Archivo de 11 Febrero 2007
Albanian demonstrators in Pristina chant slogans against Serbian Orthodox Church, demand destruction of churches
One of the key messages constantly broadcast over the megaphone during today's demonstrations in Pristina was that "the Serbs have occupied Albanian churches and monasteries where Albanians once prayed" and that "the SOC is asking for extraterritoriality for monasteries". The gathered demonstrators responded to these messages by periodically chanting "LET'S DESTROY THE CHURCHES . . . KLA, KLA, KLA".
An already known style - violence and hatred toward Serbs and SOC holy shrines,
demonstrations organized by Albin Kurti with KLA supporters in Pristina, Feb. 10, 2007
KIM Info Service
Pristina, February 10, 2007
Commentary by Fr. Sava Janjic
Serbian Orthodox Church
Thousands of Albanians who belong to the Self-Determination Movement and support the Kosovo Liberation Army protested today in Pristina against the Kosovo status plan of UN special envoy Martti Ahtisaari. Police used tear gas to stop the crowd from forcing its way through police lines. Several people were injured and arrests were made for acts of violence.
According to information from a KIM Info Service correspondent on the scene, Albanian demonstrators in Pristina today were also especially brutal in their verbal attacks on the Serbian Orthodox Church and protective measures for Serbian holy shrines foreseen by Martti Ahtisaari's plan.
One of the key messages constantly broadcast over the megaphone was that "the Serbs have occupied Albanian churches and monasteries where Albanians once prayed" and that "the SOC is asking for extraterritoriality for monasteries". The gathered demonstrators responded to these messages by periodically chanting "LET'S DESTROY THE CHURCHES . . . KLA, KLA, KLA".
The Serbian Orthodox Church most strongly condemns these barbaric messages by Albin Kurti and other extremist groups springing from KLA terrorist circles. With these messages Kurti and his extremists have openly shown who is behind the previous barbaric destruction of 150 Serbian Orthodox holy shrines in Kosovo, and the desecration of hundreds of Christian Orthodox cemeteries, especially during the March 2004 pogrom. The biggest absurdity in this whole story is the fact that if the Albanians truly consider the ancient Orthodox churches here as their own, then why did their extremists together with their ideologues such as Kurti and Demaci destroy those same holy shrines, inflicting public shame on their own people and the entire civilized world which silently looked on. These radical groups are exerting less and less effort to conceal their sympathies toward both the anachronistic Marxist-Leninist ideology of Enver Hoxha, whose portrait hangs in their offices, as well as toward the extremist Islamist groups that finance them. Kurti and his storm troopers do not see the future of Kosovo and the entire Balkans in Europe and European civilization but in clan societies, violence and hatred toward the Christian religion and culture. Hence the natural alliance between an apparently urban youth movement and the most extreme advocates of an ethnically pure Greater Albania.
Today's messages from the protest in Pristina show that Serbian Orthodox Church holy shrines are in dire need of special protective measures because they remain threatened by people wishing to destroy them and erase every trace of centuries of Christian life on this territory. It is notable, however, that today's demonstrations gathered only a few thousand people (a maximum of four thousand, according to independent estimates) which despite all gives hope that the future of Kosovo cannot and must not be in hatred and violence.
Hopefully, one day Kosovo Albanians will understand that they are not threatened by international representatives, the remaining Serbs or their church but by their own extremists and KLA tycoons, who have built enormous villas and gathered immeasurable wealth after the war while the majority of the people continue to live in difficult social conditions and poverty. Unfortunately, as is usually the case, the extremists are protecting the positions they have achieved by fanning hatred toward everything that is not Albanian, covering up their dirty deeds with the flag of the Republic of Albania, kitschy statues of the "heroes" of the KLA, and an aggressive nationalist mythology that cannot but remind us of the post-war partisanship in the former Yugoslavia. As long as young Kosovo Albanians are listening to and believing this ideology and until the day that young people take part in peaceful demonstrations against violence, crime and corruption instead of against their neighbors and Christian holy shrines, Kosovo will definitely remain a black hole on the map of Europe.
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1. Albanian Flag Day demonstrations in Pristina turn into open riots and destruction of UN property 28 November 2006 http://www.kosovo.net/news/archive/2006/November_29/1.html
2. Demonstrations in Decani - Threats against UNMIK for protecting Visoki Decani Monastery continue 14 April 2006 http://www.kosovo.net/news/archive/2006/April_14/4.html
11 Febrero 2007
Teherán, Irán. IRNA. 11 de febrero de 2007
“Hoy la cuestión nuclear iraní no es un asunto técnico ni jurídico sino que ha pasado a ser un tema completamente político, y los occidentales buscan imponernos lo que quieren, contraviniendo así las leyes y las normas internacionales, pero nosotros no admitiremos las imposiciones” ha declarado el presidente de Irán ante un público de millones de personas con ocasión del 28 aniversario de la victoria de la Revolución islámica.
Mahmud Ahmadineyad, que ha dado un discurso en la plaza Azadi (Libertad)ante millones de manifestantes teheraníes que se han echado a la calle con ocasión de esta jornada del 11 de febrero, añadió: “Seguimos estando comprometidos con el Tratado de No Proliferación de armas nucleares (TNP) y tenemos intención de seguir con nuestras actividades en el marco de dicho tratado, pero quienes se oponen al progreso de la nación están cada día poniendo trabas bajo alguna excusa.”
Tras referirse a la amplia cooperación que Teherán mantiene con la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA), Ahmadineyad explicó: “los que se oponen han publicado unos documentos y profieren declaraciones citando a algunas personas, que son totalmente incorrectas, diciendo no confiar en la sinceridad de los iraníes.”
“Sin embargo —continuó—, el pueblo iraní sí ha tenido una actitud sincera para con ellos. El gobierno de la República islámica ha suspendido voluntariamente durante dos años y medio paso a paso, a solicitud de ellos, todas sus actividades nucleares, han venido los funcionarios de la agencia y sellaron con plomos las instalaciones de Natanz contraviniendo así las leyes, pero, los occidentales, en lugar de aprovechar esta sinceridad, cooperación y buena fe por parte de los iraníes, cada día ponían un pretexto serio poniendo como condición para dialogar la suspensión de todas las actividades atómicas.”
“Observando la documentación de las negociaciones de los delegados iraníes con las partes occidentales vemos que lo único que ellos no han dado a entender es el derecho obvio de nuestra nación a disfrutar de la tecnología nuclear para fines pacíficos”, protestó.
“No tenemos en las leyes de la agencia ningún párrafo ni artículo en virtud del cual cada miembro de dicha agencia deba atraerse la confianza de los demás países para así poder explotar la energía atómica”, arguyó.
Dicho esto, el mandatario de Irán preguntó a los países occidentales de forma retórica ante los millones de personas que lo estaban escuchando: “¿Acaso ustedes, que explotan la energía nuclear, han atraído la confianza de alguien y se han comprometido con las normas que ustedes mismos han legislado?”
“Para hacer realidad sus deseos ilegales de hacer suspender las actividades atómicas de Irán, los occidentales han llegado incluso a pedir que se detengan las investigaciones atómicas en las universidades iraníes, pero es evidente que el independiente pueblo iraní no va a admitir estas imposiciones”, reiteró.
En alusión al proceso de las negociaciones entre Irán y la troika europea y la suspensión de estas negociaciones desde el año pasado, Ahmadineyad dijo: “Cuando fue obvio que ellos mentían y que lo que buscaban eran privar al pueblo iraní de su derecho a explotar la energía nuclear, fue entonces cuando se determinó que cambiaríamos de política y que seguiríamos con nuestra labor.”
“Por ello, de acuerdo a la ley, se lo anunciamos a la agencia, se acabó con la suspensión voluntaria de las actividades y éstas se reanudaron.”, explicó.
“Al mismo tiempo se les anunció la propuesta más grande y transparente. Anunciamos en la ONU que si hay quienes no se fían de las actividades nucleares de Irán, estamos dispuestos, para generar confianza, a permitir que ellos vengan a invertir y a participar en nuestras actividades atómicas formando un consorcio, para que estén seguros y atraernos la confianza de ellos. Redactamos incluso las normas de esta cooperación, pero ellos no recibieron esta proposición clara y evidente. Ellos dijeron como respuesta que confiarían cuando nosotros no dispusiéramos de la tecnología de producción de combustible atómico, por lo que es natural que nosotros restemos importancia a estos pretextos.”
El mandatario de Irán hizo un hueco en su discurso multitudinario para hablar de la Resolución antiiraní, la 1737: “Ellos emitieron una resolución contra Irán y dijeron que suspendiésemos nuestras actividades para poder dialogar.”
Ahmadineyad continuó: “A esto les respondimos que si ustedes son partidarios del diálogo, ¿por qué ponen ese énfasis en la suspensión? Y, en el caso de que aceptásemos esa suspensión, entonces, ¿de qué deberíamos hablar?”
Tras espetar a los occidentales con la pregunta de “porqué vuestras fábricas tienen que funcionar y las nuestras no”, Ahmadineyad insistió: “Hemos dicho que estamos prestos al diálogo, pero en unas condiciones justas e iguales, ¿por qué tenemos que implorar nuestros derechos detrás de las puertas de vuestros salones? Jamás el pueblo iraní admitirá la vileza de implorar vuestra gracia.”
Este último párrafo proferido por el mandatario de Irán tuvo como telón de fondo el clamor de los millones de asistentes que gritaban al unísono “jamás nos someteremos a la vileza”, tan estrepitoso que hizo temblar los alrededores.
QUIEREN ENGAÑAR AL PUEBLO IRANÍ
“Esa insistencia de que aceptemos la suspensión antes de iniciar las negociaciones y de que incluso estuvieron dispuestos a que aceptásemos una breve suspensión escudándose en excusas de carácter técnico, se debe a que pretender engañarnos y darnos promesas falsas y ambiguas, como las que había en su paquete de incentivos, en el cual pasaron por alto el reconocer explícitamente el derecho legal de nuestra nación a tener el ciclo de combustible nuclear, impidiendo el acceso del pueblo iraní a la tecnología de producción de combustible”, aseveró.
El paquete de incentivos a los que el mandatario iraní hace referencia fue entregado en Teherán en junio del año pasado por Javier Solana, alto responsable para la política de Seguridad de la UE y fue respondido por el Gobierno iraní en agosto. En aquel entonces, Ali Lariyani, responsable de las negociaciones nucleares con Occidente, señaló que Teherán había respondido positivamente al paquete de incentivos de la troika europea, pero que se debían aclarar algunas ambigüedades que había en el texto del mismo, ambigüedades que jamás los occidentales han disipado, unos occidentales que lo único que hacen en insistir hasta la saciedad en que para retomar las negociaciones Irán tiene que suspender sus actividades nucleares,.
