EL FRACASO DE LA REPÚBLICA DE WEIMAR (1919-1933)

11 Febrero 2007


 

 

EL FRACASO DE LA REPÚBLICA DE WEIMAR (1919-1933)

EL CONTEXTO HISTÓRICO DEL ASCENSO DE  HITLER AL PODER

POR RICARDO ANGOSO, 2007.

La expansión del poder de Hitler constituyó en buena medida el reflejo de la debilidad tanto del orden interno como del internacional en aquella década. La crisis de Weimar había sido tan profunda que Hitler sólo necesitó tocar las estructuras restantes para que se vinieran abajo.

Ian Kershaw

 

El final de la Primera Guerra Mundial

El 28 de junio de 1919 terminaba la Primera Guerra Mundial. Los países vencedores en la primera gran contienda mundial firmaron con los perdedores un gran acuerdo para dotar a Europa de unas nuevas fronteras y, en definitiva, sellar un nuevo orden internacional. El Tratado de Versalles trataba de poner orden en la escena europea, garantizar una paz duradera para el mundo e imponer unas condiciones a los vencidos que evitaran futuras guerras. Nunca un Tratado consiguió efectos más paradójicos y contradictorios, pues sentó las condiciones para la futura contienda mundial y para el ascenso de los fascismos en los países vencidos. Pero también la escasa determinación de las potencias occidentales a la hora defender los principios democráticos, tal como ocurrió con los casos de Checoslovaquia, Polonia y España, sentó los cimientos, en los años 30, para la deriva imperialista y guerrera de las emergentes potencias fascistas.

 


A la frustración y el sentido dolor patriótico por haber perdido la guerra, Alemania y Austria-Hungría tenían que sufrir la pérdida de numerosos territorios, el pago de cuantiosas indemnizaciones y unas condiciones tan onerosas que les colocarían en unas condiciones realmente adversas para recuperarse de una guerra. La crisis económica que padecía toda Europa tras la contienda se agravaba en Alemania por el peso de las sanciones y las reparaciones de guerra.

 

Siguiendo unos principios que muchas veces no se ajustaban a criterios étnicos, sino más bien a consideraciones políticas de unas grandes potencias que tan sólo pretendían debilitar a los derrotados, los vencedores impusieron a Alemania unas condiciones basadas en la humillación territorial, en una desmilitarización forzada y en la aceptación del pago de unas deudas de guerra imposibles de pagar para un país en bancarrota y en plena ebullición social tras la guerra. Los mapas, además, eran absolutamente irracionales en muchos casos; respondían más bien a unas lógicas políticas-militares que trataban de dividir a los vencidos que a criterios de racionalidad política.

 

Peor parada quedo Austria-Hungía, que tuvo que aceptar su partición en dos Estados y la pérdida territorial de importantes zonas del antiguo Estado. Transilvania fue adjudicada a Rumania, Voivodina, Bosnia y Herzegovina e incluso territorios situados en Eslovenia y Croacia a Yugoslavia, Bucovina a Ucrania y la otra orilla del Danubio, donde había una importante comunidad húngara, a Eslovaquia; uno de cada tres húngaros quedaba fuera de sus fronteras y repartidos en cinco Estados. Un drama recordado todavía por los ultranacionalistas húngaros y los poetas como el gran drama nacional magiar.

 

Las potencias vencedoras fijaron unas fronteras para Europa Central y los Balcanes que en el futuro, tal como se vería dos décadas después, serían fuente inagotable de problemas y conflictos. La Sociedad de Naciones creada tras la guerra, precursora de las Naciones Unidas, tendría sobre su mesa nada más comenzar innumerables quejas y querellas de las minorías con respecto al trato que le daban los nuevos Estados en los que habían sido incorporadas obligatoriamente. Luego, debido a su incapacidad por poner orden en los contenciosos y el abandono de Alemania, la institución colapsó y estos problemas explotaron súbitamente, a veces de forma violenta, otras mediante la vía política.

 

En lo que respecta a Alemania, el Sarre quedó bajo la administración de la Sociedad de Naciones, que concedió a Francia su explotación económica durante 15 años; Eupen y Malmedy fueron cedidas a Bélgica; el pequeño territorio de Schleswig-Holstein pasó a dominio danés después de los resultados de un plebiscito y la mayor parte de la Provincia de Posen y Prusia Occidental, parte de Silesia, pasaron a dominio  polaco. Luego, las ciudades costeras del mar Báltico, Danzig y Memel, se configuraron como ciudades libres bajo autoridad polaca y de la Sociedad de Naciones.

 

No obstante, aparte de los fríos datos, millones de alemanes quedaban fuera de las fronteras de Alemania, lo que más tarde alimentaría los fuegos del discurso victimista y ultranacionalista nazi y también crearía numerosos contenciosos con los nuevos Estados creados, en muchos casos, artificialmente, tal como era los ejemplos de Yugoslavia y Checoslovaquia. A este respecto, hay que recordar que la cuestión de los Sudetes, donde residían unos tres millones de alemanes, fue la espita que abrió las puertas a la Segunda Guerra Mundial y que le sirvió a Hitler como señal de aviso de que Francia y el Reino Unido no estaban dispuestos a mover un dedo por sus supuestos aliados. Pero no adelantemos acontecimientos, sino que sigamos el orden cronológico de toda esta historia.

 

Alemania, 1919

En enero de 1919, una vez que Alemania ha solicitado el armisticio el pasado año y ha asumido con claridad la derrota en la guerra, los trabajadores y estudiantes de Berlín, junto con las de otras ciudades, se echan a la calle para protestar por un conflicto que consideran injusto y fruto de las contradicciones propias del capitalismo. La protesta se torna en una auténtica revolución socialista, con sus propios consejos obreros, y amenaza con socavar el poder del endeble gobierno que trata de dirigir el país después de la catástrofe de la derrota.

 

En dicho movimiento revolucionario participarían activamente los dirigentes comunistas Rosa Luxemburgo y Kart Liebknecht, quienes en un principio se opondrían pero que más tarde se sumarían activamente al mismo. Más tarde, ambos fueron asesinados tras el ahogamiento en sangre de la revuelta. En efecto, las fuerzas más reaccionarios del antiguo ejército monárquico, junto con los Freikorps, grupos de mercenarios nacionalista de extrema derecha, auxiliaron al débil gobierno alemán y, en apenas unos días, sofocaron con una auténtica matanza la revuelta. Cientos de personas que se habían sumado a la revolución, la mayoría considerados “espartaquistas”, fueron detenidas, torturadas y después ejecutadas, en un “aquelarre” sangriento todavía recordado en Berlín todos los 15 de enero. Los llamados “espartaquistas”, grupo que más tarde daría paso al Partido Comunista Alemán (KPD), eran una escisión del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) que se habían ido del partido por oponerse radicalmente a la entrada de su país en la Primera Guerra Mundial, por considerarla un enfrentamiento entre países imperialistas y ajeno a la intereses de la clase obrera.

 

Los militares alemanes, que controlaban el país tras la huida del káiser Guillermo II, habían evitado, con esta matanza, un supuesto giro a la izquierda del país, y  la “anarquía”. Las revueltas revolucionarias, que se habían iniciado en noviembre de 1918, duraron algo más de tres meses y se habían extendido a todo el territorio, aunque el movimiento tuvo especial fuerza en Berlín y Munich. Aunque inicialmente no era propiamente una insurrección comunista, la influencia de la reciente revolución soviética (1917) y las ideas marxistas de muchos de sus protagonistas, como Luxemburgo y Liebknecht, la caracterizan como un revuelta que bebe ideológicamente y estratégicamente de dicha revolución, cuya influencia fue decisiva en ulteriores movimientos revolucionarios en toda Europa.

 

Para el escritor alemán Sebastián Haffner, la revolución fue un movimiento espontáneo y popular ante la difícil situación que se vivía en Alemania, tal como expone: “Es sabido que la Revolución de 1918 no fue una operación premeditada ni planeada con antelación. Fue un subproducto del colapso militar. El pueblo –¡de verdad, el pueblo!, no hubo prácticamente ningún líder- se sintió engañado por sus dirigentes militares y políticos y los ahuyentó. Los ahuyentó, ni siquiera los expulsó, pues ya ante el primer indicio de amenaza y espanto todos, empezando por el káiser, desaparecieron sin hacer el más mínimo ruido ni dejar el menor rastro, más o menos como, más adelante, entre 1932 y 1933, lo harían los dirigentes de la República. Los políticos alemanes, empezando por los de derechas hasta llegar los de izquierdas, tienen muy mal perder”.

 

Contando con el apoyo de los socialdemócratas, que estaban muy divididos antes, durante y después de la guerra, los militares y la derecha alemana sellaron una alianza tácita que sentó las bases para la formación de la República de Weimar, que debe su nombre a la ciudad alemana donde se constituyó la primera Asamblea Nacional constituyente tras la guerra y consiguiente derrota del país en los frentes de batalla.

