herirle más brutalmente incluso que la tuberculosis que le devoraba desde hacía meses. Bolívar, que había sido líder indiscutible de Colombia y Venezuela entre 1813 y 1830, veía como los dos países se separaban para siempre y seguía apelando a esa “unidad” que ya nunca más volvería. Los primeros días de diciembre de 1830 todo el mundo estaba preparado en San Pedro Alejandrino para el final. El Libertador todavía sueña con que las cosas se pueden reconstruir, aunque se muestra pesimista con respecto al futuro: “verá que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia, y ¡desgraciados de los pueblos! y ¡desgraciados de los gobiernos!”, escribía en una de sus últimas cartas.

 

Finalmente, un día 17 de diciembre de 1830,  a la una y siete minutos de la tarde, como relatan las crónicas, moría Simón Bolívar, llamado el Libertador por su pueblo, querido por muchos, odiado por unos pocos y siempre referente del sueño de la unidad latinoamericana. Según la novelada versión realizada por García Marquez de su fallecimiento, el general exclamó: “Carajos. ¡Cómo voy a salir de este laberinto!”

 

 Su cuerpo fue expuesto durante unos días en el centro de Santa Marta, en lo que hoy es la Casa de la Aduana, y luego llevado para ser enterrado a la Catedral, una vez que se había producido su “reconciliación” con la Iglesia católica. Murió a los 47 años, libre de equipaje, pues había dilapidado su fortuna, y con más apóstoles con los que habría soñado en vida. Su mito, pero también su historia plagada de grandezas y miserias, como la de todos los héroes, se convertiría un referente fundamental en América Latina desde su desaparición; luego vendría el mito bolivariano y la reivindicación de sus ideas y proyectos por casi todos los dirigentes latinoamericanos de todos los colores. Un personaje controvertido pero adorado, estudiado pero muchas veces incomprendido. Pero esa es ya otra historia.

 

 

 

 

LA PRENSA FRANCESA Y LA FIGURA DE BOLÍVAR

Cuando murió Simón Bolívar la prensa francesa de la época recogió con abundante material, incluso inusual para la época, la muerte de este héroe latinoamericano. “Aunque Bolívar por largo tiempo dispuso de una manera casi absoluta de las rentas de tres Estados, Colombia, Perú y Bolivia, murió sin poseer un solo cuarto de los fondos públicos, pero tampoco dejó deudas, no obstante haber sacrificado los nueve décimos de su grandísima fortuna al servicio de la patria y a la libertad de casi mil esclavos que servían en sus haciendas”, escribiría Le Courier Francais.

 

Para Journal du Comerce, “Poco se hablará de la muerte de Bolívar en medio de las inquietudes de nuestra Francia. Ya hacía tiempo que el gran caudillo político de las revoluciones de América Latina llamaba apenas nuestra atención. Luchando con dificultades abrumadoras y consumiéndose lentamente en una tarea que ya no ofrecía la brillantez de sus primeros trabajos, pasaba por el dolor de no poder ser estimado por nosotros a tanta distancia, y de sacrificarse sin recompensa al imperio que ejercía sobre él la expectación de las censuras de Europa”.

 

Le Figaro también se refería a Bolívar de la siguiente forma: “Simón Bolívar nació en Carcas el 24 de julio de 1783. Después de haber seguido estudios en Madrid pasó a Francia. Su recomendación personal le proporcionó allí útiles relaciones de sociedad, de que sólo se aprovechó para prepararse a dar libertad a su patria. Sustrayéndose a los placeres que París le presentaba, se dedicaba incesamente, y a la edad de 23 años, a adquirir los conocimientos que convienen a un guerrero y a un estadista. Después de haber recorrido la Inglaterra, la Italia y una parte de la Alemania, se casó en Madrid con la hija del Marqués de Ustáriz; y seguidamente regresó a su patria, que a la sazón sacudía el yugo de metrópoli. Al principio no fueron felices sus tentativas, hasta que en la batalla de Cúcuta le favoreció la victoria por primera vez”.

 

Y así contaba su muerte Le Quotidien: “Bolívar, cuya salud causaba vivas inquietudes de algún  tiempo a acá, murió el 17 de diciembre último, en San Pedro, pueblecillo cercano a la ciudad de Santa Marta. El 11, después de haber recibido los Sacramentos, extendió una especie de testamento político, en que, después de recordar sus trabajos, se queja amargamente de la ingratitud y de la calumnia, que envenenaron su vida, y que festinaban su muerte. Al concluir este postrer acto, cayó en un delirio que le duró hasta expirar. Sus últimas palabras fueron Unión, unión”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA SOBRE BOLÍVAR:

 

Bolívar, Simón: Obras Completas de Simón Bolívar. La Habana, Ediciones Lex, 1950.

Carbonel, Diego: Autobiografía del general Bolívar. Buenos Aires, Imprenta López, 1947.

De Mosquera, Tomás: Memorias sobre la vida del Libertador Simón Bolívar. Manizales, Hoyos Editores, 2002.

García, Marquez: El general en su laberinto. Madrid, RBA, 2004.

Lynch, John: Simón Bolívar. Madrid, Crítica, 2006.

Madariaga, Salvador: Bolívar. Buenos Aires, Editorial Sudamérica, 1959.

Masur, Gerhard: Simón Bolívar. México, Biografías Grandeza, 1960.

Noguera, Anibal y De Castro, Flavio: Aproximación al Libertador. Testimonios de su época. Bogotá, Plaza y Janes Historia, 1983.

Ocampo López, Javier: Historia Básica de Colombia. Bogotá, Cuatro por Cuatro Editores, 2000.

Sañudo Torres, Rafael: Estudios sobre la vida de Bolívar. Bogotá, Editorial Bedout, 1975.

Torres, Mauro: Moderna biografía de Simón Bolívar. Bogotá, Ecoe Ediciones, 2004.

 

Archivado en: Historia 16

Dejar un comentario

Requerido

Requerido, hidden

Etiquetas html permitidas:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <code> <em> <i> <strike> <strong>

Trackback a este entrada  |  Suscribir a los comentarios via RSS Feed


la ue y la inmigracion

MANIFIESTO JUSTICIA PARA SERBIA: NO A LA INDEPENDENCIA DE KOSOVO

Menú

Calendario

Febrero 2007
L M X J V S D
« Ene   Mar »
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728  

Biblioteca