Colombia: algunas recetas para un modelo en crisis, por Ricardo Angoso

10 Febrero 2007

Go to fullsize imageEn un interesante artículo publicado por Antonio Navarro Wolf en el periódico bogotano El Tiempo se hacen algunas reflexiones interesantes sobre la grave crisis social y económica que padece el país desde hace décadas, pese al triunfalismo y optimismo que exhibe el presidente Alvaro Uribe. Aún más: Navarro Wolf liga los problemas de la distribución de la riqueza, que genera desigualdad social y exclusión, a la violencia política que asola (y destruye) este país con infinitos recursos, buenas elites sociales y culturales y un importante potencial para desarrollar un proyecto de futuro, en donde puedan participar todos los colombianos.

Según Navarro Wolf, uno de los principales problemas que padece Colombia es la distribución de la tierra, ya que tan sólo 13.000 personas eran dueñas de 22 millones de hectáreas, mientras que millones de campesinos viven en condiciones ínfimas y paupérrimas, abocados a una vida sin ninguna esperanza, ajenos a la salud, la educación y los servicios sociales. “La necesaria democratización de la tierra rural, la que podemos llamar reforma rural, para no llamarla reforma agraria, era una necesidad inaplazable que no  se iba a producir en un gobierno como el del doctor Uribe, porque su familia –y podía haber agregado que el mismo- era de finqueros, de dueños de tierra”, agregaba el articulista y conocido dirigente de izquierdas.

El asunto no es baladí, pues la extrema pobreza de este inmenso país se encuentra precisamente en el campo y es en las zonas rurales donde menos se nota la presencia del Estado colombiano. La democratización de la propiedad de la tierra, para evitar la marginación y la exclusión de los campesinos, es un asunto capital en la agenda de modernización política, social y económica que tanto echa en falta Colombia. La ausencia del Estado y sus servicios es palpable a primera vista nada más salir de Bogotá.

“Nuestro conflicto interno es histórico y rural. Histórico, porque empezó a finales de los años 40 por la virulencia del enfrentamiento político, que después se volvió armado, entre liberales y conservadores. Rural, porque es en el mundo rural donde está su centro de gravedad estratégico. Y como es un conflicto político-militar, la política en el terreno con la población más próxima a él, es clave en la búsqueda de la solución”, seguía señalando Navarro Wolf.

Y es que, en Colombia, las estadísticas no mienten: Según datos oficiales, el 49,2% de los colombianos son pobres, más de veintidós millones, y el 30% de dicho colectivo son indigentes. En el campo, además, la situación empeoró y la pobreza se elevó hasta casi el 70% de la población. Millones de colombianos no tienen asistencia social ni sanitaria y la población infantil y anciana son los dos colectivos que más sufren esta ausencia del Estado, ya señalada antes, en casi todo el país. Esta es la cruda realidad del uribismo, por mucho que el máximo líder maquille estas cifras y publicite datos macroeconómicos ajenos a una sociedad machacada y con escasas expectativas; millones de colombianos ya han votados con los pies y se han marchado a España, Estados Unidos e incluso Ecuador, donde reside medio millón de ciudadanos que han huido de la violencia y el desempleo, por no decir el hambre.

Así las cosas, los campesinos que todavía quedan en Colombia no sienten, como es lógico, ninguna simpatía por el Estado y constituyen la lógica y recurrente base social de las diversas guerrillas, pero sobre todo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el grupo insurgente más antiguo de toda América Latina. Tan sólo con políticas que favorezcan un mejor reparto de la tierra, en definitiva de la riqueza del país, y la plena integración de esta masa social excluida se podrá conjurar el peligro que encierra la trampa del fácil recurso de la vía armada.

Esta reforma de la tierra, que se ha dilatado desde finales de los años 40, cuando los liberales abrazaban un discurso menos conformista al que actualmente suscriben tras haber probado las hieles del poder, es absolutamente necesaria para consolidar el sistema democrático colombiano y generar prosperidad y bienestar para todos, bases sobre las que construir la legitimidad y credibilidad de las instituciones. En definitiva, cimentar un Estado de Derecho, democrático y social, en donde todos los ciudadanos se sientan representados y reflejados en sus políticas. “La democracia rural es clave. En Colombia hay tierra para todos. Lo que falta es gobierno para todos”, resume y concluye de forma sintética Navarro Wolf.

 

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