 

La nueva República era un régimen semipresidencialista, dominado por la derecha tradicional alemana, los socialdemócratas moderados y una extrema derecha potente y reorganizada tras la guerra en varias formaciones, pero que seguía teniendo una presencia fuerte en el ejército, la policía y la administración alemanas. En los primeros años de existencia del régimen, y quizá para frenar el ascenso de los comunistas, el nuevo sistema político trató de atraer hacia sí a los socialdemócratas y dos de sus grandes líderes, Friedrich Ebert (1919-1925) y Hermann Müller (1920 y 1928-1930) ocuparían las principales responsabilidades del país, siendo, respectivamente, uno primer ministro y el otro canciller.

 

El caso de Ebert es significativo, pues fue una de las figuras claves a la hora de apagar el fragor revolucionario de los más izquierdistas y un hombre de Estado que creyó en el parlamentarismo como la mejor fórmula para dirimir los conflictos de la Alemania de su tiempo. Impulsó grandes reformas, tanto en el campo como en el mundo laboral, y fue uno de los precursores de lo que ahora se conoce como Estado de Bienestar. Siempre aliado de la derecha y el ejército, a los que aunó a su causa con el fin de frenar a la extrema izquierda y a los comunistas, consiguió detener la instauración de una república socialista en la Alemania de posguerra e intentó, sin éxito, llevar a la política alemana de la posguerra por la senda democrática y constitucionalista, quizá un esfuerzo inútil para un país hundido en una crisis de tan hondo calado y profundidad.

 

En 1919, una vez que la frustración, la crisis económica y la desolación se han apoderado de un pueblo alemán que se ha visto forzado a unas duras condiciones fijadas por los vencedores, también se asiste a un hecho fundamental en la historia de Alemania sin el cual no se podrán explicar los acontecimientos futuros: es fundado el Partido Obrero Alemán. Creado por los extremistas Antón Drexler y Kart Harrer, en sus inicios fue un pequeño partido de ideas contradictorias, a medio camino entre el populismo izquierdista y las ideas más reaccionarias. Mas tarde, a esta formación política se le vendría a unir un ex cabo herido en la guerra, Adolf Hitler, quien más tarde iría escalando puestos en la dirección del partido y llegaría a controlarlo hasta convertirlo en el Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP), más conocido como el partido nazi que llegaría al poder en el año 1933. Paradójicamente, Hitler no era alemán, sino austriaco y no obtendría la nacionalidad alemana hasta una fecha tan tardía como 1928.

 

Entre 1919 y 1923, mientras los políticos socialdemócratas y liberales trataban de sentar las bases para un régimen democrático y parlamentario para Alemania, muchos se dedicaban a conspirar contra el nuevo régimen, bien desde la filas de la extrema derecha como de la extrema izquierda. El argumento de las duras reparaciones impuestas a Alemania era el argumento recurrente de la extrema derecha, mientras que la extrema izquierda fijaba sus objetivos en una revolución socialista al estilo soviético. Ambas grupos, en un principio aliados estratégicos contra su enemigo común, el gobierno alemán surgido tras la guerra, más tarde colisionarían y llevarían a la República de Weimar al colapso.

 

“En la primavera de 1920, los intentos de Gustav Noske de disolver los Freikorps se saldaron con la exigencia de una crisis de gobierno y un Putsch dirigido por el antiguo líder del Partido de la Patria y miembro de la dirección de la DNVP Wolfgang Kapp. El golpe fue fácilmente aplastado por la resistencia de de la propia burocracia a seguir las órdenes de los nuevos gobernantes y, sobre todo, por la huelga general convocada por los trabajadores, que derivaría en un levantamiento armado reprimido con inaudita dureza por un sector de los propios golpistas, al servicio ahora de Gustav Noske. El levantamiento, que tuvo especial incidencia en la cuenca del Ruhr, continuaba la línea de movilizaciones que se habían ido reiterando desde noviembre de 1918, provocando un distanciamiento cada más insalvable entre las diversas facciones izquierdistas”, escribiría sobre este periodo el historiador Ferran Gallego en su libro De Munich a Auschwitz.

 

Como resultado de todas estas tensiones, conspiraciones y falta de expectativas de una sociedad que se consideraba humillada, en las elecciones de junio de 1920 los socialdemócratas y los grupos más moderados que habían apoyado al nuevo régimen sufrieron un importante revés electoral, mientras que los grupos más radicales y antisistema aumentaban su representación en el nuevo parlamento.

 

Luego la gravísima crisis económica, con sus graves secuelas de la hiperinflación entre 1921 y 1923, golpeó con fuerza a casi todos los sectores sociales, pero sobre a los que tenían menor poder adquisitivo, preparando el caldo de cultivo para el descrédito del sistema democrático y permitiendo avanzar socialmente a las fuerzas más radicales. Los diversos gobiernos, incluido el moderado que lideró el  dirigente católico Joseph Birth entre 1921 y 1922, una reconstrucción de la primera coalición que sentara las bases para el régimen de Weimar, no consiguieron frenar la hiperinflación y detener el periodo de depauperización que sufría la sociedad alemana. Los alemanes llevaban fajos con millones de marcos para hacer sus compras diarias, los alimentos y productos básicos subían de precios en apenas horas; el caos se había apoderado del país y nadie parecía ser capaz de detenerlo.

 

El año 1922, como anuncio quizá de lo que estaba por llegar, fue asesinado Walter Rathenau, uno de los grandes estadistas alemanes de este período y  hombre de negocios polifacético. Fue el que dio mayor aliento a la economía alemana después de la primera guerra mundial, obteniendo considerables créditos extranjeros, y dando gran impulso al sistema de racionalización de las industrias. Habiendo sido el artífice de grandes acuerdos con sus vecinos, pero sobre todo con Rusia, con quien firmaría el Tratado de Rapallo, era un hombre hábil y pragmático, un demócrata convencido que creía en el parlamentarismo y el diálogo. Su muerte era mal augurio para el nuevo régimen democrático.

 

Al parecer, Rathenau fue asesinado por la ultraderecha, en alza en aquellos momentos, aunque su crimen nunca será esclarecido porque, al parecer, sus ejecutores se “suicidaron” posteriormente en una comisaría de policía, tal como denunciarían los propios agentes que los habían detenido. La muerte del conocido político, de origen judío, causaría una honda conmoción en Alemania y son muchos analistas los que señalan que su muerte privó al país de una gran figura capaz de haber resuelto muchos de los problemas con que más tarde se enfrentaría la República; su proyecto nacional, de una Alemania prospera y en paz con sus vecinos, se venía abajo, mientras los más radicales de los dos extremos seguían conspirando para hacerse con las riendas de una nación en busca de su espacio e identidad en un continente convulso y con graves problemas tras una larga contienda bélica.

 

Mientras en la política alemana se sucedían numerosos sobresaltos, como la muerte de Rathenau, Hitler escalaba puestos en las formaciones ultras y en apenas dos años, entre 1920 y 1922, ya se había hecho con el control del antiguo Partido Obrero Alemán e incluso lo había cambiado de nombre por el de Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP), habiendo llegado a expulsar de la formación a alguno de sus fundadores, como Drexler, por no secundar su estrategia de masas y mítines masivos. Hitler ya se dedicaba de lleno a la política y había hecho de la ciudad de Munich, ciudad siempre emblemática para la ultraderecha alemana y los círculos cristianos más radicales, su centro de actuación política.

 

El Putsch de Munich

Instalado ya en la cúspide del movimiento nacionalista y creyendo que había llegado el momento de madurez para su revolución política, Hitler pensó que el año 1923 era el momento propicio para lanzarse a la acción directa y tomar el poder. La situación de la sociedad alemana era desesperada, los precios subían alarmantemente, los obreros perdían poder adquisitivo y el caos político, con los grupos extremistas en alza, estaba causando auténtico pavor incluso en las clases medias. A estos elementos absolutamente desfavorables que el ejecutivo alemán del momento no era capaz de revertir, se le vino a unir la ocupación franco-belga del Ruhr, en un craso error de los dirigentes franceses del momento, que no supieron medir los efectos de su política de humillación y pillaje con respecto a Alemania. El nazismo, una ideología sobre todo victimista, nacionalista y profundamente antioccidental en el sentido democrático y parlamentario, nutriría una buena parte de su “artillería” ideológica de entonces con gestos como el de Francia, considerados como una suerte de afrenta colectiva al pueblo alemán. Las democracias occidentales no comprendieron en su momento la gravedad de la situación alemana y muchos de sus movimientos, entre 1919 y 1933, contribuyeron al desarrollo y expansión del nazismo.

 

En noviembre de 1923, y tras comprobar Hitler el malestar intenso que se vive en la sociedad alemana, pero sobre todo en los sectores empresariales, el ejército, la policía y los grupos más nacionalistas, los nacionalsocialistas se deciden a dar un golpe de Estado contra el régimen democrático en Munich, con la esperanza de que más tarde el movimiento se propagase por todo el país, incluida Berlín, cayera el régimen democrático y se instalara un régimen autoritario.

