CRACOVIA, ESENCIA POLACA DE RAÍCES JUDÍAS
11 Febrero 2007
CRACOVIA, ESENCIA POLACA DE RAÍCES JUDÍAS
UN REPASO A LA HISTORIA DE POLONIA
RICARDO ANGOSO, 2006
Estoy más que seguro que el título que encabeza este breve itinerario por una de las ciudades más bellas de Europa molestará a algunos polacos. El tradicional antisemitismo que siempre impregnó a la vida social, política y cultural de este país, junto con la pervivencia de un ancestral prejuicio hacia los hebreos que también sobrevivió a la época comunista y después, hace muy difícil escarbar y conocer la verdadera historia (y tragedia) de los judíos polacos. Su principal capital, sobra decirlo, era Cracovia, una ciudad de dos caras: el centro católico, sólo para personas de esta confesión, y la bella Kazimierz, construida por Casimiro el Grande, donde se permitió vivir a la población hebrea. Ambas partes son muy bellas, coloristas y renacentistas, barrocas y esplendorosas. En sus muros se recoge el bello pasado de Polonia, pero también sus tragedias: entre 1940 y 1942 los judíos de la ciudad fueron enviados al ghetto abierto por los nazis y desde allí traslados, en vagones de ganado, a los campos de la muerte. Solamente unos 10.000 de los 69.000 judíos que vivían en la ciudad sobrevivieron a la barbarie. Este drama queda bien recogido en la película de La lista de Schindler, que no por casualidad se rodó en la bella Cracovia, una de las pocas ciudades polacas que no fue destruida en la Segunda Guerra Mundial.
De los orígenes al renacimiento
La primera mención a la ciudad de Cracovia data del año 965, cuando un mercader árabe, Ibrachim ibn Jakub, de viaje alrededor de Europa, escribiría en su diario una breve reseña de la urbe. En su obra, titulada Los eslavos y los rusos, describe como desde Cracovia partía hacia Praga y como la ciudad era ya un importante centro de comunicaciones y comercio.
Más tarde, en el año 1000, la ciudad ya contaría con un obispado y era un centro religioso de primer orden. Los primeros edificios, construcciones e iglesias se fueron construyendo en torno a un gran mercado e incluso una gran catedral. Cuenta con una variado casco antiguo, que va desde sus orígenes iniciales hasta la época comunista, y fue declarada patrimonio de la Historia Universal por la UNESCO. Sin conocer Cracovia no se puede entender Polonia.
Situada en un lugar rocoso desde donde se alcanza ver el Vístula, Cracovia es la ciudad donde mejor se percibe la identidad polaca, también la hebrea, como ya hemos dicho antes. Su riqueza arquitectónica, que Cracovia exhibe desde el primer momento, nada más llegar a esa estación de trenes como sacada de una película de la Guerra Fría, le viene derivada de su historia.
Desde el siglo XI hasta el siglo XV, Cracovia fue la capital de Polonia y el primer motor económico, político y cultural de casi toda Centroeuropa, si exceptuamos a Viena y quizá también a Budapest. Los reyes polacos eran enterrados en el centro de la Catedral de Wawel, construida en el siglo XI, y donde se oficiaban las exequias de los monarcas fallecidos. Era la época de gran esplendor y pompa de la corte de Cracovia. Pese a todo, la ciudad no se libró de los vaivenes de la historia y la guerra, los ataques extranjeros e importantes destrozos materiales. En 1241, tras un largo periodo de esplendor y crecimiento de la ciudad, un ataque de los tártaros provoca numerosos daños y una gran destrucción, tal como revelan las crónicas históricas. Sin embargo, se repuso rápidamente y continuó con su protagonismo regional.
En el año 1257, y siguiendo con su estela de desarrollo y crecimiento, la ciudad obtiene el derecho a un fuero municipal y en la misma capital los reyes polacos serían coronados. En el siglo XIII, se construiría una de las plazas grandes y más bellas de Europa en la urbe, la de Rynek Glowny, siendo todavía, por sus dimensiones, una de las mayores del continente: 200 metros por 200, recordando mucho a las de San Marcos, en Venecia, o la Gran Plaza de Bruselas.