Ahmadineyad siguió diciendo: “Ellos quieren, en cuanto aceptemos la suspensión, poner en marcha sus megáfonos y ya no permitir que retomemos nuestras actividades para que no podamos acceder a la tecnología y a los conocimientos que deseamos.”
“A nadie se le escapa que hoy la tecnología atómica es una necesidad de nuestra nación y de todas las naciones. Este mismo año hemos añadido más de 5.000 megavatios más a la capacidad eléctrica del país, lo cual conlleva un notable gasto y que se puede cubrir con el combustible fósil, pero todavía estamos a la zaga en lo que se refiere a las necesidades industriales del país”, indicó.
Ahmadineyad apuntó que “todos los pueblos necesitan acceder al ciclo de combustible y a la energía nuclear, pero las potencias arrogantes no quieren que los pueblos hagan uso de este derecho.”
Ahmadineyad explicó otras de las actitudes de Occidente, diciendo: “Después de que desesperaron al no ver suspensión, ellos recurrieron a las amenazas y a las sanciones contra Irán y, en el plena guerra contra el Líbano, emitieron contra Irán una resolución con la que dejaron bien claro que ellos están en contra del progreso de nuestra nación.”
“Ellos se creían que con amenazas y sanciones cederíamos, y mediante sus análisis habían llegado a la conclusión de que incrementando la presión el pueblo iraní se echaría para atrás, mas éste ha resistido”, precisó.
La resolución a la que alude el presidente fue emitida mientras Israel le había declarado a Líbano una guerra que duró 33 días a lo largo de la cual bombardearon las infraestructuras de este país árabe y mataron a miles de ciudadanos inocentes, entre ellos niños, mientras que la comunidad alzaba su voz en grito pidiendo que el Consejo de Seguridad (CS) de la ONU tomase cartas en el asunto para detener esa barbarie, pero que, en lugar de dictaminar una resolución condenatoria contra Israel, se ocuparon de abordar y aprobar una contra el programa nuclear iraní; la 1696. Varias semanas después, gracias a la presión de los pueblos, el CS no tuvo otro remedio que dictaminar un alto el fuego.
La resolución 1696, aprobada un 31 de julio, le exigía a Irán la suspensión del enriquecimiento de uranio, para lo cual tenía de plazo hasta el 31 de agosto, así como le pedía que se sentase en la mesa de negociaciones pues, de lo contrario, se enfrentaría a posibles sanciones.
NADA PODRÁN HACER CON LAS SANCIONES
Ahmadineyad dijo también que “hoy están buscando otros planes sabiendo que mediante las sanciones no podrán hacer nada ya que lo han hecho antes cuando durante el mandato de Clinton aprobaron una ley para que los países no puedan tener transacciones económicas con Teherán, amenazando con sanciones a miles de empresas, pero vieron cómo Irán durante estas sanciones ha estado progresando en todos los ámbitos y cómo, apoyándose en su propia juventud, ha accedido a la tecnología nuclear.”
“El arma de las sanciones es de hace 30 años y ni a naciones más pequeñas que la iraní se le puede detener amenazándolas con sanciones”, apuntó.
“Ellos quieren recurrir a un nuevo plan que es el de sembrar la disensión, la desesperanza y la desazón entre los pueblos a través de rumoreo y la difusión de mentiras y quieren, mediante el engaño y otros actos satánicos, imponer una crisis en la nación y en el país, pero deberían saber que merced a la sagacidad y el despertar del pueblo de Irán, también fracasarán en este complot”, subrayó.
Ahmadineyad siguió diciendo: “El pueblo iraní se ha convertido para todas las naciones en un ejemplo de devoción a Dios, reivindicación de Justicia y de vida dichosa, y este pueblo, como punto de apoyo seguro, es importante para todas las naciones y son estos progresos los que enfadan al enemigo.”
LA GRAN FIESTA NUCLEAR
Ahmadineyad se dirigió a los millones de congregados ante sí para decirles también: “Gracias a Dios, de la misma manera que el año pasado en este día del 11 de febrero estuvieron ustedes en los diferentes escenarios firmes detrás del Líder de la Revolución, sepan que esta presencia, solidaridad y firmeza en todo el querido territorio nacional ha neutralizado hoy la última conspiración de los enemigos.”
“Hoy gracias a Dios se ha consolidado nuestro derecho, haciendo que los enemigos se arrepientan y se convoque esta gran fiesta del pueblo iraní”, añadió.
“Todo aquel que de palabra, mente o acción se le vea el más mínimo atisbo de conciliación, componendas o capitulación en este derecho del pueblo iraní, será el más odiado para dicho pueblo”, espetó.
Vaticinó el presidente de la república islámica que “durante varios meses los enemigos dirán y harán cosas, mas todos sabemos que el 11 de febrero de 2007 la nación iraní pasó por el desfiladero y consolidó su derecho evidente.”
Ahmadineyad terminó anunciando que de aquí al 9 de abril y de manera intermitente se irán anunciando los grandes logros habidos en los campos de la industria, de la agricultura, de la medicina y, en particular, en el de la física y la tecnología atómicas.
11 Febrero 2007
TRAS LOS PASOS DE BOLÍVAR
BIOGRAFÍA DEL LIBERTADOR DE AMÉRICA
RICARDO ANGOSO, 2006.
Para nosotros la Patria es América.
Simón Bolívar
Introducción
La vida del Libertador, como la de todos los grandes héroes, está llena de enigmas, leyendas, mitos e incluso falsedades. El presente material, lejos de ser una biografía detallada y prolija en fechas y datos, pretende ser una introducción a la vida y obra del Bolívar político y militar, pero también humano. Hemos querido visitar los escenarios donde vivió, luchó, combatió, sufrió e incluso murió una de las más grandes leyendas de América Latina.
Bolívar, contra lo que era el destino de los hombres de su tiempo, viajó por América, conoció Europa y tuvo la suerte de tener una vida plagada de ricas experiencias, vivencias y conocimientos. Nuestro país fue visitado por el Libertador de las Américas y en el centro histórico de Madrid contrajó matrimonio con la que sería su breve y efímera primera y última esposa. Mujeriego, amante de la buena vida, liberal en lo político, masón y algo soberbio, Bolívar encarna el sueño de una América libre y unida, un ideal por el que todavía luchan en aquellas tierras tan cercanas y tan lejanas.
Caracas y el Libertador
Nació nuestro Simón Bolívar en Caracas allá por el año 1783. Todavía se puede visitar la casa donde vivió los primeros años de su vida, hoy convertida en museo, y comprobar el pasado acomodado y burgués del que más tarde se convertiría en gran revolucionario y reformador. Junto con el lugar donde reposan sus restos, la casa natal de Bolívar constituye uno de los puntos de ineludible visita de todos los bolivarianos. El año de su nacimiento no deja de ser una fecha premonitoria, ya que en ese mismo año los españoles ejecutarían al caudillo indígena Tupac-Amaru en el Cuzco y comenzaba una era plagada de desencuentros y luchas entre los colonizados y los colonizadores. También por aquellas fechas se producía la independencia de los Estados Unidos, el gran sueño que deseaba forjar para América Latina Bolívar.
De padres españoles y egregio linaje, con cientos de años de presencia en las Américas, muy pronto el infante se quedaría sin padres y fue enviado por sus familiares a Europa cuando apenas tenía 16 años. Su familia era acomodada y, como casi todas las de la época, tenía esclavos y propiedades. Más tarde, Bolívar que en cierta medida abominaría de su pasado burgués por influencia de la revolución francesa, ordenaría liberar a todos los esclavos y gastaría toda su fortuna en la causa revolucionaria y también en otros menesteres.
Bolívar desembarcó en España, en el puerto de Santoña, y desde allí se dirigió hacia Vizcaya, donde visitó brevemente la hacienda familiar, en la Puebla de Bolívar (Vizcaya), que le desengañó profundamente, quizá porque esperaba que era la cuna de la familia Bolívar fuera un gran palacio y no el amasijo de ruinas con que se encontró. El viejo esplendor del que le habían hablado sus familiares era tan sólo un sueño moldeado por años de desarraigo. Corría el año 1799 y el que sería gran libertador de las Américas era un joven idealista y cargado de proyectos. Desde el país vasco español pasó a Francia, donde estaría varios años, aprendería su lengua, se interesaría por su literatura e historia y aprendería de los revolucionarios franceses tácticas y estrategias. Se empaparía de las ideas liberales, conectaría con la masonería y adoraría, casi en secreto, a Napoleón. Aunque siempre negó, quizá el Napoleón dictador e implacable militar era su ideal de hombre político.
En 1802 regresaría a España, donde se alojaría en varias casas de amigos y hombres de influencia de la época, y en la capital, Madrid, en pleno barrio de Chueca, se casaría con María Teresa, su gran amor y única esposa. Hoy una placa, colocada muy cerca madrileña calle Barquillo, nos recuerda su boda, el 26 de mayo de 1802, en la desaparecida Iglesia de San Cristóbal y el paso de tan ilustre visitante por nuestra ciudad. También podemos ver una curiosa estampa de los novios, quizá la única que hay, en la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, la ciudad que le vería morir unos años más tarde.
En Madrid mantendría una actividad frenética, sería asiduo de las tertulias, asistiría a importantes reuniones, conocería a prominentes figuras de la vida pública y se interesaría ávidamente por la política española. Comprendió que el Imperio español estaba en decadencia y que la monarquía, tras décadas de negarse a los cambios y reformas que venían de Europa, estaba definitivamente agotada. Es más que posible que en este ambiente de decadencia histórica, de final de un ciclo y de agotamiento político y espiritual, Bolívar comprendiese que había llegado la hora de que los pueblos americanos se emancipasen. Su sueño era crear una gran nación latinoamericana, una suerte de Estados Unidos de América del Sur, ya que era un gran admirador de las ideas norteamericanas y de Washington. En Madrid está documentada su residencia en las calles Jardines y Atocha.
Pero tampoco olvidemos la parte lúdica, pues es de sobra conocido que el Libertador tampoco perdió su tiempo y era un asiduo de las grandes fiestas y juergas en la capital de España. Le gustaba vivir muy bien, bebía buenos vinos, gastaba bastante dinero en ropas caras y llevaba un ritmo de vida por encima de sus posibilidades, si tenemos en cuenta que no poseía una gran fortuna y que las arcas familiares estaban vacías. La ayuda de otros familiares, como su hermano, y su rápido acceso a los bienes heredados le permitirían esta vida de lujo y caprichos varios.