 

Sin embargo, la escasa capacidad militar de los alzados, el nulo apoyo que todavía tenían en la mayoría social alemana y errores de cálculo del propio Hitler convirtieron al golpe en una acción propiamente de opereta. Intentaron, tras un mitin en una cervecería y tomar algunos rehenes, hacerse rápidamente con el poder en la ciudad, lo que les impidió la policía tras dos días de enfrentamientos y tiroteos. Murieron catorce nazis, convertidos después en héroes por el movimiento, y hubo numerosos heridos, incluso el propio Hitler y su lugarterniente Hermann Göring.

 

Hitler había calibrado mal la fuerza de su movimiento, ya que no fueron tantas las adhesiones que recibió el golpe como el escaso calor que tuvo a nivel de calle. Tampoco se unieron sectores significativos de la policía y el ejército tampoco secundó la acción, al tiempo que la derecha liberal y los partidos tradicionales condenaron el motín que no había ido más allá de una algarada callejera, pero que demostraba que los nazis y Hitler iban en serio, es decir, que pretendían tomar el poder por cualquier forma, incluida la vía armada, y no iban a cejar en su objetivo final de derribar el sistema democrático y construir un Estado autoritario.

 

“El año 1923”, en palabras del ya citado Haffner, “preparó a Alemania no para el nazismo en particular, sino para cualquier aventura fantástica. Las raíces psicológicas e imperiales del nazismo son mucho más profundas, como hemos visto hasta ahora. Pero entonces sí que surgió aquello que hoy confiere al nazismo su rasgo delirante: esa locura fría, esa determinación ciega, imparable y desaprensiva de querer lograr lo imposible, la idea de que “justo es lo que nos conviene” y “la palabra imposible no existe”.

 

Sin embargo, el partido nazi, pese a que oficialmente había sido ilegalizado, continuó con su actividad, tolerada por las autoridades, y Hitler tan sólo  cumplió una condena de nueve meses de los cinco años que había sido condenado. El régimen parlamentario volvía a mostrar su debilidad frente a los extremismos y esta tolerancia hacia los mismos, incluida la condena de Hitler, sería letal en el futuro, un aviso para navegantes de que todo estaba tolerado y de que el sistema no se implicaría de una forma efectiva en la lucha contra el nazismo y los demás movimientos antisistema.

 

El golpe de Estado de 1923 había fracasado, también los planes de Hitler de llegar al poder de una forma rápida naufragaban; tardaría más de una década en entrar en el gobierno del país y después sería el final del sistema democrático. La extrema derecha, que había estado muy atenta a los últimos acontecimientos y que pretendía obtener réditos políticos del descontento social, empezaba a considerar la posibilidad de alianzas con Hitler y veía en el NSDAP una fuerza a tener en cuenta en el futuro, pese la situación de clandestinidad en la que se mantenía después de los acontecimientos de noviembre de 1923.

 

Así llegamos a las elecciones de 1924, quizá el primer síntoma de que la descomposición del régimen político de la República de Weimar ha comenzado y que los partidos tradicionales no saben dar una respuesta a la crisis total que se vive en la Alemania de entonces. Los nazis todavía no están presentes, pero ya se anunciaban los síntomas de la descomposición reinante.

 

Un contexto internacional desfavorable para la nueva democracia alemana

Tampoco el contexto internacional era nada favorable, pues acaba de ocurrir la ocupación del Ruhr y los vencedores proyectaron el Plan Dawes para Alemania, una suerte de paquetes de medidas financieras que fueron vistas como una interferencia en la política económica alemana. El electorado alemán, en un contexto de gran desánimo y crisis, giró a la derecha con respecto a las elecciones de 1920; también se produjo un considerable aumento de la abstención. En definitiva, los partidos que apoyaban a la República de Weimar obtuvieron unos escasos resultados y los movimientos populistas de derechas comenzaban a despuntar. Los comunistas, con algo más del 12% de los sufragios, mostraban que a partir de ahora serían una fuerza protagonista en la sociedad alemana hasta que la llegada de Hitler al poder los pusiera fuera de juego por bastantes años.

 

En cuanto a la presidencia del país, el militar Paul von Hindenburg consiguió hacerse con la máxima jefatura alemana, en 1925, derrotando ampliamente a los comunistas, los socialdemócratas y la derecha tradicional. La desaparición del socialdemócrata Ebert en aquellas fechas también impidió a la socialdemocracia ejercer un liderazgo sólido, al tiempo que la división de la izquierda entre el KPD y el SPD favoreció al viejo mariscal. Hindenburg ocuparía este puesto entre 1925 y 1934, un año después de la llegada de Hitler al poder.

 

Sin perder ni un momento, una vez que Hitler es liberado de la prisión se pone manos a la obra y al trabajo de reorganización del partido. Su estancia en prisión ha sido productiva, ya que ha escrito su programa político, el Mein Kampf, y el partido ha estado minado por las sucesivas crisis internas. Hitler, precavido y desconfiado del resto de los dirigentes del NSDAP, había dejado la formación en manos de alguien sin carisma, Arthur Rosenberg, y tampoco esperaba que los resultados electorales durante su estancia en prisión fueran lo suficientemente significativos para deslegitimarlo, tal como ocurrió.

 

En lo que se refiere a su programa político, pocas cosas habían cambiado: la necesidad de una jefatura sin discusiones, la superioridad de la raza alemana en una Europa en decadencia por el “judeobolchevismo”, una suerte de “socialismo” popular antimarxista que luego fue capaz de convivir con el capitalismo alemán desarrollado y la “traición” que había sufrido Alemania en la Primera Guerra Mundial, sobre todo a manos de los judíos, los comunistas, los socialdemócratas y los “infrahumanos”, un nuevo concepto que engloba a todos los no arios y que justificaría más tarde la “necesaria” expansión germánica. Se trataba, en definitiva, de un programa basado en teorías pseudocientíficas y poco rigurosas, pura demagogia destinada al fácil consumo de las masas, tal como planeaba Hitler con acierto.

 

Nada más estar en la calle, a principios de 1925, Hitler comienza a reorganizar el partido no sólo en el plano administrativo, sino en cuanto a su estrategia y discurso. Hitler, tras su salida de la cárcel de Landsberg, ya había decidido utilizar las reglas del mismo sistema democrático para llegar el poder y después socavarlo, cuando no hundirlo. Tras el intento de golpe de Estado y su paso por la prisión, los peores augurios se habían apoderado de un movimiento que estaba inerte y desgastado socialmente.

 

Lo primero que hizo Hitler nada más salir de la prisión fue hacerse con el poder total, tal como siempre había deseado y que nunca más delegaría hasta el final de sus días, aislando a sus detractores y reclamando para él el liderazgo del nuevo movimiento. Ya se había convertido en el Führer, con apenas un discurso vacuo y plagado de exabruptos totalitarios, y había comenzado el camino sin retorno que terminaría en un búnker allá por los finales de abril de 1945.

 

En aquellos días, el partido nazi y su máximo líder, Hitler, no eran absolutamente determinantes en la vida política alemana. La derecha tradicional seguía controlando la escena política y personalidades como Wilhem Marx, del partido Zentrum (Centro), y Franz von Papen, un conservador clásico, seguirían siendo los líderes de una burguesía alemana que se negaba a compartir el poder con la izquierda y mucho menos con los excéntricos nazis, a los que veía como elementos desclasados e integrantes del populacho.

 

Entre 1924 y 1928 han sido considerados los mejores años de la República de Weimar, pese a los problemas, conflictos y vicisitudes económicas. Son muchos los que piensan que sin la gran crisis de 1929 y la escasa sensibilidad de las potencias occidentales hacia Alemania en aquellos años el nazismo nunca se hubiera llegado a producir, Hitler nunca hubiera llegado al poder. En las diversas elecciones regionales habidas en ese período, la fuerza de los nazis era muy residual y todo apuntaba que nunca pasarían de ser una formación sin capacidad de ser alternativa en el sistema político alemán.

 

El juego electoral  discurría sin sobresaltos y las elecciones de 1928 confirmarían esta tendencia. En las mismas, los socialdemócratas conseguían los mejores resultados de la historia de la República de Weimar, con algo más del 30% de los sufragios; la derecha tradicional perdía algunos puntos y un sinfín de organizaciones sectoriales y regionales entraban en el nuevo parlamento y condicionarían al futuro gobierno. Los comunistas y el famoso Zentrum perdían un punto cada uno, pero seguían con una importante presencia parlamentaria. Los nazis, como muestra la tendencia a la marginalidad señalada antes, tan sólo obtenían 2,6% de los votos y una docena de escaños. La decepción de Hitler era inmensa y tan sólo un cataclismo, como el que ocurriría un año más tarde, podría salvar al movimiento de la catástrofe.

 

La gran depresión de 1929

El 29 de octubre de 1929 se produjo el desplome de la bolsa de valores de Nueva Cork, una crisis de proporciones desconocidas hasta ahora y que iba a tener consecuencias más allá de las fronteras norteamericanas. En la Alemania de la posguerra el impacto de la crisis fue automático: los inversores retiraron su dinero de inmediato, las bolsas se derrumbaron sin remisión, las empresas comenzaron a quebrar por miles y el desempleo aumentó hasta los tres millones de trabajadores, una cifra record y desconocida hasta ese momento; más tarde, en 1932, el porcentaje se dobló y llegó a alcanzar hasta los seis millones.

