Sigue la calma chicha en Beirut, por Ricardo Angoso

31 Enero 2007

 

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La situación se complica en el Líbano a marchas forzadas. El pulso que le está echando Hizbulá al ejecutivo libanés que preside Fuad Saniora no hace presagiar nada bueno; pretenden volver al poder y ocupar el espacio que consideran que les corresponde en la escena política del país de los cedros. Seguramente, si hubiera elecciones libres en este país, puede que hasta las ganarán por goleada. No cabe duda de que la crisis, pese a sus implicaciones internas tras la salida de los islamistas de Hizbulá del Gobierno, está teledirigida desde Damasco y que son muchos los intereses los que están en juego. Tanto Siria como Irán, junto con los sectores más radicales de la Autoridad Nacional Palestina, tienen como objetivo la desestabilización del Líbano y que este país sea una ficha de un tablero subordinado a sus “juegos políticos”, es decir, un actor antiisraelí y, por ende, antinorteamericano. La clave para que esta estrategia fracase será que el actual gobierno de Saniora sea capaz de mantener la unidad de las fuerzas armadas y de seguridad libanesas; de lo contrario, no descartemos una espiral de violencia e inestabilidad de impredecibles resultados, tal como sucedió entre 1975 y 1990, en que este endeble y complejo  Líbano se vio sumido en una atroz guerra civil.

 

Pese a esta necesidad de mantener la cohesión interna en el ámbito de las fuerzas armadas y de seguridad libanesas, no olvidemos que el Líbano es tan sólo el tablero de un gran pulso internacional entre las dos principales potencias occidentales con influencia en este país, Francia y Estados Unidos, y dos de los países considerados como del “eje del mal” por la actual administración norteamericana, Siria e Irán. Después de haber cometido el craso error de exigir la retirada de las fuerzas sirias de territorio libanés hace unos años, que mal que bien al menos garantizaban la paz en este país tan sensible a las turbulencias externas, los Estados Unidos han perdido dos largas legislaturas para haber llevado a cabo la necesaria recomposición de Oriente Medio y siguen careciendo de una estrategia global para la región. Echaron a los sirios del Líbano y no tenían una alternativa real a los problemas que presentaba un escenario tan complejo y fracturado por una larga guerra civil; luego nos han obligado a otros a ir a “apagar” sus fuegos. Esta historia se va pareciendo mucho a la del bombero pirómano. Su diálogo político con exclusiones, que deja fuera de juego a Irán, Siria y ahora a la actual Autoridad Nacional Palestina que lidera Hamas, nos ha llevado a este colapso total en el proceso de paz y a esta no paz/no guerra que vive la región desde hace años. Hay que volver, como recordaba recientemente el ex presidente de gobierno español Felipe González, al espíritu de Madrid, reconstruir entre todos y con todos una paz justa y duradera.

Por ahora, en el Líbano reina esta calma chicha que puede verse perturbada en cualquier momento por un atentado o una nueva espiral de violencia como la desatada por Hizbulá en estos días; la situación es muy frágil y Siria siempre ha mantenido viva la llama de una crisis que refuerza su papel regional y la necesidad de contar con Damasco para lograr una paz global en Oriente Medio. Siria sigue siendo la clave para resolver los contenciosos regionales, tanto por su situación estratégica como por sus implicación en todos los problemas de la zona (conflicto árabe-israelí, situación en el Líbano, fronterizo con Irak…), y un actor fundamental desde el cual se podrá pilotar y asentar un proceso político de resolución definitiva de los diversos conflictos de la zona.

Resultará muy difícil llevar la paz a la región sin contar con Siria, y, seguramente, la solución a los problemas del Líbano también pasa por Damasco, pues parece cada vez más claro que las turbulencias libanesas tienen mucho que ver con el enrarecido clima político que se vive en la región tras la desafortunada (aunque quizá necesaria) intervención israelí contra el país de los cedros. La paradoja es que dos de los principales enemigos de Israel y los Estados Unidos en la región, Siria e Irán, salen fortalecidos tras las intervenciones de ambos países contra el Líbano e Irak, respectivamente.

 

Archivado en: Derechos Humanos

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