En los alrededores de la gran plaza está todavía el Sukiennice o viejos soportales, donde los comerciantes hacían sus negocios e instalaban sus puestos de venta. Además, dada la climatología adversa y fría de la ciudad en invierno, es de imaginarse que serviría de protección tanto a mercaderes como a compradores; hoy los estudiantes y los turistas se sientan en sus alrededores a contemplar la vida de la urbe, muy concurrida y alegre, pues es uno de los principales atractivos turistas de la región.
El período de construcción de la plaza coincide con el reinado de Boleslao el Casto, momento en que la ciudad crece, se desarrolla y se asiste a un gran impulso urbanístico. Boleslao sería el primero que otorgaría una carta de leyes (Constitución) a la ciudad, siguiendo los cánones de la época y bajo la influencia de lo que se conocía como los “estatutos de leyes” de Magderburgo.
Muy cerca de esta plaza está uno de los restaurantes más antiguos de Europa, Wierzynek, toda una institución polaca y por donde dicen que pasaron los reyes y nobles en la época de boato y lujo real. Data del año 1364, cuando según dice la historia (o la leyenda, que por aquí abunda), Mikolaj Wierzynek preparó un famoso banquete de bodas para una de las nietas del rey Casimiro el Grande. Al margen de anécdotas, el lugar merece la pena por sus salones decorados de una forma barroca y antigua, donde podemos ver viejos candelabros, armaduras oxidadas y con telarañas, cerámica local y relojes de época. Un lugar, como muchos restaurantes y bares de la ciudad, con un indudable sabor y raigambre centroeuropea.
A partir del siglo XIII asistimos a un período de turbulencias y luchas que dura hasta el XIV. Esta época de contenciosos y conflictos por el trono de Polonia terminaría en el año 1333, cuando llega al poder como rey Casimiro III el Grande, con quien comenzaría un periodo de paz y progreso en todos los órdenes de la vida. Casimiro III construiría la otra ciudad, conocida como Kazimierz, donde más tarde vivirían los judíos, y ordenaría la construcción de numerosas iglesias y edificios. Construyó fortificaciones y fundaría la universidad, uno de los centros culturales más importantes de Polonia y muy conectada a las corrientes culturales europeas de entonces. Allí se formarían los principales intelectuales de la Polonia futura, una suerte de Salamanca en el corazón de Centroeuropa.
Entre los siglos XIV y XVI, Cracovia asiste a un importante desarrollo cultural y sus instituciones serían conocidas en casi todo el continente, de tal forma que hasta el científico y astrónomo Nicolás Copérnico residió en la ciudad entre 1491 y 1495. En el siglo XV se construiría la bella Iglesia de Nuestra Señora María, que constituye uno de los grandes templos religiosos de la ciudad y uno de los altares góticos más espectaculares de todos los vistos en Cracovia. Debe visitarse y, sin duda, no defraudará al viajero.
Estos años son, quizá, los mejores de la ciudad y el arte y la ciencia adquieren un notable auge. Tanto el gótico como el más tardío renacimiento llegarían de la mano de artistas alemanes e italianos, respectivamente. La Academia de Cracovia, que había sido fundada en el siglo XIV, llegaría a ser uno de los ejes por los que discurría la vida cultural y científica de Polonia, aunque también sería conocida en toda Europa. Su prestigio traspasaría las fronteras polacas.
El rey Segismundo I el Viejo (1506-48) y su esposa, la reina Bona, invitaría a artistas italianos para que viniesen a la ciudad a trabajar y dejar sus huellas en la arquitectura local. Artistas como Francisco Florentino, Bartolomé Berecci y Juan María Padovano, por citar tan sólo algunos, impulsarían el renacimiento en Cracovia y nos dejarían buenas muestras de su buen hacer. De este rico periodo, pero también del de Segismundo II (1548-72), datan el castillo real sobre la colina Wawel, las reedificadas casas góticas y la estructura de forma renacentista de los soportales (Sukiennice), desde donde podemos ver la Torre del Ayuntamiento y el mercado, dos de los grandes centros de la ciudad de la Edad Media.