 

Las grandes empresas alemanas cerraban sus puertas, la crisis se apoderaba del país y el ejecutivo no era capaz de dar respuestas a una “cataclismo” de tan hondo calado. Se calcula que en ese período la industria alemana producía un 50% menos que hacía unos años y que se exportaban dos terceras partes menos que el año anterior; Alemania estaba necesitada de un ajuste duro y de respuestas adecuadas, algo que los políticos de entonces no fueron capaces de dar. Las políticas económicas puestas en marcha no fueron capaces de parar la crisis y la situación social era desesperada, antesala de que se producirían “turbulencias” políticas en los próximos años.

 

“Octubre de 1929. Un otoño crudo tras un hermoso verano, lluvia, clima riguroso y, ante todo, una especie de presión en el aire que no estaba relacionada con el tiempo. Insultos en las columnas de anuncios; uniformes diarreicos en las calles y rostros molestos antes ellos por primera vez; los silbidos y el traqueteo de una música marcial estridente y ordinaria. En la Administración, desconcierto; en el Reichstag, alboroto; los periódicos llenos de información sobre una crisis de Gobierno lenta e inacabable. Todo nos resultaba siniestramente familiar, olía a 1919 o 1920. ¿El canciller no era el pobre Hermann Müller, que ya lo había sido en aquellos años? Mientras Stresemann había sido ministro de Asuntos Exteriores, nadie había preguntado mucho por el canciller. La muerte del primero era el principio del fin”; resumía Haffner al referirse a dicho año.

 

Mientras la crisis política se agudizaba y la situación económica estaba fuera de control, Hitler se preparaba para la toma del poder, sabía que las condiciones no podían ser más óptimas y que el país se encaminaba hacia un callejón sin salida en donde él podría emerger como una gran líder. Antes de la crisis, en el verano de 1929, ya había puesto todas sus dotes oratorias al servicio de la organización nacionalsocialista y en el congreso del partido, celebrado en Nuremberg, cuidó al máximo la escenografía, los uniformes y el discurso. Seguía apelando a un fuerte autoritarismo, ya que las masas no podían gobernarse por sí solas tal como se estaba viendo, y hacía falta la figura de un gran líder, con puño de hierro, que pusiera orden en la desordenada Alemania de entonces. Los demás líderes del partido, ya claramente marginados, observaban absortos cómo Hitler iba escalando todos los peldaños hasta llegar a lo que denominaba como el “poder total”.

 

En este contexto, y con un nazismo con el viento a su favor por la persistencia de la crisis política y económica, Hitler cosechó, a finales del año 1929, unos excelentes resultados en las elecciones regionales en Baden y Turingia, parciales de las parlamentarias que se anunciaban para el año próximo ante el alto grado de descomposición política que vivía el país. El gran éxito del Hitler de aquellos años había sido estratégico: había anulado a todos los líderes que le hacían sombra en su partido y había aupado hasta el máximo poder a una camarilla de dirigentes que le eran absolutamente fieles, como eran los casos de Joseph Goebels, Hermann Göring y Rudolf Hess. Todo ello, unido a la infuncionalidad de un sistema que no sabía ni podía generar respuestas a las crisis políticas y económicas, había hecho el resto.

 

Paralelamente a esta estratagema política, los nazis también habían conseguido dominar la calle a través de las temidas Secciones de Asalto que dirigía el antiguo amigo de Hitler Ernest Röhm, un enigmático homosexual rudo y violento que atacaba sin rechistar a sus oponentes comunistas y demócratas y que era temido por una buena parte del partido. Las calles de Alemania de aquellos años se convertían en numerosas ocasiones en improvisados campos de batalla; la violencia política, también utilizada por los comunistas, estuvo muy presente en la vida de Alemania hasta la llegada de Hitler al poder, cuando todas las formaciones son ilegalizadas y se instaura la dictadura del terror nazi.

 

Las elecciones de 1930

En lo que respecta a la política tradicional, Hindenburg recurrió a Heinrich Brüning, un economista conocido por su perspicacia financiera. Burning fue nombrado Canciller de Alemania el 29 de marzo de 1930, tras el hundimiento del gobierno de coalición socialdemócrata de Hermann Müller, en un esfuerzo de remediar la crisis económica causada por la Gran Depresión.

 

Sin embargo, con apenas de unas semanas de mandato, sus recetas para la crisis fueron rechazadas por el Reichstag y no se pusieron en marcha hasta el verano, cuando el presidente Paul von Hindenburg empezó a gobernar por decreto, basándose en el artículo 48 de la constitución de Weimar, prescindiendo del parlamento. La política económica fue incapaz de parar la crisis, aparte de que en lo político no consiguió una gran coalición ni con la izquierda ni con los nazis, los que esperaban ver su caída. Hitler, incluso, llegó a reunirse con Brüning y rechazó cualquier posibilidad de acuerdo. Tras fracasar en las negociaciones sobre el rearme y la prohibición de las organizaciones paramilitares nazis, Hindenburg, siguiendo los consejos del general Kurt von Schleicher sustituyó a Bruning el 30 de mayo de 1932 por otro miembro de la misma ala derecha de su partido, Franz von Papen.

 

Aparte de estas consideraciones económicas, que explican parte de la grave situación de Alemania pero no toda, el sistema político no funcionaba y se mostraba incapaz de dar una respuesta a la crisis que se vivía. Hindenburg, en vista de la gravedad de la situación, optó por la peor de las salidas: unas elecciones parlamentarias. Los nazis aprovecharían la debilidad del régimen para atacarlo aún más y para presentar a los alemanes que el mismo era una imposición “versallesca” y foránea, ajena a los intereses de su propio pueblo. En vista de los resultados, está claro que el discurso había calado  en numerosos sectores. No obstante, no adelantemos acontecimientos y examinemos las elecciones que habían sido convocadas por Hindenburg para salir de la parálisis política.

 

“Las elecciones de septiembre de 1930 tuvieron un gran impacto sobre partidarios y enemigos del nazismo, sobre sus militantes y sobre quienes, hasta entonces, habían considerado que el movimiento hitleriano era una parte prescindible del edificio político de Weimar. A partir de ese momento, las decisiones políticas que se tomaran en la marcha de la república debían considerar cuál era la posición del NSDAP, qué capacidad tenía de bloquear alguna salida de forzar un tipo determinado de alianzas. Este es el principal cambio de calidad que se da en el último tramo del régimen creado en 1919. El nazismo había conseguido que la política de Weimar girara, en buena medida, en torno a su existencia, bien peligro, bien como esperanza, bien como resignada compañía de viaje”, señala el historiador Ferran Gallego.

 

En dichas elecciones, los socialdemócratas aguantaron el tipo, aunque a la baja, los comunistas subieron una veintena de escaños, la derecha tradicional perdió una buena parte de su electorado y los partidos sectoriales seguían conservando una cuota de votos cercana al 15% de los votos. El gran salto, sin embargo, lo había dado el partido nazi, al pasar de su 2% anterior al 18,3% de los votos, pasando de los 12 escaños anteriores a los 107. El movimiento nazi se hallaba en plena expansión y obtenía uno excelentes resultados en todas las regiones, excepto, paradójicamente, en Baviera, donde el electorado católico parecía seguir prefiriendo a los partidos tradicionales. Los partidos tradicionales, en definitiva, habían sido duramente castigados y los partidos antisistema avanzaban de una forma clara.

 

Por otra parte, la crisis económica seguía su imparable curso, destruyendo empresas y empleos. Nadie fue capaz en la escena europea e internacional de prever el drama que se abatía irreversiblemente sobre Alemania. La crisis de Alemania era total, un caos que amenazaba con la gran catástrofe que se avecinaba, mientras la clase política democrática se perdía en interminables querellas y luchas intestinas. El barco alemán naufragaba, mientras su clase política parecía ajena a su propio drama.

 

Con estos elementos, y todavía con un tandem Hindenburg-Brüning intentando maquinar en busca de una solución a los problemas del país, Hitler sabía que tenía todo el tiempo del mundo para dejar que fracasasen. Además, se había ganado la simpatía de una buena parte de la derecha clásica, que no supo vislumbrar la dimensión criminal del proyecto nazi, y de una buena parte de la sociedad que ya no veía como una tragedia la llegada del nazismo al poder.

 

El fracaso de la política de Brüning por detener a Hitler

El canciller Brüning, con sus muchos errores, constituye el último intento racional por atajar los problemas de la República de Weimar. Aunque quizá fracasase en lo económico, era plenamente consciente de que el problema esencial del sistema era político. Intentó aplicar nuevas y viejas recetas a una crisis latente, pero no era la hora de la racionalidad y el debate intelectual, sino que las calles ya estaban en manos del populismo demagógico de Hitler y el ímpetu revolucionario de los comunistas, que se sentían derrotados y traicionados desde la contrarrevolución de 1918, de la que culpaban a los socialdemócratas y a la derecha. El fracaso de Brüning supone el final de la República de Weimar, pues ya a partir de entonces la derecha alemana aparece claramente ligada al nazismo y el movimiento que lidera Hitler ya es dominante en la sociedad de entonces.