Su boda sería efímera y su esposa, María Teresa Rodríguez, moriría en 1803 de una extraña enfermedad nada más llegar a América, lo que sumió en un gran dolor y tristeza a Bolívar. Juró ante su tumba que nunca más se casaría y lo cumpliría; tampoco dejaría descendencia conocida y el vacío dejado por la difunta sería inmenso y le embargaría durante toda la vida. Esta situación adversa provocó su segundo viaje a Europa, donde asistiría en Milán en compañía de unos amigos a la coronación de Napoleón Bonaparte como emperador, hallándose presente, incluso, en el momento en que el máximo líder del continente se ciñó la corona de hierro de Lombardía, allá por el año 1804. Aquella imagen le perseguiría de por vida y siempre admiraría ocultamente la figura de Napoleón.
También visitaría París y volvería a España, donde tenemos noticias, por sus cartas e informaciones de la época, de sus estancias, al menos, en Madrid, Bilbao y Cádiz. En la ciudad vasca sabemos que, incluso, Bolívar pudo conocer a su primera esposa en su primer viaje y comenzó el idilio que fatalmente terminó con su prematura muerte. Estos son los años, entre 1803 y 1810, en que se le atribuyen a Bolívar numerosos romances, una vida frívola y quizá desordenada y un período formativo, en lo político, que ya era claramente liberal y revolucionario, en el sentido francés de la época.
La figura política de Bolívar está notablemente influida por las ideas de la Revolución Francesa, la Ilustración y el enciclopedismo de Diderot y otros pensadores. Bolívar leía francés a la perfección, hablaba un poco de italiano y podía leer el inglés, un conocimiento de las lenguas absolutamente anormal para un hombre de su tiempo. Hasta el final de sus días leyó el pensamiento de los liberales y disfrutó durante horas con los escritos de Rousseau, que incluso releía durante sus descansos entre batalla y batalla, tal como nos cuentan sus asistentes militares en sus memorias.
De sus años París, poco conocidos, el escritor colombiano Mauro Torres tiene una visión bastante peculiar de los mismos, a la que cito sin más comentarios: “Rápidamente, pasa Bolívar a París donde lo encontramos ya en mayo de 1804. Aquí, Bolívar da rienda suelta de manera orgiástica, a una vida de placeres, de mujeres y de vino, de salones de juego, siendo el salón de Fanny de Villars, uno de tantos. Ahora es enteramente libre, por lo menos en lo que se refiere a las costumbres. Ya no tiene diques ni guardacantones morales que lo sofrenen, ni madre, ni tíos, ni preceptores, ni esposa. ¡Es libre!”. Son los años en que Bolívar malgasta su fortuna y disfruta de una vida que nunca más volvería a poseer de esa forma; luego llegaría la larga lucha por el poder y la gloria y su efímera muerte, la última batalla que perdió.
Regreso a América: la guerra
En 1810 regresa definitivamente a América, aunque siempre soñó con volver a Europa y recorrer las calles de País, quizá la ciudad que más quería. Antes de su llegada a su amada Venezuela, tenemos noticia de que Bolívar estuvo en los Estados Unidos, tal como relataba en una de sus crónicas el periódico New England Courant:
“Washington, la capital de la Nación está agasajando dos importantes personalidades, el Señor Simón Bolívar, criollo venezolano educado en España, quien va camino de su país procedente de Londres, acompañado por Francisco de Miranda, un militar de fortuna y veterano de ambas revoluciones: la Americana y la Francesa. ¿Qué puede significar esta visita, sino que muy pronto podemos tener noticias de revolución en el Hemisferio Sur? Tengamos la esperanza que ninguno de nuestros propios comerciantes, demasiado ambiciosos, se arriesgaren en sus viajes doblemente peligrosos, ayudando a los rebeldes y de paso enriquecerse ellos mismos”.
El año de su llegada de nuevo a casa coincide con una gran agitación en todo el continente americano, pero también en España, que sufre una profunda crisis política y económica, preludio de la guerra contra los franceses y de la desintegración del Imperio español. La anacrónica situación de mantener una dominación colonial sobre las tierras americanas era ya una idea insostenible.
En aquel tiempo, en Quito son degollados los patriotas que luchan contra los españoles, se producen revueltas y algarabías contra los ocupantes en Cartagena de Indias y Buenos Aires y en Cáracas el 19 de abril de 1810 se produce la primera algarada seria contra los españoles, a la que Bolívar rehúsa unirse por motivos nunca suficientemente explicados. La llama de la protesta se extiende por todo el continente y parece ya imparable; México también se suma a las protestas, se producen revueltas en Chile y, en 1811, el Congreso venezolano decreta la independencia del país. Bolívar apoyó tal acto de rebeldía contra los españoles.
En esos días, y aprovechando los contactos internacionales y el conocimiento de Europa que tiene, Bolívar se suma a la causa revolucionaria y decide viajar hasta Londres para pedir ayuda a los ingleses contra los españoles. El marqués de Wellesley, a la sazón ministro de exteriores de la Corona inglesa, le da buena acogida y trato agradable, pero se comporta de una forma muy británica: le permite exportar armas hasta América, pero le exige el pago al contado y pagando fuertes derechos arancelarios. La “solidaridad” británica tiene un alto precio para los revolucionarios.
“A su regreso de Londres se retiró a la vida privada, nuevamente, hasta que en septiembre de 1811 el general Miranda, por aquel entonces comandante en jefe de las fuerzas de mar y tierra, lo persuadió de que aceptara el rango de teniente coronel en el estado mayor y el mando de Puerto Cabello, la principal plaza fuerte de Venezuela”, escribiría el escritor venezolano Arturo Uslar Pietri.
En Puerto Cabello sufriría una primera y gran derrota militar, que le haría entregar a su mentor político, el general Mirada, a los españoles, que nuevamente se habían hecho con el control de Venezuela. Una vez entregado a Miranda, en 1812, Bolívar abandonaría Cáracas rumbo a la Guaira y Curacao. Pese a este revés, sin embargo, la llama independentista ya había prendido en el continente y el proceso de enmancipación nacional de los pueblos latinoamericanos era ya irreversible. Miranda acabaría sus días en una prisión gaditana y siempre le guardaría un gran rencor a Bolívar, al que calificaba como inepto en lo militar y soberbio en lo político.
Cartagena le dio la gloria
Entre 1812 y 1813, llamados por el espíritu revolucionario y nacionalista, los ciudadanos de Cartagena de Indias se levantan contra el poder español y proclaman una república. Bolívar, en vista de cómo evolucionan los hechos, toma el primer barco y se presenta allí. Y comienza la leyenda. Bolívar arenga a las nuevas fuerzas independentistas, llama a corregir los errores del pasado y a emprender una lucha por la libertad que debe concluir con la emancipación de América entera. Lanza el manifiesto de Cartagena y la ciudad brilla de emoción, pero también todo un pueblo que anhela la libertad y el final de las cadenas.
Mientras España se desangraba y vivía uno de los más momentos más turbios de su historia, los americanos ya luchan abiertamente contra siglos de ignominia e injusta dominación colonial. Paradojas del destino convertirían a un descendiente de españoles, Bolívar, en un abanderado de la causa revolucionaria y quien llevaría a buen término la nueva cruzada emprendida en pro de la liberación nacional. En aquellos días, consciente de que la presencia española ha llegado a su fin, Bolívar escribiría en una carta: “De los negocios de España estoy contento, porque nuestra causa se ha decidido en el tribunal de Quiroga y Riego…Yo que siempre he sido su enemigo (de Fernando VII), ya veo con desdén combatir contra un partido arruinado y expirante”. Bolívar se había convertido ya en uno de los grandes próceres de la epopeya latinoamericana que significa la lucha por la liberación nacional. Un cuadro del Museo Bolivariano de la Quinta de San Pedro Alejandrino nos muestra a Bolívar como un personaje central en la historia latinoamericana y como el hombre que señaló el camino a los que llegaron después, los malogrados Augusto Sandino, Omar Torrijos y quizá el mismo Ernesto Che Guevara. Quizá al pintor le faltaron Hugo Chávez y Fidel Castro, otros dos autotitulados “herederos” de la causa bolivariana.
En 1813, ya en plena campaña bélica por la libertad, Bolívar es nombrado brigadier de todos los ejércitos de la Unión y se encamina hacia Cáracas, donde obtiene un relativo éxito al tomar la ciudad. De la entrada en la ciudad, escribiría el francés Henry Ducoudray-Holstein, al que cito textualmente:
“La entrada en Caracas de Bolívar fue brillante y gloriosa. Los amigos de la libertad que habían sufrido tan severamente, lo rodearon desde todos los rincones del país y saludaron su arribo con grandes muestras de alegría y regocijo. El entusiasmo fue universal, en cada clase y cada sexo de los habitantes de Caracas. El bello sexo coronó a su Libertador. Ellas cubrieron las calles de flores, ramos de laurel y olivo, a su paso por las calles de la capital. Los gritos de millares se mezclaron con el ruido de las salvas de artillería, las campanadas de los templos y la música; la muchedumbre fue inmensa”.
Sin embargo, la gloria duraría poco tiempo y una fuerza comandada por los españoles le obligaría a Bolívar a marchar hacia Jamaica durante unos meses. Ese mismo año México se declararía independiente y el clima de exaltación nacional se acrecentó en todo el continente. Bolívar escribiría, en 1815, una carta desde Kingston donde expone que su sueño es “más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riqueza que por su libertad y gloria”. Incluso más tarde llegaría a pensar con extender su confederación de naciones latinoamericanas hasta la Pampa argentina, quizá llevado por uno de esos efluvios napoleónicos que dominarían muchas de sus ideas y acciones.
Más tarde, en 1816, tras un breve período fuera del continente, desembarca Bolívar en Carúpano y nuevamente se pone al frente de las fuerzas, obteniendo grandes victorias frente a los españoles pero también derrotas. Por ejemplo, Bolívar no pudo defender Barcelona y la abandonó a su suerte, lo que provocó una gran matanza por parte de los españoles, que llegaron a degollar a todos sus defensores en uno de los capítulos más negros y sangrientos de esta guerra. Algunos historiadores, muchas veces por su animadversión hacia la figura histórica de Bolívar, han llegado a culpar al personaje de la matanza, pero tal aseveración parece más fruto de la pasión que del rigor histórico.
Entre 1816 y 1819 se desarrolla la guerra de la independencia de lo que Bolívar llamaba la “Gran Colombia”, una suerte de confederación de naciones latinoamericanas que incluía a las actuales Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela. La moral de los españoles se resquebrajaba por momentos y la estrella de Bolívar brillaba con más fuerza que nunca, pese a que también tuvo unos doce reveses militares serios en esas fechas. Luego está el Bolívar cruel, pues en numerosas ocasiones fue implacable, violento y despiadado con sus enemigos vencidos. El escritor venezolano Arturo Uslar Pietri le ha llegado a considerar la primera versión prototípica del dictador latinoamericano, un hombre para el que fin justificaba los medios. Quizá dicha denominación no se acerque a la realidad, pero no debemos olvidar los hábitos y métodos de la época, bastante lejanos de los nuestros y poco ceñidos a lo que hoy conocemos como los derechos humanos.