Del esplendor y decadencia de la Cracovia barroca a la nueva Polonia
Las primeras formas barrocas las encontramos en el castillo de Wawel, renovado en el año 1600 por encargo del rey Segismundo III por Juan Trevano, un arquitecto venido de Roma y al que le sedujo la capital polaca. El pintor veneciano Tomas Dolabella, invitado también a Cracovia por la corte polaca, adornó los interiores de los palacios reales y las iglesias con enormes cuadros y murales de temática histórica y religiosa. El barroco cracoviano alcanzó su mayor expresión en la construcción sacra y en la decoración de iglesias. Eminentes arquitectos trabajarían en la ciudad, como Tylman de Gañeren, Kacper Bazanka y Francisco Placidi, y dejarían su rico legado para la eternidad, tal como podemos ver y contemplar en este espectáculo visual llamado Cracovia.
Luego llegaría la decadencia de Cracovia, es decir, los ataques del exterior y más guerras. En el año 1655 sería devastada y ocupada hasta los arrabales por los suecos. Luego llegarían los ataques rusos y prusianos. La capital polaca estaba demasiado cerca de sus enemigos y su decadencia cultural había comenzado hacía ya años. También la de Polonia, pues a partir del año 1795 la nación de los polacos perdería su entidad internacional y sería asumida por sus vecinos. Eran los tiempos del reparto territorial de Polonia entre las grandes naciones y su desaparición como entidad nacional. Comenzaba la larga travesía del desierto, la lucha por la supervivencia de una identidad sin nación, como le ha pasado a tantos pueblos en su historia.
Entre 1795 y 1918, Polonia quedaría reducida a un pequeño Estado sin entidad y subyugado, mientras que Cracovia pasaría a engrosar la lista de ciudades de segundo orden del Imperio Austro-Húngaro, aunque durante mucho tiempo sería el principal centro cultural, artístico y social de la vida polaca. El auge de los nacionalismos en el siglo XIX, así como la necesidad de hacer reformas frente a las demandas de los nuevos movimientos liberales, llevó al Imperio Austro-Húngaro a hacer concesiones a los polacos y reconocer, entre 1815 y 1846, la República de Cracovia, una suerte de autonomía dentro de los límites de la monarquía dual. Estos derechos de los pueblos fueron recogidos y más tarde ampliados a los polacos en 1866, vivíamos en pleno romanticismo político y literario y Polonia no se quedaría al margen. En estos años, de cierto esplendor y regreso de la identidad polaca, se fundaron la Academia de Ciencias y el Museo Nacional de Cracovia.
A comienzos de siglo, y dentro de un marco de cierta revitalización de la cultura polaca, el castillo de Wawel sería remozado y se crearon numerosos grupos artísticos y literarios, como “La joven Polonia”, una organización nacida al fulgor del romanticismo que sobreviviría hasta el siglo XX y que reivindicaba las esencias identitarias y la lengua polaca. El dramaturgo, escritor, pintor y poeta Wyspianski Stanislaw sería uno de sus máximos exponentes, cuyas obras, bien conocidas en toda Polonia y en las zonas de habla polaca de Europa, serían reconocidas en todo el continente por su calidad artística.
Como fruto de esa dinámica de cierta resurrección de la cultura polaca, en Cracovia se renovó el conocido Teatro Viejo y se levantó el Teatro Slowacki, dos de las más importantes instituciones culturales de la época. Incluso hoy Cracovia es, quizá, la urbe polaca con la vida cultural más intensa y su programación está repleta de actividades, encuentros, conciertos y exposiciones, tal como sucede en cualquiera de las más importantes capitales universitarias europeas. Pero sigamos con el relato de nuestra historia.