 

Luego hay factores sociales que explican el nazismo, como el hundimiento de las clases medias durante la crisis del 29, la división de la izquierda, que siempre favoreció electoralmente a la derecha, y la ausencia de una burguesía ilustrada con una auténtica vocación democrática. En muy poco tiempo, el que transcurre desde las elecciones de 1930 hasta las de 1932, en las que gana Hitler, la derecha alemana se deja seducir por el nuevo Führer y los nazis son vistos de una forma más benévola en una sociedad que se aventura hacia su propia partición. Los líderes de la derecha prefirieron el orden nazi a un incierto desorden que podía llevar al país a una revolución socialista. Incluso la prensa liberal y burguesa comienza a ver con mejores ojos al experimento nazi y abraza formas más autoritarias en lo político.

 

Personajes como Franz von Papen, uno de los líderes del Zentrum católico, son claves para explicar el ascenso de Hitler al poder. Preferían la implantación de un régimen autoritario en Alemania, aunque fuera aliándose con los nazis, que un pacto democrático con los socialdemócratas e incluso comunistas para salvar a la República de Weimar. Papen,  que había sido expulsado del Partido de Centro Católico por traicionar a Brüning, no tenía prácticamente apoyo en el parlamento, pero consiguió hacerse con el poder brevemente entre 1932 y 1933, los años decisivos en que Hitler escala los últimos peldaños hasta llegar a su objetivo final: la instauración de una dictadura con un único Führer.

 

Hombre de grandes ambiciones políticas y sin escrúpulos a la hora de pactar con los enemigos mismos de la democracia, Papen, que más tarde llegaría a ser embajador de la Alemania nazi en Turquía, constituye el mejor paradigma de lo que fue la derecha alemana de entonces; estaban dispuestos a todo con tal de continuar en el poder, incluso pactar con Hitler, y no estaban dispuestos a prescindir del mismo a pesar de que su política suicida pusiera en juego al mismo sistema democrático. Papen, a pesar de que no era tomado en serio por muchos actores políticos de la Alemania de entonces, consiguió ganar la credibilidad de los empresarios, terratenientes y militares alemanes, que elegían como mal menor a un derechista que al tenebroso Hitler.

 

Mientras estas maniobras políticas se gestaban, con la aquiescencia cómplice del mismísimo Hindenburg, el partido nazi seguía creciendo en la sociedad alemana, doblando su militancia y haciéndose presente en todas las calles de Alemania, bien a través de las Secciones de Asalto o grupos de militantes que se plantaban ante las tiendas y negocios de los judíos con pancartas antisemitas. No obstante, nadie pensaba que el movimiento fuera a ir más allá y fuera capaz algún de hacerse con el “poder total”.

 

Pensaban que con una serie de medidas, sobre todo de índole económica, como las intentadas por Papen durante su breve paso por el gobierno, podrían parar el ascenso del nazismo. El país se estaba sumido en un ciclo de violencia, crisis, debilidad institucional e incapacidad de reacción ante lo que sucedía, mientras que la clase política se mostraba autista y ajena a la gran tragedia que se avecinaba.

 

1932, finales de la República de Weimar

Las elecciones presidenciales de mayo de 1932 volvieron a demostrar el alto crecimiento que había tenido el partido nazi en los últimos tiempos y su gran capacidad de movilización en la sociedad alemana. Sin que quizá nadie lo hubiera previsto, Hitler rivalizó con Hindenburg por la presidencia del país, en un gesto que mostraba su osadía política y su verdadera intención –nunca ocultada- de hacerse con el control del país.

 

Lo más sorprendente fue el resultado: aunque no ganó las elecciones, Hitler consiguió más de 11 millones de votos y convirtió a su partido en la primera fuerza del país, pues al viejo mariscal Hindenburg le apoyaban una conglomerado de fuerzas que iban desde la derecha clásica hasta los socialdemócratas. Los comunistas, mientras tanto, se hundían y apenas llegaban a los 5 millones de votos; Hindenburg, que había conseguido 18 millones de votos, se veía obligado y humillado a pasar a una segunda vuelta con el mismísimo Hitler. En apenas unos años, los que van de las elecciones de 1928 hasta las presidenciales de 1932, Hitler había convertido a su movimiento en el principal partido político de Alemania y en un fuerza a tener en cuenta; la derecha clásica, hasta ahora dominante, pasaba a ser periférica en el nuevo sistema de partidos de la República de Weimar o de lo que todavía quedaba de ella.

 

En la segunda vuelta, Hitler volvió a demostrar la capacidad del movimiento que había puesto en marcha, ya que consiguió superar los 13 millones de votos y poner en aprietos al veterano Hindenburg, que aunque había ganado sabía que a partir de ahora tendría que contar con un personaje al que despreciaba. Nuevamente, la derecha clásica y los partidos que habían apoyado tradicionalmente a la República de Weimar salían malparados de los comicios. Pero lo peor aún estaba por llegar, pues se habían anunciado elecciones parlamentarias para julio de 1932 y los peores augurios señalaban que los nazis podían ganarlas. Si la derecha clásica estaba fuera de juego ante el avance nazi, hay que reseñar que la izquierda tuvo escasa visión  política y no fue capaz de unirse para frenar al nazismo; los resultados de tan demencial estrategia se verían en apenas dos años, cuando la mayoría de los líderes socialdemócratas y comunistas acabarían sus días en las ergástulas nazis. Por primera vez en la historia aparecerían unidos, aunque fuera en las ergástulas recién abiertas por la Gestapo. El momento de la izquierda había pasado.

 

“Las elecciones del 31 de julio de 1932 mostraron los síntomas del estado de crispación en que se encontraba el país y lo desdichado de su convocatoria. Von Papen y Schleicher podían esperar un crecimiento espectacular de los nazis, acorde con los últimos resultados generales, pero una caída paralela tan acusada de los partidos más moderados”, señalaba Ferran Gallego.

 

Los socialdemócratas y los comunistas no sumaban entre los dos los escaños obtenidos por los nazis, lo que revela la magnitud de la victoria nazi: casi catorce millones de votos y 230 escaños. La derecha moderada, con apenas un centenar de escaños, se convertía en la fuerza bisagra de la situación, pero sus exiguos resultados y su atomización les impedirían en el futuro jugar un papel clave, estando destinados en el futuro a ser engullidos por la maquinaría nazi.

 

Hindenburg, mientras tanto, se resistía a entregar el “poder total” a Hitler, es decir, la cancillería, pues tenía miedo acerca de las verdaderas intenciones del Führer y, quizá, presentía el advenimiento de una dictadura. El antiguo militar apostó todavía inútilmente por la fórmula de Papen, pero el partido nazi, aliado con los comunistas, se encargó de hacerle la vida imposible en los escasas semanas que duró su gobierno. Papen tenía un parlamento absolutamente adverso y no había nadie en la escena política detrás de su proyecto, por mucho que la clase empresarial y los terratenientes alemanes creyeran en él durante algún tiempo. Los nazis querían abocar al país a un todo o nada, en donde el pueblo alemán tuviera que elegir entre ellos o el caos. En aquellos momentos, no había nadie en la escena alemana capaz de disputar con los nazis el poder y ser una alternativa creíble y razonable. Hitler, tal como le diría a Göering años más tarde en una, siempre había jugado en su vida al “todo o nada” y quería todo.

 

Con un parlamento ingobernable, un canciller sin apoyos parlamentarios y un partido nazi cada vez con más fuerza y potencia en las calles, a la que no eran ajenas las Secciones de Asalto de Röhm, que acallaban sin miramientos cualquier disidencia hacia el movimiento, Hindenburg condujo de nuevo al país al callejón sin salida que representaban unos nuevos comicios.

 

En efecto, el 6 de noviembre de 1932 los alemanes volvieron a votar y, sorprendentemente, se produjeron algunas sorpresas: los nazis perdían votos y escaños, mientras que la derecha moderada aumentaba ligeramente sus posiciones. Los comunistas aumentaban escaños en detrimento de los socialdemócratas. Resumiendo: el parlamento era de nuevo ingobernable. La única buena noticia era que los nazis perdían posiciones y que aún había alguna esperanza, aunque quizá ya era demasiado tarde para reaccionar.

 

Demasiado tarde para un Hindenburg cansado, agotado y enfermo. También para una derecha y unos partidos tradicionales que nunca supieron calibrar la gravedad de la amenazaba tras el fenómeno nazi y la dictadura que se avecinaba. Muy pocos en Alemania eran capaces de entender lo que realmente significaba Hitler y el proyecto dictatorial que representaba para el país.

 

Hindenburg, en aquellos momentos, todavía mostró algo de lucidez y desechó la opción de Hitler como figura para presidir un gobierno, temía acerca de sus verdaderas intenciones y quizá presentía el trágico final que le esperaba a la República de Weimar. Tras la dimisión del desgastado Papen, Hindenburg nombró a Kart von Schleicher como candido de consenso y quizá todavía con la capacidad para conformar una nueva mayoría legislativa.

 

El viejo general Schleicher sería el enterrador de la república de Weimar. Intentó, sin éxito, ganarse a los nazis y que incluso entrasen en el gobierno, pero Hitler, evidentemente tenía otros planes: la destrucción de la democracia parlamentaria y su dictadura personal. Intentando una democracia transversal e intentando atraerse a todos los sectores sociales, el nuevo gabinete trabajó seriamente por reconstruir la paz social y política del país, algo que no interesaba a los nazis pues minaba sus bases doctrinarias basadas en el fatalismo y la suerte de una “conjura internacional” contra Alemania.

 

Pero, nuevamente, la derecha alemana se mostró incapaz de entender los verdaderos peligros que acechaban sobre el sistema democrático, e incluso Papen flirteó con Hitler en aquellos momentos en aras de conseguir una posición predominante de cara al futuro. Los nazis aprovechaban la debilidad y la creciente división en el seno de la derecha para seguir en su carrera ascendente en la sociedad alemana. Schleicher, a pesar de contar con el apoyo e Hindenburg, estaba destinado a ser un gobierno efímero, apenas unos meses. Los socialdemócratas, que tenían más miedo al cada vez más creciente aumento del voto comunista que a los nazis, pues la sangría del partido comunista les había hecho perder votos y escaños en los últimos años, tampoco estaban por la labor de apuntalar a un gobierno derechista y se dejaron contagiar por esa ignorancia, cuando no irresponsabilidad colectiva, que se apoderó de la Alemania de entonces.

 

El gobierno de Schleicher, pese a sus buenas intenciones y algunos éxitos puntuales, estaba definitivamente finiquitado. El propio Hindenburg, tras haber tolerado los contactos entre Hitler y Papen, que incluso habían sentado las bases para un cierto consenso social acerca de la entrada de los nazis en el gobierno, fue el encargado de anunciar a Schleicher, en enero de 1933, su final y, en apenas dos días,  Hitler accedió a la máxima responsabilidad de gobierno de Alemania sin contar con la mayoría parlamentaria, que le había suministrado de una forma sumisa y casi irreverente la derecha moderada alemana.

 

Los errores de Papen que todos pagarían

Papen, que llevaba meses conspirando contra el gobierno de Schleicher e incluso contra Hindenburg, había preferido el pacto con Hitler antes de buscar un gran acuerdo democrático que permitiese haber salvado la República de Weimar. Lo que no sabía es que muy pronto muchos de sus correligionarios, los que tuvieron la suerte de sobrevivir al nazismo, estarían en los mismos campos de concentración que sus colegas socialdemócratas y comunistas. Pero la ambición de Papen no tenía límites; con tal de sobrevivir políticamente y conservar la cartera de vicecanciller en el nuevo gobierno de Hitler estaba dispuesto a todo, incluso sacrificar sus supuestas ideas liberales y democráticas.

 

El papel de Papen en toda la trama que lleva a Hitler a sus máximas aspiraciones es fundamental, sin su figura no se pueden explicar los sombríos acontecimientos que se suceden en Alemania entre 1931 y 1933. El mal llamado gobierno de la “Alianza Nacional”, que es como se llamaba el primer ejecutivo con nazis en las más altas responsabilidades, estaba preparando el camino hacia la dictadura nazi, el comienzo de las desdichas para casi todos los alemanes y, más tarde, para todos los europeos. Después, el propio Papen, incluso, llegó a ser arrestado y no acabó sus días como el resto de sus colegas de partido debido a que Hitler se apiadó de él en el último momento.  Algunos de sus colaboradores, sin embargo, no corrieron la misma suerte y serían ejecutados dos años más tarde de formar gobierno con los nazis.

 

Hitler, sin embargo, tenía unos planes muy distintos a la derecha alemana. Pensaba caminar hacia otros comicios, disolver el parlamento y acabar con la influencia del viejo Hindenburg, aparte de quitarse del medio en un futuro a los pusilánimes líderes de la derecha, “gente blanda”, en su fuero interno. Pero aún era pronto y sabía que tendría que mantener las formas hasta la “victoria total”. Hitler no concebía la política como un juego de compromisos, pactos o consensos, sino como un sistema unidireccional en donde sólo cabían sus ideas y las del resto debían ser erradicadas. La democracia era un instrumento que sólo debía ser utilizado para destruir el sistema desde dentro, las formas se mantenían hasta que se hubieran conseguido los objetivos del proyecto.

 

El gran error de los Papen, Hindenburg y otros fue subestimar a Hitler, pensar que podrían controlarlo y llevarlo por la senda racional, la democrática. Pensaban que el movimiento nazi se podría adaptar a las formas democráticas, renunciando a la violencia, y formar parte de un proyecto creíble y capaz de trabajar con el resto de las demás fuerzas políticas. Pero nada de eso ocurriría, desde luego. Los nazis siguieron utilizando la violencia contra sus adversarios, armando a sus hombres y preparando el camino para la consumación del proyecto dictatorial.

 

Nadie detendría la potencia violenta y el arranque casi suicida de un movimiento, el nazi, que había nacido, crecido y ascendido en la naturaleza violenta, pues era su forma y razón de ser. Hitler sabía que su éxito se lo debía al caos y la utilización de la violencia; su mismo discurso, que no ocultaba nada, estaba basado precisamente en ese culto a la guerra como forma para resolver los problemas de Alemania. Se creía que si él sucumbía también lo haría Alemania, pues su suerte ya estaba ligada ad eternum al proyecto que el mismo había unido a su suerte y a su propio pueblo. Su posterior suicidio, y su deseo de que Alemania también sucumbiese, tienen mucho que ver con estas pasiones que Papen, desde luego, ignoraba. Pero sigamos con el relato de nuestra historia.

 

Así, confiados de que las cosas son reconducibles, la derecha alemana y el propio Hindenburg convocan unas nuevas elecciones parlamentarias para el 5 de marzo de 1933, su enésimo y último error, pues ya no tendrían ocasión de equivocarse más veces: Hitler jubilaría para siempre a los conservadores alemanes, al menos por casi veinte años para los que tuvieron la suerte de sobrevivirle. Papen confiaba en que las nuevas elecciones le dieran un mayor juego político en el parlamento y poder controlar a la “bestia” que él mismo había creado.

 

Hitler llega al poder

Una vez que Hitler ha llegado al poder, al que sólo acompañan sus acólitos más incondicionales como Joseph Goebels, Hermann Göring y German Frick, el terreno se está preparando para ejecutar los planes que el nazismo tenía preparados para Alemania. Los socialdemócratas y los comunistas siguen enzarzados en sus eternas disputas, mientras que la derecha alemana sigue prefiriendo un pacto con Hitler en vez de buscar una suerte de fórmula o consenso democrático que permita salvar la República de Weimar. El final del régimen parlamentario se acerca.

 

Hitler, sabedor de las eternas disputas que dividen y restan fuerzas a los demócratas, decide actuar y dar la “puntilla” de muerte al sistema democrático. Hindenburg, que ya está muy enfermo y se ha rendido a la supuesta “necesidad” de aceptar el mal menor del nazismo, todavía se resiste a creer que está a las puertas del hundimiento del sistema democrático por que él tanto se había empeñado hasta ahora, al menos en sus formas legales. Pero las Secciones de Asalto de Röhm, siguiendo órdenes de Hitler, incendian el parlamento antes de las elecciones, siendo acusados los comunistas de estar detrás del atentado. Y los Papen y Hindenburg, quizá intentado sobrevivir políticamente ante el naufragio que se avecina, aceptan las tesis del nazismo y vuelven a preferir a los nazis que a la izquierda. La República de Weimar ha terminado.

 

Así, los nazis consiguen varios objetivos: varios dirigentes comunistas son detenidos y acusados de estar detrás de la conspiración y la derecha alemana, ya convencida de la supuesta malignidad de los comunistas, se echa en manos del nazismo. También se dictan medidas muy duras que legitiman el terrorismo de Estado, la supresión de algunas libertades públicas y derechos y, lo que tanto añoraba Hitler, la restricción de la mayoría de los derechos políticos. La dictadura está en ciernes, tan sólo falta que las nuevas elecciones previstas para las siguientes semanas confirmen lo que se espera: una gran victoria del nazismo, para así cerrar de una vez por todas el parlamento y las instituciones democráticas. Los planes de Hitler, con el consentimiento de una derecha alemana que creyó en él durante algún tiempo, se están cumpliendo a la perfección. Como dice Gunter Gräss en su novela El tambor de hojalata, “érase una vez un país que creyó en Papa Noel y  Papa Noel se acabó convirtiendo en un ogro”. Alemania se rendía a la demagogia de Hitler, aceptaba sus formas autoritarias y retrogradas, sin cuestionar sus métodos y modos, mientras el mundo se preparaba para el horror de la guerra, las cámaras de gas y los asesinatos masivos.

 

Pero tampoco conviene simplificar porque, como ya hemos dicho antes, hay muchos factores sociales y políticos que explican el ascenso del nazismo en la sociedad alemana, tal como explica el historiador Ferran Gallego: “La conquista del poder, el Machtegreifung nazi, sólo fue posible por la combinación de dos elementos complementarios: la existencia de un partido de masas, capaz de movilizar franjas inmensas de la sociedad desde la base, y la complicidad o resignación de los sectores de la elite, convencidos de la inviabilidad del proyecto republicano y dispuestos a jugar la carta de una relación de conveniencia con el nazismo. La impresión inicial sería la de una simple renovación nacional a la que era llamadas todas las fuerzas antimarxistas y antirrepublicanas”.

 

Las elecciones del 5 de marzo dieron la victoria a los nazis, pero no fue tan total como esperaban, pues todavía no conseguían la mayoría del legislativo y se quedaban con tan sólo 288 escaños. La izquierda conservaba más de dos centenares de diputados y la derecha sigue siendo el partido bisagra del parlamento, el árbitro que tendría que decidir entre el nazismo y un pacto democrático para salvar la República de Weimar o lo que quedaba de ella en aquellos momentos. Y la derecha clásica, nuevamente y por enésima vez, vuelve a decidirse por Hitler, quizá en la creencia de que todavía sería capaz de controlarlo y reconducirlo por los senderos de la racionalidad política. El poder económico, incluso, fue más allá de la derecha: la campaña electoral nazi fue financiada por los grandes magnates del Ruhr, entre los que debemos destacar Von Thyssen, Otto Wolf y Voegeler.

 

Nada más llegar al poder, Hitler ya no ocultó sus planes y el parlamento quedo reducido al mínimo exponente. Se atribuyó poderes máximos, preparó el camino para ilegalizar los partidos políticos y sindicatos y redujo a la más mínima expresión el Estado de Derecho nacido en la República de Weimar. Numerosos dirigentes de la izquierda, pero sobre todo comunistas y socialdemócratas, serían encarcelados, muchos de ellos después ejecutados en las mazmorras nazis.

 

Para Haffner, sin embargo, “el 5 de marzo los nazis seguían estando en minoría. De haberse repetido las elecciones tres semanas más tarde, probablemente habrían logrado una verdadera mayoría. No sólo el terror había dado sus frutos entretanto, no sólo las fiestas habían sumido a muchos en un estado de embriaguez. El factor decisivo fue que en aquel momento la rabia y la repugnancia vertidas contra los propios dirigentes cobardes y traidores fueron mucho más fuertes que la ira y el odio de los que era objeto el verdadero enemigo. Durante el mes de marzo de 1933 cientos de miles de personas se afiliaron de repente al partido nazi tras haber estado en su contra hasta ese momento; fueron los “caídos de marzo”, víctimas de la desconfianza y el desprecio de los propios nazis. Por entonces cientos de miles de personas, sobre todo obreros, abandonaron sus organizaciones socialdemócratas y comunistas y se pasaron a las “células de produción” nazis o las Secciones de Asalto”. Hitler tenía ya a Alemania en sus manos, la política del terror había dado sus frutos, pero el régimen iba a ir más allá de lo imaginado y lo peor estaba por venir.

 

“A finales de marzo los nazis sintieron que tenían poder suficiente como para poner en marcha el primer acto de su auténtica revolución, la que no va dirigida contra una Constitución cualquiera, sino contra las bases de la convivencia humana sobre la Tierra, y cuyo punto culminante está aún por llegar en caso de que no sea combatida. El primer acto intimidatorio fue el boicot impuesto a los judíos el primero de abril de 1933”, señala el ya citado Haffner al referirse a aquellos hechos de los que fue testigo.

 

En efecto, a partir del primero de abril de aquel año 1933, Hitler organizó el boicot de todos los pequeños comercios, sastrerías, cafeterías, restaurantes, industrias, teatros, centros culturales y, en definitiva, de todo aquello que tenía el apellido judío. Centenares de militantes nazis, apoyados por los temibles guardias de asalto de Röhm se apostarían en la entrada de las tiendas y negocios judíos con pancartas insultantes, casi blasfemas, contra los judíos. Se lanzaron miles de octavillas llamando al boicot a toda actividad económica realizada por los judíos. Los judíos pasaban a ser considerados en el nuevo orden ciudadanos de segunda, seres miserables sin condición humana y casi provistos de características demoníacas. Al grito de “¡Pereced judíos!”, miles de alemanes de todas las condiciones se echaron a las calles para participar en las acciones antisemitas organizadas por los nazis. Quedaban algunos años para la “solución final” prevista por Hitler para los judíos, pero se estaban sentando las bases para un programa de extensión del odio colectivo contra los hebreos.

 

Después llegaron otras medidas, como el despido de todos los trabajadores judíos de las empresas “arias” y el establecimiento de la obligatoriedad de los judíos de pagar los sueldos de los trabajadores “arios” aún en el caso de que estos no fueran a trabajar o sus empresas estuvieran sujetas al duro boicot. Los escaparates de las tiendas judías aparecían con pintadas antisemitas, el clima de hostigamiento a los judíos iba en aumento. Muchos hebreos fueron apaleados en las calles, se les impedía acceder a determinados locales, no podían tener relaciones con los “arios”… También fueron expulsados de la administración y les se impidió ejercer la medicina y la abogacía; más tarde tales restricciones alcanzaron a otras profesiones. La maquinaría del terror se había puesto en marcha, y nuevamente, para decepción de todos, la sociedad alemana prefirió mirar para otro lado, la derecha calló para siempre y la izquierda parecía ya incapaz de oponer alguna resistencia al nazismo; estaba definitivamente inerte.

 

Unas semanas más tarde, siguiendo el guión que los nazis tenían previsto para sumergir a Alemania en la dictadura, comenzarían a tomarse las primeras medidas tendentes a destruir toda oposición política o disidencia al nuevo régimen. En mayo de 1933, la “partidocracia” que tanto detestaban los nazis es puesta fuera de juego; los partidos políticos y los poderosos sindicatos alemanes, única oposición real todavía al nazismo, son ilegalizados y proscritos. La mayor parte de los dirigentes de izquierda fueron arrestados, torturados y condenados.

 

En lo que respecta a la derecha, sin que hubiera reacción alguna por su parte, Hitler ordenó, en mayo de ese trepidante año de 1933, la disolución de todos los partidos, incluidos los que estaban apoyando a los nazis. Todos deberían disolverse y cesar en todas sus actividades automáticamente. En diciembre, una vez que su proyecto totalitario se ha puesto en marcha sin posibilidad de enmienda, se decreta una Ley que asegura la unidad del partido único, el NSDAP, y el Reich, el nuevo Estado destinado a regir los destinos de la nueva Alemania y los pueblos que debían quedar subordinados al nuevo proyecto germánico, en la jerga nazi estaba bien claro: los subhumanos del Este de Europa y los pueblos eslavos. Los judíos, en dicho plan, no tenían cabida, serían exterminados como “ratas”, tal como la propaganda nazi los representaba.

 

Comienza la dictadura nazi

Pero en el camino hacia el “poder total” todavía había varios obstáculos, entre ellos uno que afecta al orden interno nazi: las Secciones de Asalto del homosexual Röhm, un personaje detestado por la burguesía alemana de derechas que se había echado en manos de Hitler como un “mal menor” frente a los comunistas y también por muchos nazis, que como Heinrich Himmler y Hermann Göring detestaban al líder de las SA y temían que les restase influencia y poder.

 

Röhm, además, mantenía una línea política que se podía considerar a la “izquierda” de la que los nacionalsocialistas habían defendido en el primer año en el poder, llegando a defender una suerte de “revolución” socialista que implicaba la nacionalización de las grandes corporaciones industriales y la banca. También propugnaba una revolución agraria y el reparto de la tierra entre los campesinos, ideas que chocaban abiertamente con las de Hitler que había preferido un pacto con los poderes económicos y la oligarquía alemana para llevar a cabo sus planes de rearme de Alemania y conquista del “espacio vital” que tanto añoraba. Luego la homosexualidad de Röhm le habían hecho un personaje impopular y odiado en muchos círculos nazis.

 

A estos sectores sociales, junto con la burguesía, le aterrorizaba el camorrismo y las formas  violentas, cuando no brutales, de las Secciones de Asalto. Justificaban las políticas de Hitler con respecto a los judíos, los gitanos, los izquierdistas y los sindicalistas, pero consideraban que la violencia era innecesaria en las calles alemanas y no hacía falta tanta exhibición de brutalidad gratuita. Si ya habían eliminado a los comunistas, que en definitiva parecían tener objetivos coincidentes con las SA, ahora era el momento de acabar con este grupo armado que competía con el ejército y la policía en protagonismo y poder social y político.

 

Luego Röhm, quizá llevado por la ingenuidad y la seguridad que creía que le proporcionaba la vieja amistad con Hitler, llegó a postular una “segunda revolución” nacionalsocialista y comenzó a mostrarse crítico con la lentitud con la que se aplicaba el programa nazi, al que consideraba poco ambicioso y pusilánime. A partir de 1934, en toda Alemania comenzaron a circular numerosos rumores que aseguraban que el ala “izquierda” del partido nazi preparaba un golpe de Estado contra el naciente régimen nacionalsocialista, algo que desde luego no beneficiaba ni a Röhm ni al líder de los “izquierdistas” nazis, Gregor Strässer.

 

Se hablaba de que ambos dirigentes pretendían derrocar a Hitler e iniciar un cambio de régimen. El propio Himmler, con ayuda de algunos de sus leales, llegó incluso a difundir un informe sobre las intenciones del golpe de Estado, los líderes implicados en la trama y el plan mismo para ejecutarla; aunque la mentira siempre fue un arma utilizada por los nazis sin problemas, parece que algo había en ciernes y, en cualquier caso, tanto Himmler como Göring tenían sobradas razones para quitarse del medio a Röhm.

 

Tras haber convencido a Hitler de que acabase con el poder de las Secciones de Asalto, la noche del 30 de junio de 1934, el mismísimo Führer de la nueva Alemania, apoyado por un pelotón de las SS, se presentó en la residencia de Röhm y otros dirigentes de las SA que habían acudido hasta el lugar por orden de Hitler. Arrestaron a Röhm y a todos los asistentes a tan aciaga reunión. Más tarde, la mayoría de los presentes fueron asesinados sin contemplaciones. Al parecer, Röhm conservaría la vida durante las siguientes 24 horas, pero Hitler finalmente decidió aprobar su asesinato, que fue llevado a cabo por el coronel de las SS Theodor Eicke y el capitán del mismo cuerpo Michael Lippert. El odio que le profesaba Himmler, junto con el conocimiento que hubiera tenido de algunos secretos inconfesables de Hitler, provocaron el asesinato de Röhm, un testigo molesto de los viejos tiempos.

En total, unas 200 personas, incluidos algunos enemigos molestos del régimen, fueron asesinados. El hombre que había aupado a Hitler al poder, Franz von Papen, también fue arrestado durante tres largos días, en los que se temió por su vida y a punto estuvo de ser asesinado por las temidas SS. No corrieron la misma suerte de dos sus principales colaboradores: su secretaria, Herber von Bose, y quien le escribía sus discursos, Edgar Julios Jung, fueron asesinados. También sería asesinado el que había sido rival de Hitler, Scheleicher, y su mujer en un crimen que más tenía que ver con las ansias de vendetta de Hitler que por representar una oposición real al omnímodo poder nazi.

“El 30 de junio de 1934, los conservadores aterrados por la marcha del régimen, antiguos nazis desengañados como Strasser o radicales de las SA disgustados por su escasa promoción social, hallaron un fin idéntico manos de la autoridad suprema del Tercer Reich. La conquista del poder cedía el paso al ritmo de su consolidación”, resumía muy acertadamente el historiador Gallego. La Machtergreifung, o conquista del poder con que habían soñado los líderes nazis desde la intentona golpista de 1923, se había consumado, la sociedad alemana no volvería ser libre hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

La muerte de Hindenburg

Más sorprendente que la actitud de Hiler ante estos sucesos que se sucedían de forma dramática, que ya era esperada en cierta medida, fue la del mismísimo Hindenburg, que llegó a firmar los decretos por los que se suspendían los derechos fundamentales de los judíos, dejando vía libre a la persecución “diseñada” por los nazis para cuando llegara el momento de acceder al poder. El viejo mariscal, una figura ominosa de la historia de Alemania, también guardó silencio cuando fueron ilegalizados los partidos políticos y los dirigentes de izquierda empezaron a ser encarcelados, ni siquiera elevó una tímida protesta. Tampoco dijo nada acerca de la noche de los cuchillos largos, que fue anunciada por las autoridades nazis el 13 de julio de 1934, y las misteriosas desapariciones que se sucedieron. Nadie, ni siquiera Hindenburg, osó preguntar por ellos, habían sido las primeras víctimas del régimen nazi e indagar acerca de su destino hubiera sido, seguramente, peligroso.

 

Es cierto que Hindenburg estaba muy enfermo, pero si fuera cierta tal aseveración podría haber dimitido y haberse ahorrado el bochorno de haber avalado con su firma la política de exterminio de la izquierda y los judíos. Antes de morir, incluso, aceptó las leyes destinadas a concentrar en Hitler todo el poder, el “poder total” que siempre deseó el ya convertido en Führer, y puso el punto y final a la tristemente conocida como la República de Weimar, ese fracaso político que concluyó en el nazismo.

 

También se mantuvo en silencio, junto con los demás líderes de la derecha, cuando los nazis, el 10 de mayo de 1933, llevaron a cabo la conocida quema de libros pública y filmada para adoctrinar a las masas; transmitir el terror para debilitar al enemigo fue una táctica nazi y el uso de la propaganda explica la escasa oposición que encontró el nazismo. Hindenburg calló para siempre y nunca condenó, ni en público ni en privado, los excesos y la deriva totalitaria del nuevo régimen, habiendo quedado para la historia como el mejor emblema de la política de “apaciguamiento” interno llevada por miles de alemanas durante el terror nazi. El silencio era la norma básica para sobrevivir a la larga noche nazi que se avecinaba. Frente al terror sistematizado, mejor callar y aceptar las “nuevas reglas” de juego.

 

Finalmente, el 2 de agosto de 1934, ya en plena dictadura nazi, Hindenburg murió aquejado, al parecer, de una demencia senil. Unos días antes de morir confundió a Hitler con el depuesto Kaiser. Con su muerte desaparecía el último obstáculo que tenía Hitler para llevar a cabo su programa y la última cortapisa legal que unía al nuevo régimen con la ya decrépita y difunta República de Weimar. Es de imaginar que para los líderes nazis la desaparición del veterano político, que había liderado la vida alemana durante casi una década, fue motivo de alivio y celebración; el último “escollo” que mantenía todavía una cierta apariencia de legalidad democrática desaparecía para siempre. Había comenzado la era nazi.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA LEÍDA Y RECOMENDADA:

ALLEN, M., El enigma Hess, Barcelona, 2003.

ARENDT, H, , Eichmann en Jerusalén, Barcelona, 2005.

BULLOCK, A.,  Hitler y Stalin, Barcelona, 1994.

EVANS, J. R.: El III Reich en el poder, Barcelona, 2007.

GALLEGO, F., De Munich a Auschwitz, Barcelona, 2006.

GELLATELY, R., No sólo Hitler, Barcelona, 2002.

HAFFNER, S., Alemania: Jekyl y Hide, Barcelona, 2005.

HEGER, H.,  Los hombres del triángulo rosa, Madrid, 2002.

HILBERG, R., La destrucción de los judíos europeos, Madrid, 2005.

HITLER, A., Mi lucha, Barcelona, 1995.

KERSHAW, I., El mito de Hitler, Barcelona, 2003.

KUBIZEK, A., Adolfo Hitler, mi amigo de juventud, Bogotá, 2002.

DWORK, D. y JAN VAN PELT, R., Holocausto. Una historia, Madrid, 2004.

MACHTAN, L., El secreto de Hitler, Barcelona, 2001.

JOFFO, J., Las canicas, Barcelona, 2004.

KAPLAN, R.D., Fantasmas balcánicos, Madrid, 1993.

KERTÉSZ, I.: Sin destino, Barcelona, 2001.

LEVI, P., Liquidación, Madrid, 2005

LEVI, P.,  La tregua, Barcelona, 1988.

NEUMANN, F., Pensamiento y acción en el nacionalsocialismo, México, 1943.

REES, L., Auschwitz, Barcelona, 2005.

REES, L., Auschwitz. Los nazis y la solución final, Barcelona, 2005.

RIEDL, J., Viena infame y genial, Madrid, 1995.

TONYBEE, Arnold., La Europa de Hitler, Madrid, 1985.

TORRES, M, Hitler, a la nueva luz de la clásica y moderna psicología, Bogotá, 2006.

VIDAL, C., El Holocausto, Madrid, 2004.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Archivado en: Historia 16

1 Comentario Comentar

  • 1. Saph  |  16 Mayo 2008a las18:13

    Muchísimas gracias por este artículo. Me ha sido tremendamente útil a la hora de estudiar: no encontraba esta información en ningún otro sitio.
    Mil gracias.

Dejar un comentario

Requerido

Requerido, hidden

Etiquetas html permitidas:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <code> <em> <i> <strike> <strong>

Trackback a este entrada  |  Suscribir a los comentarios via RSS Feed


la ue y la inmigracion

MANIFIESTO JUSTICIA PARA SERBIA: NO A LA INDEPENDENCIA DE KOSOVO

Menú

Calendario

Febrero 2007
L M X J V S D
« Ene   Mar »
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728  

Biblioteca