El mismo Bolívar había dejado escrito en aquel entonces que “Usted me conoce y sabe que soy más generoso que nadie con mis amigos y con los que no me hacen daño; y también sabe que soy terrible con aquellos que me ofenden”. Bolívar, gran conocedor de la historia, se sintió influido por el carácter de Napoleón y sus grandes victorias, aunque nunca lo dijera abiertamente. Incluso sus ideas políticas, centralizadoras, unificadoras y escasamente federalistas, bebían de la influencia francesa jacobina y no cabe duda de que su modelo se acercaba más al francés que al norteamericano.
Pero el éxito de Bolívar es más político que militar. En 1819 el Congreso de Antioquía decreta la creación de la República de Colombia, que debía incluir, tal como deseaba Bolívar, las actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá. Más tarde, anunciando lo que estaba por venir, Bolívar anunciaría profético: “Cuando yo dejé de existir, esos demagogos se devorarán entre sí como lo hacen los lobos, y el edificio que construí con esfuerzos sobrehumanos se desmoronará en el fango de las revoluciones”. Pero no adelantemos el relato y sigamos con nuestra historia.
El momento le es absolutamente propicio; tiene el apoyo de su pueblo y las grandes naciones, Francia, el Reino Unido y los Estados Unidos, alientan su causa. Los medios de comunicación europeos del momento le presentan como un héroe querido y admirado por su pueblo, una suerte de David que lucha contra un Goliat terrible y cruel, que es el imperialismo español. A toda esta conjunción de factores proclives a su causa, hay que añadir que su intuición política le permite controlar la escena del momento, consiguiendo, por ejemplo, que en el año 1820 el Congreso de Angostura le ratificase de nuevo con el título de Libertador, algo que ya había hecho antes una junta ciudadana de Caracas.
De aquellos años guardamos un descripción del personaje, que fue realizada en 1818 por el militar británico Richard Vawell y que puede ayudarnos a conocer algo más a Bolívar: “Bolívar, por la época de que hablamos, tenía unos treinta y cinco años, si bien parecía de siete u ocho más. Su rostro era delgado y expresaba paciencia y resignación, virtudes de las dio suficientes pruebas durante su larga carrera política, y que le honran tanto más cuanto que su carácter era muy imperioso. Rodeado de hombres a los que era superior por su nacimiento y educación, no tenía mucho que hacer para que sus maneras pareciesen elegantes; pero una prueba mejor de que era distinguido es que, a pesar de las prevenciones que la Corte de Madrid abrigaba contra los criollos de sus colonias de Ultramar, cuando, en su juventud, fue enviado a la Corte para perfeccionar su educación, Bolívar se conquistó el amor de la hija del marqués de Ustáriz, con la que se casó”.
La descomposición de las fuerzas españoles en el continente americano se produce entre 1819 y 1820, pues ya en aquel año la revuelta se ha generalizado en todos los territorios y el virreinato de Nueva Granada está ya casi controlado por las fuerzas rebeldes. Bolívar conquistaría Bogotá y numerosos territorios en esas fechas, mientras que los españoles huyen y se atrincheran en una desesperada acción numantina en la amurallada y escasamente estratégica ciudad de Mompós. Su suerte, tal como se suceden los acontecimientos, está echada. 15 de las 22 provincias de Nueva Granada ya se habían adherido al nuevo Gobierno de Colombia que controlaba Bolívar; los españoles ya sólo poseían Cartagena y el istmo de Panamá. La guerra en el continente estaba a punto de concluir para los españoles; estaban cansados, desmoralizados y, sobre todo, sin un proyecto para esta zona del mundo.
La guerra, sin embargo, continuaría a lo largo de los años siguientes. En 1822, Bolívar se lanza con sus fuerzas a la conquista del territorio ecuatoriano y ocuparía en una campaña triunfante Quito, Pasto y Guayaquil para Colombia. Un año antes había conseguido un gran éxito: el Congreso de Cúcuta le había elegido Presidente y Bolívar había comenzado a poner en marcha su modelo político centralista y jacobino, seguramente inspirado de las ideas francesas que tanto había estudiado y tan bien conocía. En aquellas fechas, ya investido del carisma y arrojo que le había dado su gloria política y militar, Bolívar se reuniría con el otro gran prócer de la independencia americana, el general José de San Martín.
El militar argentino San Martín escribiría de Bolívar, tras su entrevista, un relato bastante neutral del personaje, debido a que la entrevista entre ambos no se desarrolló en los términos previstos. Cito textualmente su correspondencia: “Bolívar era muy familiar con el soldado y le permitía licencias no autorizadas por las leyes militares, pero lo era muy poco con sus oficiales, a los que a menudo trataba de manera humillante. En cuanto a los hechos militares de este general, puede decirse que le han merecido, y con razón, ser considerado como el hombre más asombroso que haya producido la América del Sur. Lo que le caracteriza por sobre todo y forma, por así decirlo, su sello especial, es una constancia a toda prueba, que se endurecía contra las dificultades, sin dejarse jamás abatir por ellas, por grandes que fueran los peligros a que hubiera arrojado su espíritu ardiente”. Las ideas de ambos, en lo político, también estaban en las antípodas; Bolívar era más bien liberal, mientras que San Martín concebía una suerte de absolutismo ilustrado de corte monárquico. Nada que ver, nada que hacer juntos.
También por aquellas fechas, tal como nos cuenta una placa que se encuentra en la Plaza Mayor de Quito, conocería a una de sus más significativas amantes, Manuela Sáenz, conocida como la Libertadora por su apasionamiento y titánico trabajo en pro de la causa revolucionaria. La conoció en 1820 y la relación, al parecer, se rompió unos antes de la muerte del Libertador. Saénz moriría en 1856 en Perú abandonada por todos, inválida y olvidada del mundo.
Bolívar también se empeñó en la liberación Bolivia y Perú, cosechando grandes éxitos allí donde los militares españoles se retiraban. En muy poco tiempo, a merced a sus avances, se convirtió en el Presidente de Colombia, en el padrino político de Bolivia y en dictador de Perú, pero, sin embargo, no fue capaz de conseguir la unidad y combatir las tendencias centrífugas que se desarrollaban en toda América.
Un poco después de entrar triunfante en Lima, Bolívar fue despojado ignominiosamente, en 1824, de la jefatura de las fuerzas militares de Colombia por el Congreso, rompió con su antaño aliado, el general Santander, que más tarde le traicionaría, y regresó a Caracas donde juró defender la Constitución que él mismo había “diseñado”. Pese a todo, en ese año de 1824 cosechó uno de sus victorias más impresionantes: la batalla de Aguacucho selló el final del dominio español en América Latina y el desarrollo de las nuevas entidades nacionales latinoamericanas.
Sin embargo, el final de su poder estaba cerca. Había sido ya presidente de la “Gran Colombia” desaparecida por las luchas intestinas, de la República de Bolívar (actual Bolivia) en 1825 y también de Perú, entre 1824-26. Estos éxitos políticos y militares no le permitieron a Bolívar evitar las divisiones internas en el seno del movimiento que el mismo había desencadenado y a finales de la década América ya no era una unidad o confederación tal como él había soñado e idealizado. La guerra civil se extiende por toda la “Gran Colombia” que había desarrollado en sus escritos y pensamientos, dejando tras de sí un reguero de conflictos y destrucción humana y material.
Bogotá, capital de la inquina
Una vez comprobado que su sueño se ha deshecho por las ambiciones, las luchas internas y las traiciones de todo tipo, Bolívar se retira a Bogotá, donde trataría de seguir ejerciendo su poder absoluto y controlando la vida de Colombia, pero sus enemigos no le dejarían. En 1828, cuando su poder ya ha declinado claramente en toda su área de influencia y la mayoría de los países que había liberado le dan la espalda, Bolívar sufre un atentado por parte de sus enemigos, aunque consigue huir desnudo completamente y refugiarse en un puente durante toda la noche. Una vez desactivada la amenaza golpista, Bolívar actúa sin contemplaciones y ordena ejecutar al general Padilla, al parecer cabeza dirigente de la conspiración contra Bolívar.
Los últimos años del Libertador son muy tristes. Colombia se encuentra enzarzada en una cruenta guerra civil, la división es total y los alzamientos contra el poder constituido son moneda corriente. Por quinta vez en su vida, Bolívar renuncia a la máxima diligencia del país y anuncia su retirada con la intención de volver a Europa para realizar un largo viaje. Quiere cumplir el gran sueño de su vida: volver de nuevo a París, pero como veremos nunca llegará a verlo cumplido.
Bolívar se encuentra al final de su carrera, abandonado por todos, abatido, enfermo, solo, con pocos amigos y en un país que ya ha escapado a su control. Una Colombia dividida, enzarzada y al borde de la guerra civil. Su tiempo, pese a su juventud, escasamente 47 años, había pasado definitivamente y llegaba el ocaso de su dilatada trayectoria política y militar. El último atentado, además, le había causado una gran depresión y le había dejado postrado durante una temporada.
Pese al estado de cosas tan lamentable que mostraba el país, la gente de la calle le seguía mostrando a Bolívar cariño y admiración, tal como relata el viajero francés Augusto Le Moyne en su diario escrito entre 1828 y 1830, que reproduzco literalmente:”Durante los días anteriores a su salida de Bogotá, la modesta casa de un particular, donde se retiró provisionalmente, se vio constantemente invadida por los miembros del Congreso, las corporaciones civiles, militares y eclesiásticas y hasta por simples ciudadanos que acudían hacerle patente su pesar y los votos que le formulaban. A estas manifestaciones de afecto, más o menos sinceras; se sumó una manifestación por parte de las tropas de guarnición que, al demostrar que el antiguo presidente de Colombia seguía siendo adorado por el ejército, pudo en un momento dado hacer pensar en una revolución: un batallón de granaderos, que no inspiraba confianza y que se quería enviar a otro acantonamiento, se negó a marchar sublevándose al grito de “¡Viva Bolívar!” y manifestando su deseo de volverle a colocar a la cabeza de gobierno”.
Ante esta cada vez más difícil situación y sabiendo que su figura concitaba la división y no el consenso, Bolívar preparó sus maletas y se marchó de una ciudad a la que siempre, en cierta medida, consideró hostil, el centro político donde tuvo que luchar duro por conseguir sus objetivos y donde sufrió todo tipo de conspiraciones. Es más que seguro que nuestro Bolívar se alejó de esta capital de la inquina con cierta satisfacción, con la alegría de que muy pronto se embarcaría rumbo a Europa y volvería a su siempre añorada Francia.