En 1918, tras el final de la Primera Guerra Mundial y la implosión del Imperio Austro-Húngaro, provocado por la derrota de las potencias centrales frente a los aliados, Polonia se vio resarcida y aliviada territorialmente, hecho que implicó la integración de Cracovia y territorios adyacentes al nuevo país dirigido por Varsovia. A Cracovia, como premio meritorio, le fue concedida la segunda capitalidad, es decir, la concesión al castillo de Wawel de la titularidad de segunda residencia de los jefes de Estado polacos, al tiempo que algunos de sus más significativas salas quedaban consagradas como museo (todavía pueden ser visitadas y la subida al susodicho castillo del mismo nombre que la colina es una suerte de romería plagada de turistas de todas las nacionalidades; como suele suceder, no faltan japoneses).
El mapa de Europa cambiaría radicalmente tras la Gran Guerra y se asistía a un florecimiento en todos los órdenes de la vida. Eran los tiempos de la reconstrucción política, moral, económica y material tras la guerra, de los nuevos mapas del continente y de la reivindicación de las pequeñas naciones siguiendo los principios wilsonianos. Polonia se reconstruía territorialmente sobre estas premisas, que pretendían dotar a todos los pueblos con una identidad propia e indiscutible de nación en el escenario europeo.
Sin embargo, el camino para la reconstrucción de Polonia como entidad nacional no iba a resultar fácil, ya que en 1918, nada más acabar el conflicto bélico, Polonia fue ocupada por austriacos y rusos. Entre 1918 y 1921, hay que destacar que se desarrollaron un sinfín de guerras y conflictos con sus vecinos con el fin de restablecer sus antiguas fronteras. Oficialmente, Polonia había recuperado su independencia el 11 de noviembre de 1918, pero no sería hasta el año 1921, en que se firmó un Tratado de Paz con la Unión Soviética, hasta el momento en que comenzó un periodo de normalización y cierta paz.
En el plano interno, el general Józef Pilsudski acaparó todo el protagonismo político entre 1918 y 1922, convirtiéndose en el primer Jefe de Estado de una Polonia independiente en 123 años de ocupación del país por las potencias extranjeras. Renunció al poder en 1922 y abrió el camino para un breve mandato democrático, dejando a un jefe de Estado elegido por el primer parlamento polaco. Más tarde, las turbulencias políticas, la difícil situación económica y el ambiente inestable y de crisis que se vive en el país, junto con otros elementos, llevan a Pilsudski a dar un golpe de Estado y a controlar de manera indirecta la política interior y exterior polaca. Hasta el año 1935, año de su muerte, el viejo general polaco de la antigua escuela gobernaría el país con mano de hierro y le dotaría de una cierta estabilidad política, pero no fue capaz de prever la catástrofe que estaba por venir con la llegada de Hitler al poder en la vecina Alemania y de modernizar sus vetustas fuerzas armadas, algo que pagaría después Polonia de una forma muy cara.
Una vez terminada la primera gran contienda mundial, Cracovia, junto con toda Polonia, asistiría a un gran florecimiento y renacimiento cultural en todos los órdenes de la creación artística. Sin embargo, las turbulencias políticas empañarían a la nueva nación polaca. A partir del año 1935, las divisiones en Europa entre comunistas y fascistas son cada vez más hondas y la Guerra Civil española representa, en cierta medida, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Polonia no quedaría ajena a estas turbulencias.
Adolfo Hitler, que había ocupado el poder en 1933, inicia el rearme militar de Alemania y comienza a amenazar a sus vecinos. Polonia, que está aliada con sus aliados franceses y británicos, teme por sus territorios y comienza a sospechar que Alemania planea atacarla, pero todavía algunos esperan que el “juego” diplomáticos de París y Londres consiga frenar las ansias imperialistas alemanas. En 1938, en los famosos Acuerdos de Munich, Francia y el Reino Unido aceptan con Italia y Alemania la entrega de los Sudetes a Alemania. “Han decidido sobre nosotros, pero sin nosotros”, aseguró el máximo mandatario checoeslovaco de entonces, Edvar Benes. Esperaban aplacar al insaciable Hitler, lo que era imposible, como se vería más tarde.