En Bogotá dejaría su bella casa, llamada hoy la Quinta de Bolívar, donde viviría largos periodos de su vida y donde disfrutaría de una vida relajada y placentera. La casa fue un regalo del Estado colombiano por los méritos militares y políticos contraídos con la patria. En este bello y paradisíaco lugar, situado en pleno centro de Bogotá, muy cerca del barrio de La Candelaria, Bolívar se deleitaba escuchando el piano y bebiendo vinos de Burdeos, dos aficiones que le perseguirían desde su estancia en Francia y que nunca abandonaría. Era un auténtico afrancesado. El único rasgo suficientemente español que le perseguiría de por vida es la sana costumbre de echarse la siesta, algo que hacía incluso en los períodos de mayor tensión militar. Una vez empacadas sus maletas, como se dice en Colombia, no volvería a pisar nunca más la ciudad de Bogotá.
De Cartagena a la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta
En Cartagena se quedaría en la casa del Marqués de Valdehoyos, donde se alojó durante varios días con la intención de partir rápidamente hacia Santa Marta y más tarde hacia Europa. Nuevamente volvía a Cartagena de Indias, la ciudad que él decía le había dado la gloria y donde había comenzado a gestarse la independencia de Colombia. Ciudad heroica, resistente y valiente, la urbe entregó a los mejores de sus hijos en la lucha por la libertad y pagó muy cara su rebeldía.
Allí, Bolívar, ya rendido por unos avatares incontrolables y enfermo, se sentiría como Napoleón antes de partir hacia Elba. Un testigo que vio al Libertador antes de partir hacia el lugar donde fallecería, José Vallarino, escribiría en su diario, en 1830, la siguiente descripción: “Advertí en la fisonomía de Bolívar mucha languidez. Sus ojos se fijaban y no brillaban como siempre y del lagrimal le supuraba con alguna frecuencia un humor craso que se limpiaba cuando lo sentía descender. Su cuello estaba un poco hundido entre sus hombros. La espalda un poco cargada. El pecho un poco fatigado. Una tos tenue, pero bastante frecuente; tardío en discurrir y sus pasos vacilantes”.
Bolívar estaba hundido física y moralmente, sobre todo al comprobar que su sueño de crear una gran nación latinoamericana había fracasado y que en su lugar un sinfín de naciones habían nacido, quizá su legado no deseado a la historia del continente. Bolivia, Ecuador, Venezuela y la misma Colombia habían desafiado a sus ideas de unidad y ya caminaban por sí solas por la historia de la humanidad. La mayor derrota en aquellos días de Bolívar no era militar, sino política: haber fracasado en su empeño de unir a todos los pueblos de la región en un mismo Estado, algo por lo que había luchado hasta perder sus últimas energías y que había desangrado a la nación. “Temo más a la paz que a la guerra”, había dicho premonitoriamente en los días de la lucha contra los españoles.
Una vez abandonada Cartagena, Bolívar se dirigió a través del bello río Magdalena hacia Santa Marta, donde le esperaba un amigo español, Joaquín de Mier, conocido comerciante y agricultor local. El viaje de Bolívar por el río Magdalena ha sido descrito magistralmente por Gabriel García Marquez en El general en su laberinto, libro que nos ayuda a comprener el dolor, la soledad y el desasosiego que invadían al Libertador en sus últimas horas. Mier le recogió en su bella casa: la Quinta de San Pedro Alejandrino. Allí, en aquel espacio recogido, de un verdor increíble, caribeño e idílico, pasó los últimos momentos de su vida Bolívar e incluso, cuentan los testigos que le vieron, regresó al cristianismo. Sus últimos días fueron muy tristes; se pasaba el día postrado, dando cortos paseos por la Quinta y mirando el fluir del río Magdalena, el más caudaloso de Colombia.
Podemos imaginar que la ruptura con Manuela Sáenz todavía le abrumaba y que las noticias que le llegaban no eran nada satisfactorias para alguien que había dado su vida a la causa americana. Su gran amigo el Mariscal Sucre, el gran héroe de Ecuador, había sido asesinado ese mismo año y el Libertador se sintió herido y traicionado. Luego Ecuador, que para él siempre había sido una parte inseparable de Colombia, ya era plenamente independiente. El final estaba cerca y Bolívar intuía todas estas tragedias como negros presagios para una vida ya consumida y acabada.
Lejos quedaban los días de gloria y apasionamiento político, de grandes batallas militares y de luchas intestinas, atrás también sus amadas Cartagena y Caracas, quizá sus dos ciudades más queridas. Su idolatrada Venezuela, que tanto amaba, también había dado la espalda a sus sueños de unidad y fraternidad latinoamericana. Le habían retirado los honores, para herirle en su orgullo, y su figura era criticada abiertamente. Aún así, en aquellos días tristes, cuando exponía sus últimas voluntades, Bolívar expresó su deseo por ser enterrado en la tierra que le vio nacer. Así sería, pero muchos años más tarde, allá por el 1842.
Incluso en aquellas duras jornadas, en que todo en su universo era confuso y adverso, pues la enfermedad que le llevaría a la muerte seguía avanzando, el Libertador se reconciliaría con el cristianismo y volvería a abrazar la fe cristiana, en un hecho tan contradictorio como inexplicable. Juan de Ujueta, un lugareño que le visitó en aquellos días fatídicos en la Quinta de San Pedro, recordaba en su diario: “Como seis días antes del funesto 17 de diciembre de 1830, fui a la Quinta por la tarde, y allí me refirieron como el Ilmo. Sr. Obispo Estévez, que, con el pretexto de visitarle, le habló de disposiciones de conciencia, lo que sorprendió al Libertador, levantándose de su asiento con su viveza natural y observándole que no se sentía tan grave; concluyó por pedirle tiempo para prepararse, llamando después al señor Obispo para confesarse. Después del recogimiento que tuvo de la oración, volvió a llamar al señor Obispo y le encargó de redactar la alocución que deseaba dirigir a los colombianos, dictándosela casi íntegra, la cual hizo reformar hasta por tercera vez”.
El Bolívar masón también se rindió ante sus propias ideas, abandonó con tristeza los últimos ideales y la decepción debía de herirle más brutalmente incluso que la tuberculosis que le devoraba desde hacía meses. Bolívar, que había sido líder indiscutible de Colombia y Venezuela entre 1813 y 1830, veía como los dos países se separaban para siempre y seguía apelando a esa “unidad” que ya nunca más volvería. Los primeros días de diciembre de 1830 todo el mundo estaba preparado en San Pedro Alejandrino para el final. El Libertador todavía sueña con que las cosas se pueden reconstruir, aunque se muestra pesimista con respecto al futuro: “verá que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia, y ¡desgraciados de los pueblos! y ¡desgraciados de los gobiernos!”, escribía en una de sus últimas cartas.
Finalmente, un día 17 de diciembre de 1830, a la una y siete minutos de la tarde, como relatan las crónicas, moría Simón Bolívar, llamado el Libertador por su pueblo, querido por muchos, odiado por unos pocos y siempre referente del sueño de la unidad latinoamericana. Según la novelada versión realizada por García Marquez de su fallecimiento, el general exclamó: “Carajos. ¡Cómo voy a salir de este laberinto!”
Su cuerpo fue expuesto durante unos días en el centro de Santa Marta, en lo que hoy es la Casa de la Aduana, y luego llevado para ser enterrado a la Catedral, una vez que se había producido su “reconciliación” con la Iglesia católica. Murió a los 47 años, libre de equipaje, pues había dilapidado su fortuna, y con más apóstoles con los que habría soñado en vida. Su mito, pero también su historia plagada de grandezas y miserias, como la de todos los héroes, se convertiría un referente fundamental en América Latina desde su desaparición; luego vendría el mito bolivariano y la reivindicación de sus ideas y proyectos por casi todos los dirigentes latinoamericanos de todos los colores. Un personaje controvertido pero adorado, estudiado pero muchas veces incomprendido. Pero esa es ya otra historia.
LA PRENSA FRANCESA Y LA FIGURA DE BOLÍVAR
Cuando murió Simón Bolívar la prensa francesa de la época recogió con abundante material, incluso inusual para la época, la muerte de este héroe latinoamericano. “Aunque Bolívar por largo tiempo dispuso de una manera casi absoluta de las rentas de tres Estados, Colombia, Perú y Bolivia, murió sin poseer un solo cuarto de los fondos públicos, pero tampoco dejó deudas, no obstante haber sacrificado los nueve décimos de su grandísima fortuna al servicio de la patria y a la libertad de casi mil esclavos que servían en sus haciendas”, escribiría Le Courier Francais.
Para Journal du Comerce, “Poco se hablará de la muerte de Bolívar en medio de las inquietudes de nuestra Francia. Ya hacía tiempo que el gran caudillo político de las revoluciones de América Latina llamaba apenas nuestra atención. Luchando con dificultades abrumadoras y consumiéndose lentamente en una tarea que ya no ofrecía la brillantez de sus primeros trabajos, pasaba por el dolor de no poder ser estimado por nosotros a tanta distancia, y de sacrificarse sin recompensa al imperio que ejercía sobre él la expectación de las censuras de Europa”.
Le Figaro también se refería a Bolívar de la siguiente forma: “Simón Bolívar nació en Carcas el 24 de julio de 1783. Después de haber seguido estudios en Madrid pasó a Francia. Su recomendación personal le proporcionó allí útiles relaciones de sociedad, de que sólo se aprovechó para prepararse a dar libertad a su patria. Sustrayéndose a los placeres que París le presentaba, se dedicaba incesamente, y a la edad de 23 años, a adquirir los conocimientos que convienen a un guerrero y a un estadista. Después de haber recorrido la Inglaterra, la Italia y una parte de la Alemania, se casó en Madrid con la hija del Marqués de Ustáriz; y seguidamente regresó a su patria, que a la sazón sacudía el yugo de metrópoli. Al principio no fueron felices sus tentativas, hasta que en la batalla de Cúcuta le favoreció la victoria por primera vez”.
Y así contaba su muerte Le Quotidien: “Bolívar, cuya salud causaba vivas inquietudes de algún tiempo a acá, murió el 17 de diciembre último, en San Pedro, pueblecillo cercano a la ciudad de Santa Marta. El 11, después de haber recibido los Sacramentos, extendió una especie de testamento político, en que, después de recordar sus trabajos, se queja amargamente de la ingratitud y de la calumnia, que envenenaron su vida, y que festinaban su muerte. Al concluir este postrer acto, cayó en un delirio que le duró hasta expirar. Sus últimas palabras fueron Unión, unión”.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA SOBRE BOLÍVAR:
Bolívar, Simón: Obras Completas de Simón Bolívar. La Habana, Ediciones Lex, 1950.
Carbonel, Diego: Autobiografía del general Bolívar. Buenos Aires, Imprenta López, 1947.
De Mosquera, Tomás: Memorias sobre la vida del Libertador Simón Bolívar. Manizales, Hoyos Editores, 2002.
García, Marquez: El general en su laberinto. Madrid, RBA, 2004.
Lynch, John: Simón Bolívar. Madrid, Crítica, 2006.
Madariaga, Salvador: Bolívar. Buenos Aires, Editorial Sudamérica, 1959.
Masur, Gerhard: Simón Bolívar. México, Biografías Grandeza, 1960.
Noguera, Anibal y De Castro, Flavio: Aproximación al Libertador. Testimonios de su época. Bogotá, Plaza y Janes Historia, 1983.
Ocampo López, Javier: Historia Básica de Colombia. Bogotá, Cuatro por Cuatro Editores, 2000.
Sañudo Torres, Rafael: Estudios sobre la vida de Bolívar. Bogotá, Editorial Bedout, 1975.
Torres, Mauro: Moderna biografía de Simón Bolívar. Bogotá, Ecoe Ediciones, 2004.
11 Febrero 2007
CRACOVIA, ESENCIA POLACA DE RAÍCES JUDÍAS
UN REPASO A LA HISTORIA DE POLONIA
RICARDO ANGOSO, 2006
Estoy más que seguro que el título que encabeza este breve itinerario por una de las ciudades más bellas de Europa molestará a algunos polacos. El tradicional antisemitismo que siempre impregnó a la vida social, política y cultural de este país, junto con la pervivencia de un ancestral prejuicio hacia los hebreos que también sobrevivió a la época comunista y después, hace muy difícil escarbar y conocer la verdadera historia (y tragedia) de los judíos polacos. Su principal capital, sobra decirlo, era Cracovia, una ciudad de dos caras: el centro católico, sólo para personas de esta confesión, y la bella Kazimierz, construida por Casimiro el Grande, donde se permitió vivir a la población hebrea. Ambas partes son muy bellas, coloristas y renacentistas, barrocas y esplendorosas. En sus muros se recoge el bello pasado de Polonia, pero también sus tragedias: entre 1940 y 1942 los judíos de la ciudad fueron enviados al ghetto abierto por los nazis y desde allí traslados, en vagones de ganado, a los campos de la muerte. Solamente unos 10.000 de los 69.000 judíos que vivían en la ciudad sobrevivieron a la barbarie. Este drama queda bien recogido en la película de La lista de Schindler, que no por casualidad se rodó en la bella Cracovia, una de las pocas ciudades polacas que no fue destruida en la Segunda Guerra Mundial.
De los orígenes al renacimiento
La primera mención a la ciudad de Cracovia data del año 965, cuando un mercader árabe, Ibrachim ibn Jakub, de viaje alrededor de Europa, escribiría en su diario una breve reseña de la urbe. En su obra, titulada Los eslavos y los rusos, describe como desde Cracovia partía hacia Praga y como la ciudad era ya un importante centro de comunicaciones y comercio.
Más tarde, en el año 1000, la ciudad ya contaría con un obispado y era un centro religioso de primer orden. Los primeros edificios, construcciones e iglesias se fueron construyendo en torno a un gran mercado e incluso una gran catedral. Cuenta con una variado casco antiguo, que va desde sus orígenes iniciales hasta la época comunista, y fue declarada patrimonio de la Historia Universal por la UNESCO. Sin conocer Cracovia no se puede entender Polonia.
Situada en un lugar rocoso desde donde se alcanza ver el Vístula, Cracovia es la ciudad donde mejor se percibe la identidad polaca, también la hebrea, como ya hemos dicho antes. Su riqueza arquitectónica, que Cracovia exhibe desde el primer momento, nada más llegar a esa estación de trenes como sacada de una película de la Guerra Fría, le viene derivada de su historia.
Desde el siglo XI hasta el siglo XV, Cracovia fue la capital de Polonia y el primer motor económico, político y cultural de casi toda Centroeuropa, si exceptuamos a Viena y quizá también a Budapest. Los reyes polacos eran enterrados en el centro de la Catedral de Wawel, construida en el siglo XI, y donde se oficiaban las exequias de los monarcas fallecidos. Era la época de gran esplendor y pompa de la corte de Cracovia. Pese a todo, la ciudad no se libró de los vaivenes de la historia y la guerra, los ataques extranjeros e importantes destrozos materiales. En 1241, tras un largo periodo de esplendor y crecimiento de la ciudad, un ataque de los tártaros provoca numerosos daños y una gran destrucción, tal como revelan las crónicas históricas. Sin embargo, se repuso rápidamente y continuó con su protagonismo regional.
En el año 1257, y siguiendo con su estela de desarrollo y crecimiento, la ciudad obtiene el derecho a un fuero municipal y en la misma capital los reyes polacos serían coronados. En el siglo XIII, se construiría una de las plazas grandes y más bellas de Europa en la urbe, la de Rynek Glowny, siendo todavía, por sus dimensiones, una de las mayores del continente: 200 metros por 200, recordando mucho a las de San Marcos, en Venecia, o la Gran Plaza de Bruselas.
En los alrededores de la gran plaza está todavía el Sukiennice o viejos soportales, donde los comerciantes hacían sus negocios e instalaban sus puestos de venta. Además, dada la climatología adversa y fría de la ciudad en invierno, es de imaginarse que serviría de protección tanto a mercaderes como a compradores; hoy los estudiantes y los turistas se sientan en sus alrededores a contemplar la vida de la urbe, muy concurrida y alegre, pues es uno de los principales atractivos turistas de la región.
El período de construcción de la plaza coincide con el reinado de Boleslao el Casto, momento en que la ciudad crece, se desarrolla y se asiste a un gran impulso urbanístico. Boleslao sería el primero que otorgaría una carta de leyes (Constitución) a la ciudad, siguiendo los cánones de la época y bajo la influencia de lo que se conocía como los “estatutos de leyes” de Magderburgo.
Muy cerca de esta plaza está uno de los restaurantes más antiguos de Europa, Wierzynek, toda una institución polaca y por donde dicen que pasaron los reyes y nobles en la época de boato y lujo real. Data del año 1364, cuando según dice la historia (o la leyenda, que por aquí abunda), Mikolaj Wierzynek preparó un famoso banquete de bodas para una de las nietas del rey Casimiro el Grande. Al margen de anécdotas, el lugar merece la pena por sus salones decorados de una forma barroca y antigua, donde podemos ver viejos candelabros, armaduras oxidadas y con telarañas, cerámica local y relojes de época. Un lugar, como muchos restaurantes y bares de la ciudad, con un indudable sabor y raigambre centroeuropea.
A partir del siglo XIII asistimos a un período de turbulencias y luchas que dura hasta el XIV. Esta época de contenciosos y conflictos por el trono de Polonia terminaría en el año 1333, cuando llega al poder como rey Casimiro III el Grande, con quien comenzaría un periodo de paz y progreso en todos los órdenes de la vida. Casimiro III construiría la otra ciudad, conocida como Kazimierz, donde más tarde vivirían los judíos, y ordenaría la construcción de numerosas iglesias y edificios. Construyó fortificaciones y fundaría la universidad, uno de los centros culturales más importantes de Polonia y muy conectada a las corrientes culturales europeas de entonces. Allí se formarían los principales intelectuales de la Polonia futura, una suerte de Salamanca en el corazón de Centroeuropa.
Entre los siglos XIV y XVI, Cracovia asiste a un importante desarrollo cultural y sus instituciones serían conocidas en casi todo el continente, de tal forma que hasta el científico y astrónomo Nicolás Copérnico residió en la ciudad entre 1491 y 1495. En el siglo XV se construiría la bella Iglesia de Nuestra Señora María, que constituye uno de los grandes templos religiosos de la ciudad y uno de los altares góticos más espectaculares de todos los vistos en Cracovia. Debe visitarse y, sin duda, no defraudará al viajero.
Estos años son, quizá, los mejores de la ciudad y el arte y la ciencia adquieren un notable auge. Tanto el gótico como el más tardío renacimiento llegarían de la mano de artistas alemanes e italianos, respectivamente. La Academia de Cracovia, que había sido fundada en el siglo XIV, llegaría a ser uno de los ejes por los que discurría la vida cultural y científica de Polonia, aunque también sería conocida en toda Europa. Su prestigio traspasaría las fronteras polacas.
El rey Segismundo I el Viejo (1506-48) y su esposa, la reina Bona, invitaría a artistas italianos para que viniesen a la ciudad a trabajar y dejar sus huellas en la arquitectura local. Artistas como Francisco Florentino, Bartolomé Berecci y Juan María Padovano, por citar tan sólo algunos, impulsarían el renacimiento en Cracovia y nos dejarían buenas muestras de su buen hacer. De este rico periodo, pero también del de Segismundo II (1548-72), datan el castillo real sobre la colina Wawel, las reedificadas casas góticas y la estructura de forma renacentista de los soportales (Sukiennice), desde donde podemos ver la Torre del Ayuntamiento y el mercado, dos de los grandes centros de la ciudad de la Edad Media.
Del esplendor y decadencia de la Cracovia barroca a la nueva Polonia
Las primeras formas barrocas las encontramos en el castillo de Wawel, renovado en el año 1600 por encargo del rey Segismundo III por Juan Trevano, un arquitecto venido de Roma y al que le sedujo la capital polaca. El pintor veneciano Tomas Dolabella, invitado también a Cracovia por la corte polaca, adornó los interiores de los palacios reales y las iglesias con enormes cuadros y murales de temática histórica y religiosa. El barroco cracoviano alcanzó su mayor expresión en la construcción sacra y en la decoración de iglesias. Eminentes arquitectos trabajarían en la ciudad, como Tylman de Gañeren, Kacper Bazanka y Francisco Placidi, y dejarían su rico legado para la eternidad, tal como podemos ver y contemplar en este espectáculo visual llamado Cracovia.
Luego llegaría la decadencia de Cracovia, es decir, los ataques del exterior y más guerras. En el año 1655 sería devastada y ocupada hasta los arrabales por los suecos. Luego llegarían los ataques rusos y prusianos. La capital polaca estaba demasiado cerca de sus enemigos y su decadencia cultural había comenzado hacía ya años. También la de Polonia, pues a partir del año 1795 la nación de los polacos perdería su entidad internacional y sería asumida por sus vecinos. Eran los tiempos del reparto territorial de Polonia entre las grandes naciones y su desaparición como entidad nacional. Comenzaba la larga travesía del desierto, la lucha por la supervivencia de una identidad sin nación, como le ha pasado a tantos pueblos en su historia.
Entre 1795 y 1918, Polonia quedaría reducida a un pequeño Estado sin entidad y subyugado, mientras que Cracovia pasaría a engrosar la lista de ciudades de segundo orden del Imperio Austro-Húngaro, aunque durante mucho tiempo sería el principal centro cultural, artístico y social de la vida polaca. El auge de los nacionalismos en el siglo XIX, así como la necesidad de hacer reformas frente a las demandas de los nuevos movimientos liberales, llevó al Imperio Austro-Húngaro a hacer concesiones a los polacos y reconocer, entre 1815 y 1846, la República de Cracovia, una suerte de autonomía dentro de los límites de la monarquía dual. Estos derechos de los pueblos fueron recogidos y más tarde ampliados a los polacos en 1866, vivíamos en pleno romanticismo político y literario y Polonia no se quedaría al margen. En estos años, de cierto esplendor y regreso de la identidad polaca, se fundaron la Academia de Ciencias y el Museo Nacional de Cracovia.
A comienzos de siglo, y dentro de un marco de cierta revitalización de la cultura polaca, el castillo de Wawel sería remozado y se crearon numerosos grupos artísticos y literarios, como “La joven Polonia”, una organización nacida al fulgor del romanticismo que sobreviviría hasta el siglo XX y que reivindicaba las esencias identitarias y la lengua polaca. El dramaturgo, escritor, pintor y poeta Wyspianski Stanislaw sería uno de sus máximos exponentes, cuyas obras, bien conocidas en toda Polonia y en las zonas de habla polaca de Europa, serían reconocidas en todo el continente por su calidad artística.
Como fruto de esa dinámica de cierta resurrección de la cultura polaca, en Cracovia se renovó el conocido Teatro Viejo y se levantó el Teatro Slowacki, dos de las más importantes instituciones culturales de la época. Incluso hoy Cracovia es, quizá, la urbe polaca con la vida cultural más intensa y su programación está repleta de actividades, encuentros, conciertos y exposiciones, tal como sucede en cualquiera de las más importantes capitales universitarias europeas. Pero sigamos con el relato de nuestra historia.
En 1918, tras el final de la Primera Guerra Mundial y la implosión del Imperio Austro-Húngaro, provocado por la derrota de las potencias centrales frente a los aliados, Polonia se vio resarcida y aliviada territorialmente, hecho que implicó la integración de Cracovia y territorios adyacentes al nuevo país dirigido por Varsovia. A Cracovia, como premio meritorio, le fue concedida la segunda capitalidad, es decir, la concesión al castillo de Wawel de la titularidad de segunda residencia de los jefes de Estado polacos, al tiempo que algunos de sus más significativas salas quedaban consagradas como museo (todavía pueden ser visitadas y la subida al susodicho castillo del mismo nombre que la colina es una suerte de romería plagada de turistas de todas las nacionalidades; como suele suceder, no faltan japoneses).
El mapa de Europa cambiaría radicalmente tras la Gran Guerra y se asistía a un florecimiento en todos los órdenes de la vida. Eran los tiempos de la reconstrucción política, moral, económica y material tras la guerra, de los nuevos mapas del continente y de la reivindicación de las pequeñas naciones siguiendo los principios wilsonianos. Polonia se reconstruía territorialmente sobre estas premisas, que pretendían dotar a todos los pueblos con una identidad propia e indiscutible de nación en el escenario europeo.
Sin embargo, el camino para la reconstrucción de Polonia como entidad nacional no iba a resultar fácil, ya que en 1918, nada más acabar el conflicto bélico, Polonia fue ocupada por austriacos y rusos. Entre 1918 y 1921, hay que destacar que se desarrollaron un sinfín de guerras y conflictos con sus vecinos con el fin de restablecer sus antiguas fronteras. Oficialmente, Polonia había recuperado su independencia el 11 de noviembre de 1918, pero no sería hasta el año 1921, en que se firmó un Tratado de Paz con la Unión Soviética, hasta el momento en que comenzó un periodo de normalización y cierta paz.
En el plano interno, el general Józef Pilsudski acaparó todo el protagonismo político entre 1918 y 1922, convirtiéndose en el primer Jefe de Estado de una Polonia independiente en 123 años de ocupación del país por las potencias extranjeras. Renunció al poder en 1922 y abrió el camino para un breve mandato democrático, dejando a un jefe de Estado elegido por el primer parlamento polaco. Más tarde, las turbulencias políticas, la difícil situación económica y el ambiente inestable y de crisis que se vive en el país, junto con otros elementos, llevan a Pilsudski a dar un golpe de Estado y a controlar de manera indirecta la política interior y exterior polaca. Hasta el año 1935, año de su muerte, el viejo general polaco de la antigua escuela gobernaría el país con mano de hierro y le dotaría de una cierta estabilidad política, pero no fue capaz de prever la catástrofe que estaba por venir con la llegada de Hitler al poder en la vecina Alemania y de modernizar sus vetustas fuerzas armadas, algo que pagaría después Polonia de una forma muy cara.
Una vez terminada la primera gran contienda mundial, Cracovia, junto con toda Polonia, asistiría a un gran florecimiento y renacimiento cultural en todos los órdenes de la creación artística. Sin embargo, las turbulencias políticas empañarían a la nueva nación polaca. A partir del año 1935, las divisiones en Europa entre comunistas y fascistas son cada vez más hondas y la Guerra Civil española representa, en cierta medida, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Polonia no quedaría ajena a estas turbulencias.
Adolfo Hitler, que había ocupado el poder en 1933, inicia el rearme militar de Alemania y comienza a amenazar a sus vecinos. Polonia, que está aliada con sus aliados franceses y británicos, teme por sus territorios y comienza a sospechar que Alemania planea atacarla, pero todavía algunos esperan que el “juego” diplomáticos de París y Londres consiga frenar las ansias imperialistas alemanas. En 1938, en los famosos Acuerdos de Munich, Francia y el Reino Unido aceptan con Italia y Alemania la entrega de los Sudetes a Alemania. “Han decidido sobre nosotros, pero sin nosotros”, aseguró el máximo mandatario checoeslovaco de entonces, Edvar Benes. Esperaban aplacar al insaciable Hitler, lo que era imposible, como se vería más tarde.
La política de apaciguamiento no daría los resultados de esperar y tampoco saciaría los “apetitos” territoriales de los nazis, más bien abrirían el camino para la Segunda Guerra Mundial y enviarían un mensaje erróneo a Hitler: los aliados se rendirán ante Alemania sin luchar. No sería así y comenzaba el conflicto más cruento de la historia de la humanidad. Y Polonia, ante esta cobardía moral de unos aliados que habían cedido a todas las exigencias de Hitler sin recibir las mínimas garantías, pagaría un precio muy alto por esta política de apaciguamiento, de rendición ante las insaciables apetencias nazis.
Polonia en la Segunda Guerra Mundial: de la ofensiva alemana al horror de los campos de la muerte
En septiembre de 1939, y una vez que los polacos se han negado a aceptar las imposibles exigencias territoriales de la Alemania nazi, Hitler envía al grueso de su ejército a ocupar Polonia. En apenas unas semanas, el ejército polaco sucumbe y se hunde ante la fuerte y potente ofensiva alemana, que contaba con tropas más preparadas, mejores medios técnicos y, en definitiva, unas fuerzas armadas más aptas para el combate frente a unos soldados polacos con un armamento obsoleto y anticuado. La caballería polaca poco podía hacer frente a las divisiones de los panzer alemanes.
En ese mismo septiembre fatídico y terrible, para colmo de males, los soviéticos atacan a Polonia por el Este, dejando a las fuerzas polacas entre dos fuegos y contribuyendo, de una forma decisiva, a la posterior rendición del gobierno de Varsovia y al consiguiente reparto territorial del país entre los soviéticos y los alemanes. La marina polaca huyó despavoridamente hacia el Reino Unido y otros países aliados de Varsovia, mientras que el ejército terrestre sufría incontables bajas, entre las que destacaban 700.000 detenidos y unos 300.000 muertos. Polonia dejaba de existir en los mapas de Europa.
Respecto a Cracovia, las nuevas autoridades de ocupación alemana eligen a esta ciudad como la capital de la nueva “colonia” polaca e instalan a un personaje siniestro, Hans Frank, como nuevo comandante en jefe de la zona. El terror se extiende por toda Polonia. Miles de profesores, periodistas, sacerdotes, músicos, universitarios, estudiantes, abogados y médicos son asesinados por los alemanes que, en un plan deliberado, pretenden dejar a Polonia desprovista de elites para sumirla en la más profunda oscuridad. Los asesinatos y exterminios masivos se extienden por toda Polonia. Se calcula que entre 1939 y 1945, según cálculos fiables, un 20% de la población de Polonia, unos seis millones de habitantes, fueron asesinados por los nazis. Ningún país europeo sufrió tanto como Polonia la ocupación nazi y sus brutales consecuencias.
Sin embargo, la peor parte de la ocupación, como era de prever si venía de manos de los alemanes, se la llevaron los judíos. A partir de 1939, y una vez doblegada toda la resistencia polaca, comienzan las primeras medidas antihebreas en toda Polonia y las prohibiciones para los judíos: desde tener animales domésticos a trabajar. Tampoco pueden tener radios ni montar en transportes públicos ni ocupar las aceras. Y, por supuesto, tampoco pueden entrar en lugares públicos ni asistir ni a bares, restaurantes y teatros. Son reducidos a la nada, obligados a una ciudadanía de segunda en uno de los países más antisemitas de Europa. La película El pianista relataría muy gráficamente este sufrimiento y el padecimiento de todo un pueblo.
La propagada nazi anima a denunciar, golpear y expulsar de todos los ámbitos a los molestos judíos; son ciudadanos de quinta en un país humillado, hundido, derrotado y condenado al exterminio. Pero también miles de judíos fueron forzados a trabajar como esclavos para las fábricas de armamento de Hitler, tal como ocurrió cerca de Cracovia, más concretamente en la localidad de Plaszów. Los judíos aceptaban tales trabajos con la esperanza de que así salvarían la vida y que, al ser necesarios para los nazis, podrían sobrevivir a la guerra y al menos alimentarse. Las esperanzas serían vanas, pues los nazis ya tenían en marcha sus planes para la “solución final”, es decir, para el exterminio de todos los judíos, aptos o no para el trabajo. Polonia se tenía que convertir, siguiendo los planes nazis, en una tierra libre de judíos.
En estas condiciones, y ya desprovistos de todo atributo de humanidad, los judíos polacos quedaron atrapados en el infierno en que se había convertido la Polonia ocupada por los nazis. Tres millones de judíos conviviendo en una gran ergástula de la que no podían salir y sin contar con el apoyo de nadie, pues en la católica Polonia, donde en cada aldea y barrio había un sacerdote, nadie vio nada ni se enteró de los pavorosos crímenes que tras la guerra se descubrirían. La Iglesia católica calló entonces y quien calla otorga.
El ghetto de Cracovia
Si uno pasea hoy por lo que fue el ghetto de Cracovia, cuya tranquilidad y belleza todavía sorprenden al visitante, pocos rastros podemos encontrar de aquel horror. Tan sólo algunas humildes placas, no muy visibles, todo hay que decirlo, nos recuerdan lo padecido por los casi 70.000 judíos que vivían en la ciudad. En estas apacibles calles, donde Steven Spielberg rodara La lista de Schindler, parece que la vida de Europa se ha desarrollado con normalidad durante toda la vida, pero no fue así.
En marzo de 1941, una vez que Polonia ha sido subyugada completamente y “limpiada” de “enemigos”, le llegaría el turno a los “subhumanos”, en el lenguaje del nazismo, es decir: a los judíos. Por “razones sanitarias”, eufemismo que escondía el más vil racismo, los judíos debían abandonar sus viviendas, negocios y propiedades y debían proceder a su hacinamiento en el ghetto de Cracovia. Miles de familias, hombres, mujeres y niños, junto con sus ancianos abuelos, abandonarían para siempre sus casas y serían confinados en una pequeña extensión de la vieja ciudad de Cracovia.
Unos 320 edificios servirían para alojar a los judíos de la ciudad y cada confinado en el ghetto tocaba a una media de dos metros cuadrados de la extensión total del área designada por las autoridades nazis. Las enfermedades se extenderían rápidamente y el índice de mortandad creció de una forma alarmante, algo que como es de suponer no conmovió a las autoridades alemanas y que les ayudaba a resolver sus dudas morales (¿?) con respecto a la “solución final”.
A partir de 1942, los escasos judíos que habían sobrevivido en el ghetto de Cracovia fueron enviados a los campos de la muerte, entre los que destacaban Belzec, Treblinka, Palszów y el cercano de Auschwitz. Los planes criminales del “arquitecto” de la “solución final”, Heinrich Himler, se estaban cumpliendo al milímetro y ya habían muerto en esas fechas miles de judíos, quizá millones. Un 13 de marzo de 1943, el jefe de las SS de Cracovia, el criminal de guerra Julian Scherner, ordenaba la liquidación total del ghetto, asesinando a todos los jóvenes hasta los 14 años, a los ancianos y a los enfermos, especimenes “infrahumanas” en opinión de los jerarcas nazis. Unos 3.000 judíos de Cracovia morirían en tal acción, a la que sólo sobrevivirían los aptos para el trabajo como esclavos.
Un año y medio más tarde de la casi total aniquilación del ghetto de Cracovia y sus desafortunados moradores, en octubre de 1944, el campo de trabajo de Plaszów sería también destruido y los escasos judíos que quedaban con vida, como era de suponer en la lógica macaba de lo que estaba acaeciendo, asesinados. La destrucción por parte de los alemanes de los escenarios macabros del Holocausto era algo habitual, para así no dejar pruebas de los crímenes perpetrados. En este contexto tan trágico, un industrial alemán, Oskar Schindler, impresionado quizá ante el horror de lo que estaba viendo y viviendo en primera persona, entregó a los nazis una lista con 1.069 nombres que reclamaba para trabajar en su fábrica, puesta al servicio de la maquinaría de guerra alemana. La historia, bien conocida por todos, fue llevada al cine por Steven Spielberg, como ya se ha dicho antes.
El cineasta Roman Polanski, superviviente del gheto, recuerda su experiencia de niño en sus memorias, Roman, un libro impresionante sobre el dolor causado por los nazis a los judíos polacos. En los primeros meses, escribiría Polanski, la situación era de normalidad con ocasionales momentos de terror. Los residentes cenaban fuera y escuchaban bandas de música, y los niños, como Polanski, jugarían con la nieve. Luego llegaría el horror de las pistolas, las deportaciones masivas y la muerte en los campos o en los trenes de ganados en los que eran transportados.
Entre tanta miseria e inhumanidad, sorprende la historia de Tadeusz Pankiewizc, uno de los escasos polacos que se dispuso a salvar a algunos judíos y que en los duros días del ghetto de Cracovia ayudó a numerosas personas a sobrevivir. En su farmacia, llamada El Aguila, que todavía podemos visitar, se escondían los judíos, sus pertenencias, se atendía a todo el mundo sin distinción social y, sobre todo, se salvaría la dignidad de la nación polaca, que pese a estar oprimida y perseguida tenía el coraje y la valentía de defender todavía a los judíos. No todos los polacos, desafortunadamente, actuaron así. Pankiewizc moriría en el año 1993, casi en el olvido, tan sólo reconocido por el Estado de Israel como un hombre entre los más justos. Un caso muy parecido sería el del músico Wladyslaw Szcpilman, personaje real que sufrió lo indecible y que fue llevado al cine por Polanski en la película ya citada El pianista. Las autoridades comunistas se negaron a que publicara sus memorias y Szpilman nunca llegó a ver estrenada la película. También moriría en el olvido, a nadie le interesaban las historias de un pobre anciano judío.
Al terminar la guerra, una vez que los soviéticos han ocupado Polonia y Alemania ha firmado su rendición, tan sólo quedaban con vida algo menos 10.000 judíos de Cracovia y la rica vida cultural, social y económica judía se había extinguido para siempre. Había llegado la paz de los cementerios. Hoy tan sólo quedan los restos materiales de todo aquello, situados todos ellos en Kazimierz, donde podemos visitar el cementerio judío, la vieja farmacia reconvertida en museo, algunas instituciones judías de la época, una escuela, varias sinagogas que sobrevivieron al desastre e incluso restos del viejo muro del ghetto. Un paseo por el viejo barrio judío de Cracovia, aunque apenas queden ya judíos por los avatares descritos antes, bien merece la pena. Los pocos que quedaron tras la contienda emigraron mayoritariamente hacia Israel y los Estados Unidos.
En lo que respecta a lo material, hay que destacar que Cracovia fue una de las pocas ciudades polacas que no sufrió la devastación sistemática llevada a cabo por los alemanes y que una buena parte de su patrimonio histórico permaneció intacto. Sin embargo, la mayor parte de los tesoros que albergaba el Palacio Real, como tapices, la espada de coronación de los reyes polacos y otros objetos valiosos, fueron llevados a Canadá, donde estuvieron un largo tiempo. Por cierto, en el suntuoso recinto que un día sirviera de residencia a los reyes de Polonia se alojaba, como ya hemos dicho, el temido (y miserable) Hans Frank, impulsor y promotor de la destrucción de la cultura polaca y de la vida de miles de judíos que fueron enviados a los campos de concentración. El personaje, tras caer en desgracia en el año 1944 e intentar huir en el 1945, fue detenido por los aliados, conducido a juicio en Nuremberg, sentenciado a muerte y después ejecutado. Un triste final para un personaje deplorable.
Polonia tras la Segunda Guerra Mundial
En el año 1945, y una vez consumada la total ocupación soviética de toda Polonia, las nuevas autoridades comunistas depuran aún más todavía a la sociedad polaca: los elementos demócratas, socialistas, liberales e independientes son encarcelados y proscritos del juego político. El Gobierno polaco en el exilio, en un hecho ignominioso, deja de ser reconocido por los occidentales, que siguiendo el juego impuesto por Moscú aceptan al nuevo gobierno comunista de Polonia, una simple marioneta en manos de Stalin. Era el final del sueño de la posibilidad de una Polonia libre y democrática tras la guerra; en lugar de ese ideal, por el que ya habían muerto muchos polacos, volvieron a sonar los pelotones de fusilamientos, los lamentos de los torturados en las cárceles y las tristes pisadas que conducen al exilio. La cultura polaca, ahogada y sepultada tras la cruenta guerra, seguiría llevando una vida de catacumbas, autocensura y férrea disciplina soviética.
Comenzaba el tedio comunista, que duraría hasta el año 1989, en que como todos sabemos un viejo sindicalistas de ideas derechistas, Lech Walesa, se impondría a los comunistas, les ganaría unas elecciones generales e iniciaría el lento regreso a la normalidad política, a la Europa de la razón y de las luces, de las urnas y los votos. Una Polonia bien distinta se abría paso en Europa con esperanza y nuevos bríos, aunque luego las ideas derechistas de algunos y su escaso empeño por avanzar en las reformas, traerían las primeras decepciones y el auge del autoritarismo. Pero ésa es otra historia.
En lo que respecta a Cracovia, la ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 1978, y sus bellos monumentos fueron rehabilitados y hoy presentan un aspecto realmente cuidado y limpio. ¿Y qué debemos visitar en Cracovia? Monumentos imprescindibles son su Catedral, la colina de Wawel con su bello Palacio Real, el Ayuntamiento, el viejo Mercado, los alrededores y soportales del Mercado y casi todas sus iglesias milenarias y coquetas del centro. Luego podemos perdernos por las calles, como Kanonicza y Swietego Jana, y detenernos en sus edificios civiles y museos, como el arqueológico, el de los Czartoryski, el Palacio de Bellas Artes y la Biblioteca Jagellona o de la Universidad Jagiellona, por citar tan sólo algunos.
Otro consejo es visitar algunos de sus bellos cementerios, tanto el judío como el polaco. Entre los polacos, hay que reseñar el Rakowicki, quizá un poco abandonado, aunque no por ello menos romántico, y el judío que se puede visitar en Kazmierz, el antiguo barrio hebreo fundado por el ya reseñado rey Casimiro. Cracovia tiene mucho arte, es una ciudad muy profunda y con bellos rincones por descubrir, como el Parque Botánico de Kopernica o las vistas de la Iglesia de Santa María desde la calle Florianska, y un buen sector de servicios y ocasiones para el ocio, desde bares y restaurantes hasta un sinfín de sencillos y encantadores hoteles. Todo ello convive con la horrorosa arquitectura construida durante la época comunista en los arrabales de la ciudad y algunos edificios mastondónticos levantados en el centro para servir a las nuevas autoridades; incluso hasta esta fealdad tiene su originalidad y encanto, pues no es propia de los países occidentales y le da una carácter personal a Cracovia que no desentona. Es parte de su historia, fea y horrorosa, como esos edificios abandonados y grises, sucios y destartalados.
Para terminar este recorrido por Cracovia, y quizá para comprender con toda su fuerza e intensidad la historia de esta ciudad, una visita muy recomendable es al campo de concentración de Auschwitz. E