La política de apaciguamiento no daría los resultados de esperar y tampoco saciaría los “apetitos” territoriales de los nazis, más bien abrirían el camino para la Segunda Guerra Mundial y enviarían un mensaje erróneo a Hitler: los aliados se rendirán ante Alemania sin luchar. No sería así y comenzaba el conflicto más cruento de la historia de la humanidad. Y Polonia, ante esta cobardía moral de unos aliados que habían cedido a todas las exigencias de Hitler sin recibir las mínimas garantías, pagaría un precio muy alto por esta política de apaciguamiento, de rendición ante las insaciables apetencias nazis.
Polonia en la Segunda Guerra Mundial: de la ofensiva alemana al horror de los campos de la muerte
En septiembre de 1939, y una vez que los polacos se han negado a aceptar las imposibles exigencias territoriales de la Alemania nazi, Hitler envía al grueso de su ejército a ocupar Polonia. En apenas unas semanas, el ejército polaco sucumbe y se hunde ante la fuerte y potente ofensiva alemana, que contaba con tropas más preparadas, mejores medios técnicos y, en definitiva, unas fuerzas armadas más aptas para el combate frente a unos soldados polacos con un armamento obsoleto y anticuado. La caballería polaca poco podía hacer frente a las divisiones de los panzer alemanes.
En ese mismo septiembre fatídico y terrible, para colmo de males, los soviéticos atacan a Polonia por el Este, dejando a las fuerzas polacas entre dos fuegos y contribuyendo, de una forma decisiva, a la posterior rendición del gobierno de Varsovia y al consiguiente reparto territorial del país entre los soviéticos y los alemanes. La marina polaca huyó despavoridamente hacia el Reino Unido y otros países aliados de Varsovia, mientras que el ejército terrestre sufría incontables bajas, entre las que destacaban 700.000 detenidos y unos 300.000 muertos. Polonia dejaba de existir en los mapas de Europa.
Respecto a Cracovia, las nuevas autoridades de ocupación alemana eligen a esta ciudad como la capital de la nueva “colonia” polaca e instalan a un personaje siniestro, Hans Frank, como nuevo comandante en jefe de la zona. El terror se extiende por toda Polonia. Miles de profesores, periodistas, sacerdotes, músicos, universitarios, estudiantes, abogados y médicos son asesinados por los alemanes que, en un plan deliberado, pretenden dejar a Polonia desprovista de elites para sumirla en la más profunda oscuridad. Los asesinatos y exterminios masivos se extienden por toda Polonia. Se calcula que entre 1939 y 1945, según cálculos fiables, un 20% de la población de Polonia, unos seis millones de habitantes, fueron asesinados por los nazis. Ningún país europeo sufrió tanto como Polonia la ocupación nazi y sus brutales consecuencias.
Sin embargo, la peor parte de la ocupación, como era de prever si venía de manos de los alemanes, se la llevaron los judíos. A partir de 1939, y una vez doblegada toda la resistencia polaca, comienzan las primeras medidas antihebreas en toda Polonia y las prohibiciones para los judíos: desde tener animales domésticos a trabajar. Tampoco pueden tener radios ni montar en transportes públicos ni ocupar las aceras. Y, por supuesto, tampoco pueden entrar en lugares públicos ni asistir ni a bares, restaurantes y teatros. Son reducidos a la nada, obligados a una ciudadanía de segunda en uno de los países más antisemitas de Europa. La película El pianista relataría muy gráficamente este sufrimiento y el padecimiento de todo un pueblo.
La propagada nazi anima a denunciar, golpear y expulsar de todos los ámbitos a los molestos judíos; son ciudadanos de quinta en un país humillado, hundido, derrotado y condenado al exterminio. Pero también miles de judíos fueron forzados a trabajar como esclavos para las fábricas de armamento de Hitler, tal como ocurrió cerca de Cracovia, más concretamente en la localidad de Plaszów. Los judíos aceptaban tales trabajos con la esperanza de que así salvarían la vida y que, al ser necesarios para los nazis, podrían sobrevivir a la guerra y al menos alimentarse. Las esperanzas serían vanas, pues los nazis ya tenían en marcha sus planes para la “solución final”, es decir, para el exterminio de todos los judíos, aptos o no para el trabajo. Polonia se tenía que convertir, siguiendo los planes nazis, en una tierra libre de judíos.
En estas condiciones, y ya desprovistos de todo atributo de humanidad, los judíos polacos quedaron atrapados en el infierno en que se había convertido la Polonia ocupada por los nazis. Tres millones de judíos conviviendo en una gran ergástula de la que no podían salir y sin contar con el apoyo de nadie, pues en la católica Polonia, donde en cada aldea y barrio había un sacerdote, nadie vio nada ni se enteró de los pavorosos crímenes que tras la guerra se descubrirían. La Iglesia católica calló entonces y quien calla otorga.
El ghetto de Cracovia
Si uno pasea hoy por lo que fue el ghetto de Cracovia, cuya tranquilidad y belleza todavía sorprenden al visitante, pocos rastros podemos encontrar de aquel horror. Tan sólo algunas humildes placas, no muy visibles, todo hay que decirlo, nos recuerdan lo padecido por los casi 70.000 judíos que vivían en la ciudad. En estas apacibles calles, donde Steven Spielberg rodara La lista de Schindler, parece que la vida de Europa se ha desarrollado con normalidad durante toda la vida, pero no fue así.
En marzo de 1941, una vez que Polonia ha sido subyugada completamente y “limpiada” de “enemigos”, le llegaría el turno a los “subhumanos”, en el lenguaje del nazismo, es decir: a los judíos. Por “razones sanitarias”, eufemismo que escondía el más vil racismo, los judíos debían abandonar sus viviendas, negocios y propiedades y debían proceder a su hacinamiento en el ghetto de Cracovia. Miles de familias, hombres, mujeres y niños, junto con sus ancianos abuelos, abandonarían para siempre sus casas y serían confinados en una pequeña extensión de la vieja ciudad de Cracovia.
Unos 320 edificios servirían para alojar a los judíos de la ciudad y cada confinado en el ghetto tocaba a una media de dos metros cuadrados de la extensión total del área designada por las autoridades nazis. Las enfermedades se extenderían rápidamente y el índice de mortandad creció de una forma alarmante, algo que como es de suponer no conmovió a las autoridades alemanas y que les ayudaba a resolver sus dudas morales (¿?) con respecto a la “solución final”.
A partir de 1942, los escasos judíos que habían sobrevivido en el ghetto de Cracovia fueron enviados a los campos de la muerte, entre los que destacaban Belzec, Treblinka, Palszów y el cercano de Auschwitz. Los planes criminales del “arquitecto” de la “solución final”, Heinrich Himler, se estaban cumpliendo al milímetro y ya habían muerto en esas fechas miles de judíos, quizá millones. Un 13 de marzo de 1943, el jefe de las SS de Cracovia, el criminal de guerra Julian Scherner, ordenaba la liquidación total del ghetto, asesinando a todos los jóvenes hasta los 14 años, a los ancianos y a los enfermos, especimenes “infrahumanas” en opinión de los jerarcas nazis. Unos 3.000 judíos de Cracovia morirían en tal acción, a la que sólo sobrevivirían los aptos para el trabajo como esclavos.
Un año y medio más tarde de la casi total aniquilación del ghetto de Cracovia y sus desafortunados moradores, en octubre de 1944, el campo de trabajo de Plaszów sería también destruido y los escasos judíos que quedaban con vida, como era de suponer en la lógica macaba de lo que estaba acaeciendo, asesinados. La destrucción por parte de los alemanes de los escenarios macabros del Holocausto era algo habitual, para así no dejar pruebas de los crímenes perpetrados. En este contexto tan trágico, un industrial alemán, Oskar Schindler, impresionado quizá ante el horror de lo que estaba viendo y viviendo en primera persona, entregó a los nazis una lista con 1.069 nombres que reclamaba para trabajar en su fábrica, puesta al servicio de la maquinaría de guerra alemana. La historia, bien conocida por todos, fue llevada al cine por Steven Spielberg, como ya se ha dicho antes.
El cineasta Roman Polanski, superviviente del gheto, recuerda su experiencia de niño en sus memorias, Roman, un libro impresionante sobre el dolor causado por los nazis a los judíos polacos. En los primeros meses, escribiría Polanski, la situación era de normalidad con ocasionales momentos de terror. Los residentes cenaban fuera y escuchaban bandas de música, y los niños, como Polanski, jugarían con la nieve. Luego llegaría el horror de las pistolas, las deportaciones masivas y la muerte en los campos o en los trenes de ganados en los que eran transportados.
Entre tanta miseria e inhumanidad, sorprende la historia de Tadeusz Pankiewizc, uno de los escasos polacos que se dispuso a salvar a algunos judíos y que en los duros días del ghetto de Cracovia ayudó a numerosas personas a sobrevivir. En su farmacia, llamada El Aguila, que todavía podemos visitar, se escondían los judíos, sus pertenencias, se atendía a todo el mundo sin distinción social y, sobre todo, se salvaría la dignidad de la nación polaca, que pese a estar oprimida y perseguida tenía el coraje y la valentía de defender todavía a los judíos. No todos los polacos, desafortunadamente, actuaron así. Pankiewizc moriría en el año 1993, casi en el olvido, tan sólo reconocido por el Estado de Israel como un hombre entre los más justos. Un caso muy parecido sería el del músico Wladyslaw Szcpilman, personaje real que sufrió lo indecible y que fue llevado al cine por Polanski en la película ya citada El pianista. Las autoridades comunistas se negaron a que publicara sus memorias y Szpilman nunca llegó a ver estrenada la película. También moriría en el olvido, a nadie le interesaban las historias de un pobre anciano judío.
Al terminar la guerra, una vez que los soviéticos han ocupado Polonia y Alemania ha firmado su rendición, tan sólo quedaban con vida algo menos 10.000 judíos de Cracovia y la rica vida cultural, social y económica judía se había extinguido para siempre. Había llegado la paz de los cementerios. Hoy tan sólo quedan los restos materiales de todo aquello, situados todos ellos en Kazimierz, donde podemos visitar el cementerio judío, la vieja farmacia reconvertida en museo, algunas instituciones judías de la época, una escuela, varias sinagogas que sobrevivieron al desastre e incluso restos del viejo muro del ghetto. Un paseo por el viejo barrio judío de Cracovia, aunque apenas queden ya judíos por los avatares descritos antes, bien merece la pena. Los pocos que quedaron tras la contienda emigraron mayoritariamente hacia Israel y los Estados Unidos.
En lo que respecta a lo material, hay que destacar que Cracovia fue una de las pocas ciudades polacas que no sufrió la devastación sistemática llevada a cabo por los alemanes y que una buena parte de su patrimonio histórico permaneció intacto. Sin embargo, la mayor parte de los tesoros que albergaba el Palacio Real, como tapices, la espada de coronación de los reyes polacos y otros objetos valiosos, fueron llevados a Canadá, donde estuvieron un largo tiempo. Por cierto, en el suntuoso recinto que un día sirviera de residencia a los reyes de Polonia se alojaba, como ya hemos dicho, el temido (y miserable) Hans Frank, impulsor y promotor de la destrucción de la cultura polaca y de la vida de miles de judíos que fueron enviados a los campos de concentración. El personaje, tras caer en desgracia en el año 1944 e intentar huir en el 1945, fue detenido por los aliados, conducido a juicio en Nuremberg, sentenciado a muerte y después ejecutado. Un triste final para un personaje deplorable.
Polonia tras la Segunda Guerra Mundial
En el año 1945, y una vez consumada la total ocupación soviética de toda Polonia, las nuevas autoridades comunistas depuran aún más todavía a la sociedad polaca: los elementos demócratas, socialistas, liberales e independientes son encarcelados y proscritos del juego político. El Gobierno polaco en el exilio, en un hecho ignominioso, deja de ser reconocido por los occidentales, que siguiendo el juego impuesto por Moscú aceptan al nuevo gobierno comunista de Polonia, una simple marioneta en manos de Stalin. Era el final del sueño de la posibilidad de una Polonia libre y democrática tras la guerra; en lugar de ese ideal, por el que ya habían muerto muchos polacos, volvieron a sonar los pelotones de fusilamientos, los lamentos de los torturados en las cárceles y las tristes pisadas que conducen al exilio. La cultura polaca, ahogada y sepultada tras la cruenta guerra, seguiría llevando una vida de catacumbas, autocensura y férrea disciplina soviética.
Comenzaba el tedio comunista, que duraría hasta el año 1989, en que como todos sabemos un viejo sindicalistas de ideas derechistas, Lech Walesa, se impondría a los comunistas, les ganaría unas elecciones generales e iniciaría el lento regreso a la normalidad política, a la Europa de la razón y de las luces, de las urnas y los votos. Una Polonia bien distinta se abría paso en Europa con esperanza y nuevos bríos, aunque luego las ideas derechistas de algunos y su escaso empeño por avanzar en las reformas, traerían las primeras decepciones y el auge del autoritarismo. Pero ésa es otra historia.
En lo que respecta a Cracovia, la ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 1978, y sus bellos monumentos fueron rehabilitados y hoy presentan un aspecto realmente cuidado y limpio. ¿Y qué debemos visitar en Cracovia? Monumentos imprescindibles son su Catedral, la colina de Wawel con su bello Palacio Real, el Ayuntamiento, el viejo Mercado, los alrededores y soportales del Mercado y casi todas sus iglesias milenarias y coquetas del centro. Luego podemos perdernos por las calles, como Kanonicza y Swietego Jana, y detenernos en sus edificios civiles y museos, como el arqueológico, el de los Czartoryski, el Palacio de Bellas Artes y la Biblioteca Jagellona o de la Universidad Jagiellona, por citar tan sólo algunos.
Otro consejo es visitar algunos de sus bellos cementerios, tanto el judío como el polaco. Entre los polacos, hay que reseñar el Rakowicki, quizá un poco abandonado, aunque no por ello menos romántico, y el judío que se puede visitar en Kazmierz, el antiguo barrio hebreo fundado por el ya reseñado rey Casimiro. Cracovia tiene mucho arte, es una ciudad muy profunda y con bellos rincones por descubrir, como el Parque Botánico de Kopernica o las vistas de la Iglesia de Santa María desde la calle Florianska, y un buen sector de servicios y ocasiones para el ocio, desde bares y restaurantes hasta un sinfín de sencillos y encantadores hoteles. Todo ello convive con la horrorosa arquitectura construida durante la época comunista en los arrabales de la ciudad y algunos edificios mastondónticos levantados en el centro para servir a las nuevas autoridades; incluso hasta esta fealdad tiene su originalidad y encanto, pues no es propia de los países occidentales y le da una carácter personal a Cracovia que no desentona. Es parte de su historia, fea y horrorosa, como esos edificios abandonados y grises, sucios y destartalados.
Para terminar este recorrido por Cracovia, y quizá para comprender con toda su fuerza e intensidad la historia de esta ciudad, una visita muy recomendable es al campo de concentración de Auschwitz. El centro de exterminio masivo se encuentra en las cercanías de la población, a unos 70 kilómetros, y posee una buena exposición sobre lo que significó el Holocausto. Pensar que en los alrededores de esta bella ciudad se pudo perpetrar un plan criminal que acabó con la vida de algo más de un millón de personas estremece, y nos hace recordar a todos que a veces bajo la mas absoluta de las normalidades se han cometido las más tremendas fechorías. De vuelta a Cracovia desde Auschwitz, en un viejo tren destartalado de la vieja época, de la guerra fría, observó alguna esvásticas en las paredes de la estación y comprendo que la bestia que fue capaz de cometer aquellos crímenes sigue habitando entre nosotros. Sólo desde la memoria y el permanente recuerdo de todo aquello podremos conjurar los fantasmas del pasado y evitar que se repita la tragedia. Y Cracovia es una bella parte de nuestra cultura e identidad, pero también un capítulo más en la historia de la barbarie de una especie siempre empeñada en su autodestrucción y en repetir los mismos trágicos errores.
Archivado en: Historia